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Cuando la mano feroz <br>de la impunidad te roza la piel
La escritora Cristina Rivera Garza ofreció la conferencia magistral. FOTO: ANDREA MURCIA /CUARTOSCURO.COM
Derechos Humanos

Cuando la mano feroz
de la impunidad te roza la piel

Publicado el 20 de abril 2026
  • Derechos Humanos
  • Género

La escritora Cristina Rivera Garza dio una conferencia magistral hace unos días como parte de la Cátedra Nelson Mandela de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Habló de su hermana Liliana, asesinada en 1990, de la violencia feminicida que recorre al país, de la responsabilidad de un Estado que permite la impunidad de los perpetradores, de las familias y amigos que encubren a los asesinos, de un sistema que perpetua la injusticia.

Habló tambien del dolor que se anida en quienes pierden de una forma violenta a sus madres, hijas, hermanas, amigas. Habló del futuro que el feminicida le arrebató a Liliana, de los veranos que ya no pudo disfrutar, de la invencible lucha por buscar que su crimen no se suma en el olvido y de la maldición que cae sobre los hijos y los los hijos de los hijos del feminicida: con la publicación del libro El invencible verano de Liliana: no pueden no saber jamás. La escritura los ha condenado a no cerrar los ojos.

Te compartimos, íntegras, las palabras de Cristina Rivera Garza

Voy a hablarles hoy de unos temas, como suele ser, muy personales, sobre los que he estado reflexionando en los últimos meses, años, de hecho. Desde que recibí la invitación de Marina, se han vuelto cada vez más específicos, un poco más organizados, y esto es lo que tengo hoy para ustedes.

Voy a leer, claro, porque si no, soy profesora y podría estar aquí por 40 horas hablando sin parar.

En la madrugada del 16 de julio de 1990, mi hermana menor, Liliana Rivera Garza, se encontraba en su cuarto de estudiante en la calle de Mimosas, en la delegación de Azcapotzalco, cuando fue sorprendida por Ángel González Ramos, un exnovio que ella insistía en dejar atrás, pero que se resistía al adiós.

Sin invitación ni aviso, saltó la barda de la casa y se introdujo en su habitación. Horas después, a las cinco de la mañana, según el acta de defunción, Liliana murió de asfixia por sofocación.

Ángel González Ramos se dio a la fuga y, hasta el día de hoy, permanece fuera del alcance de la ley, en ese limbo retorcido donde perviven los crímenes sin castigo, a lo que llamamos impunidad.

Las cifras de violencia contra las mujeres en la Ciudad de México y en el mundo entero continúan siendo alarmantes, y lo son también los datos que demuestran que en casos de homicidios dolosos, abuso sexual, desapariciones, secuestros y feminicidios, la impunidad alcanza casi el 99%.

A Ángel González Ramos lo llamé “el hombre impune” en El invencible verano de Liliana. A las autoridades judiciales de la Ciudad de México que se encargaron del caso de mi hermana les llevó apenas cuatro meses expedir la orden de aprehensión en su contra, y ahí se le acusaba únicamente de homicidio simple.

El presunto feminicida, que había cubierto el cuerpo de Liliana con una colcha, haciéndola aparecer como si durmiera, no imaginó que apenas unas horas después del deceso, un amigo de Liliana llegaría a su casa para llevarla a la universidad, a eso de las ocho de la mañana.

Gracias a las fotografías y datos domiciliarios que Ana Ocadiz, la mejor amiga de Liliana en aquellos años, proporcionó de inmediato, los investigadores de la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal no tardaron en arribar a la casa de la familia del sospechoso, ubicada a un par de horas de la Ciudad de México, en Toluca, en el número 2006 de la populosa avenida Pino Suárez.

Ahí, en un garaje repleto de herramientas, todavía se encontraba estacionado su Caribe Volkswagen gris, que había manejado para llegar a la vivienda de Liliana.

Reaccionando con celeridad ante la sorpresa, González Ramos huyó por los techos de las casas vecinas y desapareció.

Las autoridades, sin embargo, le siguieron el rastro. Anduvo unos días en pueblos del Estado de México, donde familiares y amigos le garantizaron refugio y protección. Luego, en una fecha todavía imprecisa, el presunto feminicida cruzó la frontera de Estados Unidos en compañía de su madre y una hermana e inició una nueva vida junto a ellas, viviendo en el mismo departamento minúsculo en el sur de Los Ángeles, California.

