Hay increíbles historias de animales y humanos. La periodista argentina Leila Guerriero convocó a un grupo de reporteros latinoamericanos a contarlas, se encargó de editarlas y, así, dar forma a El corazón de la bestia, un libro de crónicas centradas en la cada vez más compleja y sorprendente relación entre humanos y diversas especies del reino animal.
Las páginas del libro dedican especial atención a la manera en que perros, gatos y otros animales se han insertado en la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo.
El escritor y periodista Martín Caparrós explora en el prólogo del libro el papel que desempeñan esos animales de compañía en sociedades como en las que nos ha tocado vivir:
“En nuestras sociedades, entonces, los animales dejaron de ser necesidad, se volvieron capricho. Sólo que ahora son puro despilfarro, otro de nuestros lujos. O, quizás, una medida de muchas soledades: los perros sirven, sobre todo, como vectores de ese amor que tantos no saben a quién dar ni de quién recibir […] Su situación —como la de los gatos— ha evolucionado igual que el resto de la economía del mundo. Queda dicho: los animales que viven con personas ya no trabajan en el sector primario sino en el terciario, no en la producción sino en servicios; en concreto, el servicio de la compañía y el juego y el mimito”.
De eso trata la crónica de Emiliano Ruiz Parra, quien nos cuenta historias de perros y gatos que salen a pasear con guardaespaldas, son mimados en hoteles especiales, tienen problemas de conducta que una comunicadora interespecies resuelve a cambio de una consulta de 90 dólares.
“En la casa que Ariana tiene en Tijuana hay seis perros, tres gatos y una tortuga. Hay dos empleados de tiempo completo: uno atiende a las razas grandes, que viven en el jardín, y otro a las razas pequeñas, que viven en el interior. Milka es la única de raza grande autorizada a estar en cualquier ambiente. Los de raza grande comen Eukanuba y los pequeños Nupec: comida premium de a 100 dólares el bulto”, describe Ruiz Parra.

Con autorización de la editorial Debate, publicamos un fragmento de la crónica “Los animales me enseñan cosas” incluida en El corazón de la bestia, que se encuentra ya disponible en librerías de todo el país.
* Título de la redacción de Fábrica de Periodismo
–Quiero un perro –me escribió María a mediados de 2017, cuando aún no vivíamos juntos–, estoy sola con una niña en medio del monte, y tengo miedo.
Le pedí que lo reconsiderara. Un perro, argumenté, implicaba trabajo: al menos dos paseos al día, mejor tres. Visitas al veterinario, una buena plata en croquetas, y cariño. Al perro hay que darle mucho cariño.
Yo había conocido a María unos meses antes en una fiesta. Me enamoré a primera vista. Empecé a cortejarla y ella trató de disuadirme. Sacó su mejor carta para ahuyentar a los tipos como yo: una foto de su hija. Soy mamá soltera de una niña de dos años, me dijo. Excelente, justo lo que quiero es criar un niño, respondí.
Después de unos meses nos hicimos novios, pero yo tenía un compromiso: ya había aceptado un empleo 500 kilómetros lejos de ella. María también tenía sus planes. Quería escapar de la Ciudad de México y de sus terremotos, que cada tanto derriban edificios y sepultan personas. El sismo del 19 de septiembre de 2017 también sepultó perros, caballos y otros animales, pero esos no llegaron a las estadísticas.
María alquiló una cabaña en un pueblito a 100 kilómetros de la Ciudad de México y se fue con su niña de dos años. Su presupuesto le alcanzó para una casa en la falda de un cerro. No le daban miedo los alacranes, las serpientes, las iguanas y los cacomixtles. Le daban miedo las personas.
Quería un perro para sentirse segura con su hija.
Me salió el machito alfa que todos los cobardes llevamos dentro:
–No consigas un perro –le pedí. Voy para allá.
Renuncié a mi empleo y me instalé en su casa. Yo quería ser su perro.
Llegué a su cabaña un primero de enero. Once días después, María se embarazó de su segunda hija. Nueve meses después asistí al parto de mi niña.
