Justo después de terminar La llamada, uno de los mejores libros de no ficción de los últimos tiempos, la periodista Leila Guerriero se dirigió hacia la Costa Brava tras los pasos de Truman Capote, quien escribió allí gran parte de su célebre A sangre fría.
El resultado es La dificultad del fantasma (Cuadernos Anagrama, 2026), obra de agudeza, estructura, estilo y ritmo alucinante que mezcla investigación sobre el terreno, reportaje sobre la manipulación de la memoria, diario de escritura y reflexión sobre el ejercicio de un género literario que, justamente con A sangre fría, Capote pretendió fundar y que la autora ha llevado con rigor y excelencia.
Con autorizacion de Editorial Anagrama, reproducimos un fragmento de la obra:
Por intentar un comienzo, podría ser este.
Jueves 13 de abril de 2023, cementerio de Palamós, un pueblo de 18 mil habitantes en la Costa Brava, España. Tres sujetos –dos hombres, una mujer– buscan una tumba. Hay panteones, largas filas de nichos y algunas lápidas. No tienen pistas, pero el sentido común les hace pensar que lo que buscan no es un panteón –demasiado fastuoso–, ni un nicho –demasiado popular–, sino una lápida. Pero, aunque el cementerio es pequeño, la lápida no aparece. La mujer hace una búsqueda rápida en Google, encuentra un nombre asociado a una imagen y les dice a los hombres:
–La lápida es esta. Hay que buscar esto.
Recorren los pasillos que ya recorrieron, infructuosamente. De pronto, uno de ellos se detiene.
–Acá está. Es esta.
Lo dice parcamente, como si reprimiera el entusiasmo, como si temiera equivocarse o acertar. La lápida es grande, de granito oscuro. Al pie hay flores de plástico que parecen nuevas. En una placa de bronce se lee: «Robert Ruark. Escritor. Nació en Carolina del Norte el 29 de diciembre de 1915. Falleció en Londres el 1 de julio de 1965. Gran amigo de España. EPD». Allí yacen los restos del hombre que, se supone, hizo que el fantasma que la mujer busca llegara a este pueblo.
Es solo una manera de comenzar una historia. Durante algunos días parecerá adecuada.
Todas las historias tienen un comienzo. Por ejemplo, este: «El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman “allá”».
La pertinencia de aquel comienzo se desvanece con el paso de los días: el hombre que está enterrado en el cementerio de Palamós no fue quien hizo que el fantasma que la mujer busca llegara a este pueblo. O, mejor: buena parte de lo que se ha escrito acerca de eso –y de tantas otras cosas– no es más que una repetición de versiones cuyo dudoso y resbaladizo origen es, precisamente, dudoso, resbaladizo.
¿Qué siento cuando la veo por primera vez el miércoles 12 de abril de 2023? Es una casona de dos pisos bastante sencilla que no impone su belleza, un animal manso y blanco alzándose entre el cielo y el mar.
¿Qué siento cuando la veo, cuando el auto que conduce Juan Pablo Martín Ruiu y en el que él y Nicolás Gaviria fueron a buscarme al aeropuerto de Barcelona, al que llegué desde Buenos Aires, atraviesa el portón verde sobre el cual unas letras artificiosas dicen SANIÀ, bajo, me salta encima la perra Pluma, un braco de ocho meses, y me saludan Ari, una de las tres cocineras de la casa –los otros no están, pero son Mike, británico, delgadísimo, con una mirada de ironía muda que funciona como opinión sobre la raza humana, e Inma, una española que también se ocupa de cocinar en un convento de monjas–, y Marisa, una argentina encargada de la limpieza y el orden, joven, rubia, con ojos claros que parecen siempre a punto de desarmarse en lágrimas? No me deja transida la majestuosidad de la cala de cristal, de las rocas cayendo a pico, de los árboles aferrados como garras al tórax de una montaña, sino la evidencia de que, si bien cuando el hombre que ahora es un fantasma estuvo aquí todo era distinto –la casa era distinta, el bosque era distinto–, estoy viendo lo que él vio: ese paisaje de belleza dramática que será todos los días igual y todos los días tan distinto.

La casa fue construida por Nicolás Woevodsky, un ruso descendiente del zar Nicolás casado en segundas nupcias con la inglesa Dorothy Webster. Woevodsky llegó a la Costa Brava a fines de los años 20 del siglo pasado, compró 17 hectáreas costeras (que debió conseguir por muy poco dinero, puesto que estos terrenos repletos de pinos y rocas, incultivables, eran menos valiosos que los del interior, más fértil) y construyó varias residencias como el castillo de Cap Roig; la vivienda monumental de la actriz británica Madeleine Carroll –protagonista de Los 39 escalones, de Hitchcock– cerca de aquí, en Sant Antoni de Calonge; y esta casa sobre la cala Sanià para un lord inglés, que pasó a manos de Luis de Urquijo, marqués de Amurrio, y luego a la familia española Ferrer-Salat, dueña de la farmacéutica Ferrer. Desde 2023 su propietario actual, Sergi FerrerSalat, la transformