Wu Ming: Objetos Literarios No Identificados
Del mito de Luther Blissett a la colonización capitalista del espacio: Wu Ming, el enigmático colectivo de escritores italianos, dialoga sobre su última novela, sobre la obscenidad de que tipos como Jeff Bezos creen su compañía para tratar de colonizar el espacio, de cómo detrás de las oleadas de ovnis existe una intención bélica y política del Pentágono y sobre cómo la imaginación puede ser la última trinchera frente al desastre.
“En primer lugar, queremos aclarar que hablar de ovnis nunca es sólo hablar de ovnis. Siempre hay algo más de por medio…”. Recibo este mensaje en un archivo de texto adjunto en un correo electrónico. Proviene del otro lado del planeta. El remitente no es una persona sino una voz colectiva identificada como Wu Ming que, en chino, significa anónimo.
Recibí el archivo hace más de dos meses. Lo he leído varias veces desde entonces. A la luz de recientes noticias, las palabras de Wu Ming cobran más interés. Hace unas semanas, Donald Trump aseguró que su gobierno desclasificará y publicará todo expediente referente a la “vida alienígena y extraterrestre, fenómenos aéreos no identificados (FANI) y objetos voladores no identificados (OVNI)”.
Días después comenzaron a caer bombas sobre Irán y Hillary Clinton aseguró que, durante una audiencia a puerta cerrada sobre los archivos del millonario y traficante sexual Jeffrey Epstein, se le hicieron varias preguntas sobre naves extraterrestres.
Si alguien sabe de ovnis y conspiraciones es precisamente Wu Ming: este colectivo de escritores italianos lleva un cuarto de siglo dando fe del extraño devenir de los imperios occidentales y las tramas ocultas de la Historia.
Su último libro, Ovni 78, es un entramado minucioso en el que Wu Ming agita un coctel en donde convive la novela negra, el estudio etnográfico, la ciencia ficción y la psicodelia; una obra que retrata un momento convulso de Italia: mientras la música punk llegaba desde Inglaterra, en medio de una epidemia de sobredosis de heroína y en los días en que el fascismo se disputaba a tiros las calles con las guerrillas de izquierda, la gente comenzó a mirar el cielo.
Decenas, cientos de naves espaciales, platillos flotantes, visitantes de otro mundo fueron reportadas a lo largo de toda la península europea. Nunca en la historia de Italia se reportaron tantos avistamientos como en aquel año: el mítico 1978.
“Hablar de la gran ola de avistamientos de ovnis de 1978, La grande ondata, es más relevante hoy que cuando empezamos a escribir este libro”, explica Wu Ming desde el otro lado del correo. “Es incluso más relevante que en el periodo inmediatamente posterior a la pandemia, cuando los cielos se llenaron de nuevo de fenómenos anómalos no identificados”.
La sugerencia es clara. Más que fantasías, los avistamientos de naves espaciales representan un síntoma: los humanos miramos al cielo cuando aquí abajo el mundo arde.
La leyenda de Luther Blissett
En 1999 cuatro autores desconocidos entregaron a Einaudi, una de las casas editoriales más prestigiosas de Italia, el manuscrito de una novela de 700 páginas que pronto aparecería publicada con un monograma por título: Q.
En términos formales, era una novela clásica de aventuras ambientada en el siglo XVI, que desplegaba una detalladísima documentación histórica y hacía un efectivo uso del misterio y la adrenalina para narrar el drama de un anabaptista perseguido por un espía de la Iglesia Católica Romana. En su huida, el protagonista se involucra en revueltas campesinas y movimientos radicales mientras atestigua el nacimiento del capitalismo, de los bancos y, en fin, de la Era Moderna.
La novela marcó época no sólo por el más de medio millón de ejemplares vendidos de golpe –a pesar de que el libro se liberó para descarga gratuita en internet, adelantándose a la práctica que más tarde se popularizaría bajo el concepto de copy left–, sino por quién la firmaba: un tal Luther Blissett.
