Ante el riesgo de desalojo por las obras del Mundial de Fútbol, los comerciantes de los desniveles de Tlalpan reivindican su historia, sus oficios y su lucha política en estos pasajes que se sumergen en el asfalto para atravesar una de las avenidas más antiguas de la ciudad.
La vida no es cómoda aquí abajo. Pero no le gusta llenarse la boca de quejas. Su oficio no le gusta demasiado y menos su situación actual. Qué se le va a hacer. Mientras prepara el dobladillo de un pantalón color marrón, José Alberto Íñiguez confiesa que suele pasar aquí las noches, en este pequeño local habilitado como sastrería en uno de los pasajes subterráneos que atraviesan Calzada de Tlalpan. Duerme en un pequeño tablón, junto a sus máquinas de coser.
–No es agradable, no –dice con firmeza áspera–. Pero hay que adaptarse.
Lleva dos años viviendo bajo tierra. Antes habitó un departamento en Azcapotzalco y mantenía su taller en un local rentado en los pasillos de un mercado. Perdió ambos: las rentas imposibles de pagar, las broncas entre comerciantes que nunca faltan. Probó suerte en Tultitlán y en Ecatepec después, pero no logró establecerse. Entonces llegó aquí.

El oficio lo aprendió a los 14 años en una sastrería del Centro Histórico. Su familia no contaba con recursos que le permitieran comer y estudiar, “así que me di a la tarea de aprender este oficio –dice–, no quería ser un parásito”. Con el tiempo llegó a trabajar para Palacio de Hierro y Liverpool, pero prefirió operar por su cuenta, hacerse de clientela en colonias y mercados.
Algunos de sus vecinos de los desniveles de Tlalpan lo conocen como “el sastrólogo” por esa seriedad parlanchina y sus fundadas opiniones sobre política, religión, sobre la vida.
“El objetivo de la fe no es la verdad, sino la obediencia”, reza un mensaje impreso sobre una hoja adherida a uno de los muros de su sastrería.
–Soy agnóstico –aclara mientras enhebra un carrete de hilo en una de sus máquinas–. Creo en Dios, pero no como figura religiosa, sino como la naturaleza misma. Admiro a Gandhi, a Mandela y soy obradorista… aunque el gobierno de Morena me decepcione constantemente.
Cada dos pasos, en el desnivel se exhibe alguna manta o algún volante que advierte que los comerciantes rechazan las intenciones que el gobierno capitalino ha expresado públicamente desde septiembre del año pasado: que los locatarios de los 34 pasajes de Tlalpan sean desalojados para adecuar los espacios y realizar las obras preparatorias del Mundial de Fútbol: la Calzada Flotante que se construirá encima de las vías del Metro desde Chabacano hasta el Zócalo, la Ciclovía Gran Tenochtitlán que va del Estadio Azteca (ahora Banorte) hasta el Centro Histórico y la remodelación de la Línea 2 del Metro.



En noviembre pasado, la jefa de gobierno Clara Brugada hizo público el plan oficial: “Conectividad Subterránea: Pasos a la Utopía”, un ambicioso proyecto de remodelación que pretende integrar los desniveles subterráneos de Tlalpan al Sistema Público de Cuidados. Con mayor seguridad y equipamientos, la promesa es convertir los desniveles en gimnasios públicos, guarderías, talleres, cine clubs… Para lograrlo, aseguran, es necesario desalojar a las personas que han trabajado en ellos, muchas desde hace décadas.
–Tengo 65 años –insiste don José Alberto Íñiguez, el sastrólogo–. ¿Dónde voy a conseguir trabajo si me sacan de aquí? Muchos no hemos llegado a una situación de calle por la sencilla razón de que sabemos trabajar. Pero desalojar estos espacios significa lanzar a una persona de la tercera edad a una situación de vulnerabilidad absoluta. Y la mayoría de quienes estamos aquí somos de la tercera edad. Es increíble que un gobierno que se presuma de izquierda no pueda ver eso. Ahora resulta que somos un estorbo para sus negocios: un estorbo para sus utopías.
