Fábrica de Periodismo
Entrevistas
Apoyar a la Fábrica
Una fascinación por la inteligencia no humana

Mónica Nepote, escritora, artista, tecnóloga

Una fascinación por la inteligencia no humana

Mónica Nepote lleva años reflexionando sobre la comunicación interespecie. Después de explorar los algoritmos, los videojuegos y la manera en que las máquinas han determinado nuestras formas expresivas, en Vestigios de un mundo por venir explora las relaciones y gestos que tejemos con las otras formas de vida que habitan este planeta.


La escritora Mónica Nepote creció en Guadalajara, en una casa de cuyos muros colgaban siempre dibujos y fotografías del Iztaccíhuatl junto a retratos de su hermano mayor, Jorge Javier. Nunca lo conoció, a su hermano; murió dos años antes de que ella naciera. 

Él era un adolescente, tenía 14 años y participaba en el Club Alpino del Instituto de Ciencia, del histórico colegio jesuita de Guadalajara. Era febrero de 1968 cuando Jorge Javier emprendió una expedición al Iztaccíhuatl, el tercer volcán más alto de México, junto a otros 70 compañeros, muchos de ellos menores de edad como él.  

Aunque el mal tiempo no era evidente, según algunos testimonios de los sobrevivientes las cosas no parecían fluir: había demoras, malos signos. En algún momento, la mitad de la expedición decidió desistir, pero otros 30 muchachos se aventuraron montaña arriba. En la zona conocida como “Las Rodillas” el clima cambió de golpe y se desató una tormenta eléctrica. La temperatura descendió en pocas horas y una cortina de nieve aisló a la comitiva: 11 muchachos murieron aquella noche, unos por caídas, otros por hipotermia. 

Iztaccíhuatl 1968
Víctimas del accidente en el Iztaccíhuatl en febrero de 1968. “No murieron, llegaron a la cumbre”.

Esa fecha –4 de febrero de 1968– es recordada aún como el día de la mayor tragedia del montañismo en México. Mónica Nepote piensa a menudo en lo que significa aquello tanto en su historia familiar como en la historia del país.

–A partir de entonces se comenzaron a promover mejores prácticas para el montañismo, por ejemplo –dice en entrevista con Fábrica de Periodismo–. Pocas semanas después del accidente se hizo un monumento en honor a ellos: La Cruz de Guadalajara. Además de ser un memorial, esa cruz se ha convertido en una marca topográfica, un punto de referencia que los montañistas usan en su ruta principal hacia la cima del Izta. 

Mónica Nepote es gestora cultural, editora, ensayista, poeta, performer. En 2025 ganó el Premio Xavier Villaurrutia por su libro Las trabajadoras (Heredad, 2024) y el otoño pasado publicóVestigios de un mundo por venir (Festina Publicaciones, 2025), un libro en donde aquella cruz, ese gesto humano colocado en la montaña, resuena sin ser jamás explícito.

Mónica Nepote
Mónica Nepote: la comunicación como acto de escucha profunda.

Pocas veces reparamos en el hecho de que las golondrinas son verdaderamente expertas en meteorología, tanto como para saber leer las columnas térmicas y decidir cuándo es más conveniente echar el vuelo para no agotar sus cuerpos. A Mónica le suelen obsesionar ese tipo de detalles. Le entusiasma saber que existen terapias médicas y psiquiátricas que contemplan, entre sus tratamientos, el cambio de la flora intestinal, pues “comunidades no humanas habitan nuestro cuerpo e influyen en nuestro comportamiento y en nuestras emociones”.

«Yo me he sentido profundamente enamorada ante una roca, ante una cascada, con la misma intensidad con la que me enamoro de una persona»

En Vestigios de un mundo por venir aborda estas obsesiones a través de una veintena de breves ensayos, algunos apuntes y un poema visual con los que intenta redirigir la atención humana hacia el ecosistema vivo que nos rodea como especie y a los gestos que compartimos de ida y vuelta. 

 Cada que visita el Pico de Orizaba o la Cordillera Blanca de Los Andes, por ejemplo, le inquieta una sensación peculiar: la extraña certeza de que es posible comunicarse con ellas, con las montañas mismas.

