Victoria Sámano mira con ternura la montaña de basura apilada al centro del patio. Ella y sus compañeras llevan una semana limpiando este predio ubicado en la colonia Las Peñas, de la alcaldía Iztapalapa. Han cargado lavabos y vidrios rotos, bóilers oxidados y llantas de auto hasta formar ese cerro de escombros del que Victoria ahora se siente tan orgullosa.
El lugar guarda un silencio desmañanado. Se escuchan sólo los ronquidos de un par de mujeres que duermen sobre un colchón, allá adentro, y un reggaetón zumba desde un radiecito portátil. Con las manos en la cintura, concienzuda, Victoria observa las escaleras que flanquean el patio, las ventanas sin vidrio apenas cubiertas por unas cortinas raídas, el balcón de vigas vencidas que amenaza con desplomarse sobre un pequeño árbol de aguacate.
Pronto, piensa, esto será un hogar.
O algo más: un albergue, un centro de operaciones, un cuartel donde resguardar la rabia y el cariño a manos llenas.
Pero todavía no.
–Tenemos que resanar muros, arreglar las ventanas, también pedir que nos envíen un camión de basura para que se lleve todo esto –suspira cansada–. Y todavía no tenemos luz. Las autoridades debieron haber arreglado todo eso antes de entregarnos la casa… pero bueno.

A finales de febrero, el gobierno de la Ciudad de México entregó este predio en comodato a “La Lleca, Escuchando la Calle”, un colectivo y asociación civil dedicada a ofrecer refugio y acompañamiento a mujeres trans en situación de calle o extrema vulnerabilidad.
Victoria Sámano es la fundadora y directora. De sonrisa elegante y dueña de una voz que sólo pierde suavidad cuando grita megáfono en mano durante alguna manifestación, a sus 30 años se ha convertido en una de las figuras clave de los movimientos trans de la capital.
–Entendemos que aquí vivían tres familias –dice mostrando los recovecos de la casa–. Cuando llegamos todavía había trastes y muebles de los antiguos habitantes. No sabemos qué pasó: todavía no queremos lidiar con los fantasmas.
Hay dos pisos, varios baños, amplias habitaciones que pudieron ser comedores, salas, cocinas alrededor de un patio central que seguro fue usado como cochera. Muy apretadas, piensa ella, aquí pueden dormir hasta 25, quizá 30 compañeras. Hasta ahora, La Lleca tenía su sede en la colonia Hipódromo de Peralvillo, dentro de la primera planta de una casa pequeña –rentada–, donde se ofrecía hospedaje a unas seis o siete mujeres.
–Lo ideal, por supuesto, sería que cada una de nosotras tuviera un espacio: una casa propia –dice Victoria–. Pero esto es un avance enorme. Por ahora estamos contentas.
Está feliz, sí. Mas no por eso deja de quejarse. El enojo se le ha acumulado en los últimos días. Muchas de las integrantes de La Lleca aún sufren los moretones y heridas de su última pelea con la policía.
Tener las llaves de este lugar les ha costado casi un año de trámites y participar con políticos en mesas de trabajo. Pero el precio también incluye sangre, encapsulamientos policiacos, detenciones de varias horas, dientes trabados del coraje e incontables llamadas con funcionarios y funcionarias públicas que no pocas veces terminan a los gritos.
Porque Victoria lo sabe bien: a veces hacer un drama es la mejor forma de evitar tragedias.

El precio de una casa
A Zuleima la dejaron chimuela.
A Conely le fracturaron la nariz.
A Carolina la descalabraron, también a Constanza quien requirió suturas en la cabeza.
Eso sin contar los insultos, el robo de varios celulares y la forma en que los policías de la Ciudad de México se refirieron a ellas en todo momento como hombres.
–Nos lo decían con saña, con afán de lastimar, de hacer daño. Por chingarnos.
Quien habla es Zuleima Martínez, una chaparrita trans de la tercera edad que desde hace tiempo hace uso de los servicios que ofrece La Lleca. La noche del viernes 13, en febrero pasado, un policía le rompió un diente de dos puñetazos: “No fue un golpe, fueron dos madrazos y con un anillo en los dedos”, dice. Pasó la madrugada del Día del Amor y la Amistad detenida en el Juzgado Cívico CUH-1 de la Alcaldía Cuauhtémoc junto con otras 10 de sus compañeras.
