La fruta fresca más consumida en Estados Unidos, el plátano se encuentra en las cafeterías, en los estantes de los supermercados y en los refregiradores de bebidas de ese país. Detrás del actual furor por la fruta, se encuentran décadas de masacres y despojo en América Latina.
Dos investigadoras se propusieron mostrar la cara oculta del "exotismo tropical y sensualidad" con el que se les vincula y han montado la exhibición virtual "La fiebre del banano", con casi 300 obras artísticas en las que el plátano es el protagonista y en las que se revela ese rostro colonialista y violento de su producción.
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Una calcomanía azul se adhiere a la cáscara de millones de plátanos desde 1963. Lleva impresa la silueta de Miss Chiquita, una fruta animada con rasgos humanos. Tiene una mano elevada y la otra en la cintura; en su cabeza, un tocado repleto de frutas. La vestimenta de una rumbera en pleno baile.
Miss Chiquita es la mascota comercial de la United Fruit Company –hoy Chiquita Brands International–: la bananera más grande de Estados Unidos, que promovió el consumo masivo de plátanos entre la población estadunidense desde inicios del siglo XX.
El dibujante Dik Browne creó a “Miss Chiquita: la primera dama de la fruta” en 1944. La imagen buscaba dar “una cara amable y personal” a la compañía bananera. La campaña estuvo acompañada de una canción: “Puedo cantar sobre la luz de la luna en el muy, muy tropical Ecuador/ Pero no, ¡canto sobre plátanos y el refrigerador!”, interpretaba Miss Chiquita en su comercial original.
El spot se difundió en los cines antes de la proyección de cada película y la canción llegó a transmitirse en la radio más de 300 veces al día. Así, a ritmo de un calipso festivo y cadencioso, se mostraba un paraíso terrenal con sol y playa como el origen de los plátanos que de pronto llegaron de forma masiva a Estados Unidos.
En América Latina, por contraste, la historia de los plátanos está vinculada a masacres y despojos.

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El arte y el banano: un expediente abierto
Las investigadoras Juanita Solano y Blanca Serrano estudiaron el doctorado en Historia del Arte en la Universidad de Nueva York hace unos ocho años. Después, obtuvieron una beca de la Universidad de los Andes para hacer proyectos en Humanidades Digitales. Así nació La fiebre del banano (Banana Craze): un proyecto de investigación y una exposición virtual que reúne 281 obras de arte contemporáneo latinoamericano, de casi 200 artistas, en donde el plátano es el protagonista.
Al día de hoy, Solano y Serrano mantienen actualizada una hoja de Excel en la cual enlistan obras de arte contemporáneo relacionadas con el fruto protagonista, trabajos que van más allá de las representaciones de Miss Chiquita y el sticker azul de Chiquita Brands.
—Hemos identificado tres grandes ejes en la exposición: violencias, ecosistemas e identidades —explica Juanita Solano, doctora en Historia del Arte y profesora de la Universidad de los Andes—. Lo bonito del proyecto digital es que las obras no son planas: tienen una dimensión múltiple de interpretaciones y a veces se encuentran repetidas en las categorías, porque nos permiten hablar de estos temas que se cruzan.
Además del archivo de piezas de arte, el proyecto de investigación incluye publicaciones, un temario de un curso introductorio, una bibliografía, exhibiciones, actividades públicas y presentaciones en torno al banano.

El archivo abierto documenta 86 años de producción artística mediante mapas interactivos, ejes temáticos y catálogos digitales. Su enfoque en la divulgación cultural le ha valido reconocimientos internacionales como el Garfinkel Prize in Digital Humanities (2021) de la American Studies Association, una mención honorífica en los Digital Humanities Awards (2021) y una nominación a los Webby Awards (un galardón conocido popularmente como “los Oscar de internet”).
Dictaduras, masacres, corrupción
“El banano, una fruta en apariencia inocua, ha sido el motivo de una larga historia de violencia en el continente americano, ejercida principalmente por corporaciones multinacionales extranjeras y los Estados corruptos de las regiones en donde se establecieron los enclaves bananeros”, plantea el artista panameño Milko Delgado, quien presenta el eje deViolencias en la exposición.
Esta sección expone la precarización y los altos costos humanos de los enclaves del banano: algunas obras abordan la memoria de tragedias históricas como la masacre de las bananeras de 1928 en Colombia, la complicidad de la United Fruit Company en la desestabilización de gobiernos democráticos como el guatemalteco en 1954, o su respaldo a las dictaduras en la región durante el siglo XX.

Banana Republic: 100% Product of the USA (2021), obra de Víctor Interiano

It’s Bananas, #3 (from Stencil Series – Since 1492) de la artista guatemalteco-estadounidense, Karen “Karne” Vera.

Hermanos Lejanos (2024), obra de Studio Lenca

United Death Company. Sorry, I meant United Fruit Company (2025), Haren “Karne” Vera.
—Desgraciadamente, la United Fruit es la inventora de un montón de males que todavía acarreamos —dice en entrevista Blanca Serrano, coautora de La fiebre del banano, doctora en Historia del Arte y directora de Proyectos de investigación en The Institute for Studies on Latin American Art (ISLAA)—. En Colombia, el plátano suele ser un punto de origen, un punto de partida, para hablar de la historia de violencias a raíz de las masacres bananeras.
El campesino Gilberto Pérez Serrano no lo olvida: toda la madrugada del 11 de abril de 1989 llovió en la vereda Punta Coquitos, una zona rural de la región Urabá, en Colombia. Era una lluvia a ratos intensa y a ratos suave. Ese día una masacre marcó el pueblo de Gilberto para siempre: 27 trabajadores bananeros afrocolombianos fueron asesinados.
—Gilberto, hermano, yo oí que tú estás en la lista y te van a matar. Vete —le advirtió un amigo que trabajaba en una finca y que, horas antes de la tragedia, escuchó una conversación entre un grupo armado y el administrador.
Gracias a este aviso, Gilberto sobrevivió. Lo narra en “Coquitos (2021)”: una obra audiovisual del grupo de investigación Forensic Architecture y de la Comisión de la Verdad de Colombia que utiliza modelado 3D, imágenes aéreas y satelitales, así como la técnica del “testimonio situado” para reconstruir el despojo de tierras en Punta Coquitos, región con fuerte presencia de la industria bananera.
Gilberto reconstruye la masacre mientras señala, en una pantalla, puntos concretos de su territorio representado digitalmente. Con el puntero recorre la trayectoria en la que fueron retenidos nueve hombres, hasta llegar a la orilla del mar en Coquitos, donde les dispararon.
Una mancha roja impregna esa zona, entre el mar y la tierra, en la reconstrucción digital que hizo Forensic Architecture.

Con el paso del tiempo, recapitulado también en la obra audiovisual, esa mancha roja se va alejando de la tierra cada vez más: desde entonces, debido a la erosión costera acelerada, el mar ha engullido más de 300 metros.
La pieza “Coquitos” es, a su vez, parte de la investigación “El despojo y la memoria de la tierra”, en la que la Comisión de la Verdad reveló cómo las empresas transnacionales de banano, bancos, instituciones del Estado y paramilitares, interactuaron para despojar a los campesinos de sus tierras en la década de 1980 y expandir el monocultivo industrial del banano.
El empresario Mario Zuluaga reconoció su responsabilidad y participación directa en la masacre. Aceptó que él y otros empresarios bananeros financiaron a grupos paramilitares que cometieron masacres en la región Urabá. Zuluaga, además, expresó su arrepentimiento y pidió perdón a las víctimas.
Décadas antes, otra tragedia marcó a Colombia. Se conoce como la Masacre de las Bananeras de 1928: cientos de trabajadores de la United Fruit Company fueron acribillados a manos del Ejército colombiano en la plaza de Ciénaga, municipio de Magdalena, después de iniciar una huelga para exigir condiciones laborales dignas.
Gabriel García Márquez inmortalizó este crimen en Cien años de soledad a través del personaje de José Arcadio Segundo, quien sobrevivió a las ametralladoras y despertó en un tren cargado de cadáveres para ser arrojados al mar.

