Alejandro Otaola e Iraida Noriega crearon en 2013 un álbum que jamás suena igual dos veces. Trece años después, mientras uno se recupera de una cirugía de columna y la otra asume su madurez, el proyecto renace convertido en un quinteto, en una app que crece y en una forma de resistencia contra la música generada con inteligencia artificial.
Alejandro Otaola sabe que nada estable existe en este universo. Cada objeto, cada circunstancia, tiende al desorden y al cambio. Es octubre de 2026 y él todavía puede manejar un auto. Puede salir a la calle y pasear a su perro. Puede caminar, aunque con una faja. Hace un par de semanas tuvo que acudir al médico a que le retiraran los puntos de la cicatriz que le cruza la espalda y lleva meses acudiendo religiosamente a sesiones de fisioterapia para rehabilitar la parte baja de su columna.
No es la primera vez que se somete al bisturí para salvar sus vértebras. Le ocurrió en 2019, días después de terminar la gira por los 30 años de Santa Sabina, una de las bandas fundamentales del rock mexicano. Tenía 22 años cuando fue reclutado en 1994 como guitarrista de Santa Sabina: grabó tres álbumes con ellos y tocó en cuanto escenario fue posible.
Tras la muerte de Rita Guerrero, vocalista de la banda, el resto de los integrantes comenzaron a hacer conciertos en su memoria. Pero sin Rita –sin su voz, sin su amistad–, a Otaola las giras póstumas le resultaban cada vez más dolorosas. Cansado, decidió separarse de sus compañeros de siempre pero, apenas hizo pública su partida, un dolor agudo lo mordió en la base de su espina dorsal y lo mandó al hospital.
El patrón se repite ahora. El pasado 24 de julio Otaola tocó en el Teatro Metropolitan junto a la banda tapatía La Cuca, otro emblema del rock mexicano de los 90. Esa noche anunció que se retiraba de la agrupación tras 12 años de acompañarlos: 10 días después estaba hecho pomada, partido en dos y con las vértebras expuestas en el Hospital San Patricio.
La improvisación perpetua
Un disco que suene distinto cada vez que sea reproducido. Una aplicación para tabletas y teléfonos en la que las canciones puedan ser manipuladas por quien las escucha. Música en la que quepa cualquier sonido, donde el ambient conviva con el blues, el rock progresivo con el jazz y la experimentación acústica, sin caer de lleno en ningún género.
Eso tenía en mente Alejandro Otaola cuando, en algún momento de 2012, le propuso a Iraida Noriega encerrarse tres días en un estudio de grabación. Tenían poco más de un año de tocar a dueto en un espectáculo en donde una de las voces más brillantes del jazz en México improvisaba libremente sobre las extrañas armonías de uno de los guitarristas más virtuosos del rock mexicano.

La idea era simple de enunciar pero compleja de ejecutar: respetar lo que pasaba cuando tocaban juntos en el escenario; lograr que la improvisación continuara incluso después de haber grabado las pistas y conseguir editar un disco que no sonara igual dos veces.
El resultado fue iNFiNiTO, un álbum/app que cambia de forma: 28 tracks fracturados en 80 piezas, con los que el escucha puede jugar y, ayudado por el azar, construir su propia versión del disco: un rompecabezas sonoro. El número de combinaciones posibles es un número con 69 ceros y a ellos les gusta presumir la imposibilidad de que un track se repita idéntico.
La descarga era gratuita. La aplicación fue desarrollada junto con Gargamel Estudio, un equipo dedicado al diseño de juegos infantiles interactivos. Eso hizo que iNFiNiTO fuera, desde el principio, un juego y una invitación al escucha a participar en él.
–La idea –cuenta Noriega hoy– era que el proceso de improvisación continuara todavía después de haber sido grabado, ahora dentro de tu teléfono.
Actualizar el presente
Otaola no entendía cómo algo que había funcionado una vez podía quedarse quieto tanto tiempo. Durante varios años les preguntó a los programadores si la app de iNFiNiTO podía crecer, reprogramarse para actualizar el rompecabezas sonoro que inventó junto a Iraida Noriega en 2013. Tenía la sensación de que había caído en una trampa: el iNFiNiTO que había imaginado en 2013 se había transformado en un archivo cerrado que necesitaba actualizar.