Tlalpan, calzada y frontera
La Calzada Tlalpan ha partido esta ciudad en dos mitades desde tiempos prehispánicos. Fue construida por los aztecas para conectar Tenochtitlan con los pueblos del sur y como una estrategia para separar el agua salada de Texcoco de las aguas dulces de Xochimilco.
Hoy, esa vocación de frontera se ha refinado y Tlalpan separa ya no las aguas sino el mismo flujo de la ciudad: aquí los convoys del metro salen a la superficie para convivir con los automóviles y los peatones se ven obligados a elegir entre el puente elevado o adentrarse en la oscuridad para cruzar al otro lado de la ciudad.
En el mismo desnivel donde trabaja el “sastrólogo”, a unos pasos de Metro Xola, una mujer le adivina su suerte a un joven que desde hace días mastica un problema íntimo: llevan una hora y media de plática a puerta cerrada. Más allá, se sirven dos platos de enchiladas, agua de sandía y un “menú ejecutivo” con milanesa. Junto a las escaleras está la bicicleta de Hugo García, plomero siempre dispuesto a atender emergencias. Cortes de cabello; uñas y tintes para ellas, clásico afeitado para ellos. Una verdulería, una miscelánea, una tiendita de lencería.



Son las tres de la tarde y aquí abajo la vida se las arregla. La gente pasea su prisa de ida y vuelta entre estantes de ropa y altares de la Virgen de Guadalupe. El suelo y los muros vibran cada que algún vehículo pesado pasa por encima o cae en algún bache. De cuando en cuando, algún conductor ebrio se vuela la banqueta y lleva su auto directo hacia aquí: la última vez fue hace dos años, en el desnivel de Nativitas, una camioneta quedó flotando, prensada por los muros estrechos de la entrada.
–Yo llevo 30 años trabajando aquí, en este local –dice Roberto Ávila, un catrín esbelto de peinado engominado, apurado en sacar muebles y vaciar su espacio lo antes posible-. Soy el más antiguo de todo este desnivel, el que lleva más tiempo. Durante 30 años me dediqué a vender pintura y servicios de electricidad, plomería, pintura, remodelación o rehabilitación de casas.
Su local mide no más de 12 metros cuadrados, un pequeño rectángulo ahora casi vacío.
–Yo he buscado que podamos traer maestros de las universidades para dar clases de arte en los desniveles, o del Programa de Pilares para dar talleres de manualidades o terapias ocupacionales para personas de la tercera edad. Pero nunca nos hicieron mucho caso. Lo quieren hacer ahora pero a costa nuestra y nada más por el mundial. Nosotros estamos en favor de que se renueven los espacios, que convirtamos los desniveles en corredores culturales. Pero no sin nosotros.

Roberto mantuvo su local durante 30 años. Lo usaba alternativamente como pequeño despacho y bodega mientras trabajaba en una empresa formal de la cual se jubiló hace un par de años. Hace unos meses, sus sobrinas le dieron una idea y por eso está aquí, desde la mañana, sacando muebles, resanando paredes, tomando notas. Quiere acondicionar su viejo despacho, darle un giro.
–Imagínate –dice–: queremos ofrecer masajes, tratamientos de belleza, fisioterapia, momentos de relajación a precios populares a las mujeres que pasan por aquí. A las que trabajan y necesitan hacer una pausa antes de llegar a casa o a las que atienden su casa todo el día y necesitan consentirse, darse un apapacho.
Un spa popular, ni más ni menos.
El comercio popular: una lucha por el espacio
Tanto José Alberto Iñíguez como Roberto Ávila son integrantes de la Agrupación Popular Independiente de México, una asociación civil que agrupa a cientos de comerciantes en 12 de los más de 30 pasos a desnivel que atraviesan Tlalpan. Su presidente, Jair López, heredó el cargo de su padre, Gilberto López Torruco, un líder comerciante que en los años 80 negoció con el gobierno la ocupación de estos túneles entonces abandonados.
