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“Vivimos tiempos muy cursis; todo es blando y sin sentido del humor”

Kiko Amat, escritor

“Vivimos tiempos muy cursis; todo es blando y sin sentido del humor”

Kiko Amat quería escribir la novela más guarra jamás escrita. Después de Revancha (2021) –ese batacazo épico que mezcla venganza, futbol, sodomía y skinheads neonazis–, regresa con Dick o la tristeza del sexo: la historia de Franki Pratts, un adolescente de 14 años, hijo de una supermodelo y un escritor tan aburrido como negligente, que intenta sobrevivir al hastío familiar a base de pura compulsión onanista y fantasías de ciencia ficción, incesto, bestialismo y pornografía barata.

No se asusten. Kiko Amat, nacido en San Boi, Barcelona, no es un provocador de salón. Autodidacta furioso, su destino se forjó a los 13 años cuando –al igual que su actual protagonista– ganó un concurso nacional de redacción organizado por Coca-Cola: de premio le dieron un televisor en blanco y negro que le entregó en persona Urruti, el portero más célebre del FC Barcelona. Cuatro años después abandonó la escuela para siempre y se dedicó a ser de todo: mod, cleptómano, vendedor de discos, cajero en McDonald’s, kioskero, velador, cartero, marinero y camarero de hotel.

Hoy es uno de los autores más queridos de Anagrama: un punk irreverente capaz de escribir epopeyas adolescentes que marcan época –Cosas que hacen BUM (2007), Rompepistas (2008)– o describir la enfermedad mental con ternura y crudeza –Antes del Huracán (2018)–.

La nueva novela de Kiko Amat, además de desplegar un vocabulario tan extenso como insólito para referirse a los genitales, retrata la desesperación adolescente de la clase media en un mundo donde la masculinidad es una caricatura inalcanzable y la vergüenza, junto con la desesperación, gobierna nuestros cuerpos.

(De esta novela estará platicando este fin de semana en Saltillo, como parte de la Feria Internacional del Libro Coahuila, y la próxima semana en la Ciudad de México. Ver fechas y horarios abajo).


–Recientemente se habla mucho de la “cultura incel” y de la “pérdida de masculinidad” ante el auge del feminismo. Dick o la tristeza del sexoparece dialogar con eso, dinamitando el estereotipo de virilidad que intenta rescatar la derecha radical.
–Es un libro hipersexualizado pero también antierótico. Algunos pasajes pueden provocar una cierta titilación en determinados lectores, eso era algo que yo buscaba. Sin embargo, por la mirada del protagonista, Franki Prats, un varón de 14 años, heterosexual, es obvio que se trata de un libro eminentemente “antimacho”.

La novela sucede en los años 80, la época en la que crecí. En ese entonces, el estereotipo de hombría era casi caricaturesco y, por supuesto, inalcanzable. Nadie era tan “hombre” como exigían esos códigos y Franki es alguien a quien han traumatizado por ser considerado débil, “menos masculino”, lo cual marca todas sus acciones. Sólo en un mundo donde la visión es tan woke como para resultar puritana, este libro se confundiría con una novela “masculinizada”. Pero nadie se ha confundido. No hay nadie de derecha que se haya leído Dick y haya encontrado aquí un modelo a seguir. Es imposible.

–Decías que también buscabas que la gente se excitara. Imagino que sucedió.
–Por supuesto, y me parece normalísimo. Me sorprendió mucho cuando mi exagente me habló de Franki como un completo tarado. Yo me quedé un poco mal al escuchar eso porque pensé que quizás había normalizado ciertas conductas. Después de algunos meses, con los contactos con lecturas y la crítica, he confirmado que la mirada de Franki Prats no era anómala. Se trata de un adolescente que atraviesa una serie de peripecias sexuales que parecen distorsionadas, sobre todo por la acumulación. Porque mi prerrogativa era que todo eso le pasara a este personaje. Pero conozco a muchísima gente que ha pasado por este tipo de conductas y mira que hablo también del sexo con animales. Pero nada por sí mismo es tan aberrante como pensamos. Nada de lo que cuento es propiamente anormal.

Kiko Amat. Foto: Pablo Ibañez | Arainfo

–El cambio de modelo de masculinidad parece generar una crisis en muchos sectores. ¿Cómo ves las cosas en España?
–No soy un sociólogo y me resulta difícil comentar sobre el estado de las cosas en mi país. Pero de que hacía falta una deconstrucción de la masculinidad, eso está claro. Y como en todo cambio, hay varias fases que son difíciles de leer mientras ocurren. Yo me considero antimacho, antiseñoro y anticuñado. La palabra “cuñado” en España se usa para referirse a ese señor opinador, misógino y condescendiente. Mi obra, desde siempre, tiene que ver con dinamitar ese tipo de códigos. Lo que pasa es que ahora se estila también una narrativa que, como decía antes, tiene que ver con cierta militancia woke, la cual yo sí considero muy opuesta a la mía.

