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Aventuras de un joven vagabundo <br>por los muelles
Foto: Las Palmas España/ Pexels: Boys in Bristol Photography,
Cultura

Aventuras de un joven vagabundo
por los muelles

Publicado el 9 de mayo 2026
  • Cultura

Jon Lee Anderson nació en California, Estados Unidos, pero ha vivido en Liberia, Taiwán, Colombia, Corea del Sur, El Salvador, Cuba y Perú. Considerado uno de los corresponsales internacionales más respetados de nuestro tiempo, colaborador de The New Yorker desde 1998, lo mismo ha cubierto conflictos en Irak que en Afganistán, Siria o Libia, escrito y entrevistado a mandatarios, presidentes y dictadores de todo el mundo, siempre con una mirada que prioriza a las personas por encima de las épicas del poder o de la guerra.

En Aventuras de un joven vagabundo por los muelles(Anagrama, 2004), Lee Anderson se aparta de sus grandes crónicas para contar una pequeña parte de su propia historia, antes de que el periodismo fuera el eje de su vida. El libro narra su viaje a principios de los 70 desde Exeter hasta Togo, con 200 dólares y el pelo largo, en busca de su hermana. Se trata de un entrañable relato de iniciación que narra una juventud libre y precaria, pero también una radiografía de una época anterior a la globalización digital, donde el autostop y la casualidad marcaban el ritmo.

Con autorización de Editorial Anagrama, publicamos este fragmento de este divertido testimonio, publicado en la colección Nuevos Cuadernos Anagrama.


En 1969, cuando yo tenía 12 años, mi familia se trasladó a una urbanización residencial en Reston, Virginia, cerca de Washington D. C., una utopía suburbana donde agentes de la CIA y diplomáticos como mi padre podían criar a sus familias. Yo odiaba Reston, y odiaba vivir en Estados Unidos. Parte del año anterior habíamos vivido en Virginia, entre periodos en Taiwán e Indonesia. Estábamos en Virginia cuando asesinaron a Martin Luther King: fue una de las pocas veces en que vi llorar a mis padres. Un día, mientras estaba vendiendo pegatinas de Tengo un sueño en memoria de King para apoyar la Campaña de los Pobres, un vecino azuzó a sus perros contra mí.

Como me escapé de casa varias veces, mis padres idearon un remedio para mi desasosiego: me mandaron a vivir un año en casa de unos tíos míos en Liberia. Casi todo ese tiempo lo pasé esquivando a mis vigilantes para internarme en la selva de Liberia y viajar a otros países de África Oriental, y al final de mi estancia les dije a mis padres que no quería volver. Les mencioné que un aventurero suizo, de paso por Monrovia para atravesar el Sáhara en camello, me había invitado a acompañarlo. Mis padres respondieron que todavía no había terminado la enseñanza secundaria. Regresé a casa, abatido.

Ya en el instituto, me metí en más líos, sobre todo de drogas; probé el ácido y la maría, como todos los alumnos, pero un día una chica me inyectó heroína antes de la clase de tiro con arco. Varios chicos que conocía murieron de sobredosis. Después de aquello mis padres decidieron mudarse de nuevo y empezaron a buscar un lugar más tranquilo. Mi padre adelantó su jubilación del Foreign Service con el propósito de «salvarme», como a menudo diría más adelante. Pero mi madre y él también estaban intentando salvar su matrimonio, sometido a tensiones cada vez más grandes al cabo de 20 años dando vueltas por el mundo.

Mi padre siempre había sido uno de esos trotamundos que embarcaban en un carguero y viajaban de un lugar a otro de buena gana. Mi madre –escritora de libros para niños, que publicó el primero a los 28 años–, había renunciado a su carrera para seguirle. En sus destinos diplomáticos habían vivido en Trinidad, Haití, El Salvador, Corea del Sur y Colombia antes de que lo enviaran a Taiwán e Indonesia. Por el camino, habían formado una familia. Mi hermana Michelle nació en Haití, donde la vacunó en varias ocasiones el médico recomendado por la embajada: François Duva- lier, el futuro Papa Doc. Adoptaron a Tina durante sus años en El Salvador y a Mei Shan en Taiwán. Scott, mi hermano pequeño, y yo, nacimos en California, entre periodos en el extranjero.

