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El realismo arácnido de Adrián Gómez
Adrián Gómez desde su taller en la colonia Mártires de Río Blanco, Oaxaca.

El realismo arácnido de Adrián Gómez

A sus 75 años, Adrián Gómez teje desde una esquina de su natal Oaxaca. Lo suyo es un saber que intenta mantener alejado del folklor turístico y los clichés del realismo mágico. Su obra es un hilado crítico de la sociedad moderna: un mosaico punk que desconfía de todo dogma.

“Sintiéndome un poco arácnido,
no ofendo ni a la araña ni al hombre…”

Lo arácnido, Ferdnand Deligny

Hace años, Adrián Gómez fue picado por una viuda negra en el baño de su casa. Estaba convencido de que iba a morir pero sobrevivió. Sólo sintió unos dolores muy fuertes, “como inyecciones”. Su relación con lo arácnido es antigua: desde siempre, cada que sus hermanos lo veían tejer, solían recitarle una vieja copla popular: “en alto vive, en alto mora, en alto teje la tejedora”. Era como un hechizo.

El taller de Adrián Gómez es un refugio contra cualquier dogma ideológico al que de vez en cuando entra el aroma de la comida cocinada por sus vecinos. Por las ventanas amplias se asoma la vegetación de las lomas bajas del Cerro del Crestón. Dentro hay fotografías, pinturas, un banjo surrealista con pájaros pintados a mano en cada traste, y otros objetos intervenidos que atiborran las paredes. Todo gravita alrededor de un gran telar de seis pedales y cuatro marcos adheridos al techo por telarañas delirantes. 

El maestro desciende desde su telar con naturalidad, pone algo de música, se sienta detrás de su mesa de trabajo y de entrada deja algo en claro: no le gusta que le digan “maestro”, a pesar de las décadas de experiencia que ha acumulado exponiéndose a las mutaciones provocadas por la radioactividad del arte en Oaxaca, un estado que suele ser el epicentro de explosiones artísticas que cimbran al país.

Más que un maestro, Adrián parece un artrópodo textilero de la familia de los saltícidos. Dos de sus ojos se mantienen entrecerrados detrás del cristal de sus lentes, tan grandes que cubren más de la mitad de su cara; sus cejas dotan de expresión taciturna a su rostro, el cual de otra forma mantendría una insistencia analítica.

«No tengo musas que me inspiren. Me gusta ver a la gente; ver cómo actúan, escuchar de qué platican y razonar lo que veo. Esencialmente soy un mirón».

El taller tiene un mirador por el que se asoma la colonia Mártires de Río Blanco: una zona alta de Oaxaca de Juárez, nombrada en conmemoración de los cientos de obreros de empresas textileras y sus familias que, en Veracruz, en 1907, después de llamar a huelga, fueron masacrados por el régimen porfirista.

Según cuenta, la zona aún no está tan gentrificada como el centro oaxaqueño.  El ambiente aquí todavía es tranquilo, casi inmóvil. La Mártires es una colonia alejada de la ruta del viajero. Sin embargo, dice, ya se puede ver a uno que otro “dieguito” por la calle: así es como llama a los emprendedores del arte que se hospedan en esta parte de la ciudad.

–Acá llegaron a vivir dos pintores que pasean con sus mandilitos estilo Diego Rivera y su portafolio sin hablar con nadie –dice–:  son gente muy apática que no tienen idea de que esto es un oficio.

El fetiche de la ancestralidad, la fantasiosa hermandad entre comunidades y el realismo mágico promovido por el gobierno estatal, galeristas y restauranteros atrae a oleadas de artistas sedientos del “regreso a las raíces”. Adrián habla de ellos con desaire.

–A estos “dieguitos” se les enseña en las escuelas a convencer al cliente con el choro y no con la calidad de su trabajo. Algunos de ellos no dan ni la buenas tardes a la gente, pero sí buscan “hacer comunidad” cuando se trata de hacer lana. Y cuando organizan talleres, lo hacen pensando sólo en la “gente catrina”.