–¿En qué sentido?
–Hay un afán de victimismo y de emitir mensajes moralizantes que me resulta repelente. No sólo en la literatura, sino en muchas otras expresiones. Por ejemplo, hay muchas memorias que se construyen con un tono luctuoso y soporífero. Poco tiene que ver si el autor o el protagonista es heterosexual, si es mujer o varón. Para mí el modelo de memoir es The Liar’s Club de la Mary Karr, en la cual se narran putas tragedias y abusos que se explican con dureza pero también con humor. Y con sensibilidad, claro. Pero sobre todo con humor. Eso no abunda en la narrativa en boga: hoy se narra con una reverencia obsequiosa, como si se tuviera que pedir perdón y permiso para hablar de sexo guarro. A mí me gustan los libros que generan tensión y la gente que escribe duro. Y en eso hay muchas mujeres que son ejemplares: Flannery O’Connor escribía duro, Muriel Spark escribía duro, Mary Karr escribe duro.

Lo digo más rápido: estamos viviendo tiempos cursis. Muy cursis. Todo es cursi, blando y sin sentido del humor.

–Siempre has defendido el humor en tus novelas. Pero el tuyo es un humor que, según has dicho, pertenece a la clase trabajadora.
–El humor me resulta útil porque pocas veces romantiza. No me gusta la romantización de clase. La gente que romantiza, qué sé yo, la nobleza del trabajo manual es la gente que nunca ha trabajado. Gente que no sabe de lo que habla.

Los periodistas a mí me preguntan mucho, por ejemplo, si la literatura inglesa influyó en mi sentido del humor. Se tiende a creer que el estilo de un escritor solo puede provenir de sus lecturas, lo cual es un completo sin sentido. La gran mayoría de las cosas que me construyen no son literarias. Yo no escribo libros porque haya leído libros. El “amor a los libros” no es una motivación. Lo que pasa es que hay ciertas historias que necesito contar, cosas que quiero explicar a toda costa y como leo mucha narrativa, los libros son el formato que tengo más a la mano para hacerlo.  Desde luego que el humor inglés me enseñó mucho. Pero mi sentido de humor proviene de la gente con la que crecí.

“Si no tuviera culpas no habría escrito nada interesante. Y sin la ira tampoco. Soy neurótico y también vengativo. Tengo una carrera literaria gracias a eso”.

–Abandonaste la escuela a los 17. Trabajaste como vendedor de discos, cuidador de un camping, cartero, velador de un hotel. Eso te permitió convivir con todo tipo de personas, escuchar sus historias.
–No es que conviviera con esas personas: esas personas son mi gente, son mi mundo. No es que yo fuera allí a ver qué hacían en una especie de trabajo de inmersión. Yo vengo de allí . Y en ese mundo la retórica por defecto es cómica, más cuando se trata de explicar la pena o la tragedia.

Desde pequeño entendí que la única forma de contar el infortunio era apelando a la risa. Agradezco mucho haber crecido con gente que no tenía intenciones de ser artista pero que sabía, instintivamente, que el desastre de la noche anterior sólo podía explicarse con humorismo. Si te habías liado con tu padre, le habías pegado unas hostias y se había caído por las escaleras, no podías presentarte al otro día con tus amigos a llorar. Tenías que contarlo de manera que se descojonaran de risa, para que no fuera demasiado pesado, demasiado gordo. Y que se entendiera tu pena.

–La risa era la única manera de acceder a la compasión.
–Total, sí. A veces funcionaba, a veces no. Pero ese era el intento, vaya.

–Tus novelas transcurren siempre fuera de Barcelona, en el llamado extrarradio. Creciste en San Boi, famoso por su hospital psiquiátrico. Tu madre trabajaba allí. 
–Sí, es uno de los psiquiátricos más grandes de Europa y siempre fue parte del paisaje psíquico de mi pueblo. Era un manicomio muy interesante, de los pocos que desde su origen tenían, digamos, un punto de vista más humano.

Mi madre no era enfermera, era auxiliar: la que le limpiaba el culo a los locos, vaya, por decirlo de un modo simple. Es que el psiquiátrico en mi pueblo es como la Ford en Estados Unidos: emplea a muchísima gente. Y toda nuestra forma de comportamiento tenía que ver con la presencia del psiquiátrico y de sus pacientes porque muchos de ellos tenían un régimen abierto: estaban en libertad, convivíamos con los locos en los bares. No sólo les tolerábamos… más bien, a veces no sabías quién estaba más loco, si ellos o nosotros. Conviví con mucha gente que había sido catalogada como “enferma mental”. Era parte del día a día. Y muchos nos acostumbramos muy temprano a la locura ajena y aprendimos a no inmutarnos ante ello.