–Mi relación con las montañas inicia escuchando la historia de mi hermano –dice–. Aunque crecí en Guadalajara, la montaña siempre estuvo frente a mis ojos, en esas fotos colgadas en la pared de mi casa. Cada vez que yo iba al Iztaccíhuatl, sentía que iba a dar un mensaje de mi mamá al fantasma de mi hermanito. Me sentí siempre como una mediadora entre mi madre y la montaña. Ahora que mi mamá ya murió, las fotos siguen allí. Es de veras extraño porque mi madre murió en el aniversario de la muerte de mi hermano. Y murió en cama: enfrente de las fotos y dibujos del Iztaccíhuatl que colgaban de la pared.


La posibilidad, no tan remota, de la comunicación interespecie

A veces Mónica Nepote piensa en Nan Shepherd, aquella escritora escocesa que se consideraba a sí misma una “vagabunda” y que durante la Segunda Guerra Mundial escribió un libro clave en la historia del senderismo: La montaña viva. El libro, publicado tres décadas después, narra sus andanzas por los montes de Escocia mientras desarrolla un planteamiento filosófico: más que meras escenografías o cimas a conquistar, deberíamos considerar a las montañas entidades vivientes en donde las rocas, el agua, el sol, la flora, la fauna y las comunidades humanas integran un organismo con esencia y vitalidad propia. 

¿Cómo llegaste al montañismo?

Mi relación con las montañas es antigua, pero al montañismo llegué hasta los 40 –cuenta Nepote–. Y, suele pasar, llegué después de un truene amoroso. Estaba decepcionada y buscaba algo para recuperar la fe en el amor. Entrar en contacto con algo fuera de la ciudad, con otras formas de existencia, con otras formas de inteligencia, para mí fue entender que el amor no se limita a lo humano y que podemos establecer también relaciones con el resto de formas de vida. Yo me he sentido profundamente enamorada ante una roca, ante el río, ante una cascada con la misma intensidad y curiosidad con la que me enamoro de una persona. 

Mónica Nepote
Mónica Nepote: “La cultura occidental ha estado basada en la idea imposible del ser humano como una entidad separada del resto de formas de vida en el planeta”.

En los últimos años te has dedicado a reflexionar sobre la comunicación interespecie, algo que cada vez más personas hacen desde distintas disciplinas. ¿Cómo llegaste?

Sería tonto decir que fue por la lectura, pero hubo una serie de textos que cuestionan esto que damos por hecho, la excepcionalidad humana, que me hicieron mucho sentido con cosas que viví en mi infancia. Recuerdo a mi madre hablando con sus plantas, por ejemplo.Y siempre he visto a personas hablar con los animales: entenderse. No me parece para nada algo raro: muchos lo hemos vivido. Esta comunicación existe desde siempre, de manera muy abierta. 

Ejemplos de comunicación interespecie abundan en los libros de historia. Un ejemplo clásico ocurrió en Sudáfrica, en el siglo XIX: un babuino de nombre Jack fue contratado oficialmente como inspector ferroviario en Ciudad del Cabo.

El humano responsable de las vías del ferrocarril perdió las piernas en un accidente y, para evitar perder su trabajo, se las ingenió para enseñar a un babuino a distinguir y operar las señales del tren, así como a accionar las pesadas palancas de cambio de vías. Más que un entrenamiento, ambos establecieron una relación de colaboración que no estaba exenta de afecto. Cuando la compañía descubrió el hecho –comenzaron a recibir llamadas de pasajeros alarmados–, decidieron contratarlo formalmente, pues el animal era extremadamente exacto en su trabajo.

Al día de hoy, en las costas de Brasil existen estrategias de pesca cooperativa entre delfines y humanos. En el África subsahariana existe un ave –indicator indicator– célebre por guiar a los humanos hacia los panales de abejas, con el fin de compartir la miel. 

«Estamos llenos de agujeros: la boca, los oídos, las fosas nasales están diseñadas para entrar en contacto, en comunicación con los otros.»

Mónica Nepote va más allá. Con un pie en la ciencia y otro en la literatura, sostiene que la comunicación interespecie puede rebasar el reino animal, ya no sólo desde un punto de vista poético o místico, sino como una posibilidad real.

–Pero también hay que preguntarnos también a qué le llamamos “una posibilidad real” –señala–. Tampoco quiero sonar a hippie californiana, pero sí quiero cuestionar por qué el sentido espiritual es menos “real” que el resto. 

View this post on Instagram

Nepote cita a David Abram, el filósofo estadunidense que publicó en 1996 La magia de los sentidos, un largo ensayo en donde, a través de la ecología y la antropología, se explora el fenómeno de la percepción humana. Una de las conclusiones de Abram es que nuestro cuerpo está hecho para comunicarse.

