El festival "Un rumor se levanta" convierte este sábado 7 de febreo el Hemiciclo a Juárez –Plaza Palestina Libre– en un foro cultural contra el genocidio, la gentrificación y la desaparición forzada. Habrá música, danza, gráfica y poesía.
Cada espacio, cada plaza, cada esquina de la Ciudad de México merece un nombre distinto. Así lo creen miles de activistas que, en los últimos años, han rebautizado calles, glorietas y monumentos.
Hace siete meses, el Foro Lindbergh en el Parque México de la Colonia Condesa fue rebautizado como Foro Gaza en una protesta contra la gentrificación. Antes, en 2020, un colectivo cambió las nomenclaturas de las calles del Centro Histórico y colocó placas con el nombre de cada uno de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa.
En 2024, el gobierno capitalino hizo oficial este gesto (que las marchas feministas llevaban años replicando) y sustituyó el nombre de las calles Gustavo Díaz Ordaz y Antonio López de Santa Anna por el de la vocalista de Santa Sabina, Rita Guerrero, y la pintora Remedios Varo.
Hay otra ciudad que espera ser nombrada.
En el Centro Histórico, por ejemplo, el Hemiciclo a Juárez hoy también se llama Plaza Palestina Libre y este sábado 7 de febrero recibirá a docenas de artistas y representantes de luchas sociales que celebrarán un festival gratuito contra el Genocidio en Palestina, contra “El Mundial del Despojo”, la gentrificación y los desalojos, la violencia contra las mujeres, la desaparición forzada, entre otras múltiples causas.
El evento lleva por nombre “Un rumor se levanta” y se declara independiente de cualquier partido político o de apoyos institucionales. Un escenario de 10 metros cuadrados bloqueará el flujo vehicular de Avenida Juárez desde la madrugada hasta el anochecer y allí se harán presentes desde La Botellita Retornable –la resurrección de la Botellita de Jérez, ahora comandada por Francisco Barrios, El Mastuerzo–, hasta el rapero Lengualerta, Juan Pablo Villa, Leticia Servín, Los Nakos, Zeiba Kuicani, el rolero León Chávez Teixeiro, las Musas Sonideras y más.
A la convocatoria se han sumado poetas, artistas gráficos; habrá presentaciones de libros, baile, comida, huateque y fandango hasta la madrugada.
“Se trata de reunir las resistencias frente a la ofensiva del capitalismo contra la clase trabajadora”, aseguran sus organizadores.
–Construimos este evento en pocas semanas entre todos, todas, todes como una respuesta a la realidad total –explica Francisco Barrios, El Mastuerzo–. Muchos quieren pensar que la izquierda parlamentaria y electoral que llegó al poder es idéntica a los regimenes anteriores. Yo creo que no: su forma de entender el aparato de gobierno es otra. Sin embargo, no deja de existir esta relación capitalista, no deja de ser capitalismo salvaje. A este evento nos convocan las causas sociales que se oponen a esta forma nociva de relacionarnos con la vida.






