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“No hay nada más viejo que el fin del mundo”
Foto: Editorial Anagrama

Josefa Sánchez, investigadora zoque

“No hay nada más viejo que el fin del mundo”

Mientras se multiplican los discursos catastrofistas impulsados por la crisis ambiental, Josefa Sánchez, autora de Despojos racistas: hacia un ecologismo anticolonial , destaca que detrás de la idea del fin del mundo subyace una lógica colonial. Para evitar la autodestrucción se impulsan supuestas "energías verdes" y se sacrifican territorios y comunidades.


En los últimos días, la investigadora universitaria y activista Josefa Sánchez Contreras no ha parado de soñar. Sueña, durante tres noches seguidas, con el río Wejek Pajak que serpentea en la selva de los Chimalapas, en el territorio angpøn (zoque) de Oaxaca.

Soñar con el río no es raro en San Miguel Chimalapa, su pueblo. En esas aguas las personas y animales pasan buena parte de su vida. Ahí sacian su sed, se bañan, juegan, lavan ropa o ven pasar la mañana y la tarde. El río es tan importante que incluso en las noches corre entre los sueños de quienes duermen: si el agua es turbia, augura enfermedades o desdichas; si es cristalina, significa salud y calma para la comunidad.

—No es ningún tipo de realismo mágico –señala Josefa Sánchez en entrevista con Fábrica de Periodismo–. Es parte de la vida de un pueblo. Es parte de una realidad, si lo queremos ver así. Siempre ha estado presente esa relación estrecha con el río y es lo que ha despertado también a las gentes frente a la minería. O sea, el argumento más poderoso para impedir la entrada de la minería fue que se contaminara el río.

Chimalapas: una historia contra la minería

Los intereses mineros se desplegaron en la selva de los Chimalapas desde 2008, cuando el gobierno de Felipe Calderón otorgó una concesión (con vigencia al 2058) a la Minera Zalamera, el brazo ejecutor de la empresa canadiense Minaurum Gold, sobre el lote Mar de Cobre; y continúo en 2011 con otra concesión cuya vigencia abarca desde ese año hasta el 2061, en el lote Jackita. Ambas constituyen el proyecto minero Santa Marta: 7 mil 110 hectáreas concesionadas para la extracción de oro y cobre. 

Aunque el proyecto se encuentra en fase de exploración, la comunidad zoque  sostiene que no permitirá la explotación: prefiere resguardar los ríos y lagunas.

Oponerse a la minería significa seguir nadando en aguas limpias y zambullirse para ver pececitos. Por eso, en febrero de 2016, jóvenes del Colectivo Matzá (del cual formaba parte Josefa) y de la Preparatoria Comunitaria José Martí, colocaron sellos y clausuraron de forma simbólica la mina Mar de Cobre. Encima de una ladera de tierra rojiza, los jóvenes levantaban mantas con un mensaje conciso: “No a la minería”.

Esa defensa aún se está librando. La exigencia de los pueblos zoques al gobierno federal sigue siendo la misma, la cancelación definitiva de las dos concesiones.


Del colonialismo energético a la resistencia comunal

Árboles de más de 50 metros lucen sus troncos en la región de los Chimalapas, uno de los principales reservorios de diversidad biológica en México y Mesoamérica. Ahí se encuentra la mayor extensión de bosques tropicales y de montaña mejor conservados en el país. Entre sus montes pasean sigilosos felinos silvestres como el jaguar y el yaguarundí.

En su libro Despojos racistas. Hacia un ecologismo anticolonial (Anagrama, 2025), Josefa Sánchez Contreras explica que la biodiversidad de su región natal no es fortuita, es resultado de un proceso histórico en el cual el pueblo zoque, pese a la colonización, ha ejercido sus lógicas comunales para cuidar de los ríos y de todo lo que vive gracias a sus cauces.

No se trata de “ecologismo indígena”, de “nativos ecológicos” o de “buenos salvajes”, plantea Josefa, sino de la defensa vital de un pueblo con más de 4 mil años de historia. 

La selva de los Chimalapas es, además, el corazón hídrico del Istmo de Tehuantepec: bombea las aguas tanto al Océano Pacífico como al Atlántico. Se trata de una gran red fluvial que alimenta varios poblados a su paso, entre ellos los pueblos zapotecos e ikoots, en donde se encuentra el corredor de parques eólicos más grande de América Latina: turbinas de unos 2 mil aerogeneradores que giran, una tras otra, al compás de los tórridos vientos istmeños.

No sólo el paisaje cambió con la instalación de los parques. El Observatorio de Conflictos Socioambientales de la Universidad Iberoamericana ha documentado que también han causado (o agudizado) confrontaciones en las comunidades y hasta en las familias. 