—Una parte de mí suponía que el regreso de iNFiNiTO iba a suceder hace dos o tres años —recuerda—. Pero fue complicado hacer coincidir el tiempo de los programadores, sumar los meses que se iban a llevar en generar la nueva versión, el tiempo de revisar las versiones de prueba, el tiempo de Iraida con sus proyectos, el tiempo mío con La Cuca y el tiempo para grabar nuevos tracks e integrarlos a la app.
Los años pasaron. Tras el lanzamiento de iNFiNiTO en 2013, Otaola decidió integrarse a La Cuca e Iraida continuó con su carrera prolífica: grabó 12 discos nuevos, condujo un programa de radio, tocó en decenas de clubes de Jazz junto al LIJ Trío, formó la Groovy Band, llegó a encabezar festivales como el E-Jazz o el Riviera Maya Jazz Festival, concibió el espectáculo audiovisual Mundos Lunares –que representó un alto desafío técnico para el personal del Teatro de la Ciudad– y, en 2024, obtuvo la beca del Sistema Nacional de Creadores de Arte para componer e interpretar 13 canciones con ensambles de cámara.
Promover una app que fue lanzada hace dos, cinco, 10 años comenzó a ser cada vez más incómodo para ambos. El proyecto empezó a empolvarse. Fue hasta 2024 que alguien los buscó para tocar en España.
–Entonces dije: pffff –recuerda Otaola–. Tenemos que relanzar esa app.
Antes de solicitar una actualización completa de la aplicación, les preguntó a los programadores si podían sumar música nueva a la ecuación. Ellos le respondieron que sí, tranquilamente, como si fuera lo más sencillo del mundo.
–Casi me desmayo –ríe–. De haberlo sabido, habríamos alimentado la app cada año con música nueva. Tuvieron que pasar 11 años para que entendiera cómo funcionaba mi propia app.
Madurar: abrazar la incertidumbre
Iraida Noriega a veces siente que los números esconden un lenguaje secreto. No es numerología ni mero esoterismo. Es algo que evocan los sonidos y formas, el significado que tienen ciertas cifras en las historias personales o colectivas. El número 52, por ejemplo, es poderoso.
–Con todo el asunto menopáusico, la edad se convierte en algo terrorífico. A los 45 yo pasé por esa extrañeza. Como mujer, es un problema cuando ya no eres una candidata a la procreación. Y existe la sensación de que a partir de entonces todo va a ir de bajada. Pero para los antiguos mayas, quienes contaban el tiempo en trecenas, tú te convertías en adulto hasta que cumplías 52 años.
Cincuenta y dos años. Cuatro veces 13. Fue hace 13 años exactamente que Iraida Noriega y Alejandro Otaola lanzaron iNFiNiTO, el álbum/app que jamás suena igual dos veces. Desde entonces, a ambos les pareció un buen augurio que el álbum se lanzara en el año 2013.
Hija de Freddy Noriega, el virtuoso músico y multi instrumentista, Iraida Noriega ha mantenido una exploración inagotable que va del jazz a la electrónica, del funk al spoken word, del rock al folclor o al hip hop. En 2022 recibió la Medalla al Mérito en las Artes 2022 por parte del Congreso de la Ciudad de México en reconocimiento a sus 35 años de carrera independiente, una carrera autogestiva que no ha dependido de managers ni agencias de booking.
Hoy tiene 55 y siente que por fin asumió su edad. Aprendió a lidiar consigo misma, con los días iracundos y con la vida que se niega a quedarse quieta. Entendió que la resistencia a envejecer –la ilusión de la juventud eterna– es tan inútil como cansada. En los últimos años se ha dejado crecer las canas de su cabellera: abrazar esa forma de sí misma le hace sentirse más cómoda, también más lúcida.
–Lo que hacemos ahora en iNFiNiTO refleja esta nueva madurez: estamos decididos a invertir toda nuestra experiencia en este proyecto –dice–. Los años ayudan a tomar mejores decisiones, a ser personas y músicos más completos.
