Pescadores y biólogos suman fuerzas para monitorear la tortuga carey, en peligro crítico de extinción
A través del análisis de muestras de sangre y tejido de las tortugas, el proyecto busca identificar la presencia de metales pesados en el agua, funcionando como un sistema de alerta temprana sobre la salud del ecosistema y los riesgos para la salud humana.
Samuel Aguilar Gómez, de 55 años, vive en Punta Pérula, un pueblo costero de Jalisco, al occidente de México, y se dedica a la pesca desde hace más de cuatro décadas. Cuando inició en el oficio, la captura de tortugas carey (Eretmochelys imbricata) para la venta de su carne y caparazón era una práctica común. Aunque no le gustaba, él era contratado para atraparlas y, en aquellos años, los pescadores podían llegar a capturar hasta 20 al día.
“Miraba cómo las mataban y se me hacía una injusticia. Aunque haya habido muchas, no era para que las hubiéramos agarrado. Yo de hecho nunca he matado ninguna”, cuenta el pescador.
En la actualidad, esta especie está clasificada como en Peligro Crítico de extinción por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Entre 1950 y 1990, fue cazada para fabricar objetos como peinetas, pulseras y aretes hechos con su caparazón, que tiene patrones muy característicos de colores naranja, amarillo y marrón.

Aunque después se prohibió su captura, la especie no ha logrado recuperarse. Esto se debe a que tarda alrededor de 20 años en alcanzar la madurez reproductiva y ahora enfrenta amenazas como el robo de huevos, la pesca accidental y la pérdida de sus playas debido a las construcciones.
En 2024, la historia de Aguilar Gómez cambió con la creación de la Red Carey Jal-Nay, un colectivo de biólogos y pescadores que, desde noviembre de ese año, suman esfuerzos y décadas de conocimiento en tortugas marinas para monitorear a esta especie en los estados de Jalisco y Nayarit.
Aguilar Gómez pasó de observar cómo desaparecen las tortugas a convertirse en uno de sus protectores. Ahora colabora con los biólogos de la red y durante sus jornadas de pesca usa su experiencia para localizar y capturar tortugas carey —de forma segura y sólo por unas horas— para que los investigadores recolecten información para el monitoreo.
“En este mundo, unos somos humanos, otros salieron tejones, otros salieron tortugas y de una forma u otra todos tenemos derecho a vivir mejor”, comenta el pescador.

Recopilar información en el mar
“Monga” permanece tranquila en el vivero, en el centro de una lancha donde hay un poco de agua. Una toalla húmeda tapa su cara para hidratarla y evitar el estrés. Es una tortuga carey juvenil que fue encontrada por otro pescador de la red esa misma mañana, en las costas de Punta Pérula.
El maestro en recursos naturales y medioambiente Luis Ángel Tello Sahagún y el maestro en ciencias de la vida Farid Zavala Armenta, dos de los biólogos de la agrupación, son los encargados de registrar los datos sobre Monga antes de regresarla al mar. Lo primero que hace Zavala Armenta es ponerse guantes y luego cepillar el caparazón para retirar algas y balanos, crustáceos que se adhieren a las tortugas y que pueden lastimarlas, aumentar su peso y limitar su capacidad para nadar.
Los dos biólogos la miden: registran el largo y el ancho del caparazón, la profundidad del cuerpo, el tamaño de la cola y el peso. Anotan todo en un formato físico que llevan a bordo de la lancha. Luego colocan dos placas metálicas con números de identificación, una en cada aleta trasera de Monga, para que, cuando regrese al mar, puedan reconocerla con facilidad. Después le toman fotografías para documentar sus características particulares, como las escamas del rostro, un rasgo irrepetible en cada individuo.