—Al mismo tiempo que se promueve esto como una transición energética, permanece vigente una concesión minera en Chimalapas. Esto pareciera una contradicción, ¿no? Por un lado, las energías verdes se promueven y, por el otro, el extractivismo minero, que es sumamente dañino y contamina, sigue vigente y se sigue promoviendo. Pero esto no es una contradicción: las infraestructuras eólicas y fotovoltaicas dependen de la industria minera para su construcción.

Los aerogeneradores, por ejemplo, requieren metales como el hierro, acero, cobre y aluminio para su estructura y cableado, tierras raras (como el neodimio) para los imanes, y sílice o grafito para las palas de fibra de vidrio y carbono. No sólo eso: la madera de balsa también es usada en el interior de las palas.

Las reflexiones de Despojos racistas, explica Josefa Sánchez, doctora en Sociología por la Universidad de Granada, maestra y candidata a doctora en Estudios Mesoamericanos por la UNAM, nacen en medio de esta aparente contradicción, paralela a la agudización de la emergencia climática y la proliferación de discursos para mitigarla. 

—¿Cómo explicarías el “despojo racista” en el istmo?
—Estamos hablando de que no hay una transición energética sino, más bien, una diversificación de las aplicaciones energéticas que siguen dependiendo, en su matriz, de las fuentes fósiles: gas, petróleo, carbón… Esta diversificación está despertando nuevos despojos. No se trata de una transición energética: es un colonialismo energético. 

Esto es un despojo racista, explica Josefa, porque la mayoría de los megaproyectos se ejecutan en territorios vistos como terra nullius (tierra de nadie o baldía), tal como pasaba en el siglo XVII con los pueblos originarios. Sólo que ahora, en el siglo XXI, se despoja para instalar infraestructuras eólicas y fotovoltaicas a gran escala bajo el discurso corporativo de “salvar al mundo” de la emergencia climática y la crisis energética.

Josefa sánchez despojos
La investoigadora zoque Josefa Sánchez Contreras. Foto: cortesía Editorial Anagrama

—Sostienes que un cambio de tecnología no será la solución ante la emergencia climática.
—Es algo en lo que me gusta insistir. Por supuesto, partimos de la crítica a un modelo fósil, a una fuente energética fósil. Estamos en un momento en el que, por supuesto, tenemos que contener el calentamiento del planeta. Y eso pasa por transformar la matriz energética, que es la principal responsable de las emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, las soluciones que se están dando actualmente parecieran sólo soluciones a un problema técnico y no a un problema económico, político, social, civilizatorio.


Voces racializadas, cuerpos exterminados

El 31 de julio de 2024, el rapero zapoteco conocido como Rosty Bazendu fue asesinado a balazos. Su cuerpo mostraba signos de tortura.

Su nombre de pila era Vicente Ramírez Santiago y nació en el municipio istmeño de Juchitán. Rosty rapeaba en su lengua materna: diidxazá (zapoteco). Su música hablaba sobre la vida cotidiana, la defensa del territorio y  “lo que al pueblo le duele y afecta”, como escribió el rapero en una canción.

—Rosty fue un compañero que estuvo en las luchas contra la minería en Chimalapas; se solidarizó. Su muerte expone el despojo de un futuro, de esperanzas, de posibilidades. El despojo de la vida misma a una generación entera. Decenas de jóvenes están viviendo esa realidad, esa violencia. Y el racismo opera ahí, cuando no hay justicia. Por el contrario, hay una criminalización porque se insinúan vínculos con el crimen organizado. 

—En Despojos racistas dices que estas violencias contra las personas racializadas no están tan alejadas de las violencias coloniales.
—He revisado archivos del siglo XVII y el XVIII, por ejemplo, que muestran cómo, en algunas rebeliones que protagonizaron los pueblos contra la corona española, había castigos: cercenar cuerpos, exhibir los cuerpos cercenados, decapitar. Todo eso emprendido por una fuerza colonial.

No es suficiente con arrebatarle la vida a alguien, continúa Sánchez Contreras.  Exhibir los cuerpos implica la articulación de un mensaje lanzado a todo un pueblo: un dispositivo de violencia que agrede la psique, que daña espiritualmente, que socava el imaginario de la comunidad.

La violencia contra defensores del territorio y ambientalistas constituye un rasgo del despojo, plantea Josefa en su libro. Sólo el año pasado, 124 personas defensoras fueron asesinadas, informó recientemente Global Witness. El 85% de los casos ocurrió en América Latina y más de tres cuartas partes de las personas asesinadas eran campesinos, de algún pueblo indígena o afrodescendiente.