Luther Blissett. Ese era el nombre de un delantero jamaiquino ovacionado en el futbol inglés pero que, en los años 80, durante su paso por Italia, fue calificado como el peor delantero en la historia del Club Milán.
Que Blisset fuera el autor de esa novela parecía una broma. En realidad, era el punto final de una conspiración narrativa que involucró a cientos de personas distribuidas por toda Europa, con la ciudad de Bolonia como epicentro.

En la escena subterránea de Bolonia, la Ciudad Roja –llamada así debido a sus muros de arcilla color terracota, a su pasado comunista y a su frenética vida universitaria volcada en esos años en experimentar con una vida autogestiva, conciertos de punk e inmuebles abandonados y okupados como centros sociales–, el nombre de Luther Blissett llevaba al menos cinco años repitiéndose de boca en boca cuando Q llegó a las librerías.
Probablemente fue en 1995 cuando la leyenda comenzó a forjarse. Ese año, varios diarios contaron la historia del artista británico Harry Kipper, desaparecido en la frontera entre Italia y Bosnia. Incluso un programa de televisión local dedicó varios días y considerables recursos a la búsqueda de un fulano excéntrico que, en ocasiones, solía presentarse con el pseudónimo de Luther Blissett.
Harry Kipper, por supuesto, no existía. Era una mentira cuidadosamente diseñada. Como cuando, años después, periódicos y canales de televisión dieron la noticia de que al noroeste de Roma, en los bosques de Viterbo, un extraño culto oficiaba misas negras durante las cuales se sacrificaban niños recién nacidos. O como cuando los medios informaron que las pinturas de una chimpancé, rescatada de experimentos farmacéuticos, serían exhibidas en la Bienal de Venecia.
Los medios de comunicación de Italia estaban bajo asalto, aunque tardaron en darse cuenta. Una y otra vez mordieron el anzuelo y difundían ficciones, fantasmagorías, comunicados falsos, estafas pintorescas que, tarde o temprano, se atribuía un misterioso colectivo en el que participaban docenas de personas. Pero Luther Blissett no existía: cualquier podía adoptar el nombre y organizar acciones de “terrorismo cultural” para sabotear el status quo que imperaba en Italia.
La publicación de Q en 1999 fue el acto final del Proyecto Luther Blissett. Los autores del libro, se supo después, pertenecían a la facción boloñesa del colectivo. Y aunque Luther Blissett fue declarado muerto, ellos anunciaron que a partir de entonces adoptarían un nuevo nombre de batalla: Wu Ming.
“En aquel entonces –recuerdan hoy los integrantes de Wu Ming en entrevista con Fábrica de Periodismo– las quejas sobre el poder de los medios para difundir mentiras sin control eran comunes. Muchos se centraron en hacer “educación mediática” o hacer periodismo de base, como la red Indymedia que fomentaba la creación y difusión de información alternativa. El Proyecto Luther Blissett adoptó un tercer enfoque: «Si los medios te mienten, miente a los medios: crea tú mismo los titulares del mañana»”.
“El Proyecto Luther Blissett nunca tuvo la intención de engañar a nadie salvo a la redacción de un periódico o noticiero, y sólo por tiempo limitado hasta que revelábamos la broma. Nos responsabilizamos muy pronto de nuestras ‘primicias’ y explicamos siempre cómo habíamos trabajado”.
Los integrantes de Wu Ming recuerdan bien los propósitos de sus estafas. Por un lado, dicen, querían “curar” una enfermedad –las mentiras que cotidianamente emitían los medios– añadiendo una dosis tóxica de material falso que les obligara a, por lo menos, ser más rigurosos. Por otro lado, buscaban también educar a la gente sobre cómo los noticieros cometen errores o directamente manipulan a su audiencia.
“Hoy podemos decir que el objetivo ‘terapéutico’ de nuestro proyecto fracasó –reconocen–. Pero el objetivo ‘pedagógico’ se cumplió: el conocimiento de los fallos del sistema informativo ha crecido enormemente, la creación de noticias falsas es accesible para cualquiera y existe una mayor conciencia de cómo funciona, al punto que cada vez más personas saben que ‘desmentir’ ya no basta”.