Mi madre eligió el siguiente destino, la bonita ciudad victoriana de Lyme Regis, en la costa inglesa. Era famosa por sus acantilados y sus fósiles, y por ser el lugar donde se desarrolla el drama decimonónico de la novela de John Fowles La mujer del teniente francés. Lyme era para mí como la maqueta de un tren de juguete. Todo era diminuto, desde los coches hasta las casas adosadas donde vivía la gente, y los ingleses eran pálidos con los dientes grises y costumbres extrañas: hasta los niños tomaban té. Para los lugareños nosotros éramos los exóticos, una familia multirracial norteamericana, y yo era un chico que no respetaba las normas.

Este periodo de inactividad no nos duró mucho. Al final del curso escolar, mi padre subió a mi hermano Scott a una furgoneta Volkswagen y ambos partieron por tierra hacia la India. Mi madre consiguió un puesto de profesora en la Universidad de Florida, en Gainesville, invitada por el novelista gótico sureño Harry Crews, y se llevó con ella a mis hermanas Tina y Mei Shan. Michelle, que era cuatro años mayor que yo, ya se había ido de casa; primero vivió en la isla de Lamu, en Kenia, y después se fue a estudiar a Niza.

Para cuando se marcharon mis padres, a mí ya me habían expulsado del instituto de Lyme Regis (salvaje e indisciplinado, dijo el director), y me mandaron a preparar los exámenes de secundaria en la ciudad cercana de Exeter. Me matricularon en una academia y me instalaron en una pensión regentada por un matrimonio de ancianos. Los otros huéspedes eran un rodesiano blanco y blanducho y un chico alto de Hong Kong. Todos éramos extranjeros y, por tanto, inadaptados, y enseguida congeniamos.

Los viernes por la tarde, si nos dejaban salir, comprábamos fish and chips y nos íbamos al cine. Por lo demás, seguíamos una rutina aburrida. La pensión no tenía calefacción central y para calentarnos había que meter monedas de un chelín en las estufas enanas de nuestros dormitorios. Las comidas consistían en huevos fritos con jamón, hígado con puré de patatas y tostadas con alubias. Después de la cena nos dejaban ver la tele una hora en el cuarto de estar, en compañía de nuestros caseros. La casera no paraba de tirarse pedos. Cuando me quejé de esta costumbre a los otros chicos, ella me echó de su casa por grosero.


Encontré una casa de estudiantes compartida y, entre clase y clase, me pasaba horas anotando ideas para expediciones. En una hoja de papel con membrete que contenía mis apuntes sobre Chaucer y El rey Lear bosquejé un viaje que duraba un año entero y durante el cual compraría un dhow pequeño en el golfo Pérsico y navegaría hasta Madagascar y más allá. Después de dibujar el dhow establecí el objetivo de la expedición: «Contrabando y comercio, ser un barco pirata independiente». Decidí que comerciaría con armas y animales exóticos, pero no con opio; leer sobre las guerras del opio me había convencido de que era una droga maligna.

Cuando mi padre volvió de la India, al cabo de casi un año en la carretera, me preguntó qué quería hacer cuando terminase los exámenes. Le dije que quería ir a ver a mi hermana Michelle. Ella estaba pasando los primeros meses de verano con el pueblo kabyé en el norte de Togo, en una expedición antropológica, y desde que se había ido yo no pensaba en otra cosa. Idolatraba a Michelle. Era guapa, valiente, aventurera; había ido a Woodstock, y ahora estaba en África, el lugar de mi infancia donde yo había sido más feliz. En sus cartas me animaba a que fuese a verla al pueblo togolés. Yo lo tenía todo planeado: recorrería Europa en autostop y luego cogería un barco. Mi padre me dio 200 dólares en cheques de viajero y me dijo que los administrase bien. Uno o dos días después voló de regreso a Estados Unidos.

Encontré un compañero para el viaje: John Pirongs, un chico de pelo oscuro, tres años mayor que yo, fornido, de carácter tranquilo y habilidoso con las manos. El 21 de junio, el solsticio de verano, me despedí de mi novia, Erica, le prometí que le escribiría y John y yo nos pusimos a hacer dedo en las afueras de la ciudad. Al atardecer habíamos llegado a Stonehenge, donde un grupo de druidas melenudos festejaban el ciclo lunar cantando y bailando entre las grandes piedras.