–Estamos llenos de agujeros: la boca, los oídos, las fosas nasales están diseñadas para entrar en contacto, en comunión, con lo otros –apunta Mónica–. Y si lo piensas un poquito es que no hay de otra: nuestro habitar en este mundo está determinado por la relación que establecemos con lo vegetal, con lo animal, con las rocas: es un asunto básico de sobrevivencia.

Por eso, cuando vas a la montaña tienes una necesidad muy grande de hablar: quieres entender el territorio y sus presencias. Y eso es algo que sucede al compartir un espacio: te vuelves común. Desde tu propio cuerpo, desde lo gestual. Cuando somos niños lo atestiguamos, lo vivimos. Y este tipo de interacción siempre está allí, al alcance. Es como recuperar un hilo, o una herramienta que está allí, quizás un poco cubierta de polvo en un rincón lleno de triches, pero no es tan difícil rescatarla.


Una máquina puede ser una casa

La insistencia de Mónica Nepote en reconfigurar nuestra relación con las otras formas de vida en este planeta, no significa para ella una renuncia a la tecnología o la modernidad. Más bien, todo lo contrario. Gran parte de su trayectoria como artista y gestora tiene que ver, de hecho, con la manera en que nos comunicamos con las máquinas y cómo las interfaces digitales han modificado nuestro lenguaje, nuestra percepción del mundo y la manera de habitarlo.

–Hay quienes piensan que los bosques no tienen nada que ver con las computadoras y, sin embargo, todo está entreverado: nuestros aparatos no aparecen de la nada y la naturaleza no es una postal de Disney. ¿Qué va a pasar con estos objetos tecnológicos que usamos en nuestra vida cotidiana? ¿Cuánto tiempo le costará a la tierra volver a absorber estos minerales? 

«las Inteligencias artificiales que se han popularizado replican la inteligencia de un hombre blanco de mediana edad, a lo mucho, no la inteligencia de un enjambre ni la inteligencia de un micelio».

En 2013, Mónica Nepote fundó el proyecto de E-Literatura del Centro de Cultura Digital. Una década antes del auge de Chat GPT, este espacio ya funcionaba como un laboratorio interdisciplinario en donde escritores y programadores –inspirados por los surrealistas o por las teorías de literatura potencial del grupo Oulipo– trabajaban mano a mano para crear algoritmos de literatura generativa en donde las voz del autor se confundiera con la de la máquina.

O para crear piezas de literatura interactiva y no lineal, novelas policiacas hipermedia, bibliotecas digitales de libre descarga, programas de escritura que bifurcan tus palabras como las ramas de un árbol, relatos de ciencia ficción en formato de videojuegos, algoritmos y poesía.  

Curiosa de la mitología digital, a Nepote la enternecen ciertos gestos de las últimas décadas, como Molleindustria, por ejemplo, el alias de un activista italiano que diseña videojuegos  sobre situaciones políticas incómodas. En 2011, lanzó Phone Story: un videojuego en donde el jugador encarna a los guardias de seguridad de una mina en el Congo y debe asegurarse de que los niños que extraen el cobalto –con el que se fabrican los teléfonos celulares– no descansen nunca.

–Olvidamos que la tecnología que usamos está profundamente arraigada a la tierra: al suelo planetario –dice Mónica–. Y como que nos hemos acostumbrado a una mentira: que hay una brecha entre lo natural y lo tecnológico. Esa brecha no existe, porque toda tecnología es planetaria.

Hay mucho de naturaleza en nuestras tecnologías porque la naturaleza es tecnología en sí misma. Toda montaña, por ejemplo, su ecosistema y su geología compleja, funciona como una obra de infraestructura e ingeniería que cumple una función puntual: el resguardo del agua y de la biodiversidad de cada territorio. La inteligencia mineral del planeta y su tiempo geológico convergen aquí, de manera activa, con el resto de los seres vivos. Y no debe ser casualidad que los minerales resguardados debajo de estos ecosistemas sean tan codiciados por las grandes empresas tecnológicas.

–Si tú escuchas el discurso de Javier Milei cuando se queja de los ambientalistas que protestan contra la modificación de la Ley Glaciar queda muy clara la postura de la excepcionalidad humana. En resumen el tipo dice: “todo esto, la creación, Dios la hizo para que nosotros la explotemos”.

Mónica Nepote
Hay mucho de naturaleza en la tecnología y viceversa, recuerda Mónica Nepote, porque toda tecnología es planetaria.

En Las trabajadoras defiendes el papel de las máquinas como vías de independencia y creatividad, sobre todo para las mujeres. Es algo que tú observaste en tu familia.