Las mujeres de La Lleca llevaban 10 meses intentando gestionar un espacio para su albergue. En abril de 2025 bloquearon el acceso al Instituto de Vivienda y grafitearon su fachada. Desde 2024, la Comisión Nacional de Derechos Humanos emitió una recomendación (42/2024), tras documentar violaciones sistemáticas al derecho a la salud, el trabajo y la vivienda de la población trans. El documento fue dirigido a la Cámara de Diputados, al Senado, a la Subsecretaría de Derechos Humanos y al Conapred. Y aunque las recomendaciones fueron aceptadas, en los hechos poco cambió.
En términos de vivienda, no es muy difícil entender la cadena de violencias que vive la población trans al momento de querer alquilar una casa-habitación. Si para el chilango común es cada vez más difícil pagar la renta, la población trans debe enfrentar un sistema diseñado para excluir: los caseros les piden comprobantes de ingresos que no tienen porque son parte de la informalidad o realizan trabajo sexual; les exigen un aval con propiedades en la capital, un privilegio del que casi nadie goza; y cuando logran sortear esos filtros, los arrendatarios las rechazan al ver sus identificaciones con nombres que no coinciden con su apariencia o con el resto de sus documentos oficiales.
Y al no existir censos que registren fielmente el número de personas trans viviendo en las calles, las autoridades tampoco logran diseñar políticas públicas para evitarlo.
La protesta del 13 de febrero fue uno de los tantos bloqueos con los cuales le recordaban a César Cravioto, titular de la Secretaría de Gobierno, la promesa de otorgarles un espacio adecuado para instalar Casa Lleca antes de diciembre de 2025. Era uno de los compromisos asumidos tras la recomendación de la CNDH.

Hasta ese momento, La Lleca funcionaba en una pequeña casa ubicada en la colonia Hipódromo de Peralvillo con capacidad para unas seis mujeres. Pero el inmueble era rentado y la dueña les había avisado que lo necesitaba de vuelta para finales de 2025.
Glamorosas como casi siempre, algunas de ellas en minifalda, se dispusieron a bloquear el cruce Reforma y Eje 2 Norte, cerca de la ubicación de Casa Lleca en Hipódromo de Peralvillo. Para detener el flujo de autos, decidieron pedir en préstamo unos conos de tráfico en la estación de policía La Ronda. Como los policías no quisieron ayudar, procedieron a tomarlos. El bloqueo les ayudó a negociar una mesa de concertación política con la Secretaría de Gobierno.
Todo parecía en orden.
La violencia vino después. Cuando regresaron a la estación de policía a devolver los conos naranjas, a algún oficial se le ocurrió burlarse de ellas. Así empezó todo: una de ellas respondió y arrojó a los uniformados uno de los conos viales. Hubo gritos, empujones, más insultos. Todo se salió de madre cuando uno de los uniformados se impacientó y, según denuncian, sacó la pistola y cortó cartucho.

–Ahí todas enloquecimos –cuenta Zuleima–. Empezamos a agarrar piedras, a romper vidrios.
Un batallón las encapsuló en cuestión de minutos. Llegaron uniformados del cuadrante Morelos y del cuadrante Tlatelolco. Después, las mujeres del Grupo Atenea. Cientos de policías las rodearon. Los empujones se convirtieron en golpes, los insultos en amenazas de muerte. A esas alturas, ellas intentaban defenderse de los macanazos con sus uñas, a gritos. Pero el combate era desproporcionado. Zuleima terminó a gatas, soportando las patadas que seis o más hombres le propinaban en la espalda. A Conely ya le habían partido la nariz. Carolina había perdido el conocimiento.
–Cuando yo estaba allí en el piso, con todos pateándome, no pude evitar pensar “¿qué estoy haciendo aquí?”, “¿vale la pena todo este dolor?”.
La Secretaría de Seguridad Ciudadana de la CDMX se limitó a informar, horas más tarde, que la detención se debía a que las activistas habían roto los vidrios de la estación. No dijo nada sobre el exceso de fuerza, las amenazas o los insultos transfóbicos en boca de los oficiales.
–Cuando gritaron que Carolina se había desmayado, yo sólo pensé que sí: que sí valía la pena estar allí, a gatas, aguantando las patadas. Porque sólo nosotras podemos salvarnos a nosotras.
Las luchas cruciales
Es la una de la tarde y afuera una mujer se maquilla con esmero en la banqueta. A su lado, unas 20 personas han comenzado a hacer fila. Es febrero todavía, pocos días después de la golpiza. Estamos en Casa Lleca que, en este momento, todavía está ubicada en la colonia Hipódromo de Peralvillo, en la planta baja de una casa pequeña. Hay dos habitaciones, una cocina y un pasillo abierto que funciona como pequeño patio para fumar, poco más.