“Aquí se paró el águila”
Quién sabe cuántas historias comenzaron así, en un pequeño café en el Centro Histórico de la Ciudad de México, a media luz. Ahora hay unas 20 personas sentadas alrededor de una mesa, la cortina metálica está a medio cerrar, lo cual dota a la reunión de un aire de travesura, de pequeña intriga.
Allí está, con sus 90 años, León Chávez Teixeiro, el compositor que en los 70 renunció a presentarse en el progama Siempre en Domingo para militar en un partido semiclandestino y cantar en mítines obreros, en desalojos y plantones.
Más allá está el sacerdote Arturo Carrasco. En los últimos años se le suele ver al principio o al final de las marchas y protestas de familiares desaparecidos, ofreciendo misas ecuménicas en las que cualquier forma de espiritualidad es bien recibida.
Es todavía enero y, entre café y café, se debate con prisa. Hay que nombrar el evento, hacer propaganda y carteles, pensar en la seguridad, rentar el equipo y el escenario, llamar a otros músicos, conectarse con la gente de Santa Úrsula que está haciendo protestas por el Mundial de Futbol, con la gente de los desniveles de Tlalpan que corren riesgo de desalojo, con las trabajadoras sexuales y los presos políticos de Eloxochitlán.
–No, no hay ni que pedir permiso, ni que fuéramos nuevos: es una protesta –dice de pronto El Mastuerzo–. Que se anuncie en algunos medios un día antes y ya. Ese día llegamos temprano y decimos: “¡aquí se paró el águila!” y frenamos el tránsito.
Algunos de los presentes han participado en la organización de eventos similares como el festival Resonancias del Caracol que, cada año en algún punto de la Ciudad de México, celebra con música la resistencia del EZLN y las comunidades zapatistas de Chiapas.
Otros más han acompañado, desde hace más de una década, a víctimas en la instalación de pequeños memoriales en distintos puntos de la Ciudad de México: el antimonumento a los 43 estudiantes de Ayotzinapa, los antimonumentos a los mineros de Pasta de Conchos, la Glorieta de las Mujeres que Luchan o la Glorieta de las y los Desaparecidos.
Esta cercanía con víctimas y comunidades afectadas hace que los organizadores coincidan en mantener una distancia crítica hacia la izquierda gobernante que, en más de una ocasión, ha menoscabado estas agendas. En los últimos años, por ejemplo, pequeños memoriales instalados en las inmediaciones del Zócalo capitalino han sido retirados por órdenes de funcionarios públicos.
Afuera, un viento gélido vacía las calles. Estamos a unos pasos del campamento de República de Cuba, número 11, en donde 19 familias, la mayoría de la tercera edad, resisten a pie de calle luego de que fueran desalojadas de sus departamentos de manera violenta gracias a un fraude procesal. El gobierno de la Ciudad les ha prometido apoyo para regresar a su hogar e incluso la posibilidad de expropiar el edificio a su favor. Pero han pasado siete meses y dos de los vecinos han muerto a causa de la intemperie.
–También a ellos hay que invitarlos –dice el escultor Alfredo Casanova–.
–¿Y en Milpa Alta, ya vieron las protestas de hace unos días? ¿Han hablado con la gente de allá?
–Es que están pasando demasiadas cosas.

Cicatrices de la Guerra Sucia
Alberto Híjar, crítico de arte cuya biografía está marcada por la tortura y la prisión política que vivió durante la llamada guerra sucia de los 70, lo explica así:
–A la represión oficial y a la clausura policial de los espacios públicos, la gente responde con imaginación revolucionaria: con cultura popular revolucionaria. Y esa imaginación siempre va a estar allí, enfrentando o cuestionando la violencia de Estado.
Es uno de los veteranos que ha prestado su voz y palabras a los colectivos que insisten en defender la memoria de los crímenes de Estado en la calles de la capital. A sus 90 años ve en estos esfuerzos la continuidad de una batalla que él y su familia han sostenido por décadas.

–Es así, a base de cerrar calles, de tomar plazas, de armar eventos que se construye la camaradería –opina–. A mí cualquier mención de tortura o de violencia de Estado me provoca un calambre en el cuerpo: las huellas de la tortura no desaparecen aunque hayan pasado muchos años. Esto me hace entender las grandes movilizaciones: las de las mujeres cuando llenan las calles, las de las familias de los desaparecidos. La violencia nos hace descubrir y valorar la organización solidaria como única manera de sobrevivencia.
A Alberto Híjar lo capturaron un 14 de febrero de 1973. Militaba entonces en las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, una organización clandestina. Ese mismo día mataron a varios de sus compañeros. A él lo desaparecieron durante seis días. En ese tiempo estuvo recluido en la calle Circular Morelia, colonia Roma, dentro de una las sedes de tortura de la temida Dirección Federal de Seguridad. La presión de activistas y compañeros logró que lo presentaran con vida. Lo enviaron a Lecumberri, donde fue sometido a constantes baños de agua helada y golpizas que le destrozaron la rodilla.
–En 2019 pusimos una placa afuera de ese edificio en Circular Morelia número 8. Para recordar lo que ahí pasó, lo que ahí se hacía.
Tejer puentes entre la memoria personal y la colectiva es una labor que la gente asume cuando el Estado niega las reparación o el reconocimiento de sus mismos crímenes y omisiones. Por eso, Híjar defiende la pertinencia de los antimonumentos y de las manifestaciones disidentes en la ciudad. A él todavía le conmueve, por ejemplo, recordar el día en que fue instalada la Antimonumenta frente al Palacio de Bellas Artes.
–Yo vi cómo las mujeres cargaban esa pieza pesadísima, cómo rompieron la banqueta con picos, cavaron los cimientos. Vi también cuando un compañero en situación de calle se ofreció a cuidar el antimonumento de los 43 en Reforma y cómo lo ha convertido en un jardín. Estuve cuando el obispo Raúl Vera ofició una misa para los mineros de Pasta de Conchos y se instaló el antimonumento frente al edificio del Banco de México.
Le molesta que el oficialismo gubernamental en turno haya catalogado al movimiento de víctimas como “una molesta sección radical” de la izquierda, al mismo tiempo que promueven un “activismo bien portado”de intelectuales que deciden apoyar a los funcionarios antes que a la gente.
Por eso, Híjar celebra la irreverencia: sustituir la estatua de Colón por la silueta metálica de una niña, tapizar con retratos de personas desaparecidas las vallas policiacas con la que se cercó la vieja Glorieta de la Palma; instalar a los pies de Palacio Nacional el busto del activista Samir Flores –asesinado hace siete años–, sus ojos mirando hacia el balcón presidencial.

