El viernes pasado 28 de marzo murió el ingeniero Gustavo Díaz Ordaz Borja, hijo del ex presidente durante cuyo mandato el Ejército cometió la matanza estudiantil del 2 de octubre de 1968. Treinta años después de esos cruentos hechos, el hijo de Díaz Ordaz concedió la única entrevista que dio en su vida para hablar de su padre, de su responsabilidad política, del ex presidente Luis Echeverría, de la “conjura comunista” y de cómo su padre vivió los años de repudio de una buena parte de la sociedad mexicana.
Publicada en la edición del 28 de septiembre de 1998 de la revista Milenio Semanal, la reproducimos por su relevancia periodística.
Hay algo extraño en este edificio que no cuadra del todo con el barullo, los colores, las formas, el caos del exterior. Es plena avenida Insurgentes y aquí todo parece, se ve, se huele y es como en los cincuenta o sesenta. Una sensación indefinida crece mientras se sube por la escalera que conduce al pent-house. El color de la alfombra, un tono verde chillante, choca con el gris seco, árido, austero de las paredes.
Luego de meses y cartas sin mayor respuesta, Gustavo Díaz Ordaz Borja accede a platicar; sólo a platicar, es la advertencia. Se encuentra cobijado en 30 años de silencio, en tres décadas de soportar lo que él llama calumnias sobre su padre, de no inquietar los recuerdos. Si su padre era un modelo de estoicismo, él, sin duda, lo ha heredado.
Treinta años sin hablar públicamente sobre el sexenio de su padre, prácticamente toda su vida de adulto resistiendo, reprimiendo los deseos de responder una a una las acusaciones, eludiendo el fantasma de Tlatelolco, del 68 o de los Juegos Olímpicos.
No va a ser fácil que este hombre hable. Guarda un profundo escepticismo respecto a los medios de comunicación y conserva en la piel la poco grata experiencia de haber abierto al escrutinio de historiadores las memorias de su padre. Es algo de lo que se arrepiente.
Por eso, aunque se lo han sugerido los ex presidentes De la Madrid y Salinas de Gortari, aún no está convencido de abrir los archivos. El silencio es la respuesta.
Pero aquí estamos, en un pent-house cuyo arreglo denota que no es frecuentemente usado. Todo se encuentra en orden, sin polvo, pero sin grandes adornos, esperando al hijo del ex presidente más vilipendiado de los últimos 50 años por un sector de la sociedad que lo responsabiliza de cada una de las muertes de ese 2 de octubre.
Llega Gustavo Díaz Ordaz hijo y, con él, la primera sorpresa. No se parece físicamente a su padre. Tiene la tez clara, los ojos claros, su cabello muestra visos de haber sido claro. La quijada no es, ni mucho menos, parecida a la que ganó tantos escarnios a su papá. Conserva, sí, esa estructura corporal que mostraba el ex presidente. No es la que debía corresponderle, en términos generales, a un hombre de 60 años. Su apariencia es la de alguien más joven.
El hijo del ex presidente quiere saber con quién va a hablar, por qué en Milenio se han publicado textos que comienzan a fracturar los mitos de las dos historias del 68 —la oficial y la de los miembros del Consejo Nacional de Huelga de ese año— que se busca. No una entrevista exculpatoria ni reivindicadora de la imagen de su padre. Sencillamente, la voz de la familia, la impresión que tienen ellos del juicio histórico. Se pretende saber qué piensa su hijo mayor, el legado de las memorias del ex presidente.
Para qué, se pregunta, remover los silencios, para qué buscar respuestas que cree ya se han extinguido, para qué indagar más si su padre ya dijo su verdad en el momento propio.
Gustavo Díaz Ordaz Borja, cree, como su padre, que todo fue producto de una conjura de “alborotadores”, “acelerados”, “comunistas”. Está en su derecho. Luego, ya en las dos sesiones formales de la entrevista, dejará ver que él mismo ya no está tan convencido de esa historia.