Los desniveles fueron construidos a principios del siglo XX, poco después de que se estrenara en Tlalpan una ruta de tranvía eléctrico. Con los años y la industrialización de la capital, el abandono los convirtió en ruinas.
–Todo cambió en los años 80 –cuenta Jair–, cuando en uno de estos pasillos mataron a un médico de la Clínica 10 del IMSS, por la noche. Eran espacios peligrosos.

El terremoto de 1985 estaba todavía fresco y miles de personas habían aprendido a organizarse políticamente para tomar la ciudad en sus manos. Ante el abandono de los desniveles, muchos comerciantes pugnaron por usarlos como espacios de venta y lograron pactos políticos para establecerse.
–En 1990 se firmó el primer acuerdo con mi padre –explica Jair Torruco– y en 2006 se revalidó, con la especificación de que son 12 los pasos a desnivel que serían administrados por nuestra asociación.
Es cierto: algunos de los desniveles de Tlalpan están abandonados casi por completo. El pasaje subterráneo de Viaducto, por ejemplo, ha estado clausurado por años debido a que permanece inundado con el agua estancada de las lluvias torrenciales acumuladas.
En su mayoría, sin embargo, los locatarios se han encargado de acondicionar sus propios espacios, así como de administrar la vigilancia –muchos cuentan con cámaras de seguridad–, la limpieza y el mantenimiento.
Los acuerdos políticos están hoy en entredicho. El gobierno capitalino desalojó ya a los locatarios de uno de los desniveles cercanos al Metro Chabacano y aunque, en un principio, les prometieron que regresarían a ocupar los mismos espacios, una vez fuera les informaron que era algo que todavía debía negociarse.
–Nosotros ya hemos visto a empresarios chinos que se asoman de repente, cualquier día, y empiezan a medir los locales –dice Jair preocupado–. Las autoridades nos han ofrecido mil pesos mensuales durante las obras o 15 mil pesos para que los comerciantes se vayan definitivamente. Lo consideramos denigrante.
Los locatarios, explica Jair, han invertido años de esfuerzo y recursos para forjarse una clientela que se sienta segura y cómoda de transitar por los desniveles. La Agrupación Popular Independiente de México cobra una cuota semanal de 50 pesos para representar a los locatarios y aunque algunos de ellos han optado por rentar sus locales a terceros, en su mayoría son los titulares de los acuerdos quienes atienden su espacio. Esto permite que personas de muy bajos ingresos puedan sobrevivir con pequeños negocios.
Los desniveles pertenecen al patrimonio de la capital, pero son administrados por la paraestatal Servicios Metropolitanos SA de CV (Servimet), responsable de gestionar, desarrollar y comercializar los bienes inmuebles de la Ciudad de México.
Carlos Mackinley, titular de Servimet, aseguraba a finales del año pasado que todos los locatarios tendrían que dejar sus espacios y adecuarse a las posibles reubicaciones: “Si la gente no quiere hacerlo en el momento en que estén las obras, la Secretaría de Gobierno tomará las decisiones correspondientes”.
En las últimas semanas, sin embargo, los comerciantes han amenazado con cerrar la Calzada de Tlalpan y se han aliado con otros activistas que, desde hace meses, organizan protestas cada semana para denunciar las afectaciones del Mundial de Futbol en la población local. Gracias a eso han conseguido que la Secretaría de Gobierno y Servimet se comprometan a no desalojarles y a remodelar los desniveles en coordinación con ellos.
–Pero son acuerdos verbales: todavía no hay nada firmado y seguimos a la expectativa: no bajamos la guardia –dice Jair–. Queremos aprovechar esta circunstancia para invitar a la gente a venir, a explorar estos espacios. A mí lo que me sorprende es que cada local es un pequeño mundo. Cada uno tiene su historia, su universo: el sastrólogo, el cerrajero, el zapatero, la lavandería, la señora que vende abarrotes. Todo esto lo hemos construido nosotros. Somos pueblo, somos clase trabajadora, cabrón. ¿Qué daño hacemos?