1978: el año en que todo pasó
Aunque la identidad de sus integrantes es más o menos pública, ellos insisten en que sus rostros y nombres realmente no importan. Desde principios de milenio, la firma de Wu Ming garantiza un éxito de ventas pues a la calidad de su obra se suma su capacidad de comunicarse con los sectores más activos de la izquierda europea. Un día pueden publicar un thriller sobre el nacimiento del free jazz en Brooklyn y el racismo de la brutalidad policiaca en el Nueva York de los años 60 –New thing, 2004– y, una década después, lanzar una novela de aventuras situada en los años posteriores a la Revolución Francesa –El ejército de los sonámbulos, 2014– para hablar de los “mesmeristas”, sus extraños experimentos de hipnosis y el deseo de anular la conciencia.

Su última novela, Ovni 78 (2022, traducida al español en 2025 por Anagrama), coloca el foco en el año en que se legalizó el aborto en Italia, al mismo tiempo que El Vaticano vivía la sucesión de tres papas al hilo –el último de ellos, Juan Pablo II, cuyo pontificado sería uno de los más largos de la historia– y que el escenario político atravesaba una crisis sin precedente. Por si fuera poco, 1978 fue también el año en que más avistamientos OVNI fueron registrados en la historia de Italia.
Saben bien que en el pasado hay ecos del presente, y viceversa. Por ello su obra se esmera en develar cómo el tiempo se rasga a cada rato. Ahora, en Ovni 78, Wu Ming narra la misteriosa desaparición de una pareja de boyscouts en las montañas de Lunigiana a través de los ojos de un escritor de ciencia ficción, una antropóloga que estudia los clubs de ufólogos y aficionados del fenómeno OVNI –los cuales se multiplicaron en aquella época por toda Italia–, un melómano consumidor de hongos alucinógenos, un beatnik con pasado fascista y una comuna espiritual que de un día a otro se llena de heroinómanos en búsqueda de rehabilitación.
Todo esto mientras los medios de comunicación reportan el secuestro y asesinato del presidente del partido Democracia Cristiana, Aldo Moro, por parte de las Brigadas Rojas, una guerrilla de izquierda radical. La ejecución de Aldo Moro, a pesar de sus múltiples súplicas al gobierno para que negociara con sus secuestradores, llevó la violencia política a su punto más intenso, un hecho que sólo competirá en las portadas de los diarios con aquellas supuestas naves extraterrestres que aparecen en el cielo.
¿Qué pasó en 1978? ¿Por qué el planeta entero parece tan distinto desde entonces?
Tecnologías furtivas
Los fenómenos anómalos en el cielo regresan cada tanto al imaginario público. Hoy, entre fake news y realidades expandidas a través de filtros y algoritmos, el mito extraterrestre se despliega como un teatro de sombras donde la política y la industria militar atizan la imaginación para mantener ventaja.

“En 2024 –cuenta Wu Ming–, el Congreso de Estados Unidos debatió un informe de 64 páginas sobre el Registro Histórico de la Participación del Gobierno de Estados Unidos en Fenómenos Anómalos No Identificados (UAP, por sus siglas en inglés). Fue noticia mundial: ‘Nuevo informe ovni del Pentágono: Sin evidencia de extraterrestres’. En junio de 2025, The Wall Street Journal publicó una investigación en dos partes (1 y 2) que documentaba episodios que habían sido borrados del informe. Al parecer, la Fuerza Aérea Estadunidense omitió detalles sensibles que podrían exponer programas secretos o perjudicar las carreras de oficiales superiores”.
La tesis de Wu Ming es que el Pentágono difundió durante décadas y deliberadamente información errónea sobre los avistamientos, alimentando sospechas de encubrimientos gubernamentales sobre visitas de otros planetas. Una estrategia perfecta para despistar sobre lo que pasa tras las cortinas del Pentágono.