¿Qué tanto tiene que ver este Díaz Ordaz con el otro, al que la historia contemporánea empieza a darle un trato menos severo? Todo. Luego de que su padre dejara la Presidencia, se convirtió en el confidente, en el mejor compañero de viajes, de juegos. Con quién, si no, se iría a Broadway a disfrutar de las obras musicales, de la buena comida neoyorquina, de las largas caminatas por las caóticas avenidas de Manhattan. Con él compartió las dos finales de la Serie Mundial de Beisbol que el ex presidente pudo atestiguar, con el gozó continuamente del calor y la arena de Acapulco y la soledad y tranquilidad de la casa de Ajijic, a la orilla de Chapala.
Con él, también, vivió el desprecio de una sociedad a la cual dieron la espalda durante años, para envolverse en una pequeña sábana de amigos y familiares que siempre creyeron que el ex presidente había salvado al país. Nunca, con excepción de dos años, vivió fuera del país. No había por qué hacerlo.
Para el hijo, como para el papá, no hay historia antes y después del 68. Esas son patrañas de los de siempre, de los agitadores. Si hay México ahora es gracias a la “firmeza” de don Gustavo.
Se acerca la efeméride. Treinta años durante los cuales no ha dado una sola entrevista y ahora enfrenta una ola de peticiones. Lo buscan diarios y semanarios; lo busca la televisión, pero no accede porque sabe que en ésta sólo hay lugar para unas cuantas frases. Teme que manipulen lo que diga.
Gustavo Díaz Ordaz Borja es un hombre que, al menos en esta ocasión, se muestra indeciso, no quiere provocar polémicas, no quiere molestar a nadie, no desea agitar, no le agrada ser el que lance la primera piedra.
Uno esperaría encontrar a un hombre que hablara, ya, después de tanto tiempo, y dijera su versión, que saliera, decididamente, en defensa de su padre, pero no. Cualquier hijo lo haría. Pero no. Sus razones tendrá.
Se da la primera cita. Y se ha convertido en un hombre dominado por la cautela. Quizá sea —sólo es una especulación— un reflejo de su profesión de ingeniero, un hombre que está acostumbrado a calcular muy bien cada paso. Transcurren los minutos y corren las cintas de las grabadoras. ¿Cuándo y a qué hora se verá la verdadera posición del hijo del ex presidente? Nada. Está nervioso. Lo incomodan algunas preguntas. No le agrada hablar de esto. ¿Por qué no querrá tocar temas importantes; por qué no, de una vez, librarse de esa carga largamente arrastrada, por qué no responde a lo que de nueva cuenta acaba de declarar el también ex presidente Luis Echeverría contra su padre? ¿Cuándo abandonará la tibieza?
Es mejor interrumpir la sesión y hacer la cita para un segundo encuentro. Una llamada de su oficina la adelanta. Puede ser una buena señal. Seguramente ya habrá leído las nuevas declaraciones de Echeverría, que son aún más fuertes y en las que éste trata de evadir toda responsabilidad y pretende colocar más lajas sobre la tumba de Gustavo Díaz Ordaz.
Se reanuda la entrevista. Y Gustavo Díaz Ordaz hijo es otro. Está nervioso, incluso hasta un poco irritable. Le es difícil controlar el movimiento de las manos. Está molesto, aunque trata constantemente de ocultarlo. Le parece demasiado que Echeverría Álvarez no haya tenido el valor de expresar lo que estaba afirmando cuando su padre estaba vivo.
Por fin, rasga el silencio.
¿Cuál es su opinión sobre los juicios históricos que una parte de la sociedad hace de la figura de su padre?
La opinión sobre él es positiva. Hay gente que se me acerca y me dice que fue un gran presidente, si no es que el mejor presidente. Después, últimamente se han desatado, a través de muchos medios, opiniones contrarias a la ideología de mi papá o a la forma en que ejerció la Presidencia.