–La música pop es otro de los temas de tu obra. Comenzaste tu carrera escribiendo de música. ¿Cómo pasaste a la novela?
–Bueno, no. Yo escribí desde niño. Mi inclinación siempre fue ésta. Es un don, te lo digo así. Por algo los ingleses lo llaman gift: la necesidad de contar es un regalo. Y uno tiene la obligación de mejorar, con tesón y trabajo, con lectura.

Pero yo no tenía ejemplos en los que fijarme para empezar una carrera como escritor de ficción. Lo que tenía era una subcultura: la música pop. Y me dediqué a escribir fanzines, donde escribía de todo lo que me gustaba. Y eso me sirvió mucho más que el periodismo, por ejemplo, que elimina tu voz personal. Los fanzines, en cambio, me gustaban porque se creaba esta comunicación más directa, más enérgica.

Cuando empecé a publicar, sobre todo en Cosas que hacen BUM, decía que mis historias eran como canciones de Motown. Lo decía para distinguirme de la narrativa hispánica más rancia y de otros escritores que hablaban de cosas que a mí me aburrían muchísimo. Lo que puedo decir ahora es que mi carrera sí que se parece a una banda pop, en el sentido de que muchos grupos aprendieron a tocar y a hacer canciones en directo, casi que sobre el escenario. Los Damned, por ejemplo, empezaron con New Rose, una canción de dos acordes, y acabaron haciendo discos muy complejos. En eso sí que nos parecemos.

Kiko Amat
Kiko Amat
Kiko Amat
Kiko Amat, el escritor catalán. Fotos: Pablo Ibáñez | Arainfo

–Y sin pasar por una academia.
–Eso por descontado. Para mí la universidad sirve si lo que quieres hacer es una ingeniería o ser médico. Para escribir ficción puede ser un peligro: genera cierta homogeneización y erosiona las aristas más interesantes de tu voz. Habrá quien tenga talento y logre conservar su talento incólume durante su paso por una universidad. Pero qué sé yo: no vivo en ese mundo de hype literario ni estoy al pendiente del zeitgeist. Llevo 25 años no estando de moda. Pero a veces sí. Y a veces no.

Que yo no fuera a la universidad tiene que ver también con mi clase social y con quién soy. Claro: la gente de mi clase social sí podía acudir a la universidad, con un poco de esfuerzo familiar. Pero no en mi caso; sentía que no había nada para mí en esos lugars.

–Abandonaste los estudios cuando todavía no eras un escritor reconocido.
–Lo que pasa es que yo me creí mogollón de mierdas épicas que en aquel momento para mí eran sacras. Yo me tragué la visión adolescente de un modo casi místico, por ridículo que eso suene. Me parecía que la vida adulta no entrañaba nada deseable para mí. Había leído muchas mierdas románticas y me había empapado de toda esa maravillosa bazofia y crecí pensando que no había mucho futuro para mí.

Es que no hay otra manera de decirlo: me creí realmente el no future y no de forma cosmética. Que me lo creí de verdad. Y como estaba convencido que no había futuro me dediqué a exprimir mi juventud y adolescencia, tal como había leído en libros y en canciones de rock and roll que me gustaban. Y en esa visión no encajaba ir a la universidad.

Pero claro, una cosa es no ir a la universidad y la otra dejar de trabajar. Yo siempre leí obsesivamente, escribí obsesivamente. Aunque no publicara, nunca dejé de escribir.

–Has hablado mucho de la culpa y de la neurosis. ¿Te arrepientes de algo a tus 55 años?
–Fui educado para la culpa: soy un catholic boy. Además, yo era el hermano mayor y tendía a culparme de todo lo malo que pasaba en mi familia. Pero me es difícil efectuar un ejercicio de arrepentimiento. Todo lo que he hecho o me ha pasado puede traducirse en un provecho. Si no tuviera culpas no habría escrito nada interesante. Y sin la ira tampoco. Soy neurótico y también vengativo. Tengo una carrera literaria gracias a eso. Escribir es la forma que yo encontré de devolvérsela al mundo. De regresar los golpes, los agravios.

–En tus primeras novelas el sexo parece inexistente. Algunos de tus personajes celebran el contacto cero. Ahora, en Dick o la tristeza del sexo, retratas la sexualidad desde la desesperación. ¿Hay lugar para el sexo placentero?
–Sí. Porque la desesperación y la tristeza se curan. Y se cura fácil, yo te digo cómo: follando. Es que está así de claro. La tristeza sexual se cura follando. Si no te permites follar, no te curas: te conviertes en un serial killer. Hay que repetirlo siempre: encontrarte con personas benignas, táctiles y cariñosas te cura.

