Está cerca de cumplir 41 años y se encuentra en una etapa de euforia creativa. Su estruendosa irrupción como actor principal en la adaptación mexicana de La Oficina le ha dado una exposición que no conoció durante los 15 o 20 años en que estuvo concentrado en el teatro no comercial, a donde su corazón pertenece.
Fernando Bonilla es heredero de una familia con dos lenguajes naturales: la actuación y una postura política crítica, cargada a la izquierda y teñida de rojo, que no teme discutir de los temas que afectan al país.
Durante años quiso alejarse de la sombra de su padre, el primer actor Héctor Bonilla, por lo que se negaba a pisar foros y escenarios en que la imagen paterna era imposible de borrar. No lo necesitaba. Su trabajo como director y dramaturgo eran reconocido y eso le bastaba.
O eso es lo que entonces pensaba. Hasta que el fin de año de 2018 se dio cuenta de que el teatro exigía demasiado pero retribuía poco. Tan poco que no le alcanzó para solventar las vacaciones de sus dos pequeños hijos. Y en ese momento todo cambió. De eso y más habla en entrevista.
Se las merecían. Diciembre de 2018 ya estaba encima y unas vacaciones le caerían muy bien a la familia.
Demetrio y Adela, sus hijos, se las merecían. Fernando Bonilla también. Así que se puso a hacer cuentas. Cerraba un año en el que había dirigido dos obras de teatro, celebradas por la crítica y el público. Las cuentas, sin embargo, decían otra cosa: no habría vacaciones. No alcanzaba el dinero.
Llevaba más de una década construyendo una sólida carrera en el ambiente teatral, durante la cual había elegido mantenerse lejos de los circuitos comerciales y de la televisión que nunca le interesó hacer. Prefería un escenario donde las historias dejaran algo más que una taquilla llena.
“Había llegado a un objetivo profesional, pero seguía sufriendo por las colegiaturas y la renta”, recuerda Fernando en entrevista con Fábrica de Periodismo.
El teatro exigía paciencia. Eso lo había aceptado. Había aprendido a vivir con la incertidumbre. Lo que no había previsto es que incluso cuando los proyectos florecían, los recursos tampoco alcanzaban.
“Te conviertes en tu propio explotador, tenía muchas chambas”, cuenta hoy, años después. “Hay un estrés importante porque no sabes qué va a seguir y cuándo va a haber proyecto. Siempre tienes que acostumbrarte a ir plantando muchas cosas para ver qué florece y qué no”.
El teatro, lo sabe, es maravilloso. “Te retribuye en muchas cosas, pero conlleva un enorme desequilibrio respecto a lo que te pide y a lo que económicamente te ofrece”.
Ese diciembre, sin las vacaciones que sus hijos merecían, tomó una decisión: empezaría a hacer castings para cine y televisión.
La actuación era el idioma de la familia. Todos lo hablaban con fluidez. Su padre, Héctor Bonilla, fue una de las figuras más importantes del teatro, el cine y la televisión en México. Construyó una carrera de más de cinco décadas, ganó dos premios Ariel a Mejor Actor y recibió el Ariel de Oro por su trayectoria. Su madre, la actriz Sofía Álvarez, hizo del cabaret, la improvisación y el teatro para jóvenes una forma de vivir sobre el escenario. Su abuelo, Fernando Álvarez, dejó una huella importante en la historia del doblaje mexicano. Su hermano Sergio terminaría dando voz a personajes tan conocidos como Nelson, de Los Simpson, y Remy, de Ratatouille.
Lo natural era que Fernando también actuara. Lo inesperado fue que eligió otro camino. Una vez que tuvo la edad necesaria, se fue a estudiar cine a Madrid y, a su regreso a México, fundó una compañía de teatro.
Encontró detrás del escenario un lugar en el que se movía con soltura. Desde ahí podía construir una historia completa: escribir el texto, dirigir ensayos, trabajar con los actores y decidir el ritmo de una escena.
Dirigió más de 20 obras, durante las cuales entraba al quite si alguno de sus actores faltaba: él ocupaba su lugar sobre el escenario. Actuaba, sí, pero seguía convencido de que su sitio estaba detrás.