Para valorar me puedo basar, por ejemplo, en una encuesta que salió en Reforma y ésta es favorable a mi papá, bastante favorable. Es más, de los últimos cinco presidentes, con bastante ventaja.
Cuando escucho juicios contrarios a mi papá, lo que siento es lo que se siente cuando se hace una injusticia, porque yo lo conocí y sé que, en términos generales, no son ciertos esos juicios.
Se le considera responsable de la matanza en Tlatelolco.
Él asumió la responsabilidad, no de lo que ocurrió, sino de las acciones que tomó el gobierno: de haber mandado al Ejército a las calles, a Tlatelolco. Esa es la responsabilidad que asumió. Desde luego, la reacción que tuvo el Ejército fue frente a un ataque.
Los que quieren hacer del 68 su bandera piensan que fue un movimiento espontáneo. Sé que no fue así. Por lo menos un año antes, mi papá nos comentó que iba a haber problemas, alborotos, antes de las Olimpiadas. Él tenía información de que se había estado planeando boicotear las Olimpiadas. Él sabía, y después, en el transcurso del año, nos lo repitió.
Luego de varios años de Tlatelolco, ¿qué pensaba su padre del 68?
Alguna vez alguien dijo que el país había sufrido una crisis de conciencia y él estaba en desacuerdo. Él pensaba que era una cosa planeada, que la gente estaba manipulada y que, desde luego, la mayor parte de los que participaron eran puros. Cuando uno es estudiante, uno tiene ideas puras, pero cuando a uno lo manipulan, cuando se es joven, no se da cuenta de esa manipulación.
Desde luego le dolió que hubiera tenido que pasar eso. Sentía una profunda tristeza por todos los muertos que hubo.
Ahora, también pensaba que no se había violado la autonomía universitaria, no se había violado al tratar de imponer un tipo de cátedra, el influenciar algunos nombramientos. Simplemente, cuando tuvo que entrar el Ejército fue precisamente porque no había una extraterritorialidad y tenía que limpiar eso; según informes que tenía mi papá, se había vuelto un nido de delincuentes.
Mi papá pensaba que habían sido influidos por gente de la embajada de Cuba, gente relacionada con la CIA y que también estaban inmiscuidos algunos políticos ardidos con él.
Creo que mi papá sí pensó que lo querían tirar, derrocar de la Presidencia, no que haya creído que tenían chance de que lo tiraran. Pensó que tenían ganas de apoderarse del poder.
¿Nunca llegó a revisar la tesis de la conspiración extranjera? ¿Siguió pensándolo hasta que murió?
Lo siguió pensando. Desde antes sabía, tenía información de que se estaba preparando algo. Nunca revisó eso. Incluso todavía unos cinco días antes de morir, me enseñó una foto donde había unos norteamericanos y me dijo: “Mira, parece que tienen una crisis de conciencia”.
¿Le dolía a su padre que lo culparan de la matanza de Tlatelolco?
Sentía que alguna gente era injusta, pero cuando uno sabe que actuó bien… Lo principal es saber cómo tiene uno la conciencia. Él, yo sé, porque lo platicamos, murió con su conciencia tranquila. Cuando duele es cuando uno siente que algo tiene que le pise.
Yo siento que se hace una injusticia cuando lo juzgan mal o veo un artículo en contra, pero no por el dolor de saber que mi padre cometió una matanza: él simple y sencillamente trató de guardar el orden, de hacer lo mejor que podía, pero nunca ordenar que se asesinara a alguien, ni mucho menos. No es dolor, es una sensación de injusticia.
Él acepta que pidió que el Ejército interviniera en Tlatelolco. ¿También aceptó que el Ejército disparara contra los estudiantes?
No, nunca. Lo que siempre mi papá supo y lo que siempre creyó, es que el Ejército disparó contra las personas que le dispararon. El Ejército tuvo que responder al fuego.