Las heridas aún están frescas: Conely fue a parar al hospital de Xoco y luego al de Balbuena para que le arreglaran la nariz. Zuleima aún tiene el espanto en la cara.
Más allá, está Katrina. Su cráneo rapado está cubierto con un tatuaje de letras death metal. Sonríe mientras se apura a picar verdura y empanizar la carne. Ella no estuvo en la protesta, pero es la causa de la fila que crece afuera: desde hace tres años, Casa Lleca cuenta con un comedor comunitario que alimenta a decenas de personas de lunes a viernes.
–Antes de todo esto del activismo, yo trabajaba en un restaurante –cuenta Victoria Sámano–. Mi vida era bien ordinaria.
En 2020, Victoria vivía en la colonia Guerrero. Cuando el gobierno de la Ciudad de México ordenó el cierre de hoteles como una medida sanitaria para contener la pandemia de Covid-19, a ella le impresionó ver a las decenas, cientos de trabajadoras sexuales que quedaron en la calle. Muchas de ellas eran mujeres trans.
Ella aún no se llamaba Victoria, estaba a punto de comenzar su propio proceso de transición de género y sentía que aquella crisis en las calles la afectaba directamente. En pocas semanas, convirtió su pequeño departamento en un refugio en el que terminaron viviendo otras 10 mujeres.
–Era insostenible –reconoce–. En algún momento, pensé: “Necesitamos tener recursos para este espacio”. Y para conseguirlo empecé a ejercer el trabajo sexual por Metro Revolución. Pero fue poco tiempo porque… mira, yo respeto muchísimo a las compañeras que se dedican al trabajo sexual: hay muchísima violencia en las calles.
Desde entonces no da tregua. Victoria y el resto de mujeres de La Lleca han ganado fama de arrebatadas. Siempre con latas de aerosol en mano, lo mismo rompen las puertas del Congreso capitalino para interrumpir la discusión de una ley transfóbica, que organizan un baile de voguing en el Zócalo para exigir que la tipificación del transfeminicidio se adopte a nivel nacional.
Han protestado lo mismo contra el Operativo Diamante de Sandra Cuevas –con el cual la alcaldesa acudía personalmente a expulsar de las calles de la Cuauhtémoc a la gente sin hogar–; contra las intenciones de retirar a las trabajadoras sexuales de avenida Tlalpan –con la excusa del Mundial de Fútbol–; y cada 24 de diciembre, desde hace ya seis años, la Lleca también convoca a la “NaviTrans”: una cena navideña para poblaciones callejeras y trabajadoras sexuales.
Todo eso lo han organizado aquí: en la planta baja de esta casita de la Peralvillo en donde se amontonan para dormir, cocinar, cuidarse y curarse las heridas.
Durante el último año, La Lleca ha hecho énfasis en el derecho de las personas trans a tener una vivienda digna. Esta demanda ha encontrado eco en un momento en que decenas de colectivos protestan por la emergencia inquilinaria en la capital. En la marcha contra la gentrificación realizada el año pasado en la colonia Condesa, por ejemplo, no eran pocas las banderas trans que ondeaban entre la multitud.
Tal vez por eso, cuando ocurrió la agresión policiaca del 13 de febrero, la voz se corrió rápido: abogados, brigadas callejeras, grupos vecinales, medios de comunicación independientes y activistas se movilizaron para brindar apoyo inmediato. Incluso Amnistía Internacional exigió investigar la represión contra La Lleca.
–Los mismos vecinos –apunta Conely– cuando vieron que estaban levantando a las compañeras, el día de la golpiza, nos decían: “¡corran, córranle!”.
Estábamos caminando entre los carros como edecanes de box con nuestras pancartas y notábamos el apoyo. Porque muchos ya saben del trabajo de La Lleca. Porque a ellos también les están cobrando 15 mil pesos por un cuartito. A Victoria ese respaldo le genera esperanza. Hace unos años no existía y, por sí mismo, representa un triunfo. Sabe que el énfasis en el tema de la vivienda conecta a La Lleca con otras comunidades, sobre todo con los grupos más jóvenes. Pero los tiempos también han cambiado: aunque el odio y la discriminación siguen allí, los activismos trans han logrado amasar simpatía. También han madurado en más de un sentido.