“Durante mucho tiempo, precisamente para esquivar la comparación y el peso de la figura de mi padre, sentí que la escritura y la dirección eran mi lugar seguro”.
Construir una carrera con Héctor Bonilla como punto de comparación nunca fue sencillo. Mientras más se acercaba a la actuación, más parecía inevitable que la conversación terminara hablando de su padre.
La dirección le ofrecía otra posibilidad. Ahí el apellido pesaba menos que las decisiones, podía equivocarse, aprender y encontrar una voz propia sin entrar, desde el primer día, en una comparación que no había elegido.
“Gradualmente me fui reconciliando con mi faceta como actor. Se me empezó a salir por los poros y me empezaron a dar ganas de actuar; me di cuenta de que lo hacía bien y que al público le gustaba”.
La decisión estaba tomada. Empezaría a hacer castings para cine y televisión. Lo difícil no era cruzar esa puerta, el verdadero desafío era hacerlo sin acabar donde nunca había querido estar, entre las fórmulas gastadas de la televisión comercial y los personajes planos que desaparecen apenas terminaba la transmisión.
La respuesta la encontró en Fabio Rubiano. Actor, director y dramaturgo colombiano, cofundador del Teatro Petra, Rubiano consiguió algo que Fernando no imaginaba posible: construir una carrera en televisión sin que el teatro dejara de ser el centro de su trabajo. Era la muestra de que una cosa no tenía que cancelar a la otra.
“Cuando lo conocí dije: éste modelo me puede llegar a funcionar”, recuerda al tiempo que habla rapidísimo porque la idea le entusiasma. “Y un poco inspirado en esa línea, me aventuré a buscar suerte en el cine y en la tele”.
Por eso, cuando a finales de 2018 empezó a presentarse a castings, no sintió que estuviera abandonando radicalmente su trayectoria. “No fue un dilema, fue una decisión, un ligero cambio de dirección”.

El primer casting fue para Historia de un crimen: La búsqueda, la serie de Netflix inspirada en el caso de Paulette Gebara, la niña de cuatro años que desapareció dentro de su propia casa y cuyo cuerpo fue encontrado debajo del colchón de su cama. Consiguió el papel. Interpretó al policía encargado de intimidar a los sospechosos en los interrogatorios.
Después llegaron otros personajes en Narcos: México, Un extraño enemigo, Historia de un crimen: la búsqueda y más producciones. Más tarde apareció en El norte sobre el vacío, película que le valió una nominación al Ariel, y en Perdidos en la noche, dirigida por Amat Escalante. Luego siguieron proyectos como Las muertas, de Luis Estrada.
Cuando la actuación comenzó a ocupar más espacio, Fernando siguió moviéndose en muchas direcciones al mismo tiempo. Dirigía teatro, escribía, daba clases, hacía improvisación, grababa podcasts, participaba en espectáculos de stand up, desarrollaba proyectos para concursar por estímulos culturales y escribía nuevas obras. El año pasado terminó incluso un libro de cuentos que publicará pronto.
“Soy malo para no hacer nada“, ha dicho en entrevistas. La frase parece una descripción bastante exacta de su vida. En poco tiempo puede pasar de un ensayo teatral a una grabación, después a una reunión para levantar un proyecto cultural y terminar el día grabando contenido para alguno de sus personajes.
“Me aburro de ser el mismo güey”, dice. La diversificación, asegura, es su lugar feliz. Quizá por eso resulta difícil definirlo con una sola palabra. Es actor, pero también director. Es escritor, pero también comediante. Es un hombre que puede hablar durante varios minutos sobre una puesta en escena de Shakespeare y, unas horas después, aparecer convertido en El Diente de Oro, un ranchero vulgar, provocador y políticamente incorrecto que halló un público inesperado en las redes sociales.
Esa costumbre de vivir varias vidas al mismo tiempo empezó mucho antes de que llegaran las series. Cuando era niño hizo doblaje. Provenía de una familia donde varias generaciones se dedicaron a él. Su abuelo dirigió y tradujo producciones emblemáticas. Su madre trabajó durante años en la industria. Su padre también participó ocasionalmente. Fernando puso voz a varios personajes, pero hay uno que todavía lo persigue: Harold Berman, el bully inseguro, glotón y sentimental de Hey Arnold!