Ha crecido la sospecha de que el 2 de octubre se tendió una trampa.
Yo pienso, sin que mi papá me haya dicho que fuera tal, que esa era su idea; o sea que el Ejército ahí cayó en la trampa. Creía que alguien planeó algo porque sentían que el movimiento se estaba acabando y necesitaban que hubiera muertos, mártires. Mi papá se quedó siempre con esa idea. Sintió que había sido una trampa más para el gobierno y para el sistema que para su persona.
Y yo no me lo explico de otra manera. Si no es una trampa o algo planeado, quién lo pudo haber ordenado. Obviamente, un presidente no puede ordenar, sería absurdo, que se enviara al Ejército a ametrallar a los estudiantes.
¿Tiene más elementos para pensar que fue una trampa?
Hubo gente que estaba preparada y empezó a disparar. Por lo menos, la información que le llegó a mi papá es que había gente que empezó a disparar desde las azoteas. Si entra el Ejército y le empiezan a disparar, lo planean ¿no?
Lo cierto es que mi papá nunca habló de los hombres de blanco que ahora se mencionan mucho, nunca los mencionó.

En la entrevista que publicó El Universal en estos días con Luis Echeverría, él afirma que su padre explícitamente envió a este grupo, al Batallón Olimpia, a detener a los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga (CNH).
No sé en qué se basa; los mitómanos están desbordados.
¿Usted piensa que es mentira?
No sé. Las cinco personas que pudieron estar o están más enteradas del problema del 68 fueron mi papá, que ya murió; el general Marcelino García Barragán, que ya murió; Hernández Toledo, que ya murió; Luis Echeverría y el general Gutiérrez Oropeza. Entonces, el único que pudiera aclarar alguna de esas cosas, sería él.
Entonces, ¿qué hay de lo que dice Luis Echeverría?
Pienso que hay demasiadas mentiras. La gente ahora se ha caracterizado por querer llamar la atención por ese caso, “yo estuve, yo supe”… porque ya no está quién la contradiga. Es muy cómodo ahorita hablar. Por qué no habló antes de esas cosas.
Luis Echeverría también dijo que no hubo la suficiente tolerancia de parte de su padre respecto al movimiento estudiantil.
Es bien fácil echarle la culpa a alguien que ya está muerto. Mi papá aceptó sus responsabilidades y eso no se lo vamos a discutir, pero seguramente hay corresponsables.
La responsabilidad de los actos que tomó su gobierno los aceptó íntegramente, como dijo en su Informe, en todas las modalidades: ética, moral, jurídica.
Pero echarle la culpa no se vale, sobre todo ahora que está muerto, que no se puede defender. Me parece que si el licenciado Echeverría tenía alguna cosa que decir directamente contra mi papá, se lo debió haber dicho en los 11 años que todavía vivió. Pienso que no se vale.
¿Y qué piensa cuando escucha que el señor Díaz Ordaz tenía que hacer uso de la fuerza para que se cumpliera la ley?
Son mentiras, porque yo conocí a mi papá. Sabía que cuando se tenía que usar, la tenía que usar; pero siempre dio otras opciones, nunca como argumento primordial la fuerza, pero siempre, hasta para dialogar, hay que ser fuerte.
Se lo comento porque el licenciado Luis Echeverría dijo que su padre priorizaba el uso de la fuerza.
Pues no coincido, porque mi papá no era así.
¿Ese tipo de declaraciones le molestan?
Sí, lo normal. Estamos acostumbrados a que levanten calumnias. Pero sí, no dejan de molestar. Me extraña mucho y podría preguntar lo que cualquier mexicano: ¿por qué hasta ahora?
No tengo los elementos para salir a hacer una defensa que yo considere fuera realmente válida, porque después de 30 años una calumnia que pasó entonces, ahora qué elementos tiene uno para rebatirla.