Paramos en Bruselas para obtener los visados togoleses antes de proseguir hacia el sur. Nos dirigíamos a Marsella, desde donde un ferry de pasajeros cruzaba el Mediterráneo hasta Argel. Gracias a mis lecturas obsesivas de los horarios de transportes, sabía que podíamos tomar un autobús transahariano desde Argel a Tamanrasset, un oasis dentro del macizo de Ahaggar. Había disturbios en zonas de África porque el ejército portugués combatía los movimientos independentistas en sus colonias, pero la mayor parte del norte continental me parecía bastante seguro. Atravesaríamos el desierto hasta Níger y el Alto Volta y desde allí llegaríamos a Togo.


Cualquiera que se cruzara conmigo haciendo autostop habría adivinado mis inclinaciones culturales: llevaba el pelo largo, una barba desaliñada y pantalones blancos de campana en los que había pintado hongos de color anaranjado. Me oponía a la guerra de Vietnam, despreciaba al presidente Nixon y desconfiaba de la policía. Mis biblias eran Alma encadenada, Roba este libro y La autobiografía de Malcolm X, y mi banda sonora eran David Bowie, King Crimson, Jimi Hendrix, Santana. Había asistido en Londres a una de las primeras interpretaciones en directo de The Dark Side of the Moon, de Pink Floyd, y había viajado a Ámsterdam para ver una proyección clandestina de la película X de animación El gato Fritz.

Al mismo tiempo devoraba como un obseso el atlas del mundo, cualquier guía de navegación que pudiera agenciarme y los escritos de aventureros como Henry Morton Stanley, Richard Francis Burton y Martin y Osa Johnson. Le decía a la gente con la que me encontraba que me llamase Sâkúi, un nombre que me habían puesto en una aldea de la selva que visité en la época en que viví en Liberia. Explicaba que el nombre significaba «hombre alto» en la lengua kpelle. (Decenios después, cuando volví a Liberia, supe que en realidad proviene de una expresión que significa «el chico que llegó por sorpresa».)

Desde Bruselas, John y yo atravesamos a dedo Luxemburgo y Alemania rumbo a Suiza y Francia. Una vez cruzada la frontera de Ginebra, nos dejaron en un arcén de noche y nos paró un Citroën Tiburón DS, un reluciente coche de gánsteres con una suspensión que hacía que pareciese levitar cuando lo arrancabas. El conductor, un hombre corpulento de mediana edad con acento ruso, dijo que se llamaba Parchovsky. Se dirigía a otro destino, pero en cuanto supo de nuestros planes declaró solemnemente que se uniría a nuestra aventura hasta Marsella.

Llegamos justo cuando amanecía en el puerto y Parchovsky insistió en que brindásemos por nuestro éxito. Aparcó junto al muelle y nos llevó a un bar cutre que cerraba muy tarde. Los únicos clientes eran una prostituta con una mancha rojiza en la entrepierna de los pantalones blancos, y un hombre de aspecto rudo con la cabeza rapada, seguramente su chulo. Parchovsky pidió unas cervezas y levantó el vaso: «¡Por Tamanrasset!». Luego me dio un Gitane para que me lo fumase en su honor en suelo africano.

El sol brillaba en el cielo cuando volvimos al coche haciendo eses y nos felicitamos los unos a los otros por haber completado la primera etapa del viaje. Al acercarnos al Citroën vimos que habían reventado las ventanillas y que el maletero estaba abierto de par en par. Nuestras mochilas habían desaparecido, se habían llevado mi cámara de fotos, y también nuestros pasaportes. Al inspeccionarlo todo, conmocionados, Parchovsky se apresuró a palpar debajo del salpicadero. Explicó que había escondido dinero allí y que ya no estaba. Aturdidos de cansancio y consternación, recorrimos las calles desiertas en busca de una comisaría. Añicos de cristal centelleaban como pequeños diamantes sobre el salpicadero y el aire matutino se colaba por los marcos de las ventanillas.

En la gendarmería, un lacónico agente tomó nota del robo, en apariencia indiferente ante un gran cuchillo de carnicero que goteaba sangre encima de su escritorio. Incapaz de contener mi curiosidad, le pregunté qué era aquello. Me dijo que un francés había acuchillado a un marroquí y que él aguardaba para saber si la víctima había sobrevivido. En caso contrario, el cuchillo serviría de prueba en un homicidio.

Después Parchovksy se fue por su lado, algo más pobre pero aún exultante. Sin pasaportes ya no podíamos embarcar en el ferry transmediterráneo, pero los gendarmes nos dijeron que nos pasáramos de vez en cuando para ver si nuestras pertenencias habían reaparecido.

Sylvie, una amiga de un amigo, tenía un apartamento en la ciudad y nos invitó a quedarnos mientras esperábamos. Marsella tenía reputación de ciudad mafiosa y de punto caliente para la heroína –un par de años antes habían estrenado The French Connection– y no era difícil verse envuelto en una pelea. Un día, de copiloto en el coche de Sylvie, le grité una frase que ella me había enseñado a un taxista que intentaba adelantarnos: «C’est la guerre, cochon!» (¡Es la guerra, cerdo!). Conseguí retirar el codo antes de que machacara el marco de la ventanilla abierta con una barra de hierro.

Unas semanas más tarde, la policía nos informó que habían encontrado nuestras pertenencias en una zanja empantanada a las afueras de la ciudad. Milagrosamente, habían recuperado nuestros pasaportes, empapados pero todavía legibles. Casi todo lo demás había desaparecido. Fuimos a comprar pasajes para el transbordador a Argel, pero surgió un nuevo obstáculo: un fuerte siroco bloqueaba la carretera de Tamanrasset. Demasiado impacientes para esperar a que dejase de soplar, decidimos atravesar España y Marruecos y desde allí llegar de algún modo a Togo.


Yo ya había estado una vez en España, cuando mis padres me permitieron viajar allí el verano anterior. Había leído libros sobre la guerra civil española: Orwell, Hemingway y en especial el de William Herrick, un antiguo miembro de las Brigadas Internacionales, que describió escenas emocionantes de los voluntarios idealistas que iban a la batalla cantando «Life Is Just a Bowl of Cherries».

Sabía que los idealistas habían perdido la guerra, derrotados por Francisco Franco con la ayuda de Hitler y de Mussolini. Pero me horrorizó ver que, al cabo de tres décadas y media de su régimen, en prácticamente cada lugar de España que visité había estatuas de Franco y avenidas con su nombre. Mientras recorría Extremadura en autostop me armé de valor para preguntarle a un español de mediana edad qué pensaba de Franco. Antes de arriesgarse a responder, lanzó una mirada furtiva por encima del hombro. Ese gesto fue más revelador que su respuesta: los españoles habían acatado la dictadura por miedo.

En ese nuevo viaje John y yo nos dirigimos a Cádiz, el puerto en el sur de España desde donde partió el segundo viaje de Colón. Un barco semanal llevaba a pasajeros a las islas Canarias. Según mi información, podríamos tomar otro barco desde allí hasta El Aaiún, un puerto minero en la colonia del Sáhara español, en el sur de Marruecos. Llegamos al anochecer y encontramos un lugar para dormir en el parque local. Para matar el tiempo propuse un desafío: le dije a John que era capaz de saltar de un lado de un puentecito al otro. Al aterrizar oí un chasquido horrible y sentí un dolor que me invadió la pierna izquierda; no era posible recurrir a un médico, pero debía de haberme roto el tendón de Aquiles. John me ayudó a caminar a la pata coja y luego cortó tres ramas para hacerme una muleta. (Conservo los apoyos de la muleta con las palabras talladas «El blues del tendón» y «Marsella».)

El barco a Las Palmas zarpó al día siguiente y, cuando nos acomodábamos en nuestro camarote, se abrió la puerta y descubrimos que teníamos compañía: un chico marroquí que se llamaba Baba y tenía el pelo rizado, un gesto irónico y la complexión menuda de un niño de la calle. Los dos días siguientes no cesó de parlotear a toda velocidad en un inglés chapurreado, como si fuera un trilero. No muy lejos del puerto nos informó de que tenía hachís, un riesgo serio, porque la posesión de drogas en España podía acarrearte seis años de cárcel. Intentando seguirle el ritmo, pillé tal colocón que empecé a alucinar, entré a trompicones en el cuarto de baño y me vi la cara en el espejo, arrugada como una máscara mortuoria. Me prometí que nunca volvería a fumar hachís, y cumplí la promesa unos cuantos años.