“El racismo, comenta, tiene todavía la función de legitimar esas acciones contra los cuerpos tipificados como indios, negros, afrodescendientes”.


Fines del mundo

“En la narrativa de la emergencia climática se asoma un discurso escatológico catastrofista, y no es para menos, pero antes de que ello nos lleve a legitimar ecofascismos, la experiencia de los pueblos indígenas nos sugiere mirar que no hay nada más viejo que los fines del mundo”, reflexiona Sánchez Contreras en su libro.

Josefa revisa los archivos como si ingresara a las aguas profundas de algún río: es ahí, en el fondo, donde ha encontrado distintas interpretaciones de lo que algunos llaman “el fin del mundo”. En el periodo colonial, por ejemplo, el fin del mundo para algunos pueblos originarios significó el fin del tributo, el fin del régimen colonialista.


La mayoría de los megaproyectos se ejecutan en territorios vistos como terra nullius (tierra de nadie o baldía), tal como pasaba en el siglo XVII. Ahora, en el siglo XXI, se despoja para instalar infraestructuras eólicas y fotovoltaicas a gran escala bajo el discurso corporativo de “salvar al mundo” de la emergencia climática y la crisis energética.


Pero otro fin del mundo ocurrió cuando el territorio se transformó por completo durante la época colonial, ante el exterminio del 90% de la población nativa.

A pesar de esa debacle y de siglos de catástrofes acumuladas, pueblos como el zoque han sobrevivido.

Por eso, piensa que esa experiencia de los pueblos sugiere que “la emergencia climática del siglo XXI no es más que otro ciclo: otro ciclo de destrucción, otro ciclo de catástrofe, otro fin del mundo”.

Pero hay una diferencia. En los siglos XVII y XVIII el planeta no se encontraba traspasando límites biofísicos. A medida que se agudiza la destrucción de la Tierra, señala Josefa, se agrava también el exterminio de muchos otros mundos. 

—Lo que está bajo amenaza no son solo los mundos de los pueblos originarios, también es ese mundo blanco occidental que sigue demandando más energía, que sigue planteando ideas de ciencia ficción capitalista, promesas de salir de este planeta porque pareciera que es inminente la destrucción. Ese mundo es el que hoy está en riesgo.

Y por eso, ahora sí, que el fin del mundo parece más cercano, Josefa recuerda las palabras que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) compartió en diciembre de 2012: “¿ESCUCHARON? Es el sonido de su mundo derrumbándose. Es el del nuestro resurgiendo”.

“Esa consigna recuerda que hay pueblos que han estado asistiendo a fines del mundo durante mucho tiempo. También que estos pueblos han ideado múltiples formas para reconstruirlo, para sobrevivir”.

—¿Cómo podemos imaginar sociedades realmente poscoloniales? ¿Has encontrado alguna respuesta para esa pregunta?
—Poner en el centro la vida en la tierra, la vida de la humanidad con la tierra, la vida de las personas en la tierra. Dejar de mercantilizar todo lo que vive, todo lo que respira. Impugnar el racismo. Imaginar un mundo sin racismo, donde las personas no estemos clasificadas, tipificadas, y quizá lo indígena no tendría esta categoría colonial.

La académica zoque, actualmente investigadora honoraria en la University College London, habla también sobre las relaciones comunales y la tenencia comunal de la tierra; para su pueblo, estas son la traducción de un mundo en donde la vida se sostiene por encima de otros valores.

—Una sociedad poscolonial implica una crítica radical al Estado nación como homogeneizador, como un aparato que detenta también la capacidad de ejercer la violencia. En un mundo poscolonial los bienes comunales tendrían mucho más sentido. La solución a la emergencia climática no va a pasar por un marketing de Elon Musk, de Iberdrola, de las petroleras. La apuesta está en las defensas de territorios, defensas de la vida de muchos pueblos del sur, en América Latina, en África, que están defendiendo los ríos, los montes, los cerros.

En Despojos racistas, Josefa Sánchez Contreras compara esas defensa con caudales de ríos: “a veces lánguidos y otras apoteósicos. Cuando la tierra arde, las defensas de los territorios se rebelan como bifurcaciones fluviales hacia otros mundos posibles”.

Otros mundos en donde la imaginación no sea arrebatada. Otros mundos en los que la gente siga soñando, y en donde Josefa siga escuchando la lengua de los ríos, esa que hablan su madre Evelia y su abuela Lucina. 

—Un escenario poscolonial pasa por un alto al genocidio en Palestina y un alto al exterminio de todos los pueblos indígenas que, hoy día, están en primera línea defendiendo lo que hace posible que sigamos existiendo.

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Por: Alondra Reséndiz

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