En el libro de Enrique Krauze, La presidencia imperial, hay un par de anécdotas que dan a entender que su padre estaba mal informado o lo estaban informando mal. Una es sobre la supuesta colocación de una bandera rojinegra en la Catedral y la otra sobre una presunta intención de los estudiantes de tomar el 2 de octubre el edificio de Relaciones Exteriores. ¿Es posible que lo estuvieran engañando?
Eso sí es muy posible. El presidente no estaba en Tlatelolco ni podía estar en todas partes. Estaba sujeto a la información que le daban. Si le falsean la información, desde luego que pudo tomar decisiones equivocadas.
¿Supo su padre toda la verdad de lo que pasó el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas?
Toda no. Desde luego que hay alguien, el que planeó eso. Y dudo que algún día alguien pueda conocer completamente toda. Quizá no se sepa nunca. Como hijo me gustaría que se supiera, porque eso quitaría cualquier sospecha de culpa sobre mi papá.
¿Usted siente que fue engañado?
Siento que sí fue engañado en algunas cosas. Es muy raro que a estas alturas salgan cosas que nunca antes habían saltado y que, después de 30 años, lo hagan a la luz pública las mismas personas que han tenido la boca abierta prácticamente todo ese tiempo.
¿Quién le daba a su padre la información a partir de la cual tomaba las decisiones?
A mi papá le informaban desde diferentes lados, pero la principal era la Dirección Federal de Seguridad y de Investigaciones Políticas y Sociales, ambas dependientes de Gobernación. En esa época, la inteligencia del gobierno era la Dirección Federal de Seguridad que encabezaba el licenciado Luis Echeverría Álvarez.
¿Cuál es la percepción que tenía de Luis Echeverría?
Cuando lo traté, fue antes de que fuera candidato. Después nunca. Lo vi como una gente muy cumplidora. Yo pensé que muy leal.
¿Ya cambió de opinión? ¿Hubo ruptura con su padre?
(Respira, un silencio) La ruptura es medio relativa.
¿Ya cambió su opinión sobre la lealtad del licenciado?
No estoy seguro. La verdad es que no estoy seguro. La lealtad al señor Díaz Ordaz, creo que no existió. En todo caso, hubo una del secretario de Gobernación al presidente. Era una lealtad probablemente institucional, pero ahora tampoco de eso estoy muy seguro.
Luis Echeverría dice que tan pronto se hizo la entrega del poder, nunca más volvió a ver a su padre y que incluso llegó a saber que éste se arrepentía, se miraba al espejo y se repetía: “¡Pendejo, pendejo, pendejo!”
La verdad no sé en qué se base, por qué lo dice, pero sí puedo decir que no es cierto, porque a mi papá nunca lo vi pendejearse. Probablemente sí se haya arrepentido de hacerlo candidato, pero no por la ruptura, sino porque vio que estaba empinando al país.
Mi papá algún día dijo: “Si Echeverría me hubiera hecho algo a mí, yo se lo perdonaría, pero lo que le hizo al país no se lo puedo perdonar”.
¿Es verdad que ustedes estuvieron a punto de impedir que Luis Echeverría fuera al sepelio de su padre?
Cuando supimos que iba Echeverría al sepelio de mi papá, pedimos a José López Portillo que le dijera que no fuera. Vino un funcionario, un amigo común, nos dijo que el presidente, por unidad nacional, nos pedía que aceptáramos a Echeverría.
Fue y desde luego tuvo un recibimiento muy frío. Mi hermana Guadalupe no lo saludó —antes había dicho que lo abofetearía—, tampoco Alfredo. A mí me sacó un saludo contra mi voluntad. Fue recibido porque lo pidió el presidente.
¿Por qué se sentían lastimados?
Mejor no lo hablamos ahora. No sentíamos que era sincero. Por muchas cosas que uno va percibiendo.
Su padre fue una figura rodeada por la dureza, el autoritarismo.