Lo que sigue es muy importante: extraen una muestra de seis mililitros de su sangre y dos pequeñas de tejido de las aletas. Esta información genética se analiza para evaluar la salud de la tortuga y detectar contaminantes como metales pesados, lo que refleja el estado del ecosistema donde habita. También se compara con bases de datos para identificar el origen del animal y reconstruir sus rutas migratorias.
“Las tortugas son organismos centinela porque nos dan información del estado del ecosistema donde se encuentran. Entonces, por ejemplo, analizar que las tortugas tengan metales puede indicarnos que algo está ocurriendo y que podría incluso haber riesgos para la salud humana”, explica Tello Sahagún.
Desde que la red comenzó su trabajo, sus integrantes han registrado los datos de 97 tortugas carey. La mayoría corresponde a individuos juveniles, es decir, en la etapa de desarrollo intermedia entre cría y adulto, pero que aún no alcanzan la madurez suficiente para reproducirse. También han documentado cinco hembras y dos machos adultos.
A Monga le fue asignado el código de identificación BDC080 porque es el ejemplar número 80 registrado en Bahía de Chamela, una extensión de costa que empieza en Punta Pérula y termina en el poblado de Chamela. El nombre de la tortuga fue elegido por los biólogos por el nombre de este medio de comunicación. Mongabay Latam deriva del nombre de una isla en la Bahía de Antongil en Madagascar: Nosy Mangabe. “Mangabe” es el término en lengua malgache para azul o bonito.

Después de tener toda la información sobre Monga, los biólogos la regresan al mar cerca del lugar donde la encontró el pescador por la mañana. La tortuga mueve sus aletas con fuerza y en cuestión de segundos se pierde en el agua. Esperan poder recapturarla en seis meses para conocer cuánto ha crecido y entender sus patrones de movimiento y fidelidad al sitio.
“Mientras menos invasivo pueda ser el proceso de monitoreo y menos problemas se les puedan generar a los animales, mejor. El proceso es muy rápido: medimos y en unos minutos está de vuelta en el agua”, comenta el biólogo Tello Sahagún.
La tortuga carey es una especie importante para la salud de los océanos porque se alimenta principalmente de esponjas marinas y evita que estas crezcan en exceso y asfixien a los corales, lo que garantiza que los arrecifes se mantengan sanos y diversos.
“Les llaman las jardineras del mar porque recorren los arrecifes y, gracias a su pico parecido al de un águila, pueden meterse entre las grietas de las rocas y los corales para alimentarse de esponjas y así ayudar a mantenerlos sanos”, explica el biólogo Alejandro Peña de Niz, uno de los integrantes de la red con más experiencia sobre esta especie y responsable, desde los años 80, del Santuario de la Playa Teopa, donde arriban tortugas marinas para desovar, entre ellas la carey.

Tres generaciones
Marcelino Aguilar Mendoza es hijo de Samuel y comenzó a pescar a los 14 años. Él fue un vínculo importante entre biólogos y pescadores cuando comenzó a conformarse la red porque era presidente de la cooperativa ejidal La Fortuna e invitó a los integrantes de la agrupación a sumarse al monitoreo.
“Desde chiquillo las subía a la lancha y las limpiaba porque se me hacía feo ver que traían sacabocados en el ojo. Las limpiaba por gusto, por verlas bien”, recuerda el pescador.
La primera tortuga que Aguilar Mendoza capturó para su monitoreo fue nombrada “Cabecita”, por su hija menor. Después de ver el ejemplo de su padre, ella quiere estudiar veterinaria para dedicarse al cuidado de los animales.
“Todo esto es algo que uno les está enseñando y les estamos mostrando para que más adelante esto continúe. Es importante cuidar las tortugas porque es una especie de la que hay pocas en estas regiones. Si no se mantienen bajo cuidado, tal vez en un futuro ya no las podremos ver y eso sí sería un problema. Si no lo hacemos a tiempo, después podría ser demasiado tarde”, considera Aguilar Mendoza.
Los pescadores que participan en este proyecto son 30, viven en las poblaciones de Punta Pérula o Careyes, tienen entre 30 y 60 años y se dedican al buceo para la captura de pulpo, langosta y ostión con fines de venta. A partir de 2024, comenzaron a buscar tortugas entre los arrecifes para su monitoreo. Las capturan con cuidado y las suben a las lanchas. Después, contactan al biólogo Zavala Armenta, a través de un grupo de WhatsApp, para que acuda a registrar los datos, colocar las placas y tomar muestras, tal como sucedió con Monga.