Bajos Pensamientos
Es domingo, principios de febrero y un cardumen de ciclistas llega pedaleando desde el Estadio Azteca hasta el desnivel de Xola. Organizaron esta rodada para que activistas y periodistas documentaran las obras incompletas y los errores de diseño de la Ciclovía Gran Tenochtitlán: “es una ciclovía de alto riesgo”, insisten, mientras un grupo de artistas tapiza las escaleras con propaganda gráfica contra el Mundial.
La palabra “gentrificación” se repite desde hace meses en los desniveles de Tlalpan. Mientras los comerciantes reparten tortas y refrescos, agradecidos por el barullo, una mujer toma el megáfono y denuncia que el propósito real de la ciclovía es impedir el trabajo sexual sobre Tlalpan y agradece que ciclistas, comerciantes, trabajadoras sexuales y vecinos de distintas colonias se hayan reunido aquí.
Junto con las activistas de Santa Úrsula y Huipulco, vecinos del Estadio Azteca, los campamentos de desalojados y los edificios en riesgo de desalojo que han decidido organizarse en las últimas semanas, los desniveles de Tlalpan se han convertido en uno de los símbolos de la lucha contra la gentrificación en el contexto del Mundial de Futbol 2026.
–Estos pasajes son un resguardo de los oficios que están desapareciendo en esta ciudad: los sastres, los zapateros, los que arreglan electrodomésticos…
El megáfono ahora lo tiene la actriz Beatriz Luna quien, además de su trabajo en el teatro, mantiene La Hormiga Ciega, una cafetería pintoresca en el pasaje de Villa de Cortés. Afirma que estos pasajes representan una resistencia al capitalismo, pues se trata de espacios que, a contracorriente de la cultura del consumo y el desecho, se esfuerzan todavía en remendar, reparar u ofrecer alternativas de bajo costo.
El derecho al trabajo es, por supuesto, lo más importante de esta historia. Pero el carácter subterráneo, el misticismo que encarnan y el peso de la memoria barrial de estos túneles es lo que, de manera menos obvia, también se defiende con fuerza. De alguna manera, en los desniveles de Tlalpan sobrevive una ciudad secreta que difícilmente aparecerá en los renders o en las imágenes de promoción turística. Una ciudad que se aferra a mantenerse impredecible, incluso insólita.
A un costado de la cafetería La Hormiga Ciega, hace tres años se inauguró una pequeña librería que a la fecha mantiene una elegancia salvaje que combina con su acertado nombre: Bajos Pensamientos. Ofrece a los paseantes una selecta colección de títulos relacionados con esoterismo, magia, ciencias ocultas, conspiraciones, psicología, desarrollo personal.
–También vendemos erotismo y sexualidad –dice Max Ramos, dueño de ésta y otras emblemáticas librerías de la capital–. Bajos Pensamientos es una apuesta. Literalmente, porque no nos deja un peso de ganancia. Al contrario: el pago de la renta y el salario de Roberto, el librero encargado, los financian en una buena parte nuestras otras librerías.



Por el momento, el dinero le importa menos que mantener esa librería justo en ese punto de la ciudad y debajo de la tierra, en contacto con las personas que usan el metro, que andan a pie, que no temen adentrarse en las catacumbas del asfalto y dejarse atraer por uno que otro misterio. A Max Ramos le parece importante que los libros tengan presencia en esos intersticios, así que él y su equipo revisan cuidadosamente qué libros ofrecerán allí a un precio mucho más bajo que en el resto de sus librerías, incluso otorgando facilidades para que los interesados puedan pagar a plazos.
–Yo no asisto todos los días al desnivel –admite el librero Max Ramos–, pero me gusta visitar la librería al menos una vez por semana y quedarme un par de horas. Me gusta ver cómo la gente que vive y trabaja allí adopta ciertos gestos. Pasar mucho tiempo debajo de la tierra nos provoca algo, indudablemente. Nos volvemos topos de alguna forma, ¿no? Eso me parece interesante. Cuando nos adentramos bajo tierra, lejos del sol, también nos atrevemos a ser otros.
Eso es quizá lo que está en juego.