Con Ovni 78, Wu Ming planea también una crítica: muchas de las fantasías colectivas sobre naves extraterrestres son también reflejo de conflictos reales y la aspiración de someter el cielo al capitalismo.
“El objetivo era engañar: cubrir programas secretos. Pruebas de aviones furtivos como el F117Nighthawk se realizaron, supuestamente, en la famosa Área 51. La creencia de que los ingenieros realizaban ‘ingeniería inversa’ en vehículos extraterrestres sirvió para camuflar estas pruebas de vuelo: el F117 se utilizó después para bombardear Afganistán, Irak y Serbia. Esta tecnología furtiva dio inicio a una guerra aérea cada vez más segura para quienes la realizan (gracias a los drones y la Inteligencia Artificial pueden operar desde altitudes inalcanzables o desde bases a cientos de kilómetros de distancia) y cada vez más letal para quienes la sufren. En toda época, los ‘fenómenos anómalos’ en el cielo nos dicen algo sobre el mundo y sobre nosotros mismos. En la actualidad nos hablan de Gaza, de Járkov, de Irak, de Afganistán, de Yemen…”.
Hace un par días, un mes después de la promesa de Donald Trump sobre desclasificar los archivos relacionados con los célebres Fenómenos Aéreos No Identificados, la Oficina Ejecutiva de la Presidencia registró en internet el dominio aliens.gov. Esto mientras Estados Unidos intensifica los bombardeos contra Irán y misiles iraníes caen en Dubai, Tel Aviv y Jesuralén.
Un magnicidio y una caída en picada
Durante 30 años, los italianos escucharon su nombre casi a diario. Aldo Moro era un hombre poderoso y una figura de peso del partido Democracia Cristiana que gobernó Italia desde 1948. En la primavera de 1978, las Brigadas Rojas lo secuestraron durante 55 días y lo mantuvieron cautivo en una habitación diminuta en Roma. Aunque escribió numerosas cartas rogando a su partido y al gobierno que negociaran un intercambio de rehenes, nadie lo escuchó.
“Moro se encontró en tres cárceles: la primera era esa minúscula habitación. La segunda, su pasado y su trayectoria política, por la que fue secuestrado. La tercera, la más opresiva, la llamada “Línea de la Firmeza”: la negativa rotunda a cualquier negociación, postura adoptada y defendida por Democracia Cristiana, por el Partido Comunista y los principales periódicos. Desde su celda, Moro escribió numerosas cartas a sus colegas y otros políticos, proponiendo un intercambio de prisioneros entre las Brigadas Comunistas y el Estado. El gobierno declaró públicamente a Moro mentalmente incapaz, posiblemente drogado o hipnotizado, por lo que sus cartas no se consideraron auténticas expresiones de su voluntad”.
Este drama político es el marco que Wu Ming despliega para los acontecimientos de Ovni 78. Hasta ese momento, Italia vivía una disputa ideológica derivada de su papel en la Segunda Guerra Mundial. Lo explica Wu Ming:
“En 1948 –tres años después de la muerte de Mussolini–, la CIA y El Vaticano hicieron todo lo posible para que el Partido Demócrata Cristiano ganara las elecciones; incluso organizaron ‘apariciones’ de la virgen por todo el sur de Italia. Huelga decir que Nuestra Señora dio a la gente instrucciones precisas sobre cómo votar (…) Para 1970, Italia experimentaba conflictos en extremo radicales y las luchas sociales eran contrarrestadas por numerosas operaciones encubiertas llevadas a cabo por agencias de inteligencia y de contra insurgencia”.

El objetivo era evitar que los comunistas participaran en la vida pública. Al igual que buena parte de Latinoamérica, Italia se convirtió en uno de los bastiones más importantes de la Guerra Fría.
