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“Ya no queremos que otros cuenten nuestras historias”

Ana Ts’uyeb y el nuevo rostro del cine indígena en México

“Ya no queremos que otros cuenten nuestras historias”

Li cham, ópera prima de Ana Ts’uyeb, directora tsotsil, se proyecta desde esta semana en la Cineteca Nacional y salas comerciales e independientes del país. Narra la vida de tres mujeres de su familia, evitando cualquier romanticismo sobre la violencia que han padecido a lo largo de los años. Pero tampoco busca convertir el dolor en espectáculo. “Muchas veces, cuando se habla de personas indígenas se retrata la pobreza con imágenes muy agresivas… desde una mirada que incomoda porque no hay dignidad en cómo se cuenta”, deplora Ts’uyeb


Durante décadas, en el cine mexicano los pueblos indígenas han sido observados desde afuera. La cámara llega como visitante, interpreta los territorios a través de una mirada ajena y muchas veces termina reduciendo la complejidad de sus habitantes a imágenes de pobreza, exotización o folclor. Pero algo está cambiando. Y una de las voces que hoy encabezan esa transformación es la de Ana Ts’uyeb.

Su ópera prima, Li cham –que significa Morí en tsotsil–, llegó este 7 de mayo a la Cineteca Nacional y a salas comerciales e independientes del país con una propuesta íntima y profundamente política: contar la vida de tres mujeres tsotsiles desde la comunidad, la memoria familiar y una posición que rechaza cualquier romanticismo sobre la violencia que padecen muchas mujeres indígenas.

El documental sigue las historias de Margarita, Juana y Faustina –madre, tía y cuñada de la directora–, quienes comparten experiencias marcadas por la violencia patriarcal, las pérdidas familiares, el trabajo comunitario y la resistencia cotidiana en los Altos de Chiapas. Pero más allá de centrarse en el dolor, la película también encuentra espacios de esperanza en la tierra, en la organización colectiva y en la posibilidad de construir autonomía.

La filmación contó con el apoyo de Secretaría de Cultura federal y del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine) mediante el Estímulo Fiscal a Proyectos de Inversión en la Producción y Distribución Cinematográfica Nacional (Eficine) y del ECAMC, los cuales han permitido en los últimos años el crecimiento de una nueva generación de cineastas indígenas que hoy ya no quieren ser representados por otros, sino contar sus propias historias.

“Sí hay una nueva visión”, enfatiza Ts’uyeb en entrevista con El Sur. “Durante mucho tiempo las historias de comunidades indígenas se contaban desde afuera. Ahora estamos viendo películas hechas por las mismas comunidades y eso cambia completamente la mirada”.

La directora lo dice por experiencia propia. Creció viendo películas, telenovelas y producciones donde las personas indígenas aparecían atrapadas en estereotipos. Mujeres analfabetas, personajes ridiculizados o retratos construidos a partir de la lástima. Aunque para ella el problema no era únicamente narrativo, también visual.

Una cámara que observa, que entra despacio

En Li cham la cámara no invade. Se acerca lentamente. Observa primero los espacios abiertos, el campo, las jornadas de trabajo, los silencios cotidianos. Después entra a la cocina, al hogar y finalmente a las conversaciones más íntimas.

Ts’uyeb sabía desde el inicio que la confianza sería una pieza central del documental: las protagonistas eran integrantes de su familia y las historias que quería contar involucraban experiencias profundamente dolorosas.

“Fue un proceso –explica–. La cámara intimida. Más todavía cuando llegas con un equipo completo que invade la privacidad de una casa y de una historia”.

Ana Ts’uyeb
Ana Ts’uyeb, durante el rodaje de la película, y el cartel promocional.

Por eso decidió trabajar con un crew pequeño y sensible al contexto comunitario. Las entrevistas se realizaron por separado y con un equipo mínimo: únicamente ella, la sonidista y la protagonista. Las conversaciones comenzaron con temas más abiertos antes de avanzar hacia recuerdos más delicados.

“Empezamos desde lo más exterior. No quería llegar invadiendo lo íntimo ni lo sagrado de ellas”, relata.

