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Andy Mountains
Foto: Carlos Acuña
Cultura

Andy Mountains

El renacer del mundo en cada canción

Publicado el 31 de enero 2026
  • Cultura

Durante más de dos décadas, Andy Mountains ha navegado por una docena de proyectos en la escena musical independiente de la Ciudad de México. Su camino lo ha llevado del dadaísmo y la sociología a los temazcales y las sustancias psicodélicas, forjando un lenguaje vocal único que plasma en canciones donde confluyen el humor y la fantasía pop. Este domingo 1 de febrero presentará en el Foro del Tejedor su ‘Ópera Folk: AEO! Psicodelia de Aguamiel’, un manifiesto sonoro que postula que el mundo inicia y termina con una canción.

Las canciones de Andrés Acosta pueden hablar de Mario Bros o de la desaparición del neurofisiólogo Jacobo Grinberg, de la explosión en la Torre Ejecutiva de Petróleos Mexicanos o de las cualidades adherentes del Danonino. Lo mismo le canta a Tezcatlipoca que a Buda, a Christian Dior o a las tipografías usadas para decir “te quiero” en un mensaje de texto. 

Tiene más de 20 años de haber adoptado Andy Mountains como nombre de batalla. Desde entonces ha grabado varios jingles para series o comerciales y formado parte de una docena de bandas –Los Niños Puercos, La Máquina Nosótrica, Teresa Cienfuegos y las Cobras, Las Izquierdas, entre otras–, con el fin de tocar en cualquier escenario posible. Este domingo, por ejemplo, Andy Mountains se presentará en el Foro del Tejedor para presentar una “Ópera Folk” titulada Psicodelia de Aguamiel.

–También doy clases particulares de música a un niño de siete años: musicalizamos las peleas de sus monos –ríe–. Y me pagan para acompañar una vez a la semana a un señor de casi 90 años y tocar con él canciones de Julio Jaramillo y Los Panchos. 

Le gusta entender lo que la música puede significar para personas de todas las edades y contextos. En los últimos años también lo invitan a musicalizar sesiones de meditación, ceremonias de hongos, de tepezcohuite o de ayahuasca.

–La música es un fenómeno del que en realidad no sabemos casi nada –dice–. Está el conocimiento académico y técnico, sí. Pero la música es un campo muy vasto: lo que podemos descubrir a nivel de experiencia humana es muchísimo.

Y esto a veces le asusta. Porque fuera del escenario, la música también puede quemar. Como cuando falleció su abuela, hace poco: él la vio morir y, para despedirla, improvisó con su guitarra una canción que cantó su familia entera.  O como hace unos meses, cuando una mujer se levantó a bailar una de sus canciones en medio de una velada de ayahuasca. O como hace ya década y media, en Chacahua, la madrugada en que, durante el pico de un viaje de LSD, él decidió cantarle al mar negrísimo de Oaxaca, pues no podía dejar de sentir que las olas le respondían. 

–Hace unos días me contaron que una de mis canciones se está cantando en un temazcal de Ciudad Neza –dice con orgullo–. Entrar en esas playlists para mí es más importante que ganar un Grammy: me recuerda que hay otros caminos en este viaje. 

La voz es una interfaz

Con su más de 1.90 de estatura, el cabello largo sobre unos anteojos oscuros, huaraches y un sombrero pachuco color rojo,  Andy Mountains parece esta tarde el último jipiteca de un Distrito Federal derruido por algún bombardeo. 

–Para nada –reniega–. Yo no soy el último: ¡somos un verguero!

Estamos en la colonia Atlampa, cerca del centro de la Ciudad de México, caminando sobre las antiguas vías del tren. A Andrés le hacen sonreír las formas de los grafitis que se aprietan alrededor de las fábricas abandonadas, la hierba que conquista los escombros.

Andy Mountains
Foto: Carlos Acuña

 –El mundo se está acabando –dice–. El imperio está  colapsando. Lo sabemos todos, ¿no? Y los hippies que jurábamos que había una secta de pederastas gobernando el planeta teníamos razón. ¿Pueden todos admitir que los hippies teníamos razón? Mientras eso pasa, mientras el mundo se acaba, yo me sorprendo porque mi mundo está cada vez más saludable. Que chingue a su madre Donald Trump y todos los políticos porque mi mundo es florido: es un jardín. No me da pena decirlo porque ha sido una batalla y lo hemos sabido cuidar, para que no nos los arrebaten.