No era para menos: el Partido Comunista Italiano era el más influyente del hemisferio, algo aún más peligroso al considerar la frontera compartida con Yugoslavia y la cercanía de la península con la Libia de Gadafi y Medio Oriente. Mientras los comunistas fueron excluidos del Estado, el país se convirtió en un gran portaaviones de Estados Unidos, con cerca de 120 bases distribuidas por todo su territorio.
En ese contexto, surgieron grupos clandestinos como las Brigadas Rojas. El secuestro de Aldo Moro por parte de este grupo instaló una polarización sin fisuras: o estabas con el Estado o estabas con el terrorismo. Cualquier persona que expresara el deseo de que Moro viviera, cualquier intento de comprender su situación, se volvía inmediatamente sospechoso. Con su asesinato, la sociedad entera se sumergió en una crisis moral y empezó a mirar al cielo en busca de naves espaciales al tiempo que el Partido Comunista caía en picada y se pavimentaba el regreso del fascismo.
Magia y desinformación
Las estrellas ya no brillan tanto hoy como nuestras pantallas, esos pequeños rectángulos que manipulamos día y noche. El doom scroll es quizás la mejor manera de evitar asomarse al cielo de no ser porque los ovnis hoy también son registrados por iphones de alta calidad.
“Hoy el reto ya no reside en inventar noticias falsas ni en simplemente desmantelarlas, como si se revelara un truco de magia: quien lo hace es percibido como un aguafiestas que destruye la ilusión –considera Wu Ming–. Hoy la tarea consiste en encontrar la manera de desactivar el componente hipnótico, pero conservando la magia. Revelar el truco de forma atractiva y sustituirlo por algo igualmente asombroso”.
Este “hechizo” que hoy opera en las pantallas –la trampa que nos hace dudar entre lo real y lo falso– no es nuevo. Wu Ming lleva años rastreando sus orígenes. Las pistas los han conducido no a una nave estrellada en el desierto de Nevada, sino a la primavera de 1978, en Roma, cuando en un diminuto apartamento un político secuestrado escribía cartas que nadie quiso escuchar.
“En los años siguientes al asesinato de Moro se afianzó un control represivo y reaccionario en Italia: marcó el final de un periodo de luchas, conquistas sociales y riqueza cultural. Occidente entró en una larga fase de dominio neoliberal, individualismo y desigualdades crecientes”.

La trampa ha sido perfeccionada en los últimos tiempos. Si en 1978, la línea de firmeza obligaba a alinearse con el Estado o con el “terrorismo” de las Brigadas Rojas, sin dejar espacio a una tercera opción, 50 años después hay que condenar a Hamas sin matices y apoyar el “derecho de Israel a defenderse” o correr el riesgo de ser calificado como antisemita –por poner solo un ejemplo.
Es natural que la gente busque explicaciones fantásticas cuando la polarización obliga a decidir entre dos facciones enfrentadas. Por eso también los Wu Ming intentan mirar la ufología como algo serio y no sólo un delirio friki. En Ovni 78, dos personajes les ayudan a retratar a los platillos volantes como un fenómeno tan humano como político. Mientras la antropóloga Milena Cravero estudia los numerosos clubes de observadores celestes que aparecieron en aquel año, el melómano y ufófilo Jimmy Fruzzetti, analiza el fenómeno OVNI como una fascinante expresión de la humanidad y su necesidad de asombro.
A través de estos dos personajes, Wu Ming reivindica el derecho a la fantasía y la necesidad de entender también a comunidades ubicadas fuera de los márgenes: desde los terraplanistas hasta los antivacunas.
En Ovni 78, Wu Ming insiste en crear fenómenos literarios difíciles de clasificar y a señalar los insólitos cruces entre la ficción, la historia, la política y la fantasía.