Flag (2021), del artista uruguayo Luis Camnitzer

Musa x paradisiaca, fotografía negra (2018-2021), de la artista colombiana María Antonia Méndez

¡Se Buscan Testigos! (2020–en curso), de la artista dominicana Lizania Cruz

La casa del gallinazo (2021), del artista cubano Nelson Barrera
Chiquita Brands enfrenta desde 2007 miles de demandas en Estados Unidos por financiar a las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), organización paramilitar acusada de cometer crímenes contra la población civil.
El 10 de junio de 2024, el jurado responsabilizó a la multinacional bananera de violación de derechos humanos y ordenó reparación para los familiares de ocho víctimas colombianas asesinadas por las AUC. La organización EarthRights International calificó este hecho como “un veredicto histórico para las víctimas en Colombia”.
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500 kilos por segundo
Pocas frutas en el mundo son tan producidas, comercializadas y consumidas como el plátano: aparece en los desayunos con cereal, en licuados, en postres como el banana split, o se consume como opción rápida para saciar el hambre a cualquier hora del día.
América Latina es la principal región exportadora y Ecuador es el país que más exporta plátanos a nivel global. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) registró que, en 2025, Latinoamérica envió 15.4 millones de toneladas a los países de la Unión Europea, Estados Unidos y China, principalmente. Esto equivale a 500 kilos de plátano cruzando las fronteras cada segundo.
En La fiebre del banano, el eje “Ecosistemas” analiza el impacto medioambiental y las transformaciones del paisaje derivadas del monocultivo intensivo en la región.
—Buscamos incluir arte de denuncia del extractivismo a través del banano, pero también otras obras que nos inviten a pensar más allá de esa lógica imperialista —plantea Serrano—. Intentar salir de eso, de pensar solamente la naturaleza como un recurso para ser explotado.
En la obra “3 ° 16 ′ 0 ″ S, 79 ° 58 ′ 0 ″ W” (2010), la artista ecuatoriana María José Argenzio recubrió de dorado una planta de banano, en medio de un platanal, ubicada exactamente en las coordenadas que dan título a su creación.

“3 ° 16 ′ 0 ″ S, 79 ° 58 ′ 0 ″ W” (2010), de la artista ecuatoriana María José Argenzio

“3 ° 16 ′ 0 ″ S, 79 ° 58 ′ 0 ″ W” (2010), de la artista ecuatoriana María José Argenzio
La intervención se presenta en La fiebre del banano a través de un par de fotos: en la primera, la planta cubierta con la técnica tradicional del chapado en oro, aparece en primer plano. Los plátanos brillan: aparentan ser piezas de oro puro. En la segunda foto, tomada desde las alturas, la planta dorada es minúscula, apenas un puntito devorado por el verdor del platanal entero.
“Argenzio sintetiza la atención que se le presta a los dos productos históricamente más demandados del Ecuador: el banano y el oro. Durante la época colonial el uso del oro era un indicador de estatus y riqueza, y su extracción y comercio se pueden rastrear a través de todo el Imperio español. Hoy, Ecuador es el mayor exportador de banano del mundo”, dice la descripción de la obra.
Al cubrir la planta de banano con oro, la fruta pierde su uso comestible y comercial para el mercado, mientras que el oro pierde su valor sagrado y decorativo al quedar abandonado en el platanar. Ambas riquezas se destruyen mutuamente.
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El trópico, estereotipo reforzado por una bananera
La sección “Identidades” analiza cómo la industria bananera ha influido en la configuración de las idiosincrasias nacionales, culturales, raciales y de género en América Latina. También aborda la migración, la diáspora latinoamericana, los estereotipos asociados al colonialismo y la exhibición del trópico como un espacio exótico.
—Parece imposible que un estereotipo tan arraigado y tan extendido, como la asociación entre lo tropical, lo exótico, lo exuberante, lo sexual, lo llamativo y el cuerpo latinoamericano, sea idea de una compañía bananera —reflexiona Blanca Serrano—. En gran medida es así porque la United Fruit Company ha fortalecido el estereotipo, con su logotipo de “Miss Chiquita”, y luego con la personificación del logotipo realizada por Carmen Miranda.
En 1987, “Miss Chiquita” dejó de ser representada como un plátano y la imagen fue sustituida por la figura de una mujer cuyas características encarnó Carmen Miranda: cantante de samba luso-brasileña y una de las actrices más famosas en Hollywood durante la década de 1940. Igual que “Miss Chiquita”, Miranda usaba tocados y vestidos coloridos que lucía con una actitud desbordante y festiva.