Adrián Gómez proviene de la tradición contestataria del arte en Oaxaca. Entre los embates de la política autoritaria de mediados del siglo XX y del neoliberalismo disfrazado de realismo mágico del siglo XXI, los tejidos que confecciona son familiarmente críticos. Individuos disueltos en la sociedad industrial, rodeados de fauna suburbana: ratas y perros modernos con gafas oscuras, gatos con epifanías apocalípticas, grafitis en colores pardos; zopilotes sobre tendederos, manchas de sangre e insectos gigantes acechando bajo tierra. Todo, hilado en un desorden escrupuloso, como visto a través de una mirada oblicua y fragmentada: vistazos desde su telaraña.

Adrián hace una pausa cuando intenta explicar cómo la psicodelia, el arte pop y la influencia del cómic subterráneo de Robert Crumb inspiraron su obra. Entonces cruza sus brazos y pregunta:

–¿Te has comido unos hongos alucinógenos?


Del mitote al anarcopunk

El realismo es arácnido en la obra de Adrián Gómez. Por ejemplo, uno de sus entretenimientos es “ver a la gente: cómo actúa y de qué platican; me gusta razonar lo que veo”. A través de la magnitud de sus lentes, registra en silencio todo lo que pasa a su alrededor: “No tengo musas que me inspiren. Esencialmente soy un mirón”.

No le gusta el folclor redundante con el que se retrata a la identidad oaxaqueña y el arte que pulula en las galerías, más cercano al mercado turístico que a la reflexión crítica.

Piensa que los murales que se extienden desde “el bullicioso mercado de Benito Juárez hasta los tranquilos patios de Jalatlaco” –tal como dicta la descripción de uno de los tantos tours de muralismo que se ofrecen en los hoteles– ubican al paseante en una fantasía de tradición, amor y revolución que ayuda a generar ese hechizo pictórico que convierte a los pobladores en seres mitológicos.

–Lo que acabó de detonar todo fue que Toledo comenzó a fomentar la idea de que Oaxaca era un lugar de artistas. Y todo mundo quiso ser como Toledo, pero no en el sentido creativo. Llegó gente de otros lados a echar el choro de que eran los buenos.

Adrián acaricia su barbilla con una de sus extremidades. La luz deja ver las arañas patonas tatuadas del hombro a su muñeca. Recuerda a su hermano Virgilio Gómez, una de las principales influencias de Toledo, pilar de la pintura en Oaxaca y crítico incansable de los vínculos entre el poder y eso que se suele llamar arte.

Junto con otros grabadores y pintores, Virgilio solía organizar las “Conferencias del mitote”.  Eran los años 80 y en esta ágora oaxaqueña, que tenía lugar cerca de la Plaza de Santo Domingo, de manera independiente y sin permiso de nadie, el gremio discutía el arte de manera pública y política.

–El mitote era un evento dominical que organizaba la Asociación de Trabajadores del Arte y Pintores, Músicos, Poetas y Escritores –cuenta Adrián–. Se convocaba a participar con lo que quisieran. Ahí llegaron roqueros rupestres y artesanos que montaban exposiciones. Hasta que se metió el municipio a dividir al grupo.

Virgilio era integrante del “Grupo de los 5” –conformado  también por Filiberto Heredia Martínez, Liborio López Navarrete, Sergio Rodríguez Pérez y Jaime Hernández–. En los años 50 ya había fundado la primera galería independiente de arte en la Ciudad Universitaria de Oaxaca, al mismo tiempo que vandalizaba los muros con letreros anti-yanquis cuando la contracultura en Oaxaca recibía los primeros golpes del jazz, del rock, del cine europeo, del existencialismo francés y de las noticias sobre la revolución cubana.

–Mi hermano fue uno de los fundadores del Partido Comunista, acá en Oaxaca, pero lo corrieron. Los comunistas son gente muy cuadrada y machota. Tienen todo lo que tiene un capitalista, ¿no? Una cosa buena de Virgilio es que a mis hermanos y a mí nos enseñó a leer libros, lo que es la llave para todo.

 Desde 2019, comunidades indígenas denunciaron las irregularidades en el Tren Interoceánico

Fue Virgilio quien ayudó a Adrián Gómez a mutar en lo que ahora es. Él fue el responsable de inyectar el sentido crítico con el que ahora puede identificar las formas plásticas impulsadas por el poder: el de derecha, el de izquierda, el que sea. Y saber tomar distancia.