Me encantan las máquinas –responde entusiasmada–. Me gustan las máquinas de escribir y no me refiero sólo a las máquinas antiguas: el teclado de nuestras computadoras, lo adoro. La máquina que hace música, la máquina que imprime. Todo lo que podemos hacer con las máquinas como instrumentos me asombra.

Por mi familia, crecí muy cerca del sonido de las imprentas, de las máquinas de hilar y coser. Esos sonidos se enlazaron en mi ADN de forma vital. Pero además es muy contundente la relación que han tejido las mujeres, los cuerpos de las mujeres, con ciertas máquinas. Ahí hay también una especie de placer intelectual.

Ada Lovelace, por ejemplo. Ella fue el primer ser humano que hizo un lenguaje para comunicarse con las máquinas. Lovelace no es solo la primera programadora mujer, es la primera programadora en la historia de la humanidad. A mí me vuela la cabeza que la primera programadora haya sido una morra, pero tiene todo el sentido: esas máquinas computacionales, su esqueleto, viene de las máquinas de hilar, de las máquinas de coser, de la primera parte de la Revolución Industrial. Hay una genealogía allí. 

Sin embargo, hoy mantienes una distancia de la Inteligencia Artificial. Lo relacionas con las máquinas autómatas del siglo XIX.

Todos sabemos que estas nuevas máquinas de lenguaje están diseñadas por personas y empresas que tienen cierto tipo de intereses, pero igual ChatGPT y similares nos gustan porque parece que son muy obedientes, muy amables y parece que nos están ayudando en todo. Nos encantan los perros que nos obedecen, ¿no?

Yo ahora estoy investigando propuestas que vienen de otro lugar: inteligencias artificiales que no estén diseñadas únicamente por Silicon Valley. Hay un grupo de personas que está intentando generar IA’s basados en la cosmogonía y forma de pensar de las comunidades indígenas… algo que me parece importante analizar.

A mí sí me gusta preguntar cómo sería una Inteligencia Artificial que fuera diseñada por una mujer del Amazonas, por ejemplo. ¿Qué estamos entendiendo por “inteligencia”?

Muchos pensadores, algunos de los cuales abiertamente buscan frenar esta nueva tecnología debido a sus formas de producción devastadoras, se preguntan además cómo entendemos a esas otras inteligencias: las inteligencias de la naturaleza. ¿Las entendemos?

Las IA’s que hoy se han popularizado replican la inteligencia común de un hombre blanco de mediana edad, a lo mucho, no la inteligencia de un enjambre ni la inteligencia de un micelio. 


El paisaje como un texto

A Mónica Nepote le interesa menos llegar a la cima de una montaña que atravesarla y conocer su profundidad, sus capas, los ecosistemas y cuerpos de agua que la recorren, ir de la montaña al mar para percibir el cambio de clima y entender, también, la manera en que esas entidades son violentadas o resguardadas por los humanos.

–Yo no escalo: hago caminatas. Pero siempre hay momentos en que tienes que prenderte de una roca más grande que tú y establecer una relación con ella: le confías tu peso, la rodeas, haces una coreografía con la roca. En términos prácticos, tu vida depende de entender esa relación. Esa forma radical de estar en el cuerpo es algo que se te impone en esos lugares y, personalmente, a mí me lo cambió todo. 

El montañismo se ha convertido en una actividad de alto riesgo. Hay mujeres senderistas desaparecidas en el Ajusco y un alto índice de defensores del territorio asesinados.

Es interesante lo que ocurre en México y la manera en que están reguladas las tierras. Tenemos las tierras ejidales y las tierras comunales, por ejemplo, que responden a ciertas lógicas.

Como mujer, a mí no me alcanza la imaginación para entender qué significa caminar sola por ciertos lugares. Siempre voy en grupo y, de preferencia, con alguien de la zona. Porque pasa de todo: desde comuneros que de plano nos han dicho “lárguense de aquí” hasta lo que ocurrió en el Nevado de Toluca, en donde tuvieron que cerrar el acceso porque los ejidatarios ganan dinero de subir a la gente hasta la zona alta, hasta que un día hubo un accidente y tuvieron que restringir el acceso. Es lógico.

Hay defensores del territorio que todos apoyan y también comunidades que lucran el ecosistema porque, claro, históricamente han sido despojados de su tierra. Es muy complejo. Y luego llega la gente urbana que se ofende cuando un comunero les pide una cooperación: gente que no entiende que son los comuneros quienes arriesgan su vida cada temporada de incendios para apagar el fuego o los que pasan meses haciendo brechas para prevenirlo. 

