Hoy se cumplen 42 años del asesinato del influyente columnista Manuel Buendía. Es una fecha adecuada para recuperar el texto escrito por Miguel Ángel Granados Chapa en su columna Plaza Pública, publicada el 30 de mayo de 2002 en el diario Reforma, en la que aborda la posible responsabilidad del exsenador en la muerte del periodista.
Hace hoy 18 años que fue abatido a tiros, por la espalda, el periodista Manuel Buendía. Durante su carrera profesional, iniciada en La Nación, el semanario panista, a fines de los 40, dio muestra de una clara aptitud para ejercer el oficio al que cayó por azares de la existencia pero que abrazó con entusiasmo creador. Era diestro en la averiguación de hechos y en su exposición al público, las dos habilidades que requiere quien, como él, hace del periodismo no sólo un modo honesto de ganarse la vida sino el medio para cumplir aspiraciones vitales de más largo alcance.
Carece de sentido meramente evocar su memoria en esta efeméride. Ni siquiera es un aniversario redondo, de ésos que son propicios a recontar una biografía, a examinar una influencia, a desentrañar un misterio no resuelto. Mucho ha cambiado el país, mucho la prensa desde aquel miércoles, el 30 de mayo de 1984, en que Buendía cayó asesinado. Pero algunos factores presentes entonces prevalecen, algunos personajes que refulgían entonces mantienen brillo, presencia pública, a pesar de los años y de las transformaciones, las de la sociedad y las suyas propias.
Uno de ellos es Manuel Bartlett, secretario de Gobernación entonces, senador de la República ahora. En los casi cuatro lustros corridos desde el infausto momento en que concluyó abruptamente la vida de Buendía, la de Bartlett le permitió conocer la victoria y la derrota, el poder y la impotencia.
Hoy, fuera el PRI de la Presidencia que él pretendió con vehemencia, protagoniza una suerte de renacimiento. Pocos años después del asesinato del periodista, Bartlett perdió la principal candidatura priista, que sintió tener en las manos. Manejó su derrota con habilidad tal, se produjo la victoria de Carlos Salinas en condiciones tan estremecedoras del país, que no padeció el sino de los perdedores, el retiro forzoso y la amargura que lo acompaña. Su rival se vio obligado a compensarlo con un cargo en el gabinete, la Secretaría de Educación Pública. Y cuando su poder quedó consolidado y quiso prescindir de él, se topó de nuevo con las circunstancias que lo habían hecho incombustible. Y así se fabricó su condición poblana, su candidatura, su gobierno.
Desde Puebla, donde desplegó el autoritarismo priista que hubiera ejercido desde la Presidencia, fue en pos de ella una segunda vez. Ojo avizor el suyo, se opuso sin demasiada convicción a Zedillo, y promovió nuevos modos de elegir candidato presidencial. Fue el más completo, el más acabado político de los cuatro contendientes de 1999, el de más vasta experiencia. Pero esos méritos fueron insuficientes y en cambio quizá fueron adversos. Lo hubiera elegido un head hunter. No lo eligió Zedillo, a él, que se ufanaba de ser el único secretario de Gobernación que duró un sexenio completo desde Mario Moya Palencia (aunque ambos hubieran renunciado gustosos a ese récord, pues lucharon porque su estancia en Bucareli fuera interrumpida por su postulación a la Presidencia).
Buendía fue asesinado quizá por haber descubierto los nexos de Zorrilla y el narcotráfico. ¿Bartlett, su jefe, los ignoraba?
Como a Humberto Roque pero con mayores títulos, la participación de Bartlett en la búsqueda de la candidatura presidencial le mereció, de perdida, una senaduría. Y desde su curul de Xicoténcatl, el ex gobernador de Puebla ha trazado el alcance de su nueva personalidad. Ya que las afinidades electivas funcionan también entre políticos formalmente adversarios, ha hecho pareja con Diego Fernández de Cevallos para sacar adelante iniciativas atroces como la que frustró la reforma constitucional en materia indígena. Y él solo cerró el paso a las tentativas de enmienda a los artículos 27 y 28 en materia eléctrica.
Se diría que vive gozoso su postrer protagonismo. Pero no sería extraño verlo pugnar por la candidatura presidencial en 2006. Hacia allá parece apuntar su logrado intento por adquirir una identidad nueva, la de un político tan rudo en la oposición como rudo fue en el poder (con las obvias diferencias de uno y otro caso).
Fue rudo en el poder. ¿Hasta el punto de estar involucrado en el homicidio de Buendía? Nadie lo acusó jamás formalmente, y las insinuaciones de su relación con el caso han sido vagas cuando no timoratas. No hay señal que lo vincule legalmente con el crimen. Pero en el análisis político a que la situación obliga no se puede ignorar que un subordinado de Bartlett, el jefe de la policía política, José Antonio Zorrilla, está en prisión desde 1989 sentenciado por la autoría intelectual de ese crimen.
El secretario de Gobernación tenía plena autoridad sobre la Dirección Federal de Seguridad, encabezada por Zorrilla y a la que pertenecían quienes fueron condenados por cometer directamente el asesinato o encubrirlo.
Con gesto de señorito a quien ofenden los malos olores y lo muestra arrugando la nariz, el presidente Miguel de la Madrid dijo a Bartlett que no quería tener nada que ver con la policía política, y la puso entera, poderosa, en manos de su entonces amigo. Buendía fue asesinado quizá por haber descubierto los nexos de Zorrilla y el narcotráfico. ¿Bartlett, su jefe, los ignoraba? Sí al parecer en 1984, no en 1985.
Zorrilla permaneció en su cargo ocho meses después de ultimar a Buendía. Y no se le despidió ignominiosamente: se le hizo candidato a diputado. Y cuando, tras el homicidio del agente norteamericano Enrique Camarena, quedó clara la complicidad de la DFS con sus asesinos, Zorrilla sólo perdió la candidatura pero no la libertad. Se le permitió huir. Y sólo fue preso cuando Bartlett no era ya secretario de Gobernación.