–De joven me invitaron a entrar a un grupo  político: La Liga Socialista. Eran parientes del Partido Revolucionario de los Trabajadores: los dos eran trotskistas. Pero ahí también existía esta cuestión del “Gran Jefe” y sus achichincles. No me dejaban trabajar y querían que fuera militante de tiempo completo. Eran gente de clase media alta o clase media, regular, pero muy moralistas.  Podías ser borracho, pero si estabas echándote un churro, y lo sabían, era muy grave.

El malestar se extendió hasta que conoció a los punks de San Jacinto Amilpas, lugar al que llegó contratado por el Instituto Indigenista para enseñar tejido. “Así conocí fiestas que ni siquiera tienen idea que se hacen, acá”.

–Llegaban a casa de un pintor a arreglarse para irse a las tocadas, y me invitaban. Los anarcopunks son la gente política con la que terminé llevándome mejor, porque veía que las otras doctrinas no tomaban en cuentas las emociones, los sentimientos.


Sacón de onda

Ni magia ni doctrina. La realidad que teje Adrián Gómez en sus tapices da cuenta de lo que él observa desde las esquinas. Una red en donde se entrelazan individuos, animales, objetos y panoramas enrarecidos por la soledad, la agitación, la crisis económica que provoca el frenesí del turismo, del trabajo y de la voracidad del capitalismo moderno en una tierra históricamente horadada.

El minitapiz titulado Sacón de onda, es un buen ejemplo de cómo el uso de hongos puede ayudar a entrever la intención del autor. Esta fue una de las casi 50 piezas que, entre tapices, gobelinos y cerámicas de su autoría, fueron exhibidas en la Galería Arte Oaxaca en octubre de 2025, como parte de la muestra “Reatrozpectiva de Adrián Gómez” –la palabra retrospectiva le parecía demasiado prematura–. En ella es posible atisbar el malestar del individuo, a través de una serie de viñetas que quiebran la palabra promesa de la modernidad.

Según la Galería Arte Oaxaca, la obra de Adrián “arraigada en la realidad urbana, refleja la vida cotidiana de las periferias y sus habitantes a través de diseños cargados de simbolismo y referencias culturales. Su trabajo es único en el país (…) y se ha presentado en exposiciones individuales y colectivas en París, Copenhague, Kovdor, Groenlandia, Oaxaca, Tokio, Texas, Ámsterdam, Barcelona y Miami”.

Adrián Gómez, tapiz

“Paisaje suburbano”, tapiz en lana, tintes naturales

Adrián Gómez, tapiz

“Sacón de onda”. Minitapiz en algodón coyuche / seda

Adrián Gómez, tapiz

“Homenaje a las borrachas”. Gobelino/ lana y tintes naturales.

Adrián Gómez, tapiz

“Primera señal” Mixta/ lana teñida con tintes naturales.

Algunas de las obras exhibidas en la muestra “Reatrozpectiva” de Adrián Gómez

Aunque la cédula destaca su formación en dibujo, pintura y grabado en la Escuela de Bellas Artes de la Ciudad de Oaxaca, Adrián reniega del devenir de la educación artística. Está convencido de que ahora todo se enfoca en “el mercado del arte” y mira con pesimismo a los nuevos artistas que llegan a Oaxaca a recolectar conocimiento.

–¿No hay futuro, entonces?

La pregunta es cliché, pero es divertido plantearla a quien alguna vez retrató a los veteranos del punk. Adrián asiente discretamente con la cabeza. Luego dice que él iba a estudiar para ser maestro, pero que una comparsa cambió su suerte.

–Un día me invitaron a una fiesta en Teotitlán del Valle. Ahí conocí al tejedor don Fortino Olivera: él fue mi maestro, él fue quien me invitó a tejer.

Eso fue hace seis décadas. Entonces sólo había tres personas que sabían teñir con añil y grana cochinilla. Don Fortino era uno de ellos. De él aprendió el oficio de hilar, de tejer, entrelazarlo todo y a preparar tintes naturales y usarlos sobre los textiles.

–Él me enseñó a quitarme el miedo a buscar dentro del textil, a fusionar las técnicas.

Los tejidos que confecciona Adrián Gómez son familiarmente críticos. Como todo artrópodo contempla lo humano con una distancia huraña. “Es un juego; un juego muy tonto”, fustiga Adrián.

Adrián Góme
Minitapiz en el taller de Adrián Gómez

La escuela y las calles

–La imagen es nada más una idea, una aproximación.