Luego, 30 años de silencio. Mejor dicho, luego, 30 años de silenciamiento forzado.

Inicié la búsqueda del expediente de mi hermana desde fines de 2019, tal como lo narré en el libro. Más que estar lista para enfrentar el crimen de mi hermana, puesto que uno nunca está listo para algo así, me encontraba al final de la soga, colgando apenas de sus hilos deshechos, viendo hacia el abismo. Esa soga era la vida, la impunidad, el abismo.

Preguntando aquí y allá, conseguí la referencia de un abogado, Héctor Pérez Rivera, al que contraté de inmediato. La tarea era simple, sólo en apariencia: ubicar y obtener el expediente judicial de mi hermana.

Con su guía de por medio, hicimos lo que hace todo mundo en estos casos: redactar peticiones, presentarlas ante las autoridades, regresar por información, esperar. Sobre todo eso: esperar.

Nunca la espera y la lentitud, que es su hermana gemela, fueron algo tan turbio.

Entre una cosa y otra, el abogado presentó una denuncia ante derechos humanos y, mientras tanto, luego de dar con la nueva ubicación del Ministerio Público donde se había archivado el caso, nos dirigimos al Reclusorio Norte.

En un entallado vestido rojo que prontó ablandó la voluntad de los burócratas, la abogada Karen Vélez se encaminó hacia una oficina de techos bajos, donde, delgado y solo, entre montañas de carpetas hechas de hojas amarillas, finalmente lo tocamos: el expediente que contenía las páginas relacionadas al asesinato de mi hermana era exiguo, minúsculo, en comparación con las hileras de papeles que llenaban los anaqueles y las pilas de documentos que emergían desde el suelo.

Cristina Rivera Garza
La escritora Cristina Rivera Garza ofreció la conferencia magistral “Cuando la mano feroz de la impunidad te roza la piel”, como parte de la Cátedra Nelson Mandela de la Universidad Nacional Autónoma de México. Foto: Andrea Murcia | Cuartoscuro.com

Todavía no sabíamos si nos permitirían obtener una copia oficial, así que me di a la tarea de tomar fotos de cada una de sus páginas ahí donde estaba, incómoda, sobre una silla de plástico, colocando las hojas sobre las pilas que formaban expedientes de mayor envergadura.

La impunidad se nota primero ahí, en el tamaño nimio de un expediente. Ahí queda encarnada la falta de seguimiento, la parálisis de los deudos y la derrota material y moral del sistema de justicia.

Lo que permanece sin castigo, o lo que no puede castigarse por falta de legislación, se materializa en unas cuantas hojas mal redactadas: formatos repletos de tachones, rellenos a toda velocidad, pruebas periciales que se ordenan pero no se llevan a cabo, descripciones entrecortadas del lugar de los hechos, fotografías revueltas, resultados de laboratorio sin fechas, hipótesis sin confirmación, grapas carcomidas por el óxido del tiempo.

Algunos de los lectores de El invencible verano de Liliana han señalado con justa razón que el tema del expediente, presente desde el inicio del libro, se diluye sin demasiada explicación a lo largo de sus páginas. Algunos interpretaron este hecho como una falla de la trama y exigieron una resolución. Sí, lo hicieron.

Otros asumieron que el expediente estaba ahí, invisible pero presente, a lo largo de sus páginas. La ambivalencia y el claroscuro fueron siempre intencionales. Eso les quiero decir hoy. En esos años, a fines de la segunda década del siglo XXI, me interesaba que el presunto feminicida y su familia se enteraran de que le seguía el rastro. De ahí la mención del documento, pero no quería que lo confirmaran para evitar, en lo posible, una nueva huida.

Me motivaba todavía participar de la justicia legal, punitiva. Quería encontrarlo y quería que finalmente se presentara ante el sistema judicial para comprobar su inocencia o enfrentar su castigo.

La presentación y sustracción del expediente en el libro obedeció desde el comienzo a esa relación orgánica y tensa con la impunidad. Mis decisiones, quiero decir, siendo como eran literarias, nunca dejaron de ser en su raíz políticas.