Durante casi una década fue la voz en español de uno de los personajes más recordados por toda una generación de millennials latinoamericanos. Todavía hoy quienes descubren quién está detrás de Harold, reaccionan con sorpresa.
Uno de los personajes más famosos de Fernando Bonilla piensa que Fernando Bonilla es un mediocre.
–Eres un pinche mediocre, cabrón. Un desconocido. No te ubican ni en tu pinche casa, hijo de toda tu puta madre. Lo único que has hecho es ser un pinche junior, hijo de papi.
La acusación ocurre frente a una cámara. De un lado está Fernando. Del otro, el alter ego norteño El Diente de Oro.
–Tú, en cambio, eres un chiste que nunca creí que iba a llegar tan lejos –responde Bonilla.
–Pero conmigo sí llenas los teatros, cabrón. En tus pinches obras intelectuales no se paran ni las pinches moscas. O sea, de aquí tragas.
Durante varios minutos, los dos discuten como si fueran personas distintas. El Diente de Oro insiste en que Fernando vive de él. Fernando intenta defenderse. Ninguno cede.
El Diente de Oro nació años atrás para La Improlucha, el espectáculo que combina improvisación teatral, lucha libre y música. Buscaba un maestro de ceremonias y pensó en una caricatura de Armando Gaitán, El Mucha Crema, el legendario presentador de la Arena México. Luego le interesó otra idea: que la autoridad del espectáculo recayera en un personaje chueco, con ecos de la narcocultura y que insiste en presentarse como un vendedor de dulces típicos.
Faltaba un detalle. Mientras probaba el personaje, se colocó sobre un diente el papel dorado de un chocolate Ferrero Rocher. La imagen le hizo gracia. Conservó el diente dorado, encontró una manera de hablar y, función tras función, fue apareciendo un personaje que creció por cuenta propia.
“El público se lo fue apropiando. Lo he seguido haciendo porque al público le gusta, ha durado mucho más de lo que yo imaginaba”, reconoce. “Llego a cansarme y a aburrirme de hacerlo. Pero como en toda relación de muchos años hacemos un trabajo para reenamorarnos”.
Con la improvisación le ocurrió algo parecido. La considera una de las herramientas más valiosas para un actor y la utiliza en el momento en que dirige o construye un personaje. Pero, al mismo tiempo, cree que tiene un límite.
“Eventualmente llega a un tope. Si quieres hacer algo un poco más sofisticado, es mejor escribirlo o explorarlo de otra manera y seguir utilizando la impro como una herramienta y no como un final”.
La secuencia dura apenas unos segundos. Primero, una oficina. Después, una banda en vivo. Los músicos entran a cuadro uno por uno. Al final aparece Jerónimo Ponce III de casi dos metros de altura y usando sombrero norteño.
–¡La Tronadora de Lucho Batiz, perros! ¡Ay, ay, ay!
En menos de 10 segundos, La Oficina presenta a su protagonista. También deja claro quién es: un hombre incapaz de pasar inadvertido, convencido de que el mundo funciona mejor cuando todos recuerdan que él es el jefe.

Fernando estuvo a punto de no interpretarlo. Al enterarse de que en México adaptarían The Office, pensó que era una mala idea. Admiraba la versión británica y estaba convencido de que la adaptación terminaría mal:
“Juraba que iba a ser una basura”.
Su agencia insistió. Le dijeron que lo buscaban para interpretar al protagonista. Eso le pareció una buena señal. “Si me estaban buscando a mí para el protagonista, ya era un indicio de que no era esta versión extremadamente mediática, con un elenco muy canónico según los estándares de la televisión mexicana”. Así que hizo la prueba.
La producción revisó alrededor de mil 300 castings antes de elegirlo para interpretar a Jerónimo Ponce III. Cuando se anunció el elenco, en redes sociales no faltaron quienes imaginaban otros nombres para encabezar la adaptación: los sospechosos habituales de la comedia televisiva mexicana, figuras como Eugenio Derbez, Omar Chaparro o Adal Ramones.
