Como la energía, todo indica que la trampa[i] no se crea ni se destruye, solamente se transforma. Al menos, esa es una de las vergonzosas lecciones que nos deja la sospecha de que miles de aspirantes a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) hayan hecho trampa para aprobar los exámenes de admisión, apoyándose en dispositivos tecnológicos y en plataformas de Inteligencia Artificial (IA).
Según la información que se ha difundido a través de las redes sociales y medios de comunicación, miles de jóvenes aspirantes a alguna carrera de la UNAM habrían hecho “trampa” para “engañar” y violar todos los candados de seguridad tecnológica para, así, obtener resultados casi perfectos que les dieran acceso a la universidad.
Entre los abusos, han dicho las autoridades universitarias, “estaba el uso de celulares, apoyo externo y suplantación de identidad”. De un año a otro, el número de aspirantes con respuestas y resultados casi perfectos había aumentado de manera inusual: “entre 2021 y 2025, el 3.5 por ciento de las personas aspirantes obtuvo 100 o más aciertos, mientras que en 2026 esta proporción fue de 16.3 por ciento”.
Eso abrió la puerta a la sospecha: algo no estaba bien o algo estaba mal.
En medio de los cuestionamientos y el debate, comenzó a correr en redes sociales que desde semanas antes de la aplicación del examen a distancia se promovieron “ofertas” que prometían a los aspirantes el acceso a la UNAM. Dicho en otras palabras, ofrecían hacer uso de la tecnología para engañar a la tecnología.
Este fenómeno social deja importantes y varias lecciones para analizar en el mediano y largo plazo. Aquí interesa atender el caso desde dos ángulos:
- Como ejemplo del fracaso en la construcción de ciudadanos éticos desde los niveles educativos previos a la licenciatura.
- Hacia el futuro inmediato, como una contundente llamada de atención para quienes creen, platónicamente, que la ética por sí misma es el mejor muro de contención para el uso responsable de la tecnología y, en particular, de la Inteligencia Artificial (IA).
UNAM, la trampa y la corrupción
Qué tan sorprendente es que, presuntamente, miles de jóvenes hayan hecho trampa para pasar el examen universitario. ¿No es la trampa, acaso, parte de la cotidianidad y la forma del ser mexicano, desde los gobernantes hasta el ciudadano de la calle?
Estaría bien comenzar con reconocer y aceptar que la trampa en México no es, ni de lejos, un fenómeno ajeno a nuestra idiosincrasia. Hay frases que desde el discurso popular le dan legitimidad a esa conducta del mexicano: “El que no transa no avanza”; “no pido que me den, con que me pongan donde hay…”, y una larga colección de formas de justificar las trampas para obtener un mejor puesto, una mejor posición social, un beneficio económico, etcétera.
No existen elementos para pensar en que estas conductas tramposas se pueden extirpar del escenario del país. La corrupción como síntoma social y una de las formas más comunes de la trampa, no solamente no mermó en los últimos años, sino que se acentuó.
Como la energía, el fraude y el engaño no se crean ni se destruyen, solamente se transforman. O, también, lo que no se erradica, se fortalece. De la mano de la tecnología, la corrupción alcanzó su fase superior.

En el caso de los gobiernos y los partidos en el poder, la corrupción evolucionó. De las formas corrientes y vulgares de robar o hacer trampa, características de los gobiernos del PRI, se pasó al empleo de la tecnología para estructurar esquemas más sofisticados para la extracción ilegal de renta de la economía.
Los mecanismos usados cuando el PAN y Morena han ocupado la Presidencia de la República son variados: crearon cadenas de empresas fantasma imposibles de detectar, establecieron empresas en paraísos fiscales, triangularon una y otra vez transacciones financieras, adaptaron esquemas para favorecer a sus cercanos con licitaciones directas y un largo etcétera.
¿De qué sirve el discurso de la honestidad, de la sinceridad, si esta no forma parte de la práctica de las altas esferas de los gobernantes?
¿Qué reclamo le pueden hacer los gobernantes a los jóvenes que presuntamente hicieron trampa si ellos mismos solapan y protegen la corrupción de los suyos a pesar de que esté documentada?
En la práctica, la ética y la moral siguen siendo un estorbo, como lo presumía burlonamente el viejo cacique priista Gonzalo N. Santos cuando le preguntaban al respecto: “¿La moral? ¿No es un árbol que da moras?”.
Lo que pasó con los exámenes de ingreso a la UNAM es la representación social de la débil moral y muy endeble formación ética. La tecnología es una herramienta que potencializa y/o perfecciona la trampa.
La ética, ese muro que no resiste. Hace unos días, en la Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa se realizó un coloquio de investigación sobre la IA en la comunicación y los desafíos que plantea para la docencia. Los enfoques fueron variados, pero un punto que estuvo presente en las presentaciones fue el de la ética como el muro más efectivo para contener los excesos en el uso de la tecnología, en particular la IA.
El escándalo de los exámenes explotó inesperadamente, aunque en el ámbito universitario ya había una preocupación presente sobre lo que ocurría con la IA. Hoy es más urgente revisar cuál es el estado de salud de principios como la honestidad.
El episodio en la UNAM nos regresa al origen de las discusiones sobre el papel de la ética frente a los usos de la IA y recordar que el dilema no está en el uso o no de ella, sino en quienes la utilizan.
Cómo hacemos para asumir, como sociedad y en lo individual, la responsabilidad y las consecuencias del uso de la tecnología. Esto no es sólo un asunto de leyes, sino, sobre todo, de prácticas sociales. El desafío es lograr que esos pequeños pero determinantes hábitos virtuosos, como decía Aristóteles, sean parte de nuestra vida cotidiana.
Queda claro que para muchos de los futuros profesionales, particularmente los que hicieron trampa, el fin sigue justificando los medios. ¿Cuál es la importancia del conocimiento para ellos, qué es lo que buscan, por qué querrían alcanzar algo en la vida si para ello tienen que hacer trampa?
Aunque no es suficiente, una de las formas de enfrentar ese lado oscuro de nuestra naturaleza, es darle el nombre a las cosas. Lo ha tenido que reconocer Leonardo Lomelí, el rector de la UNAM: “No es haciendo trampas como se forman los profesionales que México requiere”.
Pase lo que pase, el daño ya está hecho.
Según la IA, la definición de trampa es esta: “Una acción deshonesta para ganar ventaja en un juego o un examen”.