* * *
Han pasado más de seis años. María y yo vivimos juntos y tenemos dos hijas, de 9 y 5 años. Hemos sobrevivido a una pandemia. Vivimos en un sexto piso. Volvimos a la Ciudad de México a pesar de los terremotos. La alerta sísmica nos despierta de madrugada, cargamos a las niñas y buscamos refugio.
Las niñas piden animales de compañía. A veces piden perros. A veces gatos. María es alérgica a los gatos. Yo soy (psicológicamente) alérgico a los perros: no soporto su lambisconería, su dependencia emocional, su necesidad infinita de paseos y cariños. No soporto levantar su caca del piso, guardarla en una bolsita de plástico y llevarla cargando hasta donde sea permitido desecharla.
Cuando le dije a María que yo quería criar a un niño no sabía lo que decía. Nace tu hijo y de un día para otro te cambia la vida: todo eso que disfrutabas se acaba: ya no más partidas de billar, películas y salas de conciertos, lectura de clásicos, tazas de café con conversaciones interminables. Eso se sustituye por cambiar pañales, bañar a la niña, despertar de madrugada para sacarle el aire y convertirte en su bufoncito: cantarle, contar chistes y hacer caras para dormirla o mantenerla entretenida.
Días y días. Años y años.
Y un día, ya que la niña habla, hay que perseguirla para que se bañe, para que recoja sus juguetes, para que lleve su plato al fregadero.
Te grita a la cara:
–Eres el peor papá del mundo. Te odio. Quiero otra familia.
Y te pega con el puño cerrado, te patea las espinillas, te devuelve la comida que con amor le has cocinado.
Un día lloras impotente y desesperado. Y piensas: la humanidad se reproduce por la desinformación: porque nadie te advierte el peso y el costo de la crianza.
–María –le digo a mi novia–, tenías razón. Debimos haber tenido perros.
Y otra vez las niñas te piden gatos y perros.
–Tener un animal cerca hace a los niños mejores seres humanos –te dice un etólogo, es decir, un especialista en comportamiento de animales.
No quieres repetir la experiencia de la crianza desinformada. Mejor averiguar antes de adoptar una bestia peluda. Y empiezas la búsqueda de un perro o un gato, de un cerdo, lo que sea. Como reportero, te preguntas, ¿cómo viven, dónde viven? ¿Cuánto cuesta tener un perro?
Camila, la perrita millonaria
Converso con Meme. Le gusta tomarse unas micheladas en los barecitos de la colonia Narvarte, una colonia que se ha puesto de moda entre los hipsters de la Ciudad de México. Es muy alto y sus dedos son largos como tentáculos. Ahora es un viejo de 73 años, pero Meme tuvo sus tiempos de gloria. El gobierno de Estados Unidos ofrecía dos millones de dólares por información que llevara a su captura. Decían que era el operador financiero de un temido cártel del narcotráfico. Meme pasó 13 años preso, nueve en Estados Unidos, cuatro de este lado de la frontera. Quiere contar su historia. Me dice: de menos salen cinco libros o una serie de televisión.
Le rehúyo.
(No le digo la verdad: de los cronistas de mi generación fui el único cobarde que huyó de la narconovela o narcocrónica, que se pusieron de moda hace dos décadas, y no pienso cambiar de opinión a estas alturas.)
–Platícame de Camila, la perrita millonaria –le pido.
Meme es el abuelo de Camila. Así le gusta presentarse cuando se trata de la perrita.
Camila es perrhija de Roberto Vidales. Y Roberto llama papá a Meme. No es su padre biológico. Pero es el hombre que lo cuida y lo acompaña, una mezcla de amigo, empleado y figura paterna.
Camila es una perrita shih tzu de ocho años. Sus cuidados cuestan unos mil dólares a la semana, entre su dieta de 200 gramos de proteínas –salmón, filete, pollo, jamón y huevo– y el personal que la cuida: una nana que la baña, le corta las uñas y le lava los dientes, una cocinera, un guardaespaldas que la saca a pasear y el peluquero: un estilista de estrellas de televisión que la acicala cada tanto.
Camila tiene su propio spa: un cuarto con tina de hidromasaje, champú con sales del Mar Muerto, accesorios para su lavado de dientes y limpieza de uñas.