Sabemos de la impunidad por definiciones judiciales, por las cifras escalofriantes que la confirman y las protestas cada vez más numerosas que la impugnan. Pero, ¿tenemos idea de qué es vivir con la impunidad?, ¿cómo es despertarse con ella en la mañana y cerrar los ojos en la noche bajo su sombra oscura?, ¿cómo se respira y se come, o se desvela, o se va a una fiesta al lado de la impunidad, en su más implacable compañía?

Algunas de ustedes lo saben muy bien. Algunas de ustedes lo saben incluso mejor que yo.

La impunidad, por principio de cuentas, trastoca el principio de realidad. Una vez que su mano feroz te roza la piel o se mete en tus entrañas, la impunidad le quita el velo de normalidad a la vida de todos los días. Sabes, y lo sabes a ciencia cierta, que la relación entre el Estado y el ciudadano, sobre la cual se asientan nociones y prácticas básicas de seguridad y pertenencia, se ha roto para siempre.

A pesar de que un cúmulo de documentos confirman tu vinculación con el Estado —el acta de nacimiento, los certificados de la educación pública, tu número de seguro social, actas de matrimonio—, sabes que el Estado no te quiere, que tu seguridad y la de los tuyos no importa, que no formas parte ya de esa relación.

La impunidad te transforma en un paria y te marca la frente con el hierro candente del desterrado.

En un inicio, la impunidad es una desterritorialización. Las leyes, que protegen y dan sentido a la vida de los otros, no te competen. La legalidad, que en apariencia rige toda forma de convivencia social, no te compete. La justicia, que en principio previene o restaura disparidades del poder, no te compete.

La figura de una mujer que grita, pero que no puede oír su propio grito, ésta es la imagen de la impunidad que corre a toda velocidad junto a ti, de tu mano, sobre un campo minado.

El silencio y la ira acuden juntas, después, puntualmente, a la cita con la impunidad. Tanto el Estado, que te ha declarado la ley del hielo —si te va bien—, como la sociedad civil, que avala con su indiferencia, incluso a veces con su indolencia, el sufrimiento de las mujeres, te hacen tartamudear, balbucear, equivocarte.

El lenguaje del patriarcado no te deja contar tu lado de la historia y el lado que se cuenta te ata la lengua, el impulso, incluso la respiración.

La ira, que el filósofo alemán Peter Sloterdijk definió como el factor político y psicológico que impulsa la historia de Occidente desde aquella primera línea de La Ilíada, con la cólera de Aquiles, emerge entonces con una fuerza apabullante.

A veces parece un animal sediento que se arremolina dentro del pecho sin poder saltar a la realidad. Otras, el filo de un cuchillo que sólo sirve para acariciarte las muñecas.

No se trata, en todo caso, de la rabia del héroe que lo justifica, sino de una ira menor, más vulgar, menos un síntoma de valentía o coraje, como el que la antropóloga Ruth Behar asociaba al abrirse de la conciencia en el libro que le dedicó a la vendedora en el mercado, Esperanza, y más la evidencia misma de una frustración casi ontológica.

No se trata, quiero decir, de un problema de expresión, sino de algo todavía anterior a la expresión e incluso a la enunciación misma: eso que no puede ni siquiera ser concebido.

El daño material vive en ti, atorado en algún lugar del cuerpo, y ni siquiera el lenguaje, que nos vuelve legibles ante nosotros mismos, resulta capaz de darle forma, identificarlo, echarlo a andar.

La ira tropieza y se cae, gatea, hace el ridículo, te conduce al daño contra ti misma.

El callar se vuelve doble callar y, en medio del silencio multiplicado, te empiezas a preguntar si esto es real, si hay algo real. ¿Quién siente?, ¿qué siente el que siente?

La despersonalización es un efecto de la rabia que no puede descansar. Se llama soledad, se llama el más puro aislamiento.

Si no fuera porque somos muchas, porque somos tantas sobreviviendo a la intemperie, inermes, más que vulnerables ante la impunidad, tal vez la historia terminaría aquí, en la rabia que no cesa, ese animal encadenado, el triunfo aplastante del Estado, la victoria de la indolencia civil.

