Hace 50 años, el 14 de marzo de 1976, un golpe militar derrocó al gobierno de Isabel Perón en Argentina. Los militares que tomaron el poder lanzaron una maquinaria de tortura, desapariciones y asesinatos en contra de quienes, a sus ojos, tuvieran ideas “subversivas” y cualquier nexo con el arte, la organización comunitaria, la cultura, el trabajo sindical, la educación, la acción social, el pensamiento diferente.
Los libros, y la libertad que en ellos vive, eran considerados una prueba inculpatoria, así que muchos se apresuraron a esconderlos o deshacerse de ellos para aligerar el riesgo de morir. Los protagonistas de esta historia, Dardo y Liliana, decidieron hacer algo distinto: protegerlos y enterrarlos en el jardin de su casa en Córdoba, Argentina. Luego de unos meses, se exiliaron en México. Cuarenta años después, Tomás, su hijo, decidió buscarlos y desenterrarlos, para regresarlos a la vida y reivindicar la memoria. De eso trata este texto.
Una tarde de 1984, Tomás Alzogaray Vanella vio que su padre Dardo y su madre Liliana excavaban en el patio de su casa en Córdoba, Argentina. Tomás tenía ocho años y los había vivido casi por completo en México. Se preguntaba qué era eso que con tanto ímpetu buscaban sus padres bajo la tierra de su nuevo hogar.
Con un tradicional asado, la familia Alzogaray Vanella celebraba el retorno a su casa tras ocho años en el exilio. Entre las charlas y el vino, con dos amigas, recordaron que bajo la tierra había “material subversivo” –tal como los militares habían denominado a objetos que fuesen contra la ideología de la Junta Militar–, y decidieron recuperarlo.
Excavaron en el patio hasta dar con un bloque de cal endurecida. Tomás recuerda que encontraron un revólver calibre .22, que solía guardar en la cartera –tal como los maquis, los grupos de resistencia en Francia y España durante la Segunda Guerra Mundial, pensó Dardo–. Estaba engrasado, envuelto en nylon y algo picado de óxido, pues debió utilizarse grasa vacuna deshidratada y no de petróleo con base agua. Dardo siguió excavando hasta dar con otro objeto destruido: un libro del Centro Editor. Aparecieron revistas podridas y más libros. Sentía que estaban exhumando muertos y no quería sufrir por verlos destrozados. Así como los desenterraron, fueron devueltos al subsuelo.
La escena perdura en la memoria de Tomás hasta hoy.
El 24 de marzo de 1976, cuando Tomás tenía 49 días de nacido (su cumpleaños es el 6 de febrero), el gobierno de Isabel Perón en Argentina fue derrocado por un golpe de Estado que instauró la última dictadura del país. La junta militar desapareció y asesinó a más de 30 mil personas desde que tomó el poder hasta el regreso de la democracia, en diciembre de 1983. Liliana Vanella y Dardo Alzogaray integraban la Línea de Acción Popular (LAP), uno de los tantos movimientos políticos-sociales de izquierda que eran perseguidos por la dictadura argentina.
Anticipando el giro que daría el país, Dardo y Liliana decidieron esconder pocos meses antes del golpe los libros que podrían ser considerados como “subversivos” o “comunistas” por sus perseguidores. A la par, cientos de argentinos en su misma situación quemaban los “libros prohibidos”.
De haberlos conservado y sido descubiertos, podrían haberlos acusado de conspirar contra el gobierno. En el mejor de los casos, se habrían convertido en prisioneros políticos en alguna cárcel. En el peor, se habrían sumado a las miles de personas víctimas de tortura, asesinato y desaparición forzada durante la dictadura: en la Escuela Mecánica de la Armada, en los cuarteles y en los centros clandestinos de las provincias argentinas, ciudadanos de todo el país sufrieron torturas, mutilaciones, violencia sexual, o fueron lanzados al vacío sobre el Atlántico en los “Vuelos de la Muerte” que la dictadura organizaba para borrar todo rastro de su existencia.
Cuatro décadas más tarde, en el libro La Biblioteca Roja, Dardo lo explica así: “Los libros estaban expresando lo que el dueño pensaba. Por ejemplo, si tenías un libro de marxismo, pensaban que eras marxista; si tenías un libro de Lenin estabas más cocinado todavía”. Muchas personas quemaban sus bibliotecas o las lanzaban al canal por miedo. Pero Dardo y Liliana no se atrevían a hacerlo. Luego de discutirlo, decidieron esconder su biblioteca.