Camila, asegura Roberto Vidales, es la primera perrita con pasaporte. Esto es una exageración: no se trata de un pasaporte como el tuyo o el mío, sino un certificado de sanidad que emite el gobierno mexicano, y que le permite a Camila entrar y salir del país. Porque la perrita ha volado a Canadá, a Francia, a España, a Estados Unidos. Camila también ostenta el pasaporte europeo para mascotas.
- “Yo no tengo hijos, entonces Camila es como mi hija”.
- “Es la perrita más humanizada”.
- “Tiene más cuidados que un ser humano, pero muchos más”.
- “A mi recámara yo le digo ‘su recámara’”.
- “Trae seguridad porque se han robado perros y piden rescate, 50 o 100 mil pesos, y la gente como yo los paga, porque es como su hijo”.
Estas frases son de Roberto Vidales. No me las dijo a mí sino al youtuber Yulay, quien hizo un cortometraje de 20 minutos sobre la perrita millonaria, que a marzo de 2024 tiene un millón 800 mil vistas.
Llamo a Roberto Vidales.
–¿Eres youtuber, influencer, quieres hacer un video…? –me pregunta.
Le respondo que no: que soy simplemente un escritor. Noto que le cuesta entender a qué me dedico y por qué lo busco. Y lo comprendo: en esta época de redes sociales y videos virales solamente escribir un texto, sin pretender monetizar sus vistas, es pérdida de tiempo y dinero.
Roberto es muy amable. Pero está ocupado. Pasará las siguientes dos semanas en un retiro de desintoxicación: deberá dejar a un lado todas las adicciones, incluida la adicción a las pantallas y celulares. Y luego volará a Canadá, donde tiene inversiones.
Para la sociología mexicana contemporánea, Roberto Vidales es un mirrey. Los mirreyes son hombres ricos, blancos, que ostentan su dinero y su poder en público. Tienen cuerpos torneados, piel bronceada y la barba recién afeitada. Su paradigma es el cantante Luis Miguel. De ahí viene el nombre: de Luis Mirrey. El segundo mirrey prototípico es Roberto Palazuelos, un galán de telenovelas que cultiva la polémica. En 2022 confesó portar armas y haber participado en una balacera donde “matamos a dos cabrones”, que habían entrado a robar a una casa donde Palazuelos estaba de visita. Pero Palazuelos la libró y, mientras escribo estas líneas, hace campaña para senador de Quintana Roo, la provincia en donde se ubica Cancún.
Roberto Vidales es amigo y socio de Palazuelos. Juntos fundaron una empresa que presta dinero a emprendedores y startups.
Reviso el video de Yulay: veo a Camila pasear por las Lomas de Chapultepec, uno de los barrios más costosos de México. Detrás suyo va el señor Quintero, su cuidador. Aparecen brevemente la cocinera, la cuidadora, el peluquero y Meme. Brevemente, porque la estrella es Camila. O no, realmente la estrella es Roberto Vidales, que ostenta su opulencia, su felicidad, su casa llena de lujos. O no, en realidad la estrella es Yulay, con su remera de los Bulls de Chicago y las bromitas que hacen reír a Vidales. Y que cada mes recibe plata por las visualizaciones de este video.
–Camila, ¡ya quisiera yo ser Camila! –me confiesa Meme, y me da risa este hombretón que fue comandante de la policía, luego capo del narcotráfico y después interno en varias cárceles.
Pero después vuelvo a ver el video y lo comprendo: yo también quisiera ser Camila.
El rey Napoleón
–Ándale, Abdul, llévame allá arriba –le suplico.
–No, me duele mucho. Subo dos veces a la semana, pero a veces una vez. O dejo pasar dos semanas. No puedo. Me dan ganas de llorar.
Abdul fuma una y otra vez. Le falta el colmillo izquierdo y viste una playera tipo polo con el logotipo de Harley-Davidson. Vive en una casa de tres plantas en un barrio popular de la Ciudad de México. Me invita un café legal: el más corriente de los cafés solubles, una mezcla de grano barato con melaza. Le pido que me enseñe a sus perros, pero se resiste a mostrármelos. Me resigno. Entonces me hace una concesión: platicarme sobre Napoleón, sobre Lobo, sobre Gipsy y sobre Lynn, la española.