Pero, por desgracia somos muchas, pero por fortuna nos encontramos, ya sea en los pasillos de las instituciones donde la injusticia se mueve con una lentitud que poco tiene que ver con la resistencia ante el sistema, o frente a los burócratas que nos observan con desgano y lástima confundidas, o en las protestas que poco a poco hacen eco de un lenguaje en el que por fin podemos enunciarnos, o en la búsqueda desesperada de información, de pruebas, de restos: ahí nos encontramos.

El daño deja de ser una falla individual, la ocasión de la vergüenza que solo el silencio interior puede encubrir, para convertirse en una condición que, compartida, nos vincula entre nosotras, en ese abrazo con el que le damos la espalda tanto al Estado como a la indolencia civil.

El encuentro es una forma del éxtasis, pero el éxtasis es por definición efímero.

Cuando publiqué El invencible verano de Liliana no imaginé que otros y otras se dejarían envolver por el abrazo de Liliana y que lo convertirían en una exigencia propia de justicia. No imaginé que, invocándola, haciendo espacio a nuestro alrededor para que se instalara aquí junto, con nuestros muertos compartidos, desmantelaríamos una a una todas las piezas de ese muro que es el olvido y el silencio forzado.

No imaginé que también nosotras, mi hermana y yo, mi hermana y mi familia, mi hermana y los seres que la quisimos y la queremos, merecíamos esta memoria fructífera y generosa que construimos día a día con nuestro lenguaje y nuestros cuerpos.

Presente en marchas, obras de teatro, performances, ofrendas, murales, cartas, Liliana y su invencible verano ha llegado tan lejos como los lectores lo han permitido, todavía dentro de la impunidad, proscrita del Estado, pero bienvenida en la comunidad. El encuentro garantiza una forma de justicia a la que los expertos definen como restaurativa.

No se trata de la justicia legal que animó las primeras etapas de la escritura del libro, sino de algo diferente y algo más. Es la justicia que nombra el daño y nos aproxima a la verdad.

Los crímenes violentos y la impunidad que la perpetua alteran para siempre las vidas de los deudos. Algunos fingen que no ha pasado nada y continúan con sus rutinas y quehaceres como autómatas, escondidos hasta de sí mismos, incapaces de admitir el daño.

Algunos se las arreglan para persistir en sus hábitos cotidianos, haciendo esfuerzos inauditos por atender a la normalidad mientras van a la fiscalia o hablan con abogados o participan en plantones. Otros, tal vez los más valientes o los más alertas, desisten, poniendo en jaque el entramado mismo de esa normalidad. Estos son los que hacen de sus vidas una huelga general.

En El artista del cuerpo, una novela corta del escritor norteamericano Don DeLillo, una viuda, que ha perdido recientemente a su marido, se encierra sola en una casa cerca del mar, donde limpia su cuerpo ritualmente mientras se prepara para un nuevo evento.

Mientras lo hace, surgen las preguntas. Y aquí la cito: “¿Por qué la muerte de un ser amado no debería llevarte a tu propia ruina espeluznante? ¿Por qué su muerte no debería causarte un escándalo de sufrimiento? ¿Por qué tendrías que hacer las paces con esa muerte, o rendirse ante ella con el aparente buen gusto del luto? ¿Por qué dejarlo ir si puedes caminar en el pasillo y encontrar una forma de tenerlo o de tenerla al alcance de la mano?”.

Otros cambian de vida radicalmente, poniendo en entredicho la existencia misma de la normalidad, arrebatándole su careta y dedicando su vida entera, cada hora y cada minuto y cada segundo, a denunciar el daño y exigir justicia. Estos últimos son los que se declaran en huelga general.

En una de las escenas de una película de animación, en stop motion, The Lemberg Machine, hecha en 2023 por la artista ucraniana Dana Kavelina -muy joven, nació en 1995-, el cadáver de una mujer se incorpora en la fosa común que comparte con una pila de cuerpos para preguntarle a un testigo si también los van a incinerar.

El testigo, quien representa a quien en vida fuera Leon Weliczker Wells, el autor de un libro que se llama The Janowska Road, un recuento autobiográfico como sobreviviente de un campo de concentración en Polonia, se disculpa profusamente. “Fueron otros”, le dice, tratando de explicar que las atrocidades cometidas contra los muertos habian sido ordenadas por las autoridades nazis.