Esa construcción gradual de confianza está en toda la película. El documental no busca arrancar confesiones ni convertir el dolor en espectáculo. La sensación es distinta: las mujeres hablan cuando sienten que pueden hacerlo. Y esa diferencia marca completamente el tono de la obra.

En pantalla, la cocina se vuelve uno de los espacios más importantes. Ahí las protagonistas preparan alimentos mientras conversan, recuerdan y reconstruyen partes de su vida. Realizan tareas cotidianas frente a la lente, entonces lo doméstico deja de ser un simple fondo para convertirse en un espacio político y emocional.

“Hablar desde lo íntimo también es hablar desde la experiencia –dice la directora–. Yo crecí en un contexto donde sí sentía que muchas veces los usos y costumbres limitaban la libertad de las niñas y de las mujeres”.

Si bien la cinta está situada en un rincón específico de Chiapas –Naranjatic Alto, en Chenalhó– y es hablada completamente en tsotsil, Ts’uyeb insiste en que el tema es universal. La violencia económica, psicológica y estructural que viven las protagonistas no pertenece únicamente a una comunidad indígena.

“Son cosas que atraviesan a muchísimas mujeres en diferentes contextos”, afirma.

No a la mirada folclorizante, estereotipada

Uno de los aspectos más potentes de Li cham es la manera en que desmonta ciertas imágenes históricas del cine sobre comunidades indígenas. Ts’uyeb recuerda haber crecido viendo producciones donde la representación indígena era una caricatura o se basaba en visiones profundamente reduccionistas.

“Muchas veces, cuando se habla de personas indígenas se retrata la pobreza con imágenes muy agresivas. Gente sucia, niños descalzos, basura. Todo desde una mirada que incomoda porque no hay dignidad en cómo se cuenta”, deplora la cineasta.

Antes de comenzar el rodaje, Ts’uyeb tenía claro qué cosas no quería hacer. “Yo me preguntaba: ¿Cómo me gustaría que retrataran mi historia? ¿Cómo me gustaría que me grabaran a mí?”, recuerda.

Ese cuestionamiento definió muchas de las decisiones narrativas y visuales del documental. La fotografía evita convertir la precariedad en espectáculo; la cámara jamás observa a las protagonistas desde arriba ni las reduce a víctimas permanentes. Incluso en los momentos más dolorosos, la película conserva una mirada profundamente humana sobre ellas.

Y ahí radica parte de la fuerza del nuevo cine indígena mexicano: no se trata solamente de cambiar quién sostiene la cámara, sino también de transformar la manera en que se construyen las imágenes sobre el territorio, la comunidad y la identidad.

“No suena igual una milpa que un cafetal”

En Li cham, el sonido tiene el mismo peso que la imagen. No funciona únicamente como acompañamiento: es parte esencial de la memoria, del territorio y de la manera en que las protagonistas entienden el mundo. Para Ana Ts’uyeb, esa construcción sonora debía surgir de la experiencia comunitaria y no de una lógica ajena al lugar que estaba filmando. “Yo me preguntaba cómo suena realmente mi territorio. Cómo suena la casa de mi mamá, cómo suena la casa de mi tía Juana, cómo suena el duelo, cómo suena la ausencia”.

La directora habla de esos elementos como parte de un proceso creativo ligado a la cosmovisión tsotsil. No bastaba con registrar imágenes de la comunidad, también era necesario entender cómo se perciben la vida, la muerte, la naturaleza y el tiempo dentro de ese territorio.

Por eso, durante la realización del documental, Ts’uyeb elaboró listas sobre los sonidos específicos de cada entorno: el viento en el cafetal, los animales, las cocinas, los silencios de ciertas casas, la lluvia golpeando distintas superficies o incluso la sensación sonora de la soledad.

“Cada espacio suena diferente. No suena igual una milpa que un cafetal. No suena igual una casa donde viven muchas mujeres que una casa atravesada por la ausencia”. Esa sensibilidad se percibe en toda la película.

