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Neurocosas: por qué el prefijo ‘neuro’ no convierte cualquier idea en ciencia
Foto: hainguyenrp | Pixabay
Publicado el 20 de febrero 2026
  • Ciencia

Neurocosas: por qué el prefijo ‘neuro’ no convierte cualquier idea en ciencia

No todo lo que lleva “neuro” es ciencia. Términos como neuromarketing o neuroliderazgo suelen parecer más rigurosos solo por mencionar el cerebro, aunque no tengan evidencia neurobiológica.

En las últimas décadas, el prefijo neuro se ha convertido en una suerte de sello de calidad intelectual y científico. Solo hay que darse una vuelta por las redes sociales, canales de divulgación y, lo que es peor, por artículos académicos, para encontrarse con términos como neuromarketing, neuroderecho, neuroliderazgo o neurocoaching. Basta con añadir cinco letras a una palabra para que parezca más profunda, innovadora y, sobre todo, más científica.

El prefijo neuro proviene del griego neûron (νεῦρον) y significa “nervio” o, por extensión, “sistema nervioso”. Se comenzó empleando para la formación de términos científicos y médicos relacionados con este órgano pero se ha extendido a otros ámbitos, no siempre con acierto. Y es que no es neuro todo lo que reluce.

Uso legítimo frente a abuso terminológico

El prefijo neuro debería reservarse para aquello que tiene una relación demostrable con el sistema nervioso; no basta con mencionar el cerebro. Hablar con propiedad de neurociencia implica apoyarse en datos obtenidos mediante técnicas propias de esta disciplina, como la neuroimagen, la electrofisiología o el estudio molecular, celular y tisular del tejido nervioso.

Sin embargo, en los últimos años el término se ha popularizado en ámbitos como el marketing, la gestión empresarial o el coaching, a menudo sin que exista una conexión real con mecanismos cerebrales medibles. Esta expansión no es irrelevante desde el punto de vista cognitivo: numerosos estudios muestran que las explicaciones que incluyen referencias al cerebro resultan más persuasivas, incluso cuando esa información es irrelevante o superficial.

Este fenómeno, conocido como neurohype o “neuroesencialismo”, ha sido ampliamente criticado por inflar el valor explicativo de lo “neural” y por contribuir a una comprensión simplificada –y a veces errónea– de cómo funciona realmente el sistema nervioso. Desde esta perspectiva, el problema no es que otras disciplinas estudien el comportamiento humano –algo perfectamente legítimo–, sino que adopten el prefijo neuro sin aportar evidencia neurobiológica directa.

Esto no significa que el diálogo entre neurociencia y otras áreas del conocimiento sea ilegítimo. Al contrario: es deseable y necesario. Pero la conversación interdisciplinar no se logra añadiendo un prefijo, sino integrando datos, teorías y métodos de forma rigurosa. Cuando términos como neuromarketing, neurocoaching o neuroliderazgo, entre otros muchos, se aplican a intervenciones que no generan ni utilizan datos neurobiológicos, el prefijo neuro- funciona, principalmente, como un reclamo publicitario.

Como advierten Sally Satel y Scott Lilienfeld, este uso indebido del lenguaje neurocientífico puede desplazar la atención desde preguntas realmente importantes –qué funciona, para quién y en qué contexto– hacia una explicación reduccionista centrada en el cerebro. No todo estudio sobre la mente necesita ser neuro para ser riguroso, y forzar ese lenguaje puede crear más confusión que conocimiento.

Neurosíntomas que nos pueden hacer desconfiar

En redes sociales, tanto influencers como empresas se apoyan en este prefijo para captar la atención y dotar de una aparente rigurosidad científica a un producto, un curso o una idea.

Acciones como acudir al perfil de la red social de la persona que publica, revisar qué formación tiene, observar si tiene aportaciones del mismo tema o si comenta temáticas muy diversas y sin relación aparente, nos pueden ayudar a averiguar con qué nivel de especialización cuenta.

En este mismo sentido, aunque ponga “experto” en su perfil o tenga una foto con una bata blanca, investiguemos un poco más. Si es necesario, puede resultar conveniente salir de la red social y buscar en otras fuentes.

Por otro lado, la mayoría de perfiles científicos y académicos que se dedican a la divulgación lo intentan hacer de un modo cercano y con un lenguaje que pueda resultar mínimamente comprensible para el público no especializado. Así que, si nos encontramos un reel o una publicación con un lenguaje excesivamente técnico, no demos por hecho que estamos ante una persona experta.

Y, si no lo tenemos claro, no compartamos, ni comentemos, ni citemos. No demos protagonismo a este tipo de cuentas porque, sin darnos cuenta, estaremos contribuyendo a su viralización, que no deja de ser lo que buscan.

Ser conscientes de estas técnicas podrá hacernos usuarios y usuarias de redes sociales más neurocríticos y menos neuroinfluenciables, sin caer en el clickbait que busca que pinchemos en determinadas publicaciones con títulos y neuropalabras sin sentido, como las que estamos empleando en este párrafo.

Propuestas para mejorar el rigor en la comunicación científica

Desde la perspectiva de la práctica investigadora, distintos trabajos en comunicación científica y neuroética sugieren que una forma eficaz de mejorar el rigor –y evitar el abuso del término neuro– es aplicar criterios más estrictos de precisión conceptual. El prefijo debería usarse únicamente cuando el estudio incorpora datos, métodos o medidas directamente relacionadas con la actividad del sistema nervioso, y no como un recurso retórico destinado a reforzar explicaciones psicológicas o conductuales ya bien establecidas por otras vías.

En el ámbito editorial, diversos análisis recomiendan evaluar de forma crítica si la referencia al sistema nervioso aporta un valor explicativo real o si, por el contrario, introduce ambigüedad conceptual (el citado neuroesencialismo) sin mejorar la inferencia científica.

Finalmente, los estudios experimentales en psicología cognitiva muestran que el uso de lenguaje neurocientífico puede aumentar la percepción de credibilidad de una explicación sin mejorar su calidad ni su comprensión. Este efecto refuerza la necesidad de que divulgadores y comunicadores científicos prioricen la claridad, el contexto y los límites interpretativos por encima del atractivo del discurso “neuro”.

En conjunto, estas prácticas reducen el riesgo de neurohype y favorecen una comunicación científica más precisa y honesta. Como recordaba Santiago Ramón y Cajal, “todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro”; pero ninguna palabra, por muy neuro que suene, puede esculpir por sí sola conocimiento donde no hay rigor.

Ingrid Mosquera Gende, profesora titular de Universidad en la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades e investigadora Principal del Grupo TEKINDI, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja.

José A. Morales García, investigador científico en enfermedades neurodegenerativas y profesor titular de la Facultad de Medicina, Universidad Complutense de Madrid

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Por: Ingrid Mosquera Gende y José A. Morales García | The Conversation

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