Mónica Nepote insiste en que a los seres humanos les hace bien saberse no excepcionales y que conviven con todo tipo de inteligencias.

Esta manera de leer el bosque, entender su lenguaje –saber que el líquen sólo crece en el lado norte de los troncos porque allí no les toca el sol o que los encinos suelen crecer a cierta altura, por ejemplo– ha afectado inevitablemente la escritura de Mónica Nepote.

De entrada, suele afirmar que lo suyo es una escritura colectiva: escribe gracias a las infinitas relaciones que su cuerpo teje con las otras formas de vida que contiene y que lo contienen, a las mujeres de su linaje y a las máquinas con quienes también se comunica.

Últimamente, sus libros suelen comenzar con una petición o un “conjuro” en donde pide permiso al texto mismo, como quien pide autorización antes de entrar a un bosque. 

–Yo aprendí a pedir permiso a la montaña cuando empecé a caminar con amigos para quienes eso era importante. Al principio, yo iba con personas muy queridas, pero que hacían montañismo en un afán deportivo. Después comencé a caminar con personas que se daban ese tiempo. Ellos me decían que a quienes no piden permiso a la montaña siempre les pasa algo: les pican las abejas, se caen, se pierden. Es fascinante pensarlo porque ¿cómo sabes si la montaña otorgó el permiso o no? De alguna manera, pedir permiso también es una manera de predisponer tu cuerpo y tus sentidos al clima, a las señales, para saber si es buena idea subir o no. 

Señales, marcas, guiños: gestos. Nepote recuerda que la palabra gestar tiene una etimología curiosa que indica no sólo el acto de cargar vida en el vientre. Gestar también es dar a luz un significado, comunicar de alguna forma. El mundo está lleno de esos pequeños gestos, huellas que pueden convertirse en un lenguaje, cruces en medio de la nieve que con el tiempo se convierten en puntos de referencia. 

En 2024, el biólogo y cineasta Tom Mustill publicó el libro Cómo hablar balleno, un libro en el cual documenta el esfuerzo humano para decodificar el canto de los cachalotes: cuadrillas de drones armadas de micrófonos que siguen a las manadas de ballenas por el mundo para registrar sus cantos y generar un archivo que después será clasificado por analistas de datos y desarrolladores de inteligencia artificial con el fin de encontrar sentido comparando cada gesto, cada uno de los millones de matices ultrasónicos de aquellos cantos cetáceos, y entender si es posible que allí exista un lenguaje propio, comprensible: traducible.

–Otra vez: no somos excepcionales –insiste Mónica–. Durante siglos la cultura occidental ha estado basada en esto: en pensarnos únicos, diferentes, separados del resto del mundo.

¿Cuándo fue que notaste que las reflexiones sobre lo “no humano” comenzaban a volverse más frecuentes.

A mí me pasó en la pandemia, hace seis años. Yo y un grupo de amigas empezamos a hacer reflexiones en torno a eso que hoy se nombra más frecuentemente como “lo no humano”. ¿Qué es lo no humano? Cuando empezamos a hablar de esto notamos que la conversación derivaba hacia un espacio de esperanza. Es importante decir que salir del edificio de la excepcionalidad humana, dejar de pensar que el razonamiento, la inteligencia, la voz no son cualidades exclusivas de la humanidad, genera cierta calma, cierta contención. Nos hace bien decírnoslo, repetirlo y entender que no somos los únicos.

Síguenos en flipboard

Síguenos en Flipboard

Por: Carlos Acuña ​| Fotos: Elyzabet BJ

La actualidad de la fábrica directo a tu buzón.

Suscríbete a nuestra newsletter vía correo electrónico o a nuestro canal de WhatsApp y te enviaremos lo más relevante de Fábrica de Periodismo.


Unirse al canal
Fábrica de Periodismo

Síguenos:

Fábrica de:

  • Reportajes
  • Investigaciones
  • Entrevistas
  • Noticias
  • Cómo aportar
  • Nosotros
  • Contáctanos
  • Aviso de privacidad
Fábrica de Periodismo

Fábrica de:

  • Inicio
  • Reportajes
  • Investigaciones
  • Entrevistas
  • Noticias

Explorar por tema:

  • Cultura
  • Derechos Humanos
  • Internacional
  • México
  • Seguridad
  • Sociedad
  • Nosotros
  • Contáctanos
  • Cómo aportar
  • Aviso de privacidad