Gran parte de la narrativa occidental reproduce historias lineales –nacer, crecer, morir–, pero Ts’uyeb recupera una visión distinta que comparten muchos pueblos originarios: “Para nosotros hay un renacer constante”, señala. “La vida es cíclica. Eso se refleja en las personas y también en la tierra, en los cultivos”.

La cineasta creció en la tradición oral, escuchando historias narradas por sus abuelos y observando la manera en que su comunidad interpreta fenómenos cotidianos a partir de una estrecha relación con la naturaleza. Esa experiencia es parte fundamental del lenguaje audiovisual de Li cham.

Madre tierra, madre agua, madre maíz

En la película, la tierra, el agua, el fuego y la luna aparecen constantemente como elementos vivos. No son únicamente paisaje ni símbolos decorativos: forman parte de una filosofía comunitaria donde la naturaleza ocupa un lugar central.

“Para nosotros todo es madre –explica–. Madre tierra, madre agua, madre maíz. Todo tiene una conexión con la vida”.

La tierra, de hecho, se convierte en uno de los ejes más importantes del documental. Tanto por su dimensión espiritual, como por su relación directa con la autonomía de las mujeres que aparecen en pantalla.

‘Me sigo sintiendo cuota de diversidad’

“Reivindicar nuestra identidad y nuestra voz”

En tsotsil, la palabra panamil significa tierra, pero también mundo. Esa relación entre territorio y existencia se ve en toda la película y ayuda a entender por qué el acceso a la tierra aparece ligado a conceptos como independencia, dignidad y libertad.

“Defender la tierra es defender la posibilidad de decidir sobre tu propia vida”, afirma Ana Ts’uyeb.

Las protagonistas de Li cham encuentran en el trabajo comunitario y en el vínculo con el territorio una forma de sostenerse frente a distintas violencias. La autonomía económica aparece como una herramienta concreta para romper dependencias históricas y construir nuevas posibilidades para las siguientes generaciones.

Ahí también entra una de las raíces políticas más importantes del documental: la memoria del movimiento zapatista y las transformaciones que dejó en muchas comunidades indígenas de Chiapas.

Las luchas colectivas de generaciones anteriores, pondera Ts’uyeb, permitieron que hoy existan mujeres indígenas estudiando cine, tomando cámaras y construyendo sus propias narrativas.

“A ellas les tocó luchar por la tierra y por muchos derechos básicos. Gracias a esas luchas yo pude acceder a la educación y hoy puedo hacer cine”.

La directora considera que ese relevo generacional es parte central de la trama. Las historias de Margarita, Juana y Faustina no aparecen únicamente como testimonios individuales, forman parte de procesos comunitarios más amplios que siguen transformándose.

“La película tiene dos objetivos. Por un lado, reflexionar sobre las violencias que siguen normalizadas. Y por otro, reivindicar nuestra identidad y nuestra voz”.

El impacto del documental ya comenzó a sentirse incluso antes de su estreno comercial. En 2024, Li cham obtuvo el Premio Ojo a Mejor Largometraje Documental Mexicano en el Festival Internacional de Cine de Morelia, uno de los reconocimientos más importantes del cine nacional actualmente.

“Nunca imaginamos que la película pudiera llegar a esos espacios”, admite la realizadora. “Es un trabajo hecho desde nuestras comunidades y que ahora pueda dialogar con otros públicos es muy significativo”.

Películas como Li cham exponen el crecimiento de una nueva generación de realizadores indígenas que ya no buscan encajar en las miradas ajenas. Ahora son ellos quienes construyen las imágenes, quienes deciden cómo contar sus territorios y quienes cuestionan décadas de representación construida desde afuera.

Al terminar la entrevista, Ana Ts’uyeb acomoda su blusa tradicional de Chenalhó antes de pasar a otra llamada con medios.

Habla con calma, pero con absoluta claridad sobre el lugar que ocupa su película dentro de este momento del cine mexicano. Durante mucho tiempo otros contaron las historias de las comunidades indígenas. Hoy, las propias comunidades están tomando la cámara, el micrófono.

De la milpa y ser viene-viene a ganar un Premio Ariel

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Por: Guillermo Rivera ! El Sur

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