* * *
Napoleón vive y come como rey: le habían hecho una cama especial, la destruyó a mordidas; le hicieron otra con maderas más finas. Una etóloga eligió los colores de sus sábanas: tonos pálidos y suaves para no molestar su retina. A Napoleón de cariño le decían Napo y comía las mejores uvas y los más dulces melones del supermercado más caro, ahí donde van a hacer la compra las señoras copetonas de la Ciudad de México. Su etóloga le diseña una dieta equilibrada para crecer sano y sin sobrepeso. Una dieta basada en fibra y carbohidratos: un día frutas, al otro verduras y siempre un poco de pienso especial para su especie. La etóloga iba a su casa lunes, miércoles y viernes a entrenarlo: que aprendiera a hacer caca en donde debía, a no morder los muebles.
Napo era un capricho de Xavi. Y Xavi era una adolescente con dinero. Le dijo a su madre: ustedes tienen a sus perros, yo quiero un cerdito minipig. Y le compraron a Napo. Xavi era como otras adolescentes de su generación. Le gustaban el K-pop y la cultura coreana. A diferencia de los demás, ella podía pagar maestros coreanos nativos. Mejor aun: irse a Corea a estudiar el idioma. Pero antes quería una mascota diferente. Ya tenía dos hurones. Y llegó Napo a alegrar su vida.
En la cochera de la casa de Xavi había cinco motocicletas Harley-Davidson; autos clásicos, como un Mustang deportivo; camionetas BMW y Volvo. Demasiados autos. A veces a su familia le pagaban alguna deuda con un automóvil de lujo, por eso había tantos.
El dueño de esos automóviles era Pas. Pas tenía 40 años, era un pastor carismático, tocaba la guitarra, cantaba bonito y conocía la Palabra. A su congregación llegaban muchachos adictos a las diversas drogas de moda: a la piedra, a la cocaína, al MDMA, al alcohol. Pas les ofrecía internación, terapia y palabra, mucha palabra de Dios. Pas era un líder: dirigía la congregación, dirigía la clínica de desintoxicación, dirigía el estudio musical donde grababa canciones de su autoría a ritmo de rock cristiano.
Pas era el apelativo cariñoso que usaba como pastor. En su templo ocurría el milagro de la glosolalia: los fieles entraban en trance y hablaban lenguas desconocidas. Pas era el típico pastor neopentecostal: orador encendido, conocedor del evangelio, él mismo rescatado del pantano de las adicciones. Su raza de perro favorito era el pastor alemán. Tenía cuatro –tres machos, una hembra– y una empleada dedicada a alimentarlos, limpiar su caca y cepillarlos todos los días. En su casa había una bodega para el alimento de los perros y una nevera para sus carnes frías. Los pastores alemanes se iban de campamento cada tanto: les hacía bien respirar el aire puro del bosque y jugar con otros canes.
Uma era una mujer de negocios. Sabía moverse en los mundos reservados a los hombres: los mundos de las finanzas, de los paraísos fiscales, de los préstamos usurarios y la compra-venta de pinturas. No le asustaba tratar con los malos y manejar su dinero. Era firme. Sus palabras eran órdenes y sus cóleras sagradas como las de Jehová o Aquiles.
Juntos, Pas y Uma eran más que un matrimonio. Eran un milagro. Sus manos multiplicaban los panes y los peces. Dios derramaba bendiciones sobre la pareja: autos, anillos de diamantes, guitarras eléctricas. Riqueza para pagar salarios del personal de servicio: empleados para atenderlos a ellos y empleados para atender a los perros, a los hurones y a Napo.
Uma llegó al matrimonio con una hija adolescente, Xaviera, de una relación anterior.
A ambas les he cambiado el nombre.