Esa es la imagen que pasó en los medios de la época. Tomaba varias medidas, pero nunca violentas. Nunca lo vi ser violento. Yo recuerdo, antes de que fuera presidente, anécdotas de que alguna vez íbamos en el coche a los toros, venía manejando, alguien se bajó a reclamarle algo y nunca lo vi violento. Yo reaccionaba más violento que él.
La imagen de hombre violento se la han pintado, probablemente, algunos de los medios o algunas de las gentes que no coinciden con mi papá. Todos los que lo conocieron, al contrario, atestiguan que tenía muy buen humor, decía muchos chistes. No sé por qué han inventado ese tipo de personalidad. Incluso, durante el problema, hizo un discurso en el que dijo que había una mano tendida.
Le respondieron que se hiciera la prueba de la parafina.
Esas respuestas las consideraba lógicas, conocía a la gente. Le voy a contar. Mi papá, al día siguiente de que lo destaparon, nos juntó a la familia y nos dijo: “Miren, esto no es un botín, es lo primero que les quiero decir. Lo segundo es que tienen que estar preparados, se van a inventar muchas cosas de mí, de nosotros, se van a decir muchas mentiras, para que estén preparados, que no les cause irritación”.
El escritor Ricardo Garibay pinta una imagen muy distinta.
Nunca supe de él. No sé, hasta la fecha, solamente lo que se menciona en el libro. Nunca lo vi.
Garibay expresa algunos conceptos que no son nada agradables. Por ejemplo, dice que su padre maltrataba e incluso humillaba a sus ministros y que la juventud era, para su padre, sólo una bola de “parásitos chupa-sangres”; de los periodistas no pensaba mejor: “Mendigos, agazapados chinga-quedito”.
No lo conocí, nunca oí hablar de él, hasta la publicación de su libro. No sé de dónde saca eso. Nunca oí que mi papá lo nombrara. En el libro de Krauze hay un personaje que menciona la fealdad de mi papá como uno de sus complejos. Es un tal licenciado Urbano de Loya, quien conoció a mi papá cuando ya había salido de presidente, de 71 a 78. Cómo podría haber dicho eso.
A propósito de los rasgos de personalidad, en el libro de La presidencia imperial se menciona que su padre tenía un terrible complejo por la fealdad física, que lo llevaba a ser duro, que eso era la razón de su autoritarismo.
Totalmente falso. Me parece que la pregunta lleva implícita la respuesta. Algunas gentes piensan que tenía ese complejo o se los han hecho creer. La verdad no sé ni de dónde se sacó.
Además, los mexicanos nunca nos hemos sentido guapos. En México los complejos son de sentirse macho, muy hombre, pero no es una cosa muy de la idiosincrasia del mexicano el sentirse guapo o feo. Eso siempre lo olvidamos y no nos fijamos mucho en eso.
Una de las formas de representar a su padre era a través de la imagen de un gorila montado en un tanque del Ejército, ¿le molestaba eso?
¿A mi papá o a mí?
A los dos.
A mi papá no lo sé, a mí no. Uno sabe que los caricaturistas tienen que hacer cosas para que sean mal vistos y a la gente le cause risa. Seguramente hubo caricaturas marchando sobre una línea recta, siempre con la ley en la mano y lo pintaron de otra manera… digo, que me moleste así como para que me enoje y me quite el sueño, la verdad no. Hay otras opiniones.
¿Qué opina de la imagen de su padre que se dibuja en el libro de Enrique Krauze, qué tan cercana es a la realidad?
Preferiría no entrar en esos terrenos ni comenzar una polémica directamente con alguien.
¿De Krauze, prefiere no opinar?
Pues sí, prefiero no hacerlo.
¿Y qué pensaba su papá sobre la renuncia de Octavio Paz a la embajada en India y las protestas de Carlos Fuentes?