–A mí me parece inimaginable lo que está pasando con las trabajadoras sexuales en Tlalpan, ante las obras del Mundial –dice–: que ellas ahora se enuncien como defensoras del territorio, y no sólo como activistas por el trabajo sexual, a mí me inspira.
Victoria Sámano asumió su identidad como mujer trans desde 2020. En este tiempo le parece que ella y La Lleca “han hecho a un lado la lucha por el reconocimiento de la identidad de género”. Cree que hay asuntos más cruciales: vivir como persona trans implica cuestionar no sólo la identidad o el género, sino repensar también la educación, la salud, la justicia, la vivienda.
–O la alimentación, ¿no? Nosotras por eso tenemos un comedor comunitario. No solo porque queremos alimentarnos nosotras, mujeres trans, sino a la población de calle o a los que no tienen qué comer en el barrio: a la comunidad. Ahora queremos organizar una panadería porque la gente también desea y necesita emplearse.
Otra forma de habitar el mundo
Mientras nos muestra las habitaciones de lo que será la nueva casa de La Lleca, en Iztapalapa, Victoria Sámano no para de recibir llamadas. Hoy es lunes, 9 de marzo. Lleva una semana trabajando en la limpieza y habilitación del espacio, pero este fin de semana Nairobi Flores fue encontrada sin vida en la alcaldía Venustiano Carranza. Tenía más de una semana desaparecida. Mujer trans de 27 años, su cuerpo presentaba huellas de extrema violencia.
–He estado hablando por teléfono con la mamá de Nairobi porque, claro, las fiscalías quieren clasificar el caso como homicidio culposo cuando, claramente, fue un transfeminicidio. Como siempre, vamos a tener que protestar para que las autoridades hagan su trabajo.




Es parte del trabajo cotidiano de La Lleca: además de pelear con políticos, acuerpar iniciativas como la Ley Paola Buenrostro –que en 2024 tipificó el transfeminicidio como delito en CDMX– o denunciar la lógica transfóbica de diputados como la panista América Rangel, quien tuvo que disculparse públciamente con Victoria por sus expresiones de odio, la organización también canaliza a personas trans o víctimas de discriminación y odio, o a sus familiares, con abogados especializados y psicólogos.
–Yo entiendo La Lleca como una apuesta –dice Conely, una cuarentona de mirada intensa que llegó a la comunidad hace unos meses–. Una apuesta por otra manera de ser en el mundo. No es nada más tener un lugar donde dormir, sino tener una hermandad que te permita “ser”: existir sin juicios. Eso para mí es muy radical, por mi propia historia.
En su hombro derecho, Conely presume un tatuaje que la recorre del codo hasta la espalda. Es una enredadera que crece en espiral y donde un mensaje manuscrito se entrelaza con las hojas:
Soy 206 huesos y millones de pensamientos, soy lo que ves y lo que no también. Soy mis células deficientes y mi alma renovada…
Dice que llegó a La Lleca después de una crisis emocional profunda que llevó su empresa a la quiebra, al mismo tiempo que el casero le pedía que entregara su departamento. Lo perdió todo. No ha logrado establecerse de nuevo, pero encontró un soporte en la comunidad liderada por Victoria. Lo que ha vivido con las mujeres trans que participan en La Lleca la mantiene en un estado de asombro y felicidad. Gracias al acompañamiento psicológico que proporciona la organización ha logrado identificar la crisis de salud mental que atraviesa y entender mejor su historia.
Nació y creció en Tijuana, Baja California, una ciudad y un estado considerados durante décadas bastiones del Partido Acción Nacional, tradicionalmente conservador. Un lugar, dice, donde incluso caminar por la playa con tu pareja es una afrenta al status quo.
–Yo me definí gay porque era la identidad que era más o menos era aceptable. Tardé muchos años en asumirse trans debido a todo el rechazo que existía hacia la feminidad.
Todavía tiene los ojos reventados de sangre y una férula que cubre la nariz que le rompieron los policías. Sabe que allá afuera todavía hay odio hacia personas como ella: México es uno de los países que más transfeminicidios registran en el mundo, sólo después de Brasil.
El año pasado se contaron al menos 35 y de enero a marzo de 2026 ya se tenían otros 10 transfeminicidios, sin mencionar el caso de Paula Emilia Lafón, mujer trans que murió tras una caída desde el onceavo piso de una torre en Paseo de la Reforma, presuntamente después de una discusión. La Lleca y otras organizaciones han exigido que el caso se investigue bajo el protocolo de transfeminicidio.
