Una patria no sería nada sin heroínas ni héroes. Son el factor que solidifica la estructura de una nación. Resumen la esencia histórica de un país sin tener que recurrir a conceptos profundos ni complejos. Ellas y ellos representan el espíritu de esos momentos estelares de la vida.
No podría uno imaginar una bandera nacional sin Juan Escutia, el cadete al que se le atribuye haberse lanzado desde lo alto del Castillo de Chapultepec, envuelto en ella para evitar que el invasor la profanara. Sin ese acto heroico, la bandera nacional no sería lo que es.
Así como no hay símbolos nacionales que no estén representados por personajes únicos e irrepetibles, tampoco hay movimientos sociales que no tengan los propios, figuras que los avalen ante el futuro. No hay religiones sin mártires.
Los héroes de verdad, los que después trascienden y llegan a las páginas de los libros de texto, suelen aparecer de manera natural, al calor de los propios movimientos.
Emiliano Zapata y Francisco Villa se metieron a la Revolución mexicana y se convirtieron en los rostros más icónicos de ese momento de la historia, más que Venustiano Carranza o Francisco I. Madero, quienes terminaron siendo parte del discurso oficial: funcionaron, por igual, para el Partido Revolucionario Institucional que para el Movimiento de Renovación Nacional.
Los movimientos sociales que han surgido de las armas o de las urnas echan mano de las figuras históricas que refuerzan el orden y la disciplina institucional.
A veces no es suficiente tener una o dos figuras en el panteón de la historia. Por ejemplo, Luis Echeverría Álvarez y Andrés Manuel López Obrador, en una coincidencia más, recuperaron a Benito Juárez y lo instalaron, merecidamente en opinión de muchos, en la vitrina en la que descansan los personajes que le dieron sentido, y orden a la patria.
Divagaba sobre si actualmente existen figuras que en el futuro adquirirán la calidad de “héroes o heroínas” cuando en los medios y las redes sociales comenzaron a fluir imágenes que atendían mis disertaciones.
En un video de 11 minutos, aparecía un hombre alto, delgado, moviéndose con una forzada molestia. Parecía disfrutar, como un actor novato, frente a la cámara del celular que lo seguía a todos lados dentro de un edificio oficial. Caminaba por los pasillos y las espuelas de sus botas le sacaban chispas a la duela de madera.
Cualquiera pudo seguir minuto a minuto la travesía del hombre: de las oficinas a los elevadores. Lo vimos detenerse, hablar con un funcionario anónimo de baja estatura. Parecían ser una suerte de actores cómicos del cine mudo.
Nuestro hombre avanza, pero, de pronto, da un giro como si hubiera olvidado algo y se encamina hacia un policía, quien parecía estar fuera del guión, incluido en el reparto de algo que no entendía.
El hombre largo y flaco se detiene frente al uniformado y lo reta, con una frase armada para la historia: “Ande, ande, póngame las esposas, que vean cómo detienen a un obradorista; pase a la historia como quien esposó al que diseñó los libros de texto”.
El policía está paralizado. No sabe qué hacer.
El hombre que camina puliendo la duela con sus botas se llama Marx Arriaga. Documenta en el video su despido de la Secretaría de Educación Pública, en donde ocupa un cargo que lo ha hecho el zar de los contenidos de los libros que niñas y niños de este país leen y consultan diariamente en la escuela.
El, quiere decirnos a quienes lo vemos, es el ideólogo, el diseñador de los libros de texto de la Nueva Escuela Mexicana, el adalid del magisterio que está transformando las conciencias del estudiantado nacional. Está a punto de ser llevado a la piedra de los sacrificios y quiere dejar constancia de cómo los traidores a la Patria devoran a sus hijos.
Se llama Marx. Sus padres transformaron en nombre propio el apellido del autor de El Capital, el libro maldito odiado por toda burguesía que se respete y que, por décadas, fue la biblia de los marxistas-leninistas.
Rebelde, desafiante, reta a la autoridad y a las instituciones. Asume un papel autoasignado y se empuja a sí mismo hacia el paseo de los héroes del obradorismo. No tiene sombrero ni carrilleras, ni ha cavado zanjas para atrincherarse en el campo, pero lo ha hecho atrás de sus cajas de cartón, sus folders, su escritorio y sus libros de texto. Una trinchera del siglo XXI, para defender al costo que sea, los libros que, dice él, son el alma del movimiento de la Cuarta Transformación.
Cuatro días, con sus noches y sus soles, se apostó Marx en sus oficinas de la SEP, resistiendo al frío, al sol, a los medios de comunicación y a la falta de una cama y un baño. Sentado detrás de su escritorio y protegido por montañas de papeles, resiste, al igual que su playera rojo quemado soportó la angustia, el sudor y los vaivenes de estos cuatro días.
Casi rompo en llanto al ver a Marx recibir el documento oficial de su despido y dejar su oficina y el edificio, ya sin su playera roja y ahora con una camisa blanca, con la imagen de Carlos Marx que tantas batallas ha visto al lado de su tocayo Arriaga sostenida precariamente contra su cuerpo.
“¡Que no se le caiga!”, decía para mis adentros. Sería un desastre que, en el preciso momento en que el tocayo del filósofo subiera al microbús de la historia, se cayera esa icónica imagen. No ocurrió. Uf.
Marx Arriaga coloca su pie sobre el escalón del maltrecho transporte público que lo llevará hacia su destino, como a todos los héroes, aunque el letrero indicaba que ese camión iría por la ruta “Texcoco, ISSTE, Clínica X”.
Mientras se le veía subir al camión, lentamente para que los fotógrafos tuvieran tiempo de hacer sus imágenes, el sol quemándole la piel, vino a mi mente la foto de aquella Adelita de la Revolución, con su frágil cuerpo aferrado a los fierros del ferrocarril, su rebozo ondeando.
En unos años, o quizá décadas, cuando los historiadores oficiales rescaten las fotos de Marx Arriaga de los archivos, es posible que alguien proponga que su nombre sea inscrito en los muros de la Cámara de Diputados, en la entrada de algún edificio público, en muchas escuelas primarias y, por supuesto, en los libros de texto gratuitos que niñas y niños leerán cuando se hable de los “cuatro días que conmovieron a México”.