“Estamos muy atentos a las fantasías conspiracionistas. Por ejemplo, las comunidades formadas en torno al miedo a las estelas químicas: los chemtrails. Hemos escrito extensamente sobre ellas y creemos que estos relatos se desarrollan en torno a ‘núcleos de verdad’: el uso militar de técnicas de siembra de nubes, el impacto climático del tráfico aéreo y los peligros de la geoingeniería solar. Creemos que podemos conectar con quienes creen en estas fantasías y buscar puntos en común. Sin complejos de superioridad; no se trata sólo de ‘reventar globos con una aguja’, como hacen sus detractores. Necesitamos conectar con estas comunidades, no con los influencers y merolicos de tiempo completo que venden estas teorías, sino con las personas enojadas y ansiosas que se sienten humillados por la situación actual y perciben lo manipulado y destructivo del sistema pero que creen haber encontrado explicaciones en estas fantasías”.
Colonizar la imaginación o liberarla
Hoy el cielo está lleno no sólo de fantasías extraterrestres, sino de chatarra espacial y escombros flotantes que no pocas veces regresan a Tierra. Wu Ming llama a esto “la colonización capitalista del espacio exterior” y aclaran que su origen es antiguo: la fantasía de dominar otros planetas ha estado presente entre nosotros mucho antes de Elon Musk y mucho antes del programa Star Wars de Ronald Reagan.
“La mitología de los vuelos espaciales ahora se da por sentada gracias a las múltiples capas de narrativas que hemos consumido durante décadas. Esta mitología alcanzó su forma más degradada y miserable en 2021, cuando Jeff Bezos voló al espacio suborbital a bordo de la cápsula New Shepard, construida por su propia empresa, Blue Origin. Que los vuelos espaciales sean un pasatiempo para multimillonarios es, sin duda, una obscenidad; pero ese lanzamiento no fue solo diversión. Tales maniobras publicitarias son parte integral del plan para someter el cielo al capital”.
Esa es la crítica que Wu Ming plantea en Ovni 78: la idea de que las fantasías colectivas –los ovnis, las conspiraciones, los mitos de colonización espacial– no son meros delirios, sino síntomas de conflictos reales y aspiraciones empresariales o políticas tangibles.
“Hemos abrazado colectivamente una falsa creencia –añade Wu Ming–: que los humanos podemos existir fuera de este planeta, en un entorno sintético, separados de las condiciones que sustentan nuestra microbiota, la increíble ‘cooperativa’ de bacterias y hongos que conforma casi 50% de nuestro acervo genético. Estos son descubrimientos relativamente recientes y nos ayudan a comprender nuestra unidad con nuestro planeta y lo fuera de lugar que estaríamos en el espacio exterior. Resulta que el mito de los vuelos espaciales se basa en la ignorancia de nuestro ser, de quiénes somos”.
Mientras tanto, se quejan, las historias de vuelos espaciales han hecho concebible la opción de abandonar la Tierra. En lugar de luchar por cambiar el mundo, cada vez más personas creen que algún día los humanos abandonarán este planeta para colonizar otro.
Como colectivo, Wu Ming ha rebasado ya el cuarto de siglo. Aunque algunos de sus integrantes han decidido separarse del grupo, hace años que su narrativa los rebasó –a ellos y a sus libros– para dar paso a un proyecto de comunicación expandida y multitudinaria: la Wu Ming Foundation.
Se trata de una red de colectivos autónomos que incluyen, por ejemplo, al Wu Ming Contingent, una banda de rock en la que el universo de Wu Ming adquiere una dimensión sonora. O la organización Nicoletta Bourbaki, dedicada a desmontar noticias falsas propagadas por grupos neofascistas. O el grupo de senderismo Alpinismo Molotov, que disputa la memoria partisana que resguardan las montañas italianas. O el blog Giap, en el que la comunidad de lectores publica relatos que expanden el universo de sus novelas.
Mientras la inteligencia artificial se apodera de nuestra imaginación, Wu Ming insiste en crear fenómenos literarios difíciles de clasificar. A eso se han dedicado durante casi tres décadas: a señalar los insólitos cruces entre la ficción, la historia, la política y la fantasía para que, una vez visibles, puedan ser también herramientas para habitar –y tal vez modificar– la vida en este planeta.




