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La encrucijada de Claudia: <br>Donald Trump o López Obrador
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La encrucijada de Claudia:
Donald Trump o López Obrador

Publicado el 11 de mayo 2026
EL PERSEGUIDOR

La presidenta Claudia Sheinbaum dice que, a pesar de las tensiones políticas internas y la frecuente tirantez de la relación con Estados Unidos, avivada recientemente a raíz de la solicitud del Departamento de Justicia de detener y extraditar al gobernador con licencia Rubén Rocha Moya, ella no se siente “entre la espada y la pared”, como publicó el diario The New York Times.  

Aunque quizá sólo es un discurso dirigido a sus seguidores y ella, en realidad, se encuentre ante una riesgosa decisión, lo cierto es que Sheinbaum no puede evitar, por más que quisiera, tomar decisiones ante los dilemas que enfrenta la Presidencia del país.

Y la encrucijada en la que está situada no es menor: entrega a Rocha Moya al gobierno de Donald Trump para que lo juzguen por la acusación de que es parte de la maquinaria del crimen organizado en Sinaloa, o se niega a hacerlo y respalda a un político que tiene toda la marca de Andrés Manuel López Obrador y, en consecuencia, encara las previsibles represalias de Estados Unidos.

Nadie puede evitar tomar uno u otro camino en esos momentos críticos sólo por estar a cargo de la Presidencia.

Cuando el presidente Gustavo Díaz Ordaz asumió toda la responsabilidad sobre la represión del movimiento estudiantil y la masacre del 2 de octubre de 1968, reafirmó una de las reglas fundacionales del sistema político mexicano: pase lo que pase, y haya sido como haya sido, quien asume la carga frente al pasado, presente y futuro, es quien encabeza la Presidencia de la República. Díaz Ordaz es, inevitablemente, una referencia de las formas de gobernar en México.

López Obrador quiso transmitir todo el tiempo la idea de que el presidente, el titular del Poder Ejecutivo, es una persona todopoderosa porque, aseguraba, es la más informada y por tanto es la que lo sabe todo, todo.

Existe una idea ampliamente difundida por quienes están el poder, ya sea regímenes fascistas o totalitarios, de derecha o izquierda, de que son infalibles porque dominan absolutamente la información. Nada más falso.

Díaz Ordaz es el mejor y más claro ejemplo de cómo la pretensión de construir y transmitir a la sociedad una falsa percepción de certeza y seguridad se convierte en una obsesión. Para el poder es fundamental crear la idea de infalibilidad.

Pero no es así como funciona en la realidad. Díaz Ordaz presumía, todo el tiempo, que era la persona más informada del país y que, por tanto, todo mundo podía tener la tranquilidad de que en México nada se movía sin que la Presidencia estuviera al tanto.

Sheinbaum se enfrenta a su propia encrucijada: ceder ante Trump o ante López Obrador. No tiene margen de maniobra.
Cada una de las opciones implica consecuencias. La presidenta tendrá que enfrentarlas.
Veremos si se encuentra preparada. 

A pesar de que sabía que no era querido y que tampoco resultaba agradable para la gente, confiaba en que las instituciones del Estado sabrían hacer lo correspondiente para que sus deseos en el ejercicio del poder se cumplieran.

Una Secretaría de Gobernación dura, desde la cual se controlaba a la casi inexistente oposición y a los medios de comunicación; unos aparatos de espionaje que se encargaban de ser la extensión de sus ojos y oídos, para que a él no se le “escapara nada”; las fuerzas de la policía y el ejército para contener cualquier intento de subversión social.

Dejó para la posteridad y como ejemplo, la idea de que a la Presidencia en México se le teme, se le obedece y nunca se le engaña.

Con los años, se demostró el fracaso de las premisas con que esa Presidencia creía que gobernaba. Bastaron algunas confesiones de sus más cercanos colaboradores, como Alfonso Martínez Domínguez, quien fuera dirigente del PRI, para saber cómo y quiénes le mintieron en repetidas ocasiones al presidente. 

Martínez Domínguez es la fuente que dijo haber sido testigo de que cierta vez, mientras Díaz Ordaz se miraba al espejo, le decía en tono de reproche e ira a su propia imagen: “¡Pendejo, pendejo!”, luego de enterarse que Luis Echeverría Álvarez, su secretario de Gobernación, le había mentido, particularmente durante el movimiento de 1968.

A partir de esa información sesgada o abiertamente falsa, había tomado varias de las decisiones políticas más importante de su régimen, entre ellas elegir a Echeverría como su sucesor en la Presidencia.

Ya era demasiado tarde. Le gustara o no, el presidente había quedado atrapado en una disyuntiva: o aceptaba que él, el hombre “más informado”, había sido engañado por sus más cercanos, como le ocurre a cualquier mortal, o asumía toda la responsabilidad, tragándose, para el resto de su vida, cada una de sus palabras con las que afirmaba que a la Presidencia nadie le puede mentir ni ocultar la información.

Para que nadie lo dudara, dejó para la posteridad del sistema político mexicano aquella frase: “Asumo íntegramente la responsabilidad, ética, social, jurídica, política e histórica por las decisiones del gobierno en relación con los sucesos del año 1968… porque me permitió servir y salvar al país, les guste o no les guste, con algo más que horas de trabajo burocrático. Poniéndolo todo, vida, integridad física, peligros, la vida de mi familia, mi honor y el paso de mi nombre a la historia. Todo se puso en la balanza. Afortunadamente, salimos adelante”.

Díaz Ordaz había establecido un criterio, un rasgo del sistema político mexicano.

Su sucesor, Echeverría Álvarez, negaría en poco tiempo esa regla. El 10 de junio de 1971, el grupo paramilitar Los Halcones reprimió y asesinó a decenas de estudiantes. En ese caso, el presidente culpó a los “emisarios del pasado” de ser los responsables de los asesinatos y de pretender desestabilizar a su gobierno. Esos “extraños” emisarios del pasado, argumentó, eran unos fascistas de ultraderecha nacionales y extranjeros, que ponían en riesgo la soberanía.

La presidenta Claudia Sheinbaum durante la conferencia del 11 de mayo de 2026, en la que se refirió a las declaraciones de Donald Trump sobre el narcotráfico en México y comentó la Estrategia Nacional de Control de Drogas de Estados Unidos. Foto: Mario Jasso | Cuartoscuro

Acto seguido, llamó al pueblo mexicano a la unidad nacional y llenó con decenas de miles de acarreados el Zócalo del entonces Distrito Federal con la consigna “Echeverría o el fascismo”. Y luego, todo siguió como si nada. Había establecido otro rasgo del sistema político mexicano: culpar a otros de sus irresponsabilidades.

Más de 20 años después, el panista Felipe Calderón Hinojosa construyó su propia variable. A pesar de todas las pruebas existentes contra su secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, a quien se le juzgó y sentenció en Estados Unidos por corrupción y delincuencia organizada, Calderón optó por el silencio.

No era posible que el panista, dijo en su momento López Obrador, no estuviera “enterado de la gravedad de lo que estaba pasando. Felipe Calderón le permitió a Genaro García Luna actuar con mucho poder y sí se dañó al país”.

Ahora, en mayo del 2026, Sheinbaum se enfrenta a su propia encrucijada: ceder ante Trump o ante López Obrador. No tiene margen de maniobra. Cada una de las opciones implica consecuencias. La presidenta tendrá que enfrentarlas. Ya veremos si se encuentra preparada. 

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Por Jacinto Rodríguez Munguía

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