A la mañana siguiente atracamos temprano en Las Palmas y tuvimos que esperar a que abrieran el control fronterizo de la Guardia Civil antes de salir del puerto. Los guardias, cuando aparecieron, tenían un aspecto tremebundo con sus uniformes verdes paramilitares, las botas de cuero negras y esos tricornios negros que el cuerpo había llevado desde tiempos inmemoriales. Eran hostiles, y, mientras yo hacía cola para el examen de mi pasaporte, uno de ellos me asestó una patada en la pierna herida y me llamó gilipollas y maricón.

Nos permitieron pasar después de haber inspeccionado nuestros documentos, pero la Guardia Civil nos dejó claro que no éramos bienvenidos en Las Palmas. El comentario nos resbaló. Estábamos convencidos de que partiríamos a África en cuestión de días.


Las Palmas era una ciudad que atraía a intrigantes internacionales: marineros díscolos, hippies con ediciones en rústica de Paul Bowles y mercenarios en época de «descanso y relajación». Uno de esos combatientes era un finlandés gigantesco con una barba rojiza; solía estar tan borracho que no pude averiguar dónde lo habían destinado, aunque supuse que sería Rodesia, donde los colonos blancos libraban la llamada Bush War (guerra civil) contra las guerrillas nacionalistas negras. Otro, un español que decía llamarse Fidel, pasó varias noches en las redes con nosotros. Insinuó que participaba en maniobras políticas clandestinas, quizá con el movimiento separatista canario, que unos años después puso una bomba en el aeropuerto local, incidente que terminó por provocar una colisión devastadora entre dos aviones 747.

Dormir en las redes tenía sus riesgos. Por allí pululaban perros salvajes, y una perra en celo empezó a seguirme hasta que una jauría de machos, que a todas luces me tomaron por un rival, se me acercaron gruñendo para alejarme de ella. También había ladrones, y una vez descubrí al despertar que me habían abierto la mochila y desparramado su contenido por el suelo, aunque el ladrón debió de percatarse enseguida de que no tenía nada de valor.

La amenaza más persistente era la Guardia Civil. Una mañana, al amanecer, nos despertó el chirrido de una furgoneta que aparcó a nuestro lado. Media docena de agentes se apearon y empezaron a dar porrazos a cualquiera que se pusiera a su alcance. Pero su verdadero objetivo eran los dos marroquíes, Najir y Baba, a los que enseguida rodearon, golpearon brutalmente, metieron en la furgoneta y encarcelaron un mes por atentar contra lo que más adelante supimos que era la ley de vagos y maleantes. Empezamos a poner centinelas nocturnos que avisaran de las patrullas de la Guardia Civil, pero era más difícil esquivarlas en la calle. No mucho después de que arrestaran a Najir y Baba, Pili desapareció. Varias semanas más tarde me lo encontré caminando por una calle. Lo llamé, pero dio señales de que le costaba reconocerme y decía cosas ininteligibles. Posteriormente oí decir que la Guardia Civil le había propinado tal paliza que había perdido la razón.

Durante el día nos separábamos todos. John y yo solíamos ir a la fuente de una plaza enfrente de una vieja iglesia donde se reunían los viajeros. Para los jóvenes extranjeros que se enfrentaban a las leyes estrictas de la represiva sociedad española, la plaza constituía un punto de radio macuto, un lugar donde intercambiar consejos de supervivencia, avisos de peligros y normas de la calle. Pero cuando John y yo preguntábamos a la gente de allí cómo podríamos llegar a Togo, nadie tenía ni idea. Pensamos en desandar la ruta recorrida y atravesar España para coger un barco en Marsella, pero con nuestros escasos fondos y lo de mi muleta el plan no parecía factible. Además, ya habíamos llegado demasiado lejos.

Días después, un viajero alemán que se llamaba Pavel, un chico fortachón y de largo pelo rubio, nos dijo que sabía que dentro de un par de semanas zarpaba un barco hacia la antigua colonia española de Guinea Ecuatorial. Desde allí, Togo estaba tentadoramente cerca, a solo un par de países por la costa de África Occidental. Pavel planeaba tomar aquel barco. ¿Queríamos ir con él? Asentimos.

