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La prensa incómoda, el enemigo común
El expresidente Andrés Manuel López Obrador encabezó la conferencia matutina desde Palacio Nacional en que se presentó la sección “Quién es quién en las mentiras”. Foto: Galo Cañas | Cuartoscuro.com
México

La prensa incómoda, el enemigo común

Publicado el 14 de septiembre 2026
EL PERSEGUIDOR

De un lado y otro, de la derecha, la izquierda y el partido de la corrupción, el ejercicio del poder los unifica en un tema: su desprecio por la prensa incómoda. Para unos y otros, la libertad de expresión es válida siempre que no cuestione. Es legítima siempre que no incomode.


En tanto aspiran al poder, casi todos los políticos son del tipo de apóstoles que recorren las calles, de casa en casa, llevando el mensaje (el evangelio o la palabra) de que la calidad de la democracia de un país es directamente proporcional al ejercicio de la libertad de expresión y de la libertad de prensa. Aseguran, incluso, que sin una prensa libre los gobernantes caen en la tentación de volverse autoritarios, autocráticos, tiránicos.

Y así van, pregonando y rogando por el voto. Pero las cosas cambian cuando alcanzan el anhelado poder y, entonces, el compromiso con la libertad de expresión se deforma y se convierte en algo más relativo.

Lo que era una condición democrática se convierte en una conveniencia: la libertad de expresión y de prensa son válidas siempre y cuando abonen a la buena imagen de los gobernantes, siempre que no cuestionen, critiquen, hurguen, ni pregunten. Son legítimas siempre que no incomoden.

Por décadas, la censura en México fue patrimonio casi exclusivo de los poderosos gobiernos surgidos, primero, del Partido Revolucionario Institucional (PRI), y después, de la derecha, del Partido Acción Nacional (PAN). “Revolucionarios” y conservadores se negaron con demasiada frecuencia a respetar por completo esos derechos.

Mientras priistas y panistas hacían en su tiempo todo por contener a esa prensa incómoda, en la acera de enfrente la izquierda tomaba las calles y, a fuerza de marchas y manifestaciones, demandaba y exigía el respeto a la libertad de expresión. Era una condición para alcanzar esa democracia a la que esa izquierda aspiraba.

Para debilitar el poder de los conservadores (PRI-PAN), esa izquierda aprovechó toda la información incómoda que dejaba en evidencia la alta corrupción y la deshonestidad de esos gobiernos. En una frase, cargada de contenido moral, estaba su compromiso: “No somos iguales”. Con los años, llegó el momento de poner a prueba sus palabras. Un día, los representantes de esa izquierda llegaron al poder.

Han bastado ocho años para saber que, en materia de libertad de expresión,  no serían tan distintos. Ya en el poder, existe un punto en el que la “derecha” (PRI y PAN) y la “izquierda” (Morena) se encuentran y hermanan: su desdén por la libertad de expresión y la prensa incómoda.

Del PRI, ni qué decir. Si algunos dejaron escuela, esos fueron los priistas.

Hay testimonios en abundancia del desprecio que han sentido por quienes piensan distinto y se atreven a ejercer sus críticas.

Los gobiernos de derecha e izquierda adoptaron su propio “estilo” a la hora de aplicar la tesis de Emilio Uranga, uno de los ideólogos del PRI más autoritario: los medios tenían que contribuir en la construcción de una “tiranía invisible” que simulara ser una democracia. Los medios son útiles para el poder, argumentaba, en tanto lo ayuden a mantener y extender ese poder.

Tampoco hay nada que agradecer a la derecha que ha gobernado México. Nada.

Existen múltiples evidencias de lo que el PAN hizo con la prensa crítica durante los dos sexenios que gobernó desde la Presidencia: aprovechó en su favor los mecanismos que los priistas desarrollaron para acallar las críticas.

Ahora, ya con ocho años de gobiernos de Morena, es posible trazar algunos rasgos que todos ellos comparten:

1.- Su menosprecio por la vida de las y los periodistas.
La responsabilidad del Estado por asegurar el libre ejercicio periodístico ha quedado en el discurso. Si no les importa la libertad de expresión como una característica esencial de la democracia, por qué tendría que importarles la vida de quienes ejercen el oficio. Los números más recientes son éstos:

  • Vicente Fox: 22 periodistas asesinados.
  • Felipe Calderón: 48 periodistas asesinados.
  • Enrique Peña Nieto: 47 periodistas asesinados.
  • Andrés Manuel López Obrador: 47 periodistas asesinados
  • Claudia Sheimbaun: 14 periodistas asesinados (dos años)

En 98 por ciento de los casos, de acuerdo con reportes de las organizaciones Propuesta Cívica y Artículo 19, los crímenes gozan de una ofensiva impunidad por incompetencia, indiferencia o conveniencia.

2.- Su inclinación a favorecer a medios afines y funcionales al poder.
No importa el servicio que los medios puedan aportar a la construcción de una sociedad mejor y más informada, quien está en el poder favorece y trata de fortalecer con recursos públicos a los medios que le convienen.

La vieja tesis de que el dinero público se usa discrecionalmente para premiar a quienes le exaltan, “castigando” a quienes adoptan una mirada crítica, se encuentra intacta y se aplica cabalmente.

Reflexión aparte merece el papel de aquellos periodistas tan críticos con el PRI y el PAN, pero que un día amanecieron encantados con jugar un papel de acompañantes y amplificadores del oficialismo.

3.- El uso de los medios públicos.
Para los responsables de los medios públicos, el único tipo de audiencia que existe es la de los votantes del poder en turno. Se crean programas para denostar, descalificar, todo eso que no le gusta o molesta al poder. Se convirtieron en propagandistas puros con recursos públicos.

4.- La censura o la contención de la libertad de expresión.
Vía los mecanismos tradicionales o de reciente creación, la nueva generación de  gobernantes ha diseñado diferentes esquemas para intentar imponer un pensamiento único entre la población:

  • La mañanera, la conferencia matutina del Ejecutivo: un ejercicio que simula rendición de cuentas, pero protagonizado por periodistas y preguntas a modo, con poco tiempo limitado para profundizar y analizar los datos que ahí se enuncian, sin derecho a réplica para quienes son descalificados o expuestos en su vida privada. A la descalificación de la información incómoda, se añade la “creación” de otras realidades, de narrativas paralelas, o para decirlo en otros términos: eso que sólo existe si lo dicen en Presidencia.
  • Creación de secciones y programas, como Quién es quién en las mentiras o Derecho de réplica, para amplificar y reforzar las narrativas del poder y descalificar la información y el trabajo de las y los periodistas incómodos.
  • El Ejecutivo se asume como defensor de las audiencias, del “pueblo bueno” que es incapaz de entender la perversidad de los medios y los periodistas. Otra vez, el Estado-Ogro Filantrópico del que Octavio Paz hablaba a fines de los años 70.

Distintos gobiernos, pero los mismos retos. La prensa no puede ser cómoda, o, dicho de otro modo, “la prensa cómoda” no hace periodismo, hace propaganda. Tan simple como eso.

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Por Jacinto Rodríguez Munguía

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