Ciclos que cierran, ciclos que abren
Nada es estable en este universo, insiste Otaola mientras hace un repaso mental por su biografía sonora. Fue guitarrista en Santa Sabina, La Barranca, San Pascualito Rey, El Haragán, La Cuca. En 2010, para musicalizar El hombre de la cámara en la Cineteca Nacional –una antigua película ucraniana–, Otaola compuso 25 piezas que fueron interpretadas en una función en vivo por un ensamble de 11 músicos.
Desde entonces, comenzó a participar cada vez más componiendo la música original de distintas películas mexicanas.
Además de su proyecto solista, Fractales, durante varios años él y el artista sonoro Javier Lara mantuvieron a flote Astrolab-IO: un laboratorio de cables, circuitos, máquinas, teclados modulares y decenas de pedales de efectos que terminó en un álbum y decenas de presentaciones en vivo. Aparte, habría que mencionar los duetos y colaboraciones que ha hecho con Todd Clouser o los ensambles de improvisación, progresivo y jazz en los que de tanto en tanto participa.

–Pero en las bandas pasa algo curioso –dice–. Las bandas de rock son un dispositivo en donde se siguen dinámicas casi familiares. Se asume que ciertos integrantes cumplirán ciertos roles, que tendrán ciertos comportamientos. A la larga, ese esquema genera desgaste emocional. Cerrar ciclos ayuda a entender lo que pasó con ese grupo de personas: aprecias de nuevo lo bueno, entiendes lo que te parecía malo.
Cerrar ciclos implica, necesariamente, abrir uno nuevo. El cambio es lo único que permanece, lo único infinito.
El azar como bandera
Para el relanzamiento de iNFiNiTO, Noriega y Otaola decidieron no sólo actualizar la aplicación y añadir nuevas pistas, sino repensarla por completo. Hasta entonces, la app funcionaba como un archivo cerrado: un puñado de piezas que podían mezclarse una y otra vez. El relanzamiento abrió la posibilidad de actualizar periódicamente la aplicación con música nueva.
La nueva versión de la app incluye pistas inéditas creadas entre 2024 y 2026. Una de ellas es Brazil 78: una canción con ecos de funk brasileño en un compás de siete octavos, con letra escrita por Iraida Noriega.
Esas piezas añaden una sonoridad nueva. Hay cajas de ritmos, sintetizadores, bajos. Una complejidad que antes estaba apenas insinuada y que los ha llevado a dar un paso decisivo fuera de la pantalla: lo que comenzó como un dueto entre Otaola y Noriega, se ha transformado en un quinteto al que se han sumado Toto Merino en el bajo y Giancarlo Bonfanti en los teclados.
También se reclutó al baterista Chema Arreola –nieto del escritor jalisciense Juan José Arreola–, quien no se limita a tocar la batería: en el quinteto debe fungir como maestro de ceremonias a través de discursos en spoken word que improvisa sobre el ritmo de sus baquetas.
A la nave iNFiNiTO se ha incorpotrado tambiénCineamano, el proyecto visual del artista Arturo López Pío, quien acompaña desde hace años todo tipo de espectáculos musicales con dibujos con tinta china hechos en vivo y proyectados en pantalla grande.
–Ahora la búsqueda es otra –dice Otaola–. Ya no se trata de responder cómo replicamos un la improvisación a partir de la tecnología, sino cómo logramos que estas cinco personas coincidan, cómo orquestar todas esas sonoridades y cómo logramos que todo converja, al final, en la propuesta de la app. Cuando un grupo de personas así coincide en jalar hacia el mismo lugar, se desata cierta magia.
Magia, ciclos, casualidades, energías. En más de una ocasion, Otaola e Iraida describen su oficio en estos términos. Detrás de ese vocabulario hay una disciplina férrea: la música, ese arte invisible que desde Aristóteles se pensó como una forma de replicar la armonía del universo y que ellos estudian con obsesión técnica.




–Toda esta interacción humana –argumenta Otaola–, tiene su propio ritmo de cocción. No tiene que ver con el tiempo de los algoritmos o de las plataformas, los likes o las maneras en que se promueve hoy la música. Tiene que ver con lo que somos como personas: con la capacidad de reunirnos y funcionar como una tecnología viva.