A mi papá no le pareció muy auténtica la renuncia de Paz, lo comentó. Lo único que hizo fue alejarse, ponerse a disposición, pero seguía recibiendo sueldo. Pensó que era un poco un acto de decir “estoy con la izquierda y no estoy de acuerdo con el presidente”.
¿Llegó a platicar con Paz de eso alguna vez?
Sólo una vez, en la boda de una hija de Fernando de Fuentes, estuve sentado junto a Octavio Paz. Llegó un momento en que alguien dijo que se brindara por el ex presidente Díaz Ordaz, pero no recuerdo si brindó o no. El tema de la renuncia no se trató.
Siempre hay gente en desacuerdo. Los intelectuales sienten que tienen que ser más de izquierda que de derecha, entonces tienen que tomar esas poses.
Cuando ocurrió la renuncia, mi padre no me comentó nada. No fue tema de mayor importancia. Paz era reconocido como literato, pero no como buen político.
¿En las memorias de su padre hay alguna referencia a lo que pasó ese 2 de octubre?
No quisiera hablar de las memorias, que ni siquiera se pueden considerar como memorias; son testimonios, pero no menciona nada, hasta donde yo recuerdo.
¿Usted cree que se pueda llegar a saber la verdad de lo que ocurrió?
Sería muy saludable que se conociera la verdad. Mi papá nunca la llegó a conocer, pero siento que si en aquella época se trató de llegar a la verdad y no se pudo, creo que 30 años después es prácticamente imposible por el tiempo. Si las cosas que se hicieron ayer muchas veces es difícil saber quién las hizo, las que pasaron hace 30 años mucho más.
Hay gente viva, pero los hechos ya están muy lejos. No sé por qué tanto énfasis. Pienso que hay gente que quiere seguir con eso, como que es ahí donde empezaron y quieren, a través de eso, volverse héroes o mártires; existe un afán de vengarse, probablemente.
¿De verdad cree que debe cerrarse esa parte de la historia?
Sí. Pasó y ya pasó, qué se puede hacer. Mi papá asumió la responsabilidad y ya se murió. Quieren buscar algún culpable, búsquenlo; qué le van a hacer: ¿lo van a castigar cuando lo encuentren o es nada más para cerrar la herida?
Todavía si dijeran que hay un juicio penal, bueno. No lo hay en este caso; lo que hay es nada más un “queremos saber, queremos saber”.
Creo que la mayor parte de la gente, he platicado con muchos jóvenes, no se interesan por el tema, ni siquiera cuando sale un programa de esos. En términos generales apagan la televisión, están aburridos. Sólo le interesa a los viejos políticos. En términos generales al pueblo no le interesa, prefieren una película de Pedro Infante que un programa de esos.
Para mí está cerrado ese capítulo. Quedó cerrado desde el momento en que mi papá salió de la Presidencia y cuando él dijo: “Asumo la responsabilidad”.
Si se hubiera encontrado con algo que le hubiera hecho pensar que lo habían malinformado, probablemente hubiera investigado más, pero no. Terminó, hizo lo que tuvo que hacer: “Hasta luego, ahí los dejo para que me juzguen”.
Mi papá asumió la responsabilidad de las acciones del gobierno. Punto. Ahora, si fueron afectadas, entrampadas por alguien, ese es el que tiene la culpa, ya no la responsabilidad, y ese no acepta ninguna responsabilidad.
¿Siente que la historia ha tratado bien a su padre? Hay varias generaciones que lo consideran responsable de la matanza de Tlatelolco.
No me gusta especular, ni me gusta ir a esas referencias, ¿cuál historia? Hay dos historias: una la hará justamente y la otra será injusta.
¿Cuál cree que pesará más?
Cuando la encuesta, iba ganando la buena y no había sido tan influida por gente que estuvo del otro lado. Hay veces que la historia sí llega a cambiar, y no necesariamente lo que pasa a la historia es exactamente la verdad.
Entonces, yo digo que la historia absolverá a mi papá.


