Los glaciares extintos del Iztaccíhuatl
La Mujer Dormida se queda sin hielo: los glaciares están oficialmente extintos en esta montaña. De los 23 glaciares que existían en México hace 50 años sólo queda uno en el Pico de Orizaba.
Hace menos de diez años este paisaje árido, seco, era una gran masa de hielo: el Glaciar de Ayoloco en la montaña del Iztaccíhuatl. Hoy, mientras desciende por entre las rocas, el alpinista Fernando Sánchez recuerda haber caminado por aquí y sorprenderse por el sonido de sus pasos amplificado por la acústica fría del agua congelada.
“Caminabas y se escuchaba hueco por todo el hielo que había debajo de ti”, se lamenta.
Hoy sólo queda un páramo de tierra yerma interrumpido por pequeñas manchas de nieve.
Para 1958, en México existían 23 glaciares: 11 en el Iztaccíhuatl, 3 en el Popocatépetl y 9 en el Pico de Orizaba. Hoy en todo el país solo queda un glaciar vivo: el Glaciar de Jamapa, situado en la cima del Pico de Orizaba a más de 5,000 metros sobre el nivel del mar. El Glaciar de Ayoloco fue el último de los once glaciares que alguna vez tuvo el Iztaccíhuatl y fue declarado oficialmente extinto en 2018 por especialistas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), tras décadas de retroceso acelerado.




“Aquí existió el glaciar Ayoloco y retrocedió hasta desaparecer en 2018. En las próximas décadas, los glaciares mexicanos desaparecerán irremediablemente. Esta placa es para dejar constancia que sabíamos lo que estaba sucediendo y lo que era necesario hacer. Solo ustedes sabrán si lo hicimos”, se lee en una placa de metal que hace cinco años, científicas y científicos de la UNAM colocaron en una roca a cuatro mil 626 metros sobre el nivel del mar, en el costado poniente del Iztaccíhuatl.
Uno de los especialistas que colocó esta placa es Hugo Delgado Granados, hoy investigador titular del Departamento de Vulcanología del Instituto de Geofísica de la UNAM. Su primera expedición al Iztaccíhuatl ocurrió en 1974. En aquel entonces el Glaciar de Ayoloco llegaba prácticamente a la puerta del Refugio Otis McAllister, ubicado aproximadamente 4,620 metros sobre el nivel del mar. “Era una pendiente de puro hielo y, para quien gusta de los ascensos difíciles, estaba el embudo de Ayoloco: una subida casi totalmente vertical para la que era necesario llevar martillo y piolet”, asegura el investigador en entrevista con Fábrica de Periodismo. “Hoy en día eso ya no existe. Actualmente el ascenso por el lado de Ayoloco es bastante fácil, es prácticamente una caminata, ni siquiera se necesitan crampones”.

Ya no hay glaciares en el Iztaccíhuatl, solo remanentes
Otro de los glaciares que llegaron a existir en el Iztaccíhuatl fue el Glaciar de la Panza, un campo blanco y continuo que marcaba la silueta nevada del volcán y que, para mediados del siglo XX, se estima que llegó a medir entre 10 y 20 metros de espesor en sus zonas centrales. Antes, cruzarlo era relativamente sencillo: bastaba con caminar sobre esa planicie de hielo. Pero hoy esa panza que alguna vez estuvo llena se ha vaciado casi por completo. En su lugar queda un socavón enorme con un pequeño lago de nieve derretida que ha obligado a los alpinistas a optar por otras rutas por el riesgo que representa.
Para 1958, en México existían 23 glaciares: 11 en el Iztaccíhuatl, 3 en el Popocatépetl y 9 en el Pico de Orizaba. Hoy en todo el país solo queda un glaciar vivo: el Glaciar de Jamapa, en la cima del Pico de Orizaba.
De acuerdo con Delgado Granados, las pequeñas masas de hielo que aún se observan en el Iztaccíhuatl son solo remanentes de los grandes glaciares que alguna vez existieron en esta montaña. Sin embargo, el glaciólogo y maestro en Ciencias de la Tierra, Guillermo Ontiveros González, es tajante: en el Iztaccíhuatl ya no hay glaciares. Ontiveros señala que un glaciar es una gran extensión de hielo profundo y transparente, y que lo que persiste hoy en esta montaña es únicamente hielo de no más de un metro de profundidad.
Ontiveros explica que los glaciares se forman a partir de precipitaciones sólidas —nieve, granizo o aguanieve— que se acumulan año tras año y se compactan sobre la superficie terrestre. Con el tiempo, el peso de las capas superiores transforma la nieve en hielo denso. Pero para poder ser considerado un glaciar, la recarga debe mantenerse durante periodos prolongados, es decir, uno tendría que regresar dos o tres años después y encontrar esa misma nieve ya convertida en hielo.
El problema, explica el científico Hugo Delgado, es que el calentamiento global ha ido empujando hacia arriba la llamada Línea de Equilibrio: la frontera que separa la zona donde el glaciar se alimenta porque la nieve se acumula y se conserva, de la zona de pérdida: donde el hielo ya no resiste la temperatura y comienza a derretirse.
En México, esa línea ya se encuentra por encima de los 5,300 metros de altitud y el Iztaccíhuatl alcanza apenas los 5,240 metros: toda la montaña quedó por debajo de esa frontera climática. “En términos simples ya no existe en el Iztaccíhuatl una zona lo suficientemente fría como para que la nieve se mantenga año tras año. Toda la nieve que cae termina derritiéndose. Es pérdida absoluta”, lamenta el investigador.