Está sentado ahora a un costado de las vías, sobre una piedra enorme pintada de verde fosforescente con la palabra Magik grafiteada con púrpura. Comienza a cantar una canción que habla sobre una espada que cae sobre su cuello otra vez, algo sobre una cabezas rodantes que bajan de un cerro. Los vecinos que trotan o que pasean a sus mascotas en el camellón lo escuchan al paso con curiosidad. Cuando termina, queda en su garganta un sonido gutural, grave y rasposo, como agua en una gruta. El sonido crece, controlado, hasta que aparece una segunda voz, más aguda y nasal, en un tono ligeramente distinto. Una voz doble.

–Esto se llama canto gutural tuvano –explica–. Lo inventaron en Tuvan, un país al sur de Siberia. He entrenado mi voz durante muchos años. Es mi oficio, es importante. 

Hospital de México 

Quizá sea la voz lo que más destaca en la música de Andy Mountains: una voz voluminosa como él mismo, capaz de llenar toda la calle si se lo propone, con un registro vocal que lo mismo abreva del canto cardenche –que aprendió con Juan Pablo Villa–, que del canto yodel de los Alpes –que aprendió viendo tutoriales de YouTube–, de los boleros de los Panchos o del rocanrol de toda la vida. 

Su voz resalta no nada más como instrumento sino como discurso. En sus canciones Andy suele convocar a personajes de cualquier mitología o tradición e igualarlas en el juego de la rima y el absurdo cotidiano:

“Shh, cállate la boca, cállate la boca/ que en silencio se invoca a Tezcatlipoca…”. “Es que la piel nueva duele cuando sale / Es que la piel nueva duele cuando sale / y tu noche es la noche más salvaje de todos los animales”. “Juventud Sonora: / llegó la hora, llegó la hora de sonar / como Elvis en Huasca / en Ayahuasca…”, “Zigurit Zigurat / Sigur Ros / Gandalf El Gris Madrefoca / la gente está muy loca: se quiere beber de un trago a Dios”. “Pareces un changuito con tus pelos en el culo, / intentaste decolorarlos pero siempre no se pudo…”.

–La rima para mí es una ruta hacia el inconsciente: un martillazo que revela relaciones ocultas en el lenguaje. Cuando dos palabras aparentemente inconexas se ligan por medio de una rima, pasa algo: nos conectamos con la musicalidad y el ritmo de las palabras, pero también con el ritmo de las estrellas, de los ciclos naturales. Para mí es una vuelta a la relación mágica y premoderna que mantenemos con la realidad. Es lo que hacen los poetas y, por eso, la canción es una interfaz con la que podemos conectarnos con el otro, con el cosmos, para sincronizarnos e invocar una realidad común. Una realidad mejor.

El sonido es un territorio

No todo es diamantina y amuletos de plumas. La psicodelia incluye generalmente sus propias dosis de malos viajes, paranoia, tomas de conciencia. Andrés todavía tiene pesadillas con la noche en que acabó desnudo en el Foro Alicia, llorando después de una tocada; eran las noches posteriores a la desintegración de Las Izquierdas, una banda que incluía striptease obligatorios en cada presentación. Recuerda los periodos de funas y mala entraña en los que se le estereotipó como una persona irresponsable por su abierto consumo de sustancias o su carácter distraído y esa necedad de comportarse como un niño gigante: un forever.

 –La prensa miente –dice, incómodo–. Por supuesto que he sido irresponsable muchas veces, pacheco o no pacheco. Me he esforzado, me esfuerzo todos los días para ser un mejor sujeto y poder dormir en la noche con la satisfacción de que mi personaje ha sido actualizado.

–Y sin embargo, eres uno de los pocos músicos que habla públicamente del libre consumo de sustancias como un derecho. 
–Pocas cosas me parecen tan políticas. Es decir, ¿no es raro que se prohíba consumir ciertas plantas que te hacen pensar y sentir distinto? ¿Y por qué no podemos hablar de esa magia? ¿De lo que descubrimos gracias a ello? Al estigmatizar una sustancia y censurar su cultura, lo que se hace es prohibir la búsqueda de la conciencia misma. Y lo dice Howard Becker, Terence McKenna y otros autores: esa prohibición es lo que genera malos viajes, brotes psicóticos… y todo lo demás.

Andy Mountains
Foto: Carlos Acuña

Andy Mountains estudió la carrera de Sociología. En dónde más, sino en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Su tesis, titulada “Los oídos no tienen párpados: música, modernidad y resistencia en la obra de John Cage”, da cuenta de su fascinación por las vanguardias y, particularmente, por el dadaísmo de principios del siglo XX. Le parece natural que, en un contexto de guerra, la opción haya sido darle la espalda a los fundamentos del mundo moderno: el lenguaje, la razón, la historia como una promesa de desarrollo. 