Al final, entre el sonido de los amplificadores y el fandango, lo que se intentará hacer en la Plaza Palestina Libre este sábado es visibilizar esas heridas ahora desde la celebración. Porque para resistir hay que saberse vivos y celebrar es la mejor forma de recordar eso. Renombrar una plaza, llenarla de música, no es sólo un gesto. Para Híjar es la continuación de su propia historia, de la misma fuerza colectiva que, en otro tiempo y frente a otra represión, logró que él fuera presentado con vida.
–De eso se trata todo –concluye.
El cuerpo en el espacio público
La memoria de la represión no sólo se inscribe en placas y antimonumentos. También se encarna. Mientras Híjar busca exteriorizarla en las calles, la bailarina Argelia Guerrero emprende el camino en dirección opuesta: hacer de su cuerpo un instrumento no sólo de memoria sino de transformación del espacio.
Es común encontrarla en eventos zapatistas, en encuentros con madres buscadoras o con familias de víctimas de feminicidio. A veces, le piden que ofrezca un baile al final de una protesta o en mitad de una marcha. La responsabilidad de encarnar en sus músculos y huesos esas historias a veces la abruma, pero… ¿para qué bailar si no es para ligarse con los otros?
Más allá del cartel del festival “Un rumor se levanta”, la música e incluso las consignas, a Argelia Guerrero la mueve una pregunta: ¿cómo nos relacionamos en el espacio público?

–Frente al lenguaje del absurdo, del egoísmo, de la mentira, del agandalle político, a mí me parece importante poner el cuerpo sobre el espacio público, literalmente, y demostrar que hay otras formas de relacionarnos.
La primera vez que hizo algo así fue en la plaza central del pueblo de San Salvador Atenco, en el 2011, cuando 12 activistas del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT) fueron liberados después de cinco años de prisión injusta. En esa plaza comenzó la represión: cuerpos policiacos federales y estatales mataron a dos jóvenes activistas, detuvieron a cientos de personas y violaron a 26 mujeres.
–Yo tenía 25 años. Y para mí fue muy importante. Las imágenes de lo que ocurrió en Atenco hace 20 años fueron terribles. La represión contra hombres, contra mujeres, contra vecinos que sólo defendían su territorio fue brutal. Qué honor cuando me invitaron a usar mi cuerpo, mi baile, para resignificar ese espacio.
Bailar entonces deja de ser un espectáculo o un ornamento. Argelia cree en la necesidad de “vestir” a los movimientos de múltiples lenguajes.
No se trata de hacer un performance sobre las víctimas ni de mantener un público cautivo durante un acto político. La intención es construir un momento con la gente, un abrazo coreográfico para intenta transformar el trauma contenido en ciertos lugares en memoria viva.
Esta ética del acompañamiento es lo que intentará replicarse este sábado en la Plaza Palestina Libre: se trata de reivindicar las calles como un espacio no sólo público sino compartido, un sitio donde las heridas tengan también un momento y que el dolor pueda acompañarse. El objetivo, como señala Argelia, es “contribuir a hacer los espacios políticos más creativos, más lúdicos, más empáticos”.
Al final, se trata de una apuesta, piensa. Un fandango, un verso, una danza, una canción pueden ser el primer paso para nombrar –y reclamar así– un mundo que pueda ser común.