Mientras construían su casa en Villa Belgrano en el verano austral de 1976, sin saber aún que en agosto –primero Dardo– y diciembre –Liliana y Tomás– se exiliarían en México, ni que pronto ocurriría el golpe de Estado, Dardo quiso deshacerse de algunos libros: los repartió a compañeros interesados y le ofreció a su padre entregarle algunos, pero éste respondió que prefería mantenerlos lejos de él. Esconder los libros significaba salvarse.
La pareja averigüó la mejor forma de que los libros resistieran bajo tierra durante un periodo indeterminado, ya que su exilio podría durar meses, años o décadas. Pero también tenían que ser cuidadosos para no levantar sospechas. No podían acudir a alguna ferretería a preguntar cuáles eran los mejores materiales para sus intenciones.
Cavaron un pozo, de un metro y medio cuadrado por medio metro de profundidad, con la cal que sobró de la construcción de la casa. Colocaron un fondo de arena, unas tablas, un piso de ladrillos con la intención de generar un sistema de filtración para cuando lloviera, y forraron los libros con nylon. Había libros de Nicolás Guillén, de Gramsci, de Trotsky, El hombre nuevo del Ché Guevara, El hombre y el arma del general vietnamita Vo Nguyen Giap, ediciones de 1915 del padre de Dardo sobre las primeras organizaciones anarquistas en Argentina, la colección del Centro Editor de América Latina.
Además de los libros, enterraron discos y el revólver engrasado.

Cuando terminaron de tapar el pozo, un camión militar Unimog se detuvo frente a su hogar mientras colocaban las vigas en el techo de la casa. Los soldados se bajaron y les llamaron. A Dardo le entró paranoia. Pensó que si veían la tierra blanda donde se encontraba el pozo, los militares iban a querer saber qué habían enterrado. Pero los soldados sólo preguntaron si esa calle los llevaba a tal barrio, (donde irían a casa de un compañero de militancia para realizar un allanamiento). Fingieron demencia y no dieron ninguna información.
“A los libros los enterramos porque eran los libros que queríamos salvar –contó Liliana en el libro La Biblioteca Enterrada–. Cuando nos fuimos a México, siempre pensamos que al regresar lo primero que íbamos a hacer era desenterrar los libros”.
A finales de 1976, la familia Alzogaray Vanella, conformada por Dardo, Liliana y Tomás, se exilió en México, tal como hicieron miles de compatriotas y vecinos sudamericanos de Chile y Uruguay. Antes de partir, sembraron un nogal sobre el pozo de los libros, justo al lado de tres pinos plantados por el abuelo de Tomás.
Tomás Alzogaray Vanella pasó los primeros ocho años de su vida en México. Tenía seis meses cuando sus padres llegaron a Torreón, Coahuila. Luego, se mudaron a la Ciudad de México, donde consiguieron trabajo en la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM. En 1979 nació Melina, la hermana de Tomás.
En la capital mexicana convivían con otros intelectuales –Dardo mantenía una melena castaña, larga, y barba de oso– y con argentinos en el exilio, con quienes conversaban sobre la militancia, la dictadura y el ser refugiado. Tomás escuchaba esas pláticas.
En 1983, la junta militar argentina cayó y al siguiente año la familia Alzogaray Vanella regresó a su país, como parte de un programa de repatriación impulsado por las Naciones Unidas. Se reencontraron con su familia y con los amigos de sus padres, que los recibieron con alegría y contención. También se encontraron con una casa con patio y jardín, a diferencia de los departamentos que habitaban en Ciudad de México.
“Volví a Argentina y me di cuenta de que era más mexicano que argentino. Y en México era más argentino que mexicano”. Tomás no sabía jugar futbol, pero en Argentina tampoco se hablaba mucho de la dictadura porque era una forma de ejercer la violencia. Los repatriados vivían una sensación extraña: había una falta de politización en ciertos sectores de la población y un silencio posterior a la caída de la Junta Militar.
A los pocos meses del regreso, ocurrió el desentierro de la biblioteca. Los libros podridos, húmedos, el revólver carcomido por el agua de la grasa de petróleo de casi una década. La imagen quedó grabada en la memoria de Tomás: “Con el paso de los años, lo que allí fue pasando fue una transformación de los objetos; pero el gesto fue recuperar, preservar en la tierra. Esas cosas siguieron operando en mi cabeza”, dice vía Zoom en una entrevista realizada en 2025.