Según ambos científicos, a esto se suman otros factores que terminan por derretir los glaciares. Por un lado, la poca precipitación sólida que aún hay ya no coincide con la época del año que reúne las condiciones necesarias para que pueda conservarse. Es decir, mientras en verano se registran precipitaciones abundantes, durante el invierno, cuando el frío sí permitiría que esa nieve permaneciera y se transformara en hielo, la precipitación es escasa.
Hay un tercer elemento imposible de pasar por alto: la contaminación de las zonas industriales de la Ciudad de México y de Puebla. Es muy posible que la proliferación de hidrocarburos haya influido en el retroceso de los glaciares. Las partículas generadas por la quema de combustibles fósiles —hollín, polvo y otros contaminantes— terminan depositándose sobre las masas de hielo de las montañas, alterando su albedo, es decir, su capacidad de reflejar la luz solar.
“Un glaciar limpio, blanco, actúa como un espejo: refleja la mayor parte de la radiación y eso ayuda a mantenerlo frío. Pero cuando su superficie se oscurece por la contaminación, deja de reflejar y empieza a absorber más calor. Esa absorción eleva la temperatura del hielo y acelera su derretimiento”, explica Ontiveros.
La afectación comunitaria
La extinción de los glaciares del Iztaccíhuatl, y en general de todo México, tiene ya consecuencias visibles. Los glaciares funcionan como reguladores hídricos: almacenan agua en forma de hielo y la liberan de manera gradual hacia las cuencas, los mantos acuíferos subterráneos y los arroyos, especialmente en épocas en las que no hay lluvia. Sin la presencia de los glaciares hay arroyos que ya empezaron a secarse.
Antonia Palacios es originaria del pueblo de San Pedro Nexapa, en el municipio de Amecameca y tiene 76 años. Lleva más de 47 años vendiendo quesadillas y café en el paraje de Tlaquepec a quienes planean visitar el Parque Nacional Izta-Popo. Cuando era joven, recuerda, cerca de su casa corría el río Las Palomas. Bajaba de los glaciares de las montañas. “Era muy ancho y todo el día se escuchaba el golpeteo del agua. Pero hoy ya no es más que un chorrito que tuvieron que entubar, y que ya no alcanza para todo el pueblo. Ahora tenemos que comprar pipas que nos cuestan casi 1,500 pesos”.

Al vulcanólogo Hugo Delgado le preocupa esto. Sin glaciares, la explotación de los cuerpos de agua subterránea puede agudizar aún más el desequilibrio si no se cuida el volumen de agua que se extrae. En su opinión, la extinción de los glaciares y la falta de memoria y de conciencia de lo que implica esta pérdida es mucho más grave de lo que la mayoría quiere admitir. Su sentencia es dura: “Si nosotros no cuidamos el planeta, quienes vamos a extinguirnos somos nosotros como especie. La Tierra seguirá existiendo, estén los humanos o no”.