La serie se convirtió en uno de los contenidos más vistos de Prime Video en México. Llegaron las portadas, las entrevistas, los podcasts y una agenda que apenas deja espacios libres. De pronto también empezó a aparecer en lugares donde nunca había imaginado verse. Incluso lanzó la primera bola en el Estadio Alfredo Harp Helú, la casa de los Diablos Rojos, el equipo de beisbol que sigue desde niño.
El éxito de La Oficina coincidió con un momento en que buena parte de la discusión pública estaba resumida en una frase: ya no se puede hacer comedia porque todo ofende a alguien. Fernando nunca compró esa idea. Para él, el problema no es hablar de racismo, clasismo, machismo u homofobia. El problema es desde dónde se hace.
Jerónimo Ponce III está construido sobre esa convicción. Es un jefe incapaz de escuchar, encerrado en sus privilegios y desesperado por caer bien. El chiste nunca recae sobre quienes padecen esas violencias, sino sobre quien las ejerce.
“Es una búsqueda delicada y justo requiere del riesgo y de un equilibrio. Si no se camina por un lugar en donde se pueda caer del lado del que no quieres caer, no es efectivo”.
Esa es la brújula del personaje. “Nos estamos riendo de este imbécil, de sus conductas machistas, clasistas, homofóbicas y de su inconsciencia. No nos estamos riendo de las personas de las que él se está burlando o de las personas que él está invisibilizando”.
Para Bonilla, el humor no sirve para esconder aquello que incomoda, sino para ponerlo bajo una luz más intensa.
“Hablar de racismo, de clasismo, de machismo y de homofobia no quiere decir que la serie lo esté validando o ensalzando; pretender que porque no lo digamos va a dejar de existir es un sinsentido. Es como imaginar que por apagar la luz la caca no apesta”.
Fernando Bonilla llevaba una camisa rosa abierta sobre una playera negra. A su alrededor estaban los actores, productores y ejecutivos reunidos para presentar La Oficina, una de las apuestas más importantes de Amazon para el mercado mexicano. Frente a ellos, decenas de periodistas esperaban hablar del estreno, de la adaptación y del personaje que acababa de convertirlo en uno de los actores más visibles del momento.
Antes de que apareciera la primera pregunta, pidió unos segundos. No habló de la serie ni de Jerónimo Ponce III. Recordó que ese día se cumplían 100 años de la fundación de la Normal Rural de Ayotzinapa. Contó que su abuelo, Rodolfo Bonilla, había participado en la creación de la escuela y que incluso había sido invitado a la ceremonia donde se develaría un busto en su honor por haber sido el primer director. No pudo asistir porque estaba ahí, promoviendo el proyecto.
“Siempre he procurado, y lo seguiré haciendo, honrar el legado de conciencia social y de lucha contra la injusticia que demostró mi abuelo, aunque yo no tuve la fortuna de conocerlo”.
Después la conferencia volvió a La Oficina. Llegaron las preguntas sobre la adaptación, la comedia y el éxito de la serie. Fernando las respondió, pero la escena dejaba ver algo más: le resulta difícil hablar de su trabajo sin terminar hablando del país en el que vive.

Meses después, Movimiento Ciudadano utilizó una imagen de Jerónimo Ponce III para acompañar una publicación en redes sociales sobre la política de Nuevo León.
Bonilla respondió de inmediato: “Ahí les encargo que en su perra vida vuelvan a usar mi jeta para sus chingaderas”.
La discusión derivó en una pregunta sobre su posición política. Él la despachó con una frase:
“Tengo la sangre roja y el corazón a la izquierda. No milito en ningún partido”.
Y aclaró de una buena vez: “Voté por Claudia, pero no soy incondicional de nadie, nomás de mis principios. Procuro informarme, generar un criterio propio y criticar lo que me parece criticable”.
Esa respuesta no nació ese día. “Todos pasamos por una crisis de identidad y necesitamos anclarnos, saber qué somos”, dice Fernando, quien lleva tatuado un grabado de José Guadalupe Posada en el antebrazo. “Para transitar esa etapa de la vida son necesarias ciertas lecturas, cierta música”.
Tenía alrededor de 13 años cuando descubrió a Eduardo Galeano, a Rius y la poesía de Miguel Hernández. Eso le generó “una primera sensación identitaria y de pertenencia a algo”.