El cadáver de la mujer, que parece entenderlo todo, murmura: “Hace mucho que los perdonamos”. Luego, ya de pie sobre el resto de los asesinados, se transforma poco a poco en un árbol. El paisaje, antes tétrico, vuelve a la vida con el verdor de las ramas que se elevan hacia el cielo. La fosa común, dice Kavelina, es lo que al fnal y principio de cuentas nos comuna. La fosa, siempre y de antemano, nos pertenece a todos.

La teoría de la fosa de Kavelina aparece con mayor claridad en el flash número nueve, que se llama “Los cuartos negros vuelven a la vida”, done se anuncia que ha acontecido una revelación. Unos montones de ceniza cantan una canción lastimera y pronto tres personajes con careta hacen lo mismo, deslizándose, como sin dirección, entre paredes que forman un laberinto desolado.

Al terminar, elevan los brazos y emprenden el vuelo. Del cielo desciende entonces una lluvia de plumas blancas que poco a poco cubren el piso, mientra una apresurada voz en off sostiene que “el mundo cambiará cuando el todo pare y ocurra un proceso de desenmascaramiento universal”, invocando el concepto de huelga general de George Sorel, que en este caso no sólo incluye a la clase trabajadora, o a los humanos en general, sino también, acaso sobre todo, a los objetos, a los animales.

La voz insistente, regida por la urgencia, asegura que en este mundo transformado todas las posesiones no son propiedad de nadie y la revolución es un incesante proceso de pérdida mutua. Sólo así es posible deshacer el mundo donde el genocidio existe, donde el feminicidio existe. Lo único que no se transforma en este escenario de desposesión radical es la fosa vacía “porque es libre de antemano y siempre ya de todos. La fosa vacía es la huelga, un paro continuo que es ya y desde siempre de todos”.    

Yo había empezado a escribir el libro de Liliana cuando tomé la decisión de contarle la historia de Liliana a Matías, mi hijo. Había detectives haciendo preguntas, abogados enviando y recibiendo memorándums del Estado, amigos ayudándome a tomar fotografías o a contactar vecinos.

La historia se inmiscuía en el mundo, desdoblándose y alterando su entorno, y el mundo respondía.

El temor de que toda esa energía desatada alcanzara a Matías sin estar prevenido me instó a hablar con él durante una caminata. Seguramente había escuchado relatos a medio decir detrás de puertas cerradas o había notado la pequeña fotografía de mi hermana siempre expuesta en lugares discretos de nuestras casas, pero nunca había hecho preguntas.

Al final, cuando regresamos a casa, exhaustos y exhilarantes a la vez, Matías se refirió a ella como mi tía, mi tía Liliana.

Justo al abrir la puerta, cuando nos disponíamos a poner el pie en la cocina, pensé que en el futuro, tal vez en una caminata similar o tal vez congregados todos alrededor de una mesa, él tendría que legarle esta historia a sus hijos y esos hijos todavía años después transmitirían esta misma historia a sus hijos.

Es la historia de nuestras vidas. Estamos en ella hasta la eternidad.

La impunidad que requiere silencio exterior, pero obliga a la transmisión balbuceante de la historia del daño en los círculos privados de la familia, exime al feminicida del mismo destino.

La impunidad que requiere silencio exterior, pero obliga a la transmisión balbuceante de la historia del daño en los círculos privados de la familia, exime al feminicida del mismo destino. La impunidad que acalla hacia afuera le ofrece al depredador y a sus allegados el privilegio alevoso de no saber o de ignorar lo que se presiente o se sabe con veracidad.

Escribí El invencible verano de Liliana e insistí en que el rostro de mi hermana figurara de manera central en la portada de la edición mexicana porque quería interrumpir ese privilegio que el Estado y la indolencia les ofrecen a los asesinos impunes.

Conferencia Rivera Garza
El libro, con la imagen de Liliana en la portada. Foto: jeronimomx

No solo quería que Ángel González Ramos se enfrentara a la imagen de Liliana en las librerías o en los periódicos y programas de televisión donde se hablara del libro, también ansiaba que su madre y sus hermanas, que sus sobrinos y primos, que sus vecinos y colegas y amigos, que todos aquellos que a lo largo de los años lo habían protegido y se habían protegido a sí mismos a través de esa protección, se enfrentaran ahora a la verdad: a nuestra verdad, a la verdad de Liliana.

