¿De qué sirve que Google nos avise de un terremoto segundos antes de que ocurra?
Cómo funcionan las alertas sísmicas de Google y por qué esos segundos no siempre se traducen en una respuesta rápida para protegerse
El 10 de agosto de 2026, un terremoto de magnitud 7.4 sacudió el oeste de Colombia. El sismo provocó graves daños en ciudades como Cali, Pereira o Manizales y dejó más de un centenar de fallecidos en las primeras horas. Entre los testimonios recogidos tras el desastre, apareció uno especialmente revelador: algunas personas habían recibido una alerta de Google en sus teléfonos antes de sentir el terremoto.
No era la primera vez que ocurría. Apenas unas semanas antes, los fuertes terremotos que sacudieron Venezuela habían hecho que muchos usuarios descubrieran una función de sus teléfonos Android que probablemente desconocían: el móvil puede advertirnos de un sismo antes de que lleguen las sacudidas más intensas. Parece casi una predicción. Pero no lo es.
Millones de teléfonos convertidos en sensores sísmicos
El sistema Android Earthquake Alerts aprovecha un dispositivo que millones de personas llevan permanentemente consigo. Los teléfonos inteligentes incorporan acelerómetros, pequeños sensores capaces de registrar movimiento. Cuando numerosos móviles situados en una misma zona detectan señales compatibles con un terremoto, esa información puede utilizarse para identificar el evento, estimar su localización y magnitud, y enviar alertas a otros dispositivos.
La clave está en la velocidad. Las primeras ondas generadas por un sismo pueden ser detectadas antes de que las sacudidas potencialmente más peligrosas lleguen a lugares más alejados. La información electrónica viaja mucho más rápido. Esa diferencia puede proporcionar desde unos pocos segundos hasta decenas de segundos de anticipación, dependiendo de la localización del usuario respecto al terremoto.
La escala alcanzada por el sistema resulta difícil de imaginar. Una investigación publicada en Science en 2025 mostró que Android Earthquake Alerts estaba operativo en 98 países. Durante sus primeros años de funcionamiento, llegó a enviar alrededor de 18 millones de alertas mensuales y contribuyó a ampliar enormemente la población mundial con acceso a algún tipo de alerta sísmica temprana.
Pero los propios resultados del sistema contienen un dato que obliga a mirar el problema desde otra perspectiva: no todas las alertas llegan antes de comenzar el movimiento. En el citado estudio, un 36% de los usuarios que respondieron indicó haber recibido el aviso antes de sentir el terremoto, un 28%, mientras ya sentían las vibraciones y un 23%, después.
Por tanto, conseguir segundos de anticipación es técnicamente difícil. E, incluso cuando se consiguen, aparece una segunda pregunta, probablemente más importante: ¿qué hacemos las personas con esos segundos?
Recibir una alerta no significa estar protegido
Imaginemos que nuestro teléfono nos advierte de que, en 20 segundos, comenzarán fuertes sacudidas.
¿Cuánto tardamos en entender qué está ocurriendo? ¿Sabemos inmediatamente qué debemos hacer? ¿Nos protegemos o buscamos primero información? ¿Miramos a nuestro alrededor para comprobar qué hacen los demás? ¿Llamamos a alguien? ¿Intentamos salir del edificio?
Cada una de estas decisiones consume una parte del tiempo que la tecnología acaba de proporcionarnos. Por eso, existe una diferencia fundamental entre tiempo de aviso y tiempo útil de protección.
Los sistemas de alerta temprana suelen representarse mediante una secuencia relativamente sencilla: detección del peligro, procesamiento, emisión del aviso, recepción por parte de la población.

Sin embargo, desde la perspectiva de la gestión de emergencias, esa secuencia está incompleta. Después de recibir el mensaje comienza otro proceso que pasa por las fases de interpretación, decisión y acción. Y este segundo recorrido no depende fundamentalmente de sensores, algoritmos o redes de telecomunicaciones, sino de las personas.

El tiempo que no estábamos midiendo
Precisamente, para estudiar ese intervalo, nuestra investigación, desarrollada desde la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) y el Grupo de Investigación Geografía, Medio Ambiente y Tecnologías de la Información Geográfica (GEOTIGMA), propone el concepto de latencia social: el tiempo que transcurre entre la recepción de una alerta y la realización de la acción esperada por parte de la población.
Partimos, para ello, de una idea sencilla: no es solo saber cuándo enviamos una alerta; se precisa tener en cuenta el momento en el que comienza la respuesta social. Así, en una alerta sísmica temprana, donde la ventaja proporcionada por la tecnología puede medirse en segundos, dedicar ese margen a interpretar el mensaje, comprobar qué sucede o decidir cómo actuar puede consumir una parte sustancial –o incluso la totalidad– del tiempo disponible.
Podemos resumirlo en una fórmula muy sencilla:
Tiempo de anticipación tecnológica − latencia social = tiempo efectivo disponible para protegerse
No se trata de una ecuación física, ni pretende predecir matemáticamente el comportamiento individual. Es una forma de visualizar algo que con frecuencia olvidamos al evaluar los sistemas de alerta: el tiempo que consigue ganar la tecnología y el tiempo que finalmente puede utilizar una persona no son necesariamente el mismo.
Nos quedamos pegados a la pantalla en vez de actuar
Esta cuestión empieza a aparecer también en las investigaciones sobre alertas sísmicas. Estudios sobre el comportamiento ante sistemas de alerta temprana han observado que algunas personas emplean segundos críticos mirando la pantalla del teléfono y no adoptan de inmediato la conducta protectora recomendada.
En la misma línea, las investigaciones recientes sobre Android Earthquake Alerts están comenzando a incorporar la respuesta de los usuarios junto a parámetros tradicionalmente tecnológicos, como el tiempo de detección, la precisión o los segundos de anticipación.
Este cambio de enfoque es importante. Durante años, hemos intentado conseguir que las alertas lleguen cada vez más rápido. Ahora debemos plantearnos otra pregunta: ¿somos capaces de conseguir que las personas reaccionen también más rápido y, sobre todo, correctamente?
Ganar segundos no basta
Los seres humanos no tenemos la capacidad de actuar tal y como lo hacen las redes de transporte por tren que, en Japón, por ejemplo están diseñadas para frenar o detener automáticamente los convoyes antes de que lleguen las ondas sísmicas más destructivas, para evitar descarrilamientos masivos catastróficos. Las personas necesitamos un tiempo de asimilación y respuesta.
Los terremotos de Venezuela y Colombia han demostrado hasta dónde puede llegar la tecnología: millones de teléfonos pueden convertirse en una red capaz de detectar un peligro y advertirnos antes de que lo sintamos. Sin embargo, la clave radica en la necesidad de preguntarnos qué ocurre después de que el teléfono vibra.
El próximo gran avance en los sistemas de alerta quizá no consista solo en conseguir que el mensaje llegue antes, sino en lograr que esos segundos ganados por la tecnología se conviertan realmente en segundos ganados para salvar vidas.
Fernando Medina Morales, Profesor de Geografía, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y Pablo Máyer Suárez, Profesor Titular de Universidad, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.