Tomás vivió las siguientes dos décadas con sus padres. Terminó la escuela y luego ingresó a la Universidad en Córdoba, donde se formó como artista visual. En 2006, regresó al país del exilio de sus padres para reencontrarse con su “mexicanidad”.
“Cuando pruebas el Pulparindo, después no se te va”, cuenta Tomás desde su casa en Córdoba.
En ese viaje Tomás siente que “cae un poco el peso de esa infancia, esos dolores, esas cicatrices, toda esa potencia, fuerza, tristeza, miedo, dolor, bronca, alegría, llantos. Todo junto es una tormenta de cosas”.
Durante su estancia en México surgió la idea de desenterrar la biblioteca con la ayuda de antropólogos forenses.

Dardo y Liliana eran ambos ávidos lectores. Dardo era profesor universitario y un gran orador: amante de la historia oral, era un narrador que mantenía viva la memoria a través de la conversación. Liliana se desarrolló en ciencias de la educación como profesora y autora. Ella prefiere no conversar sobre el tema de la biblioteca, pues abordarlo le causa dolor.
Se conocieron como estudiantes en la Universidad Nacional de Córdoba y se jugaron la vida uno por el otro más de una vez. “En eso estaba basada su relación de confianza; literalmente, salvarse la vida en una manifestación, en un colectivo más grande, en el mismo México”, dice Tomás.
Formaron parte de la Línea de Acción Popular (LAP), una agrupación de izquierda que no se caracterizaba por la lucha armada, sino por trabajar en espacios urbanos marginales, con obreros, profesionales y estudiantes. Creían en la idea de construir algo que enlazara las distintas partes de la sociedad.
Tanto Liliana como Dardo estaban decididos a combatir el capitalismo, formando parte de un colectivo más grande en un país que era uno de los mayores productores de libros del mundo. Pero la dictadura destruyó el aparato cultural y político para mermar la capacidad de acción de las personas que pensaban, estudiaban y se suscribían a una idea enfocada en el colectivo, no en el individuo.
Ambos soñaban con cambiar el mundo y en los libros encontraban las ideas para tal proeza.
En 2014, Tomás regresó a Argentina con el propósito de desenterrar, casi cuatro décadas después, la biblioteca de sus padres y llevar a cabo un proyecto artístico. Se alió con la documentalista cordobesa Gabriela Halac para entrevistar a Dardo y Liliana, publicar un libro y realizar un documental sobre el proceso de recuperación de la memoria literaria.
Antes de las entrevistas, cuando llegó con la idea de desenterrar los libros, sus padres le permitieron remover el jardín para buscarlos. Aunque su mamá comprendía el propósito y a pesar de no quiso estar presente durante la remoción de la tierra, accedió a dar su testimonio a Halac.
Para el proceso de excavación, Tomás, Gabriela y Agustín Berti recurrieron a antropólogos forenses de la Universidad Nacional de Córdoba, la única con la cátedra en esa especialidad. Anahí Ginarte, Yamila de la Aranda, Flavia Moreyra, Pedro Muller y Ana Sánchez, estudiantes de la universidad, conformaron el equipo encargado de desenterrar la biblioteca de Dardo y Liliana.
“Wow, enterraron los libros, ¿cómo estarán”, fue lo primero que pensó Ana Sánchez, la antropóloga forense que aceptó el llamado de un maestro de la facultad para llevar a cabo el proyecto en el patio de la familia Alzogaray Vanella. “No esperábamos encontrar lo que encontramos: esa evidencia del ocultamiento de los libros”.
Los antropólogos forenses eran conscientes de que no se trataba de una fosa común con personas desaparecidas por la dictadura. “Sabíamos muy bien que no era lo mismo, que sí era un hallazgo de hasta dónde llega la violencia explícita y simbólica, en los libros, y que son una parte de la identidad”.
Pero la excavación fue abordada con la misma cautela y precaución que cuando se trata de restos humanos. Utilizaron las técnicas de la arqueología forense: emplearon las mismas herramientas para las excavaciones, documentaron cada hallazgo en fichas donde anotaban las características del elemento, así como su estado de conservación, su tamaño y las observaciones.