Quería que todos ellos supieran que Liliana había sobrevivido tanto al silenciamiento forzado del Estado como al acallamiento cobarde del feminicida y su círculo, incluso a la mudez perpleja de sus deudos.

No me amparaban las leyes ni los ministerios públicos ni las sentencias judiciales, pero tenía el lenguaje. No podía obligarlo a entregarse a la acción de la justicia, pero me animaba la posibilidad de obligarlos a ellos, a todos ellos, a encontrarse en las palabras de Liliana y en las mías propias, expuestos.

Esta es la verdadera maldición para ellos: ser dichos por ella, encontrarse dentro de la narrativa de la víctima.

Hasta el día de hoy no tengo evidencia de que el feminicida y sus allegados hayan leído El invencible verano de Liliana. Pero Toluca, la ciudad en la que Liliana conoció a Ángel y donde sufrió los primeros abusos, es un pueblo chico, ya saben, chisme grande.

Hace años, poco después de publicar la fotografía del feminicida en mi muro de Facebook recibí una llamada de atención y eventualmente mi cuenta fue cancelada sin mayor explicación. Por eso no tengo Facebook.

Quise creer que esa acción era una respuesta poco velada de su familia, intentando limitar la divulgación de los hechos.

Mi investigación no terminó con la publicación del libro, por supuesto; al contrario, la publicación del libro trajo nuevos contactos y dio pie a más entrevistas.

Así conversé con viejas amigas de Liliana de la secundaria y la preparatoria, a quienes no había podido hallar antes. Así llegaron testimonios aterradores a la cuenta de Gmail que abrí sólo para recibir noticias del feminicida. Otras chicas habían sufrido su acoso, otras habían logrado sobrevivir a su violencia.

También me armé de valor para entrevistar a los amigos cercanos del feminicida, los compinches con los que departió la última noche antes de tomar su Caribe Volkswagen e ir en busca de Liliana.

En esos relatos, repletos de ejemplos de su creciente criminalidad, ya se referían a él como El Chacal, el epíteto que se utiliza para describir a personas malignas y viles, alguien que lleva a cabo tareas degradantes y serviles.

Poco a poco, a medida que la verdad surge a la luz, la narrativa se transforma. El silencio solo beneficia el quehacer ininterrumpido de la impunidad, aliándonos de manera perversa con el patriarcado.

Como lo aseguró Gisèle Pelicot cuando se negó a un juicio a puerta cerrada contra su esposo que la había drogado para permitir que otros la violaran: “La vergüenza, en efecto, debe cambiar de bando”.

La impunidad también trastoca el futuro, alargándolo hasta la eternidad o incluso dándole forma a esa eternidad.

Aquel día, después de la caminata en la que le conté la historia de Liliana a Matías, justo al abrir la puerta pensé que en el futuro, tal vez en una caminata similar o tal vez congregados alrededor de una mesa, él tendría que legarle esta historia a sus hijos, y esos hijos, todavía años después, a sus hijos.

Pero si los hijos de mi hijo están destinados a pasar por la experiencia de contar la historia del feminicidio de Liliana, transmitiendo así el legado crítico del daño y de la pérdida, también deben estarlo los hijos de los hijos del feminicida. Y aún los hijos de sus hijos.

Si quisieran olvidar enterrando esa historia en el silencio pétreo del Estado, ahí está El invencible verano de Liliana para recordarles que eso ya no es posible. Si quisieran esconderse detrás del velo de la opinión pública, que hasta el dia de hoy culpa a la víctima y exonera a los perpetradores, ahí está la literatura, esa ficción sin Estado, como la describía Piglia, les dice que el velo se ha corrido.

En 2022, durante la ceremonia del Premio Nobel, la escritora francesa Annie Ernaux aseguró que escribía para vengar a los suyos. Conozco ese sentimiento. Medité por mucho tiempo acerca de esa declaración luminosa y carnal, al mismo tiempo, viva hasta la médula.