Necesitaríamos visados y él se brindó a enviar por correo su pasaporte y los nuestros a la embajada de Guinea Ecuatorial en Madrid. Le dimos los pasaportes y el dinero. Estábamos muy animados. De improviso habíamos descubierto una ruta emocionante hasta Togo.


Pavel, al principio, dormía en las redes, pero encontró algo mejor: estaba viviendo con una viuda española en un piso de lujo con vistas a la playa principal. Le dijimos en broma que era básicamente un gigoló, y él se rió, pero no lo negó. Una o dos veces apareció por la plaza con la mujer que lo había salvado de la intemperie, una cuarentona atractiva que parecía encantada con la compañía de Pavel.

Los demás, sin medios de subsistencia, pasábamos los días en la plaza de la fuente y las tardes en El Rayo, un restaurante barato en un paseo no muy lejos del puerto. Era un local largo y cavernoso cuyos camareros agobiados se apuraban sirviendo platos de comida y vociferaban los pedidos a la cocina. Su jefe era un hombre bajo y fornido, de pelo grasiento y bizco, que disfrutaba evitando nuestra mesa porque éramos demasiado pobres para pagarnos algo que no fuera el plato más barato del menú:
mero frito acompañado de todo el pan y el aceite que pudiéramos conseguir.

La mesa contigua a la nuestra la ocupaba a menudo un grupo de transexuales que estaban descansando en Las Palmas entre operaciones en Casablanca, en la primera clínica del mundo de reasignación de sexo. (A una de ellas, barbuda y exuberante, le gustaba exhibir sus pechos a través de una camiseta de malla.) En las mesas vecinas, los habituales del puerto compartían espacio con viajeros alicaídos de ambas orillas del Mediterráneo. Una noche estábamos sentados al lado de un alemán con una perilla encanecida que era capataz en una mina de diamantes de Sudáfrica y estaba de vacaciones en Canarias. Entre comandas de más alcohol, se quejaba en voz alta de los trabajadores africanos a los que supervisaba y los tachaba de holgazanes y estúpidos. Al final perdí la paciencia y arremetí contra él hasta que mi amigo ghanés, Brando, intervino y me sacó del restaurante. Fuera, me explicó que las consecuencias de meterse en líos eran distintas para él: a mí podía zurrarme la Guardia Civil, pero a él podían deportarlo.

Pasaron semanas y Pavel no recibía noticias de los visados; el barco a Guinea Ecuatorial zarpó sin nosotros. Sin pararme a pensarlo mucho, dejé de comunicarme con mi familia. Resolver yo solo mi situación se había convertido en una cuestión de orgullo, y de todas formas no había manera de contactarlos por teléfono: la única posibilidad era el apartado de correos, un sistema por el cual los viajeros enviaban y
recibían cartas en estafetas de todo el mundo. Había enviado una tarjeta a un amigo de Lyme Regis diciéndole que había llegado a Las Palmas, pero nada más. Con el correr del tiempo me enfrasqué en mis pensamientos, viviendo en el puerto y en las calles, con la cabeza llena de planes.


A veces, en la fuente, veía a un austriaco alto y musculoso con el cráneo rapado y actitud intimidatoria. Un amigo que lo conocía me dijo que había nacido en un junco en Hong Kong y que había pasado toda su vida en el mar. Había sido adicto al opio, un alma atormentada, dijo mi amigo. Por alguna razón había perdido su barco y estaba desquiciado buscando otro.

El hombre solía merodear por el borde de la plaza con su mujer, una vietnamita de largo pelo negro. Un día desaparecieron y hasta media semana después no tuve noticias de ellos. En el desvarío de la malaria, había robado una barca de remos, había obligado a embarcar a su mujer y se habían puesto a remar rumbo a Marruecos. Antes de alcanzar la costa tuvieron la fortuna de que los rescatara un barco que pasaba. Cabo Juby, el punto hacia el que navegaban, es una pared de acantilados de 30 metros de altura, y se sabe desde la antigüedad que allí el mar se traga barcos y tripulaciones.

El austriaco había sido temerario, pero yo no pude no advertir que casi había logrado llegar a la costa. Empecé a localizar embarcaciones en los muelles de Las Palmas donde atracaban los viajeros más pudientes. La que más codiciaba era una goleta de principios de siglo con el nombre Marte grabado en la popa sobre un alamar dorado. Tenía unos 34 metros de eslora, tres palos y una bodega lo bastante grande para que cupiera una familia de elefantes. La visitaba todos los días, paseaba por sus cubiertas y fantaseaba con dar la vuelta al mundo a bordo de ella.