En La Biblioteca Enterrada, Ana Sánchez escribió: “Excavar la biblioteca significó, desde un primer momento, el encuentro con una experiencia nueva, impensada. En el plano metodológico, la exhumación de la biblioteca significó tratar esos libros como cuerpos. Exhumar la biblioteca de una persona es, en última instancia y en algún sentido, similar a desenterrar los restos de alguien que eventualmente desapareció. Tanto los huesos como los libros nos hablan de alguien de una identidad compleja, emocional, política y social. (…) En otro nivel, la restitución de restos humanos y la restitución de un libro se asemejan. Es el descubrimiento per se, el que tiene un valor político y social que excede cualquier significado que pudieran otorgarle sus parientes o sus dueños. En cuanto a estos libros, constituían una evidencia de la acción política y sabemos muy bien que político podía significar durante la dictadura pura y simplemente que se pensaba. Una novela o un libro de poemas que pusiera de alguna manera en duda o cuestionara las convenciones y el orden establecido, podía ser juzgado como peligroso y subversivo por los censores. Una y otra vez en la historia las bibliotecas representaron un obstáculo que incomodó a los regímenes autoritarios. Los que entonces se comprometieron en volverlas inaccesibles, destruirlas y arruinarlas”.
La casa Alzogaray Vanella se ubica en la zona norte de Córdoba, donde comienzan los cerros. Los equipos de antropólogos forenses y el documentalista recorrieron el jardín en busca de la biblioteca enterrada. Removieron la tierra en un espacio, pero no estaban. Repitieron el proceso en otra zona, pero tampoco los hallaron. Tomás cree que en total removieron casi dos toneladas de tierra. Ana Sánchez recuerda que tenía un pasto muy hermoso y dos pinos.
Durante dos días de lluvia, revisaron las entrevistas a Dardo y Liliana y descubrieron que el único lugar donde no habían excavado era un espacio junto a los pinos plantados por el abuelo de Tomás.
Ana Sánchez explica que bajaron el terreno de manera prolija, destruyendo los alrededores. “Destruir preservando, aunque eso parezca contradictorio”. Lo primero que encontraron durante la excavación fue una línea blanca de cal, un cuadrado en el suelo. Aquel día, volvieron a tapar el descubrimiento con tierra, para continuar al día siguiente con un proceso más lento en el que se usan pinceles y pequeñas espátulas.
Tomás se sentía en Indiana Jones en busca del arca perdida. “Cuando abren el arca, sale una cantidad de fantasmas y monstruos”, dice en broma. Su padre Dardo había fallecido meses antes, el 29 de septiembre de 2015.
Para Ana Sánchez, lo que encontraron era distinto a lo que esperaban. Probablemente durante la primera excavación dañaron las bolsas y encontraron un pedazo de libro. “Cuando ellos nos cuentan que ya habían intentando cerrar el pozo y que habían encontrado lomos de libros rotos, pensamos que probablemente lo encontraríamos más ordenado”.
“Hay muchas historias de bibliotecas quemadas, escondidas, guardadas —dice Tomás—. Hay algo que siempre me gustó de este caso y es que ellos enterraron la biblioteca con el propósito de desenterrarla. Ocultarla por un tiempo, pero no desaparecerla. El gesto fue de recuperar, de preservar en la tierra”.
Tras desenterrar los libros, captaron una imagen cenital del material recuperado. Después de la intervención del equipo forense, quedaba la duda sobre qué ocurriría con los libros. Fueron utilizados para la filmación de un documental, para una exposición y, una vez que cumplieron con su cometido artístico, Tomás los colocó en cajas —junto con el revólver picado por el óxido—, que guardó en su estudio en Córdoba. Para celebrar sus 50 años, viajó a México.
La muerte de Dardo Alzogaray en los meses previos al desentierro de los libros, fue algo muy fuerte, que movilizó energías muy profundas. “Había un movimiento de tierra, la voz de los fantasmas estaba muy presente”.
Pero en esa misma época, Tomás fue padre; nació su hija Bruna, lo que lo llevó a enfrentar las contradicciones que sus padres vivieron: enterrar la identidad, la del padre, dos veces bajo tierra —una en 1976, con sus libros, y otra en 2015, con su muerte— y al mismo tiempo rescatar la vida y nacer: Tomás, quien nació semanas antes del golpe militar, y su hija Bruna, quien nació cuando él tenía 40 años, mientras desenterraban las ideas de Liliana y Dardo.
- Este reportaje se realizó con la beca Forus de Narrativas Positivas