Cuando tienes un perro de raza quieres otro. Luego quieres hurones. Después al cerdo más fino. Y luego quieres caballos. Uma provenía de una familia de charros. La charrería es una práctica de los ricos de rancho. Los charros se visten con trajes adornados de plata, montan los caballos y hacen suertes –galopes, saltos, caminatas hacia atrás–, algunas tan peligrosas que un error te puede costar la vida si caes mal. Uma era una escaramuza: la versión femenina del charro, y le gustaba hacer bailar a los equinos. Empezó con un caballo cuarto de milla a precio de risa: 3 mil dólares. Luego le ofrecieron un frisón que costaba 10 veces más. Lo compró. Luego una potranquita, también frisona. Los precios de los caballos se iban tornando astronómicos. Pagaba miles de dólares por cada animal. Mandó construir una caballeriza en un rancho de Xochimilco –una zona lacustre al sur de la Ciudad de México: el único lago que queda de México-Tenochtitlan. Todavía se navega en sus canales con las populares trajineras. Parece un dato turístico pero no lo es.
Uma tenía 12 caballos. Su veterinario era el mejor especialista mexicano de equinos: el doctor Ramiro Calderón. En Xochimilco ya no cabían sus animales y Uma compró un rancho en Morelos, a unos 100 kilómetros de la Ciudad de México. Allí llevó perros, cerdos, hurones y caballos. Todos consumiendo el mejor alimento del mercado. Uma y Pas lo entendieron desde el principio: entre mejor alimento das, tienes menos visitas al veterinario.
De los 12 caballos de la pareja, cinco se quedaron en Xochimilco, siete se fueron al rancho de Morelos.
Dicen que el amor y el dinero no se pueden ocultar. Dinero es lo que se le notaba a Uma. Empezó a tener miedo de los secuestros. Contrató a un guardaespaldas armado. Alquiló un departamento en Seúl, la capital de Corea del Sur, y mandó a Xavi a estudiar el idioma. Pas envió a su perro favorito a entrenamiento. Se llamaba Lobo. Lo convirtieron en un perro guardián que lo acompañaba a todos lados, menos cuando andaba en alguna de sus Harley.
Uma hacía viajes a Corea para acompañar a Xavi. Mientras tanto, a Pas le sobraban el dinero, el carisma y el poder. Le sobraban las motocicletas, las guitarras eléctricas, los caballos pura sangre, las chamarras de piel. Empezó a llevar el vértigo de la acumulación al terreno sexual: una aventura y luego otra. Y otra. Mientras su esposa estaba en Corea, Pas también hacía viajes de placer y de negocios. Su pasaporte se llenaba de sellos de Cuba y Panamá.
* * *
Los que vivimos en la Ciudad de México sabemos que la vida puede terminar en un parpadeo. El 19 de septiembre de 1985 un terremoto de 7.9 grados en la escala de Richter mató a unas 40 mil personas, muchas de ellas sepultadas bajo los escombros. Son cifras de oenegés, porque nadie creyó los cinco mil muertos que reportó el gobierno. Treinta y dos años después, el 19 de septiembre de 2017, un sismo de 7.1 grados mató a 370 personas, 228 en la Ciudad de México. Esas cifras sí las creímos porque pudimos contar los cuerpos.
Los chilangos estábamos acostumbrados a que los terremotos vinieran de las costas del Pacífico. A 400 kilómetros de distancia, la alerta sísmica nos daba casi un minuto para bajar las escaleras y buscar refugio. Pero el sismo de 2017 vino del sur, entre Morelos y Puebla, con epicentro a 120 kilómetros de la capital del país. Al venir del sur, afectó intensamente a barrios como Xochimilco. Al ser suelo lacustre, las ondas sísmicas se multiplicaron hasta 500 veces en el vecindario de las trajineras.
El 19 de septiembre de 2017, Pas tomó la Ford Lobo Raptor, encendió la torreta —a los ricos les gusta instalar sirenas y luces en sus autos para pasarse los semáforos en rojo— y tardó algunas horas en llegar a Xochimilco. Vio la catástrofe: la caballeriza se había derrumbado. Cinco caballos habían muerto. Lloró. Escuchó a un caballo bramando de dolor. Cargó su pistola automática y se internó en los escombros: si Lynn, su favorita, una yegua de raza española que él mismo montaba los fines de semana, estaba sufriendo, mejor matarla de un tiro en la cabeza. Pero le perdonó la vida. En la Ford Raptor la llevaron al hospital veterinario de la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM, donde la salvaron. Había que actuar rápido porque los cuerpos de los otros caballos empezaban a descomponerse. Pas y Uma mandaron cavar una fosa en el rancho de Morelos. Entre los cortejos fúnebres del sismo, por la carretera iba uno con los cuatro caballos hermosos y finos que perecieron en Xochimilco.