Algunos de los tripulantes percibieron mi anhelo y uno de ellos mencionó que tenía un velero anclado en la isla vecina de Tenerife. Si lo quería, podía quedármelo. Cobré uno de mis menguantes cheques de viaje para pagar el ferry, luego hice autostop, recorrí la isla a pie y por la mañana temprano llegué al puerto deportivo. Fui de un lado a otro del embarcadero buscando el número de atraque que me había dado el tripulante, pero cuando lo encontré solo había un espacio vacío. Al final, un empleado del puerto me lo explicó. Señalando a las aguas del puerto dijo que unos días antes habían hundido el velero. Se sospechaba que lo habían hecho adrede, por algo relacionado con reclamaciones de una compañía de seguros.

Volví desconsolado a Las Palmas; se habían frustrado todos mis planes. Cada vez más desesperado, empecé a pensar en alistarme en la Legión Extranjera española. Me hacía pocas ilusiones sobre lo que representaba la Legión, pero había visto a legionarios acuartelados cerca del puerto y descubrí que una unidad denominada «tropas nómadas» patrullaba a camello el Sáhara. Si me alistaba podría familiarizarme con el desierto, aprender algo de árabe, y lo suficiente sobre los camellos como para internarme solo en el desierto. Me alistaría, pasaría seis meses o un año con las tropas nómadas y después desertaría.

Hasta John, que voluntariamente me había acompañado a Canarias, pensó que era un proyecto absurdo. Un día interrumpió mis ensueños diciéndome que había encontrado un velero. Necesitaba arreglos, pero podíamos comprarlo por los 60 dólares que me quedaban en cheques, y después decidir cómo repararlo.

Fui a verlo a una cala no muy lejos del puerto, donde estaba en dique seco, encima de una plataforma metálica y con una escalerilla. Era un balandro tradicional canario de vela latina para regatas, de quilla profunda y unos seis metros de eslora. La quilla estaba podrida y había que reconstruirla del todo; en realidad, lo que quedaba en la plataforma no era más que un casco con un mástil. Aun así, daba forma material a la posibilidad de huir.

Propuse que lo llamáramos Guanarteme II, el nombre, me dijeron, del último rey guanche, que se había despeñado para no someterse a los españoles. (Supe más tarde que de hecho Guanarteme fue un vil traidor que vendió su pueblo a los invasores.) Gorroneamos comida y herramientas y construimos unas toscas literas en el casco. Cuando estuvieron listas, abandonamos el refugio de las redes y empezamos a dormir en el velero. La playa era un mugriento rectángulo de arena, situada debajo de una autovía elevada y una hilera de farolas que nos alumbraban por la noche. Pero en nuestra plataforma éramos prácticamente invisibles para la gente que estaba en tierra. Era casi como si ya estuviéramos en el mar.

Para arreglar la quilla teníamos que cambiar tablones, calafatear las grietas con hilo de bramante y pasta de silicona y después lijar, impermeabilizar toda la superficie y recubrirla con una capa de pintura. Estábamos convencidos de que podríamos hacerlo con ayuda de marineros locales y constructores de barcos. No muy lejos de la orilla había un chiringuito. Poco después de haber llegado a la cala, asomé
la cabeza dentro para hablar con los clientes. Un hombre canoso se fijó en mi pelo rubio y rezongó: «¡Fuera, sueco!».

Más tarde, el dueño del bar vino a disculparse. Era un matón que se llamaba Pedro, en otro tiempo había sido campeón de halterofilia y lucía una medalla en el cuello para acreditarlo. Llevaba un bañador pequeño e iba sin camisa, exhibiendo un torso y una barriga enormes y una variedad de burdos tatuajes, entre ellos uno dedicado a su madre. Pedro vivía en una amplia tienda de campaña plantada en la arena, y nos invitó a cenar allí: un estofado que había cocinado en un fuego dentro de un hoyo al aire libre. Desde entonces, cuando salía de la tienda nos saludaba y nos abordaba. Nosotros respondíamos a su saludo, pero no nos fiábamos de sus guisos ni de los hombres rudos que iban a beber a su chiringuito.

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