En casa esas conversaciones eran habituales. Su padre, Héctor Bonilla, fue una de las voces más visibles de la izquierda cultural mexicana. A su abuelo, Rodolfo Bonilla, no llegó a conocerlo, pero las historias sobre él formaban parte del paisaje familiar. Hablar de desigualdad, elecciones, movimientos sociales o poder era tan cotidiano como hablar de teatro, cine o literatura.
Durante la huelga de la UNAM de 1999 hablaba del movimiento con sus compañeros de secundaria, organizaba proyecciones de documentales para abrir conversaciones y cuestionaba la educación religiosa que recibía. Años después marchó contra la propuesta de aplicar el IVA a los libros.
“Recuerdo haber asistido a varias movilizaciones. Incluso fui orador en un mitin. Habré tenido 15 o 16 años”.
Esas inquietudes aparecieron en su trabajo. Primero dirigió Los Peluches, la sección de sátira política de TV Azteca, donde también coordinó guiones. Ahí conoció las posibilidades y los límites de hacer humor político dentro de una televisora nacional. Cuando el proyecto terminó, parte del equipo decidió continuar por su cuenta.
Así nació Política Piñata. Fernando dio voz a Gerardo Fernández Noroña en una serie de videos que utilizaban el humor, el teatro y figuras de cartón para hablar de elecciones, partidos y personajes públicos.
Fernando rara vez empieza una conversación sobre política hablando de partidos, comienza hablando de cómo un ciudadano común ve el mundo. Y no teme a discutir por expresar lo que cree.
“En general, dice, la democracia implica el choque, el contraste de ideas y convivir con gente con la que no estás de acuerdo; consumir la obra artística únicamente de personas con las que tienes afinidad ideológica me parece estúpido y fascista”.
–¿Cuando dices que eres de izquierda, qué significa eso en concreto en tu vida diaria?
–Vivimos en un mundo en el que hay decisiones prácticas, de consumo sobre todo, muy difíciles de eludir; el sistema no nos pone fácil salirnos de él.
Que tus dichos y tus opiniones estén respaldadas medianamente con tus actos. Informarse y procurar no ser cómplice de los abusos en la medida que esto sea posible. Todo nuestro consumo tiene algún rastro de sangre y de explotación, lamentablemente.
Creo que toda mi obra artística suele tener lecturas derivadas de inquietudes sociales y eso es lo que procuro asumir como mi trinchera, procuro levantar proyectos que contribuyan al pensamiento crítico.
–¿Cuál sería tu visión crítica del país y del gobierno actual desde la izquierda y no desde el conservadurismo?
–Vivimos un momento muy extraño, muy complicado a nivel global. Estados Unidos está viviendo la agonía de su hegemonía y esto está desenmascarando un rostro muy violento que provoca una serie de situaciones muy peligrosas en todo el planeta.
México vive, además, en un enclave geográfico muy difícil; nuestra economía, desde hace demasiadas décadas, se ha visto subordinada a la de Estados Unidos, que después nos ha usado como piñata en el discurso.
La 4T es un movimiento con muchos claroscuros; es la escisión de un movimiento político al que claramente se le bloqueó la llegada al gobierno durante mucho tiempo. Nuestra vida democrática lo necesitaba, era un lugar por el que teníamos que pasar desde, digamos, la ruptura del PRI a finales de los 80.
Los aciertos que más pondero han sido los 13 millones de personas que han salido de la pobreza; es un dato indiscutible, donde radica la mayoría del sustento político de la 4T.
También el hecho de que se haya dejado de condonar impuestos a las grandes fortunas. Un gobierno de izquierda tendría que ser más incisivo en promover una reforma fiscal progresiva que les cobre más a los multimillonarios, pero bueno, algo es algo.
El futuro es un tanto incierto, la oposición está en la lona. Históricamente, la derecha en México ha aprendido a gobernar disfrazada de izquierda y me preocupan bastante más las luchas intestinas dentro de Morena; es fácilmente reproducible el esqueleto de lo que fue el PRI, un poco el agua reconociendo su cauce y ahí hay un riesgo enorme.