* * *
Después del sismo los sucesos se desenvolvieron aceleradamente. Uma descubrió las infidelidades de Pas. Tomó las chamarras de piel y las guitarras eléctricas y las llevó al templo donde Pas era autoridad religiosa y moral. Las tendió sobre el piso y las puso en venta: llévelo llévelo, bara bara. A cinco dólares lo que le guste. Sí, son las chamarras de Pas que de hoy en adelante ya no vive en mi casa.
Días después, envió una gavilla de golpeadores a sueldo a la casa de la madre de Pas. Pas tenía ahí su guarida personal: un gimnasio, muebles de lujo, pantallas y bocinas. Se llevaron todo, hasta los cortineros. Pas vio derrumbarse su imperio en pocos días. La alianza de pastores lo repudió. Lo echaron de la iglesia donde era el rey. Un abogado le llevó un documento: eran los papeles del divorcio, en los que se comprometía a no reclamar ni un centavo. Pas firmó con tal de no meterse en problemas. Se llevó lo que traía puesto, y ese día no se había puesto su anillo de diamantes.
Perros a la derecha
En inglés existe un verbo que me encanta: overhear, oír una conversación a la que no estás invitado. Existe una fórmula de cortesía para disculparse: Sorry, sir, I couldn’t help overhearing your conversation: disculpe, señor, no pude evitar oír su conversación.
Eso me pasa al entrar a esta mansión en las Lomas de Chapultepec. Escucho el presupuesto de Cinthia para la compra de la semana: 1,900 dólares.
La casona es tan pulcra que me siento incómodo: ¿dónde podría poner mis nalgas, sucias de venir sentado en los microbuses pestilentes de la Ciudad de México? Veo las paredes: hay una envidiable colección de Pedro Friedeberg. Y un grabado que me sorprende: es de Leopoldo Méndez, militante del Partido Comunista y el mayor artista gráfico mexicano del siglo XX.
Mientras espero, oigo otra conversación privada. Carlos Alazraki habla por teléfono. Da instrucciones para hacer un brochure de propaganda electoral que se repartirá en las iglesias católicas. El mensaje, dice Alazraki, debe ser muy sencillo: dictadura o libertad. Si la gente vota por Morena —el partido del presidente López Obrador— estará eligiendo la autocracia.
Un perrito me recibe a lengüetazos, me da la bienvenida en el recibidor de la casa. Sabré luego que se llama Clark y es un Bichon Terrier. Que come alimento súper premium —el más costoso del mercado— y pasea por el barrio con un guardia armado.
Sigo oyendo conversaciones a las que no estoy autorizado: en su llamada telefónica, Alazraki elogia a Cayetana Álvarez, la estrella fulgurante de la ultraderecha española que ha venido a México a despotricar contra el gobierno en una charla que se volvió tendencia en redes sociales.
Alazraki, por último, comenta sus próximas vacaciones en Punta Cana.
Sorry, sir, I couldn’t help overhearing your conversation.
Mi primer recuerdo de Alazraki proviene de 1994. México atravesaba una crisis política por la insurrección armada del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y el asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del entonces hegemónico Partido Revolucionario Institucional, el PRI. Ernesto Zedillo, el candidato presidencial sustituto del PRI, contrató a Alazraki como su publicista político. Y este hombre tuvo una idea sencilla: explotar el miedo. “Yo voto por la paz”, fue el lema con el que Zedillo ganó las elecciones. El triunfo de la oposición —sugería el mensaje— ponía al país al borde de un derramamiento de sangre.
Hoy también impulsa un mensaje sencillo: dictadura —representada por Morena, el partido actualmente en el poder— o libertad, si acaso ganara la oposición, que aglutina a los tres partidos tradicionales: el PRI, el PAN y el PRD.
