En Latinoamérica, las ciudades no están diseñadas para las mujeres cuidadoras
Las ciudades latinoamericanas no están diseñadas para la movilidad del cuidado. Los trayectos cotidianos que sostienen la vida y que realizan sobre todo las mujeres siguen fuera de las estadísticas y de la planificación urbana.
En muchas ciudades latinoamericanas, buena parte de los viajes urbanos no son trayectos laborales tradicionales (a una oficina, a una fábrica o una tienda), sino que se hacen para ir a cuidar a otros. Acompañar a niños, asistir a personas mayores, comprar alimentos o ir a un centro de salud forma parte de una movilidad cotidiana que sostiene la vida.
Estos recorridos recaen mayoritariamente en las mujeres y presentan patrones específicos: trayectos encadenados, múltiples paradas, horarios fragmentados y cargas físicas adicionales. Este tipo de movilidad rara vez se incorpora en las estadísticas oficiales. Y como no se mide, tampoco se diseña para ella.
Un nuevo marco: ciudades cuidadoras
En los últimos años, el concepto de ciudad cuidadora ha ganado presencia en la investigación urbanística y en el diseño de políticas públicas. El artículo “Caring Cities: Towards a Public Urban Culture of Care?” (2025) analiza cómo distintas ciudades del mundo están incorporando el cuidado en la organización del espacio público, los servicios y la planificación urbana.
En América Latina, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ha subrayado que la autonomía económica de las mujeres depende directamente de que haya unas infraestructuras de cuidados suficientes y accesibles. Y es que el cuidado no es solo un asunto doméstico: también es un problema urbano de accesibilidad y de tiempo.
Este enfoque implica un cambio de escala. Se pasa de pensar en viajes individuales a comprender la trama de desplazamientos cotidianos necesarios para sostener la vida. No se trata solo de transporte, sino de equidad urbana.
Qué dice la evidencia
La movilidad del cuidado tiene patrones propios que no encajan bien en el clásico viaje pendular hogar–trabajo–hogar. Un estudio a escala regional publicado en 2021 comparó datos de Bogotá, Medellín y São Paulo. Encontró que las mujeres realizan más viajes encadenados, visitan más destinos y registran trayectorias distintas, muchas vinculadas al cuidado. Esto se traduce en mayor exposición a la inseguridad, más tiempo perdido y menor acceso a oportunidades. Además, la dispersión urbana y la falta de infraestructuras peatonales hacen que cuidar sea más costoso –en tiempo y energía– para quienes ya parten con menos margen.
Durante la pandemia, las mujeres de barrios con ingresos bajos extendieron sus caminatas y reorganizaron sus rutas ante la falta de transporte y de servicios cercanos.
La caminabilidad “promedio”
El índice de caminabilidad impulsado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) mide, con una perspectiva de género, la calidad del entorno construido para desplazarse a pie. La metodología permite la evaluación de las rutas y calles, a través del análisis de 23 variables estructuradas en seis categorías: aceras, conectividad, seguridad vial, fachadas y edificaciones, confort y mobiliario, y señalización.
Aunque este índice es un avance en la evaluación del espacio peatonal, se sigue partiendo del peatón estándar, alguien que se desplaza sin cargas, con plena autonomía física y en un recorrido simple de un punto A a un punto B.
Para los trayectos del cuidado, eso rara vez ocurre. Quien empuja un coche de bebé o acompaña a un adulto mayor necesita aceras continuas y anchas, rampas bien resueltas, cruces seguros y sombra. Quien camina encadenando actividades necesita buena conectividad, proximidad a los servicios y sensación de seguridad en horarios diversos. En muchos barrios latinoamericanos, esas condiciones no están garantizadas.
Si estas realidades no se miden, permanecen invisibles. Y lo que no se ve, no se planifica.
Nuevas metodologías
A nivel internacional están surgiendo herramientas para integrar el cuidado en la medición urbana e identificar brechas entre servicios, movilidad y disponibilidad de tiempo de quienes cuidan.
Este tipo de modelos puede dialogar con métricas ya existentes, como las del BID, y ampliarlas para capturar mejor las desigualdades territoriales. Incorporar estas variables no es sumar indicadores por sumar, sino reformular la pregunta sobre qué significa “una ciudad caminable” y para quién.
Hacia una medición que cuide
Medir la caminabilidad con enfoque de cuidados permitiría identificar distancias excesivas andando para ir a escuelas y centros de salud, aceras discontinuas que impiden empujar un coche de bebé, cruces peligrosos en rutas escolares, falta de iluminación o barreras para personas con movilidad reducida. Estos obstáculos pequeños en el mapa son, en la práctica, grandes barreras para la igualdad.
Esto mejoraría la vida de mujeres, personas mayores, niños, personas con discapacidad y hogares de bajos ingresos. Además, permitiría diseñar políticas más eficientes, porque atender el cuidado reduce desigualdades desde su raíz temporal y territorial.
La infraestructura del cuidado ya está en la ciudad, pero a menudo es precaria e invisible. Medir accesibilidad y caminabilidad sin cuestionar la ficción del peatón estándar equivale a seguir planificando para una minoría. Cuando una ciudad decide qué mide, también decide a quién prioriza.
Celia Herrera, Directora Centro de Investigación y Desarrollo de Ingeniería, Universidad Católica Andrés Bello
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.