Todavía guarda su título de licenciatura. Está enmarcado en alguna pared de su casa aunque ha intervenido con tinta negra su fotografía, buena parte del texto y los símbolos burocráticos que dan fe de su paso por la academia.  

–Consumir sustancias es lo de menos: es lo normalito en este mundo tan extraño y convulso en que estamos viviendo. Pero además de fumar marihuana, comer hongos, tepezcohuite o LSD, también hacemos música, organizamos conciertos, ensayamos, escribimos, grabamos, damos clases, hacemos temazcales, meditamos en la montaña durante una semana de ayuno.

“Sabemos que hay hijos de perra que quieren destruir al mundo con su pedofilia y su supremacismo blanco–continúa–. Pero sabemos también que el sonido es un territorio y tienen miedo de que lo habitemos. Porque el sonido nos conecta y nos vuelve sagrados: nos enseña que hay mil maneras de vivir fabulosamente en esta tierra, tantas maneras como mundos en Roblox. Por eso también vemos a los agentes de ICE deteniendo a los músicos callejeros en las protestas”.

Andy Mountainsy la psicodelia del aguamiel

El problema es que las canciones no bastan. Porque cada canción es un pequeño universo que exige expandirse y cobrar cuerpo. En su cabeza, las canciones pueden ser también películas o series de televisión, cómics, obras de teatro. 

Esa es la premisa de AEO! Psicodelia de Aguamiel: la “ópera folk” en la que Andy Mountains ha estado trabajando durante los últimos años, una colección de rolas conectadas por una historia que se ha contado a sí mismo por mucho tiempo y que presentará este domingo 1 de febrero en el Foro del Tejedor, colonia Roma.

La trama es sencilla: una pareja de jóvenes, Leonardo y Susana, se conocen en un concierto en la Ciudad de México y emprenden un viaje psicotrópico que termina en tragedia. Leonardo llega al mundo de los muertos e intenta negociar con los dioses y las fuerzas del universo para regresar a la vida y ver a su enamorada una última vez.

–Yo era un chavo fresita de la Santa María al que le gustaban los White Stripes pues –reconoce Andy Mountains–. Pero de repente mi propia voz me dijo: “No, güey, tú eres de Tampico, güey, tú eres de Neza también, de San Luis, tú eres de Tepetlaoxtoc”. Y me doy cuenta de que mi voz no es mía, de que debo ofrendarla a esta cultura. Estas canciones vienen de ahí, de esa conexión que he encontrado con una comunidad que está enraizada a este territorio y con sus resistencias locas.

20 guitarristas en un lavaplatos

El barco psicotrópico que se presentará este domingo será tripulado por una pandilla de músicos que representan una pequeña muestra del universo sonoro que bulle en la Ciudad de México en estos días. Ernesto Tovar –también conocido como Kasko–, baterista de la banda de garage Los Explosivos; Alexis “Elipsis” Ruiz, baterista y productor de Jessy Bulbo; la cantante Geo Equihua; Paula Ortiz, “Paulimorfa”, su pareja desde hace dos años y con quien además comparte el proyecto de folk pagano Los Nenepills; Emilio Martínez, de los Vampiros Impresionistas; Francisco Lozano, “Frnz”, con quien llegó a tocar en una banda llamada Los Niños Puercos; el poeta y músico Alejandro Albarrán, y Víctor Sandoval, “Vico”, vocalista de Los Cogelones, la célebre banda de rock mexica oriunda de Ciudad Neza.

–Y yo soy Andrés Acosta Montes, para servirle a usted y a los Doors. 

El oficio de hacer canciones exige reinventar el mundo cada vez que se canta. Y el juego es convertir el mundo entero en una canción: cada momento cotidiano, cada persona, cada lugar puede contener una canción. Esa es la talacha, el trabajo, dice Andy Mountains. Se trata de conectarse con el ritmo del planeta y rodar con él, una y otra vez desde el principio, como un Sísifo dichoso empujando su piedra cada día. Entonces hay que organizar otra tocada o enseñarle a un niño a tocar un acorde, tararear una nueva melodía, encontrar una rima inesperada, imaginar un coro pegajoso y formar una nueva banda, grabar un disco o escribir una ópera folk psicodélica inspirada en el extraño efecto del pulque y el dulce sabor del aguamiel.

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Por Carlos Acuña

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