La imagen de Liam Conejo Ramos, un niño de cinco años, siendo detenido por agentes del ICE en Minneapolis dio la vuelta a las redes sociales mostrando la crudeza de lo que está ocurriendo en Estados Unidos.
Resulta cuanto menos perturbador que el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) de Estados Unidos haya optado por el uso de la palabra «recoger» (to collect) para describir el estado físico y legal de Liam Conejo Ramos, un niño de cinco años cuya principal preocupación hasta el martes pasado era, presumiblemente, la asimilación de las vocales en inglés.
El escenario fue la entrada de su casa en el norte de una Minneapolis que exhala ese frío grisáceo y pegajoso de la región. La entrada de su hogar se convirtió en el teatro de una maniobra táctica que raya en lo que los teóricos del trauma llamarían «eficiencia despiadada». Según los informes, el pequeño Liam fue utilizado como una suerte de señuelo o carnada.
El mecanismo es cruel en su simpleza: los agentes federales se acercaron al niño para pedirle que tocara a la puerta y con eso atraer a su padre. Eso lo aseguran las autoridades escolares y lo niega el Departamento de Seguridad Nacional.
La crueldad llega cuando el Departamento de Seguridad afirma que no «detuvo» al niño, sino que simplemente lo «recogió» cuando el padre, en un arrebato de pánico, intentó huir.
Todo quedó resumido en una fotografía del niño parado, muy firme, con el rostro angustiado y la mirada perdida frente a la camioneta de los agentes federales que lo escoltan como si fuera un criminal.
Pero la fotografía dice mucho más de lo que muestra. Habla de una sociedad que se ha descompuesto ante el dolor ajeno y, sobre todo, que no ha aprendido de los errores del pasado. Minneapolis lleva semanas bajo las redadas migratorias de los agentes fronterizos. Estas cruzadas han detenido a decenas de indocumentados, asesinado a una mujer estadunidense y estos días al menos cuatro menores de edad han sido llevados con sus padres a unas jaulas que llaman centros de detención de inmigrantes.
El caso de Liam no es una anomalía estadística, sino más bien el vértice visible de una tendencia mucho más amplia y sombría que ha barrido en los últimos meses con la comunidad hispana de Estados Unidos.
En otra calle del norte de la ciudad de Minneapolis, una niña de 10 años fue interceptada hace 14 días mientras realizaba el acto más fundamental de la infancia estadunidense: caminar hacia la escuela con su madre.
Hay algo profundamente dostoievskiano en la imagen de una niña de 10 años siendo «procesada» por el aparato burocrático del Estado mientras todavía lleva la mochila escolar puesta. No se trata solo de la aplicación de la ley; es la interrupción violenta de la infancia por parte de una maquinaria que parece haber olvidado cómo deletrear la palabra «empatía».
Hace 10 años el mundo despertaba con otra fotografía, la de Alan Kurdi, un niño sirio de tres años muerto en las costas de Turquía. Esas son las postales que dejan las migraciones. La diferencia es que Alan Kurdi huía de una guerra. En el caso de Liam, él no escapaba, él volvía de la escuela y, por eso, lo apresaron con su padre ante la rabia y la impotencia de sus vecinos.
Esa guerra que Estados Unidos ha declarado a su propia gente está llegando a lo más hondo de su pueblo. Está viendo morir a los suyos a manos de los suyos. Está golpeando en la América profunda que buscaban recuperar. Las redes sociales hoy son un documento infalible que muestran lo peor y lo mejor de esa sociedad.
Un agente hispano hablando español deteniendo a una familia, como si sus padres no hubieran llegado a ese lugar hace años buscando una vida mejor. Del otro lado, un hombre se desespera al no poder gritar que el “Homeland Security” apareció como un monstruo que hubiera escupido la tierra; el hombre, con la cara roja y ante la impotencia del lenguaje, sólo puede gritar “llegu migra” con lágrimas en los ojos, mientra ve a sus vecinos correr y al monstruo ir tras ellos.
Es el monstruo del desamparo, una masa llena de sombras y viento frío que llaman ICE y que desde hace días camina en el norte de Minneapolis.