Adrián baja del techo de su taller con un rollo bajo el brazo. Las fotografías y cuadros colgados en los muros se cimbran con los saltos pequeños y precisos que da para llegar a la esquina apropiada para desplegar el metro y medio de papel algodón que constituye una de sus obras recientes: Aquí y ahora, como siempre (2024).

Se trata de un mosaico de 40 recuadros a manera de cómic: imágenes aparentemente inconexas, como un chapulín gigante, personas que caminan custodiadas por hombres armados detrás de una niebla roja, una calavera asomando por una ventana…

Adrián Gómez

En los años 70, Adrián ingresó a la Universidad Autónoma Benito Juárez, la UABJO. Allí aprendió serigrafía, grabado, dibujo, diseño gráfico, cerámica, fotografía, video y joyería. Pero en las calles se hablaba de represión, de personas desaparecidas en Guerrero, de la represión a activistas, guerrilleros y opositores políticos. En Oaxaca, la “guerra sucia” era administrada por los gobernadores Manuel Zárate y Eliseo Jiménez Ruiz, quien se convirtió en su sucesor en 1977.

Ese mismo año, Adrián Gómez se involucró en todo tipo de agrupaciones políticas, como la Coalición Obrero, Campesina, Estudiantil de Oaxaca (COCEO). La gráfica de agitación fue una de las principales ocupaciones de los alumnos de artes plásticas. Imágenes fotocopiadas contra el rompimiento de huelgas, las detenciones ilegales, las torturas, el asesinato de campesinos y el constante repudio a la intervención del gobierno estatal en la Universidad.

Fueron años tensos. Adrián recuerda, por ejemplo, al doctor Felipe Martínez Soriano, quien llegó a ser rector en aquellos años.

–Un agente provocador que echó a perder el proyecto de una universidad popular y crítica –se queja ahora con acidez y dice que, aunque Martínez Soriano fue elegido democráticamente y aunque se identificaba con ideas de izquierda, su autoridad era delirante–. ¡Empezó a sentirse el padre de la patria! Tenía consigo a un grupo de porros que atacaban a los grupos que él consideraba “reformistas”. Se hacían llamar la Organización Nezahualcóyotl y con ellos sólo se podía discutir a chingadazos.

Chingadazos que provocaban la represión por parte de la policía y la intervención del gobierno estatal, ya gobernado entonces por Jiménez Ruiz, un general que venía de reprimir la guerrilla encabezada por Lucio Cabañas en Guerrero.

Adrián Gómez

Ideas, aproximaciones, retazos de historias que a veces llegan a formar imágenes.

–La interpretación de mi obra es tan diferente que, me doy cuenta, lo que estoy haciendo nada más es sugerir. 

Adrián dice esto pegado contra una de las paredes de su taller. A sus pies yace todavía ese metro y medio de papel algodón reciclado, Aquí y ahora, como siempre, ese juego de lotería que lo mismo muestra a una calavera asomando por una ventana que a un perro con la lengua de fuera, caligrafías alienígenas hechas de navajazos o lenguas retorcidas, una ciudad derruida. Atisbos de la vida cotidiana, todo coronado por una imagen de personas desplazadas, migrantes, vigilados por militares o algún otro grupo armado.

El sol pierde fuerza mientras el cabello de Adrián se tiñe de un blanco uniforme. Al salir por algo de comer, lejos de su telar, adquiere una complexión pequeña, humana. Oculta sus extremidades dentro de su sudadera y las últimas luces de la tarde rebotan en sus anteojos grandes y pesados. Saluda a los vecinos con familiaridad total y conversa con los perros de la zona.

¿Será esto también realismo mágico, folclor? ¿Será el efecto de los hongos? 

Un vecino con gafas de armazón rojo y pinta de perro pinto se acerca a nosotros, confianzudo. Tras una breve conversación sobre la creciente inseguridad en la colonia Mártires de Río Blanco, el vecino-perro le pregunta a Adrián Gómez sobre su próxima exposición al lado de colegas dedicados a la pintura abstracta. 

–¿Cómo se siente en una exposición de autores abstractos?
–Pues, abstracto –contesta Adrián con amabilidad, un poco distraído.

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Por Fabián Ríos ​| Fotos: Elyzabet BJ

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