El azar –lo impredecible– sigue siendo el principal objetivo, insiste.
Una industria que cambia
En 13 años la industria sonora también ha cambiado radicalmente.
Hace unos meses, Iraida Noriega abordó un Uber. Cuando el chofer se enteró que su pasajera era cantante de jazz, se atrevió a mostrarle los raps que estaba haciendo con Inteligencia Artificial. El proceso es cada vez más sencillo: es posible pedirle a una Inteligencia Artificial que cree una pista en cualquier género o estilo, con cualquier número de instrumentos, que mejore o sustituya nuestra voz, incluso que genere la letra de la canción. Música automática al alcance de un clic.
–Es una aplicación: le cantas algo y te resuelve todo –dice Iraida–. Después el chofer me enseñó las canciones que hacía sin inteligencia artificial y, bueno, sí, la diferencia era notable. Pero si ese chavo sigue trabajando, quizás pueda resolverlo por sí mismo: hacer su propia música. Y sabrá que es 100% suya. Es decir, para que yo pueda tocar la guitarra como Alex Otaola necesitaría sentarme años y años a explorar la guitarra, a estudiar armonía y, aún así, hay cosas que nunca voy a entender porque él tiene una forma específica de buscar sus colores. Si te quieres ahorrar todo eso, te vas a perder lo más importante que es el proceso. El camino es lo que te enseña quién eres, ¿sabes?
Trece años han bastado para que todo cambie otra vez. En 2013 las plataformas de distribución de música vía streaming como Spotify o Tidal no dominaban nuestros oídos. Las canciones se descargaban o se compraban: se adquirían. Hoy los algoritmos definen qué es lo que debe escucharse y no es raro que recomienden música que jamás pasó por manos humanas.
–Nosotros no estamos peleados con la tecnología: iNFiNiTO fue una propuesta que nació de la mano con la tecnología –admite Noriega–. Eso nos abrió muchas puertas: tuvimos muchos oyentes de diferentes partes del mundo, de Japón, de Rusia, por ejemplo. Pero me parece también sano saber tomar distancia y decidir con cuál de esos cambios comulgas y con cuáles no. La tecnología no es inocente y para mí es importante entender que, en la música que hacemos hay también una apuesta: una militancia.

Esa militancia, explica Noriega, tiene que ver con luchar contra la filosofía mercantil en la que cada actividad, cada decisión, debe tener un fin y una meta preestablecida. La base de su carrera y el actual espíritu de iNFiNiTO implica privilegiar el proceso y a las personas que hacen la música posible.
Más que la búsqueda de un resultado tangible y monetario, el actual quinteto se ha lanzado a la búsqueda de una conexión: eso que la música permite y suscita, la sincronía de estar vivos en el mismo momento, pulsando al mismo ritmo y atreverse a improvisar cada segundo, sin saber lo que viene en el siguiente compás.
Próximo show en vivo
Hasta ahora, iNFiNiTO en su manifestación como quinteto, sólo se ha presentado en el Foro Alicia, en el Foro La Paz, en la Casa del Lago. Muchos de quienes han escuchado y visto iNFiNiTO en vivo coinciden en cierta fascinación: más que un concierto experimental, la improvisación comandada por Otaola e Iraida cobra una contundencia arrebatada.
Es como si fueran capitanes de una nave pirata, una nave cyborg en donde Iraida usa su voz para crear diseños sonoros a través de un procesador de audio o improvisa con cantos guturales, mientras Otaola juega con armonías progresivas que pronto estallan en un spoken word delirante sobre un jazz que se derrite, y el resto de los tripulantes expanden el juego hacia todas direcciones.
En la voz de Iraida es inevitable que aparezcan reminiscencias, ecos de la voz operística de Rita Guerrero, sobre todo cuando sus tonos más agudos conviven con el ritmo funk de algunas pistas. Todo el desorden, la incertidumbre, los errores y los equívocos parecen de pronto tener sentido.
El próximo 4 de diciembre –si el azar lo permite– iNFiNiTO subirá de nuevo a un escenario. Esta vez en la Sala Julián Carrillo de la UNAM.