Hija de una clase trabajadora, sin acceso a la alta cultura y con lugares muy estrechos u ofensivos en las grandes narrativas oficiales, Ernaux batalló magníficamente con el lenguaje y con las clasificaciones del género literario para vengar a los suyos. La vida del padre, la de su propio aborto e incluso la de la pasión desenfrenada, ocupan lugares destacados en esa narrativa tan escueta como contundente.

¿Pero es eso vengar? Del latín vindicare, vengar significa “tomar satisfacción de un daño o agravio, haciendo sufrir otro a la persona responsable”. La satisfacción, se podría aducir, dejando de lado por un momento el diccionario, de que los perpetradores del daño se vean obligados a encontrarse en las palabras de las víctimas, viéndose en sus ojos, interpretados por ellas mismas.    

El verbo vengar está muy cerca de otro, igualmente central: vindicar, que significa defender, especialmente por escrito, a quien se haya injuriado, e incluso recuperar lo que nos pertenece. Entre los sinónimos se encuentra otro verbo cardinal: desagraviar, cuyo significado es reparar el agravio hecho, resarcir o recompensar el perjuicio causado. Vengar, vindicar, desagraviar. Pero vengar también comparte aliento y lenguaje con otro verbo insurrecto y perturbador: maldecir, cuyo horizonte está siempre en el futuro.

Desde mayo de 2021, la fecha de publicación de El invencible verano de Liliana, los hijos del feminicida y los hijos de esos hijos no pueden no saber jamás. La escritura los ha condenado a no cerrar los ojos. Aún más, la escritura ha arrojado sobre ellos esta maldición: “Mírate, estás fuera ya del amparo del Estado, lejos de la red de protección del patriarcado. Te encuentras más allá de la impunidad, expuesto”.

El invencible verano de Liliana

La maldición que pesa sobre ellos, de generación en generación, y por los siglos de los siglos, es ese saber que compartido con otros, hecho en conjunto con otros, se cuela como la luz a través de la ventana cuando el velo por fin se corre.       

El crimen impune funciona como una bisagra que une a la víctima con el victimario. Mientras la justicia no se cumpla, la víctima y el victimario seguirán unidos por el daño. Estamos unidos desde el 16 de julio de 1990 hasta hoy y hasta la eternidad por la bisagra del asesinato sin justicia.  

Pero en Hydra Medusa, libro de ensayos y poemas que publicó hace no mucho el poeta japonés-americano Brandon Shimoda, recurre al concepto de “cruentación” para exponer la manera en que la impunidad produce la herida siempre en presente.

“Cruentación”, que literalmente significa “derramar sangre” u ·ocasionar el derramamiento de sangre”, se refiere a la creencia medieval de que un cadáver sangraba nuevamente cuando se encontraba en presencia del asesino, señalando hacia el culpable.

Poco después, sin embargo, en su siguiente libro, La postvida es dejarlo ir, Shimoda ofreció una reflexión escalofriante y liberadora al mismo tiempo. Lejos estaba él de anhelar ese futuro eterno para la víctima. Incluso en el contexto de la impunidad, lo que más deseaba era que en esa eternidad que es la muerte, la víctima jamás tuviera nada que ver con su asesino. Ningñun recuerdo, ninguna referencia, ninguna señal.    

No se trata del olvido que impone el Estado, sino de algo que bien podría ser su opuesto, un estado de “desolvido” capaz de proteger a la víctima del acoso perpetuo del feminicida. No se trata de no mencionarlo a él, puesto que tanto él como sus allegados tienen que enfrentar el señalamiento colectivo, sino de no nombrarlo en la misma oración en que se invoca y, luego entonces, renace la víctima también eternamente.  

Liliana merece un futuro en que por fin se vea libre del hostigamiento y la amenaza constante del feminicida. Liliana merece seguir amando como ella quería, en absoluta libertad y con una autonomía radical.

Eso lo entendió bien la poeta y artista Marta Mega, quien fabricó una placa de cerámica que todavía pende de un muro de una casa en la calle de Mimosas, muy cerca de donde vivió Liliana.

Debajo de la placa que ha conservado fielmente sus palabras, escribió en un material más endeble la siguiente frase: “Que el recuerdo del asesino sea devorado por el tiempo y el olvido”. El tiempo, aunque no el olvido, se ha hecho cargo de restarle protagonismo a su saña.