Por otro lado, entiendo lo que dices. Hace poco me propusieron reeditar mi libro debut, El día que me vaya no se lo diré a nadie. Al releerlo noté que era una novela muy casta, que idealizaba al amor como algo no físico desde un punto de vista casi católico. Me sorprendió mucho, por supuesto, porque no creo en eso en absoluto.

Yo había vivido en Inglaterra, en un ambiente un poco indie-pop y tenía amigos que eran un poco twee, un poco indie, un poco naïf. Esa candidez, ese lado un poco infantil, me gustaba: era una reacción natural al machismo del rock. Algo de eso se coló en el libro. Pero me di cuenta que ahora necesitaba hacer lo opuesto.

Me propuse entonces escribir el libro más guarro jamás escrito. Quería un libro increíblemente gráfico, más que triple equis. Un libro en que una vez que empezaran a pasar guarradas el lector no pudiera cerrar la puerta y que todo eso llevara hacia una lógica conclusión: el hardcore.

Pero escribir pornografía implica el riesgo del ridículo, del cringe: no puedes  ser solemne o poético. Se necesita el humor negro. Mi solución entonces fue extremar la ridiculez y para eso me ayudó no el Marqués de Sade, sino los escritos pornográficos de las revistas que yo leía en aquellos años, en los 70 y los 80, que son hilarantes, inconscientemente descojonantes.

–Han pasado más de 40 años. Vivimos una época más libre e informada. Al mismo tiempo tenemos a la inteligencia artificial produciendo deepfakes de menores de edad y un mercado sexual cada vez más invasivo en las redes sociales. ¿Qué ha cambiado?
–En términos de sexualidad, sí hay un componente de ilustración que merece celebrarse. Es un progreso. En los años 70 y 80 éramos bárbaros: adolescentes y adultos, todos éramos unos salvajes. Como bien apuntas, sobre todo en lo dependiente a la tecnología, algunas cosas han cobrado un tinte un poco espeluznante. Pero, en general, la educación sexual es más benigna y tenemos un poco más abierta la mente, lo cual siempre es bueno.

Sin embargo, sí que hay algo que me parece no ha cambiado. Hoy todo mundo parece saber qué hacer si quieres cambiar de sexo, satisfacer un fetiche o canalizar un deseo. Pero nadie te dice qué hacer cuando nadie te desea. Veo un mundo en donde la posibilidad de ser deseado no existe para mucha gente. Y esa libertad de la que todos hablan no existe si nadie te desea.

Y esta falta de deseo se relaciona con determinados cánones estéticos: por peso, por personalidad, por belleza. Hay una underclass sexual generada por esta concepción de belleza anquilosada, enquistada, y que por más que se teorice no se ha logrado cambiar. En este puto mundo un gordo es un gordo y se acabó. Sí que hay algunos actores y modelos que intentan cambiar un poco las reglas pero poco cambia: vivimos una realidad que estigmatiza. Y la fealdad y la obesidad son putos estigmas que generan una underclass absoluta vigente desde los años 80.

–No eres de dar consejos, pero si pudieras decirle algo a tu protagonista, Franki Prats, o a alguien que a sus 14 años enfrenta esta tristeza sexual. Digamos algo corto, que cupiera en un encendedor o en una galleta de la suerte, ¿qué sería?
No soy mucho de dar consejos, pero sí que tengo uno. Lo tengo clarísimo. Mi consejo es: “Tranqui, todo mejora”. “It gets better”. Se pone guay. Espera.

El escritor catalán presentará su nueva novela en México, del 26 al 30 ade abril, en las siguientes fechas y lugares:

Feria Internacional del Libro Coahuila
Sábado 26 de abril, 19:00
Presentan Kiko Amat y Eduardo Ribé
Sala Julio Torri
Centro Cultural Universitario Campus Arteaga

Sábado 26 de abril, 19:00
Kiko Amat y Los chicos de los discos (DJ Set)
Casa Rosa, Saltillo

Domingo 27 de abril, 19:30
El soundtrack en español de tu vida
Kiko Amat, Julián Hebert y Natalia Cepeda
El Cerdo de Babel, Saltillo

En Ciudad de México
Miércoles 29 de abril, 19:00
Kiko Amat y Nancy NiñoFeo
Librería El Sótano Miguel Ángel de Quevedo

Jueves 30 de abril, 19:00
Conversación de Kiko Amat, pinchadiscos, y JM Servín
Bar Cinco Pies
Bucareli 108,
55 4053 4602

Wu Ming: Objetos Literarios No Identificados

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Por: Carlos Acuña

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