–Has dicho que Morena está “infestado de perfiles turbios y desideologizados”…
–Sí, eso es muy obvio. Amparándose en el pragmatismo político, se han dejado invadir por muchos perfiles que vienen de otros partidos que simplemente andan buscando el hueso. Eso es muy peligroso. Este enorme partido que ahora gobierna la mayor parte del territorio fácilmente puede perder cualquier sentido de ideología y convertirse solo en una maquinaria de administración de poder.

La paternidad llegó mucho antes de que Fernando tuviera una idea clara de quién quería ser como actor, director o escritor. Llegó cuando todavía intentaba averiguar qué hacer con su propia vida y se convirtió en una de las experiencias que más han moldeado su manera de vivir.
En Corte de caja, uno de sus espectáculos de stand up, bromea con que convertirse en padre adolescente pudo haber sido una forma involuntaria de rebelarse contra los privilegios con los que creció. El público se ríe porque lleva la historia hasta el absurdo. Fuera del escenario, en cambio, desaparece el chiste.
“Es cierto que fui padre muy joven y que fue contra mi voluntad inicialmente, no fue algo que yo planeara, pero eventualmente adopté a mi propio hijo desde que nació”.
Siempre tiene que hacer una aclaración. Demetrio es su hijo biológico. Lo que intenta explicar es “que incluso la paternidad biológica implica una adopción emocional de tus propios hijos”.
Habla de una decisión que no se toma una sola vez, sino todos los días. “Ha sido algo que me ha determinado mucho. Soy un padre muy cercano y es algo que me ha nutrido y que me hace sentir muy feliz”.
La diferencia de edad relativamente corta hizo de la relación entre ambos una especie de camaradería. Demetrio tiene hoy 21 años. Ya apareció en la serie Nadie nos va a extrañar y antes trabajó bajo la dirección de su padre en teatro. Hay algo que se repite en esa historia. Fernando creció entre camerinos, foros y escenarios; ahora le toca mirar cómo su hijo empieza a recorrer un camino parecido.
Pero cuando habla de sus hijos, la conversación cambia de rumbo. Empieza con ellos y termina en el futuro que les tocará habitar.
Hace unos meses, Adela llegó inquieta, después de pasar horas viendo videos sobre osos polares atrapados en témpanos cada vez más pequeños, mares cubiertos de plástico y bosques consumidos por incendios. Quería producir menos basura, cambiar los cepillos de dientes de la familia por unos biodegradables y encontrar alguna forma de ayudar.
Fernando la escuchó e intentó articular algunas ideas para atender una pregunta que muchos adultos tampoco saben responder: cómo decirle a una niña que sus preocupaciones son legítimas sin que se quede convencida de que todo está perdido. La respuesta terminó en una carta en video dirigida a ella.
Le explicó que la crisis ambiental no era consecuencia de que una persona olvidara separar la basura o usara el cepillo de dientes equivocado. Le habló de un modelo económico construido sobre la idea de crecer sin descanso, de industrias extractivas que consumen más recursos de los que el planeta puede reponer, de una riqueza cada vez más concentrada en menos manos y de decisiones que suelen tomar quienes menos padecen sus consecuencias.
También le dijo que nada de eso cancelaba la responsabilidad individual. Que valía la pena cuidar el agua, consumir con más conciencia, generar menos residuos y no acostumbrarse a la indiferencia. Pero que tampoco debía cargar sobre sus hombros una culpa que correspondía, sobre todo, a quienes tienen el poder de transformar las reglas del juego.
Entonces resumió todo en una frase: “Un sistema basado en la acumulación infinita en un planeta finito es matemáticamente inviable”.
La conversación había empezado con unos osos polares y concluyó en desigualdad, de poder y del futuro.
El teatro, la política, la comedia, las discusiones públicas, los personajes que inventa y las historias que decide contar parecen responder a la misma necesidad: encontrar palabras para explicar un mundo complejo sin renunciar a la esperanza.
En diciembre de 2018, Fernando hizo cuentas y descubrió que no podía llevar a Demetrio y Adela de vacaciones. Aquella noche decidió abrir una puerta que durante años había mantenido cerrada.
Hoy, sus hijos ya pueden ir de vacaciones. Él también.