Como parte de su integración a la red, los pescadores reciben capacitaciones de los biólogos para aprender a identificar especies. Gracias a ello, ya saben distinguir a la tortuga carey a partir de rasgos como su pico en forma de “ganchito de águila” y los patrones únicos de su caparazón.
“Ellos tienen un conocimiento empírico, a lo mejor no han estudiado, pero conocen muy bien su entorno. Con su participación se cubren más zonas de monitoreo y, sobre todo, se convierten en embajadores del proyecto: lo comparten de voz en voz y así se va generando una conciencia colectiva. De esta manera, el entusiasmo se transmite y cada vez se va sumando más gente”, explica el biólogo Zavala Armenta.
El laboratorio en casa
Después de regresar a Monga al mar, los biólogos vuelven a Punta Pérula, donde uno de ellos tiene una casa con un pequeño espacio adaptado como laboratorio para procesar las muestras de sangre y tejidos de las tortugas. Al llegar, una de las primeras tareas es colocar la sangre de Monga en una centrífuga, una máquina que separa sus componentes, para después almacenarla en un congelador junto con los tubos de otras tortugas que han sido monitoreadas.
Todas estas muestras son analizadas por investigadores de instituciones académicas como la Universidad de Guadalajara y el Instituto Politécnico Nacional, con el objetivo de generar, a futuro, publicaciones científicas y estrategias de conservación basadas en datos.

“Procuramos que estas muestras sean aprovechadas para que otros colegas vayan haciendo sus grados académicos y buscar la publicación científica, pero somos muy incisivos en que el beneficio sea para la comunidad también”, comenta Tello Sahagún.
Zavala Armenta añade que uno de los objetivos de la red es reunir la información suficiente para que la tortuga se convierta en un argumento sólido para la conservación de las áreas marinas donde habita, por ejemplo, mediante la regulación de algunos artes de pesca que pueden afectarla y, al mismo tiempo, proteger indirectamente a otras especies. Considera que se pueden establecer refugios marinos donde se regulen actividades, pero también se impulsen oportunidades como el turismo de naturaleza, en el que las personas pudieran observar tortugas.
En ese sentido, otra de las actividades de la red es liberar las tortugas que fueron monitoreadas, en playas cercanas a donde fueron encontradas, para que turistas y habitantes locales conozcan la especie. Además, biólogos y pescadores instalan stands informativos en la plaza principal de Punta Pérula, donde colocan lonas y caparazones didácticos para que las personas puedan preguntar y aprender sobre el proyecto y las tortugas.
Faltan recursos
Los biólogos de la red han generado un sistema de retribuciones a los pescadores. Por cada tortuga entregada para el monitoreo, los investigadoras les otorgan un incentivo de 10 litros de gasolina. Aunque es una cantidad simbólica, ayuda a mitigar el costo de operación de sus lanchas.
«Yo por mi parte lo haría hasta voluntario, porque ya lo había hecho años atrás. No lo veo tanto como un trabajo, sino como un compromiso: uno debe cuidar el ambiente y los animalitos», dice Aguilar Mendoza.
El financiamiento principal de la red proviene de The Rufford Foundation, una organización inglesa que apoya a investigadores jóvenes y estudiantes de posgrado. Zavala Armenta señala que buscan acceder a una nueva etapa de financiamiento de esta fundación para ampliar el proyecto, incluir más comunidades y realizar monitoreos más al sur de Jalisco y en algunos puntos de Nayarit, además de identificar nuevos sitios de anidación.

“Faltan para la investigación. Si queremos resolver preguntas sobre migraciones, densidades, genética o la salud de las poblaciones, los biólogos no tenemos nada de dinero para esto. La misma conservación en playa: los campamentos no tienen cuatrimotos para patrullar. La gente dona un año y es todo. Los campamentos trabajan todos los años, todos los días. Entonces, sí se necesita una inversión real”, dice Catherine Edwina Hart, integrante de la red y doctora en biología marina que ha trabajado con esta especie desde 2010.
Mientras tanto, los 30 pescadores que integran la red difunden cada vez más la iniciativa para que otras personas se sumen al monitoreo de esta especie en peligro. “Yo sí me encargo de chismearle a dos o tres de que estamos en este proyecto porque de otra forma los nietos no van a saber que había una tortuga llamada carey. Ya desde ahora también estamos haciendo que mi hijo se ponga al tiro con los animalitos del mar, cuidándolos, no lastimándolos”, dice Ulises González Correa, pescador que ha capturado ocho tortugas para su monitoreo, entre ellas Amanditita.