Permítanme regresar por un momento a las palabras con que la artista ucraniana Dana Kavelina rechaza el poder, cualquier poder, y se coloca del lado de la víctima, cualquier víctima. En una serie de lamentaciones tan contundentes como breves, el poema se duele de las traiciones criminales de los vecinos, pero en lugar de pedir venganza para resarcir el daño, ruega encarecidamente que se le reste poder para no estar así en condiciones de cometer las mismas atrocidades, porque el poema discierne la relación de causalidad entre el fervor nacionalista y el ciclo infinito de violencia.

Dice, y esta es mi traducción: “Y que nunca me haga yo de cuchillos porque está en mí matar a mi propia madre si ella se pone del lado del enemigo; que nunca me den la tarea de trazar fronteras porque sé cómo borrar el mapa del mapa para tachar los nombres de los extraños el libro de mi pueblo, porque está en mí tomar una mujer por la fuerza si su nombre no viene escrito entre los nombres de mi gente”.

Honestamente, no creo estar lista todavía, no sé si lo estaré alguna vez, para decir algo similar a lo que les leí ahora,

Pero quiero decirles algo de lo que sí me creo completamente capaz. Es muy común, como todas aquí sabemos, que a las víctimas de feminicidio a veces se les culpe, a veces de la manera más artera, acusándolas, ya saben, de vestir de forma provocativa o de ponerse en circunstancias vulnerables, usualmente por el consumo del alcohol, o de encontrarse en zonas en donde no deberían estar. En general, se les acusa de venir de hogares en donde no aprendieron a valorarse a sí mismas o de tomar decisiones dañinas.

En todas estas versiones, la violencia que sufren parece ser producida, cuando no atraída, por ellas mismas. La escritora irlandesa Roisín O´Donnell, autora de una novela muy fuerte, muy emotiva también, que se llama Nesting, en la cual explora las dificultades que enfrenta una mujer, embarazada por cierto, que trata de escapar del yugo de su pareja abusiva, llama la atención sobre lo peligroso de todas estas modalidades.

Todas ellas, asegura, eximen de responsabilidad al depredador y continúan culpando de una forma u otra a la víctima. En lugar de esto, O’Donnell propone cambiar ya el lenguaje y la atención. Es el feminicida, ya sea consciente o inconscientemente, quien figura un patrón y busca a sus víctimas entre las mujeres más empáticas, las más generosas con su tiempo y con sus emociones. Se trata de las mejores chicas, asegura. No de las más ciegas, no de las más traumatizadas, no de las más equivocadas, sino de las mujeres con mayor empatía.

El día que estemos dispuestos a reconoce esta verdad tan básica podremos narrar el antes y el después del feminicidio de maneras más apegadas a la verdad y al valor de las mujeres y sus comunidades de apoyo. Tal vez ese día también estemos más cerca de subvertir la impunidad.     

Cierro estas palabras con la misión que ocupa mis días a últimas fechas: he acudido al campus Azcapotzalco de la Universidad Autónoma Metropolitana para requerir que la institución otorgue el grado de licenciatura postmortem a Liliana y a las otras dos estudiantes víctimas de feminicidio que forman parte del mural Las Mariposas, diseñado por la artista Rocío Martínez y que se encuentra en el corazón mismo del campus.

El nombre de las otras dos estudiantes es Edna Reyes Gutiérrez y Karen García Alemán, que estaban inscritas en la carreras de arquitectura, sociología e ingeniería, respectivamente, antes de que sus vidas nos fueran arrebatadas con tanta violencia y con la consecuente impunidad. Existen precedentes, por supuesto.

El 19 de marzo se presentó una moción en el Consejo Académico, que fue aprobada por unanimidad. El trámite se encuentra en el órgano de gobierno de todas las unidades de esa universidad.

Ojalá que pronto, tal vez en una ocasión parecida a ésta, pueda compartirles que, a pesar de la voluntad del feminicida, a pesar del silenciamiento patriarcal del Estado, a pesar de la indiferencia civil, a pesar de la complicidad de familiares y amigos del perpetrador, Liliana se ha convertido, por fin, en lo que iba a ser: una arquitecta.

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