De acuerdo con los resultados de la encuesta “2025, Encuesta Mujeres Trans CDMX”, 78 por ciento de las mujeres trans sufre violencia verbal y psicológica en la capital. No es un secreto: según el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación (Copred), las personas trans son parte del grupo de la población que más enfrentan procesos de exclusión: desde comentarios en la calle hasta falta de acceso a servicios médicos, pocas oportunidades laborales y violencia escolar. Sin mencionar el abandono familiar.
Esa vulnerabilidad representa un riesgo. Los peligos físicos y psicológicos al que quedan expuestas las personas trans se agigantan cuando no existe un techo seguro donde puedan resguardarse y gestionar sus necesidades individuales y colectivas.
Hace unos días, por ejemplo, estuvo en la Comisión de Derechos Humanos para que acreditaran sus heridas y la de sus compañeras agredidas. Eso les permitió ingresar una denuncia en la Fiscalía de la ciudad por la brutalidad policiaca. Como de costumbre, La Lleca se hizo presente y grafiteó la fachada de la Fiscalía exigiendo reparación del daño.
Por primera vez, en mucho tiempo, Conely sabe que no está sola.
–Yo no cuento con el apoyo de mi familia –dice Conely–. Ellos viven en Tijuana y yo estoy aquí. Con mi hermana, rompí toda comunicación. Si no fuera por La Lleca, estaría sola. Y esa es la apuesta: se trata de aprender a vivir en red. Yo veo cómo muchas chicas que han pasado por La Lleca, chavas que logran estabilizar su vida y su economía, regresan todo el tiempo para apoyar. Somos una red. ¿Tú crees que si en dos años, Victoria me llama para bloquear una calle, yo me voy a negar? ¿Con todo lo que me han ayudado?
Una casa nueva, una nueva lucha
Victoria quería inaugurar la nueva casa de la Colonia Las Peñas este martes, 31 de marzo, Día Internacional de la Visibilidad Trans. Hubiera sido un gran pretexto para celebrar, para presumir el triunfo. Pero rehabilitar la casa ha sido más complicado y siempre hay una protesta, un trámite o una mala noticia que se impone al calendario y las agendas.
–Llevamos 70% de la mudanza –dice–. Ya casi estamos listas.
En cambio, este martes, las integrantes de La Lleca organizaron una olla comunitaria, baile y plantón enfrente del Senado de la República “desde las 15:00 horas y hasta que los granaderos nos corran”. Su exigencia es la misma de los últimos años: la aprobación de una Ley Integral Trans, una propuesta de ley general que busca garantizar los derechos fundamentales, igualdad y vida digna para personas trans y no binarias, que incluya medidas para evitar la discriminación en temas como salud, educación, trabajo, justicia y vivienda.
También se busca que la “Ley Paola Buenrostro” sea aprobada a nivel nacional para que, entre otras cosas, los asesinatos de personas trans se tipifiquen e investiguen bajo un protocolo de perspectiva de diversidad. En la capital, esta ley también permite que, ante la muerte de una persona trans, las redes de apoyo –amigas, activistas– puedan reclamar el cuerpo y exigir justicia reconociendo jurídicamente a la “familia social”, esa red de soporte y afecto que muchas personas trans tienen que tejer ante el abandono de familiares consanguíneos.
Mientras tanto, las labores en las nuevas instalaciones de La Lleca no paran. Han pasado semanas acomodando muebles, resanando paredes, sustituyendo ventanas y reparando instalaciones de agua, de drenaje, de luz; conociendo a los vecinos.
Pero haber conseguido una nueva casa no significa que estén satisfechas porque en la Ciudad de México hay muchas más mujeres trans y personas en situación de vulnerabilidad de las que pueden recibir en esta casa. Por eso, el viernes pasado, La Lleca hizo un anuncio:
“A raíz de las continuas movilizaciones que hemos realizado desde Lleca, el día de hoy logramos incorporar un segundo grupo al programa de vivienda social del Instituto de Vivienda de la Ciudad de México”.
La resistencia trans no sólo tomas las calles. Además de grafitear paredes, protestar una o dos veces por semana, detener el tráfico, ofrecer atención psicológica y acompañamiento, cocinar todos los días para docenas de personas en situación de calle y conseguir asesorías legales para personas que han sufrido injusticias, La Lleca también ha aprendido a gestionar vivienda pública a través de las instituciones.