Para Serrano, esta representación de la “identidad latina” se asocia, por un lado, con cuerpos hipersexualizados y, por otro, con la idea de cuerpos blandos, laxos y vagos, que sólo se dedican al baile y la gozadera.
—Es una campaña publicitaria de la United Fruit Company para marketear los bananos como esa fruta exótica que provee de algo picante en la dieta, en lo cotidiano, para venderlo al entorno doméstico de Estados Unidos —comenta Serrano.
Su colega, Juanita Solano, destaca que asociar los territorios de donde proviene el banano con las tierras tropicales exóticas afianza la idea de lo salvaje, lo no civilizado: lo que está listo para ser explotado por otros.
—El trópico como una invención del norte global: una manera de hacer referencia a “lo otro” —menciona Solano—. Esta referencia se ve reforzada por una compañía multinacional: es una invención del siglo XIX hacia regiones del mundo en las que el Norte tiene un interés económico. Un interés basado en recursos naturales que pueden ser explotados por grandes compañías, países o gobiernos.
La búsqueda de Solano y Serrano las llevó a incluir obras como “Bananhattan, from the portfolio Manifestaciones” (2010): una serigrafía del artista Yunior Chiqui Mendoza, integrada en el primer proyecto artístico del colectivo Dominican York Proyecto GRÁFICA, en el cual 12 grabadores de origen dominicano que viven en Nueva York exploran temas como la migración y exilio.

En esta pieza, Chiqui Mendoza renombra la isla Manhattan como ‘Bananhattan’ en un guiño a ‘la Gran Manzana’, y transforma el mapa del metro en un plátano surcado por rutas de colores. Algunas estaciones se funden con las manchas negras del plátano dibujado. Una enorme flecha roja, con la leyenda “We are here” (Estamos aquí), señala el área de Washington Heights, un asentamiento clave de la comunidad dominicana.
—Era fundamental incluir artistas que no solamente tuvieran esa mirada crítica hacia la historia del banano en América Latina, sino también a artistas que tuvieran una propuesta positiva de lo que se puede hacer hoy en día a partir del plátano —plantea Juanita Solano.
La propuesta de Chiqui Mendoza, al superponer el plátano (fruto emblemático de la economía dominicana) sobre el trazado urbano en Estados Unidos, subvierte el término ‘Dominican York’ (utilizado originalmente de forma despectiva para nombrar a deportistas dominicanos en equipos estadunidenses o a criminales) y lo convierte en un símbolo de peso social, laboral y cultural de la diáspora en la ciudad.
Más que una exhibición de arte virtual, La fiebre del banano es un espacio activo de investigación que está en constante crecimiento. Si algo comparten las obras incluidas, es que el plátano puede ser un objeto de denuncia, una figura celebratoria, un motivo para hablar de las identidades, una aproximación a la naturaleza, y mucho más.