Los Alazraki me abren las puertas de su casa. Y su casa es el epicentro de la derecha mexicana: una derecha alicaída y vapuleada en el último lustro. Morena, el partido del presidente López Obrador —un populista con retórica de izquierda— les ha arrebatado la Presidencia, el Congreso y 23 de 32 gobiernos regionales.
En febrero de 2021, Carlos Alazraki instaló en el patio de su casa un estudio de televisión que transmite por Youtube, Atypical Te Ve. Alazraki convocó a legisladores, periodistas e intelectuales descontentos con Obrador, y les ofreció un foro. Tres años después suma mil 500 millones de visitas.
Mientras estoy de visita, entra a la casa la diputada Margarita Zavala, primera dama en el gobierno de Felipe Calderón (2006-2012). Ella conduce un programa de televisión semanal. Pero aún con sus luminarias, este sector la tiene difícil: la candidata presidencial de la derecha, Xóchitl Gálvez, está 20 puntos abajo en las encuestas de Claudia Sheinbaum, la heredera de Obrador.
En la casa viven cuatro perros: Clark, Suki, Pili y Dona. Suki y Pili son Golden Doodle. No hay certeza de la raza de Dona. Alazraki me cuenta que estaba comiendo en un restaurante, un transeúnte lo reconoció y le regaló a la perrita, “con la única condición de que la cuides”, le dijo. Y el señor se fue sin dar su nombre.
Estos canes viven entre una confluencia de historias y culturas. Alazraki es judío askenazi; su esposa, Cinthia Yerojam, es sefardí de origen turco. Al estudio de televisión acuden católicos militantes y agnósticos declarados, y el guardia que pasea a los perros es devoto de la Santa Muerte: del cuello le cuelga una imagen de esta deidad, popular entre presidiarios, policías y ladrones; en general, entre personas que trabajan con armas.
César Millán, el famoso “encantador de perros” de la televisión estadunidense, una vez le dijo a Alazraki que no tratara a sus perros como perrhijos, que no era sano humanizarlos. Alazraki se lo tomó en serio. Sus perros no duermen en la cama de sus dueños, pero sí disfrutan la vida “popis” —él mismo usa esta palabra— que les puede dar este productor de televisión y publicista político: la mejor comida del mercado (100 dólares a la semana), cortes de pelo (60 dólares a la semana) y la atención de los más onerosos veterinarios y entrenadores.
En las Lomas de Chapultepec hay un veterinario famoso que atiende a los canes de los ricos. Pero Cinthia no está muy contenta con él y me cuenta que el encarnizamiento médico ha llegado también a los animales. Pasa como con los seres humanos: todo lo quieren resolver con una cirugía porque así ganan más plata. A sus perros los han operado sólo para hacer más larga su agonía. Me dice: “No me gusta que hagan experimentos con animales. Si no se va a salvar, duérmanlo, que no los traten como a los humanos que nos hacen mierda y media”.
Se acaban los chicharrones de harina con salsa picante que me he comido con los Alazraki, me despido y salgo por la cocina, donde entreveo a cuatro mujeres que limpian superficies y acomodan alimentos en dos neveras. Forman parte del “ejército” —así lo llama Cinthia— que permite que esta casa nunca pierda la pulcritud.
Me quedo tranquilo: gane quien gane la batalla histórica —si la dictadura o la libertad— estos cuatro perros seguirán disfrutando de su “departamento” —palabras de Alazraki—, un pequeño cuarto con cojines en donde los guardaespaldas no los perderán de vista en este exclusivo barrio de la ciudad.
Emiliano Ruiz Parra (Ciudad de México, 1982) es escritor y periodista. Estudió Literatura Hispánica en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cubrió política y religión en el diario Reforma (2004-2008) y colabora en la revista mexicana Gatopardo desde 2010. Entre 2020 y 2024 dirigió la Unidad de Investigaciones Periodísticas de la UNAM. Sus libros más recientes son Golondrinas, un barrio marginal del tamaño del mundo (Debate, 2022) y Elena Garro, la pérdida del reino (Brigada para Leer en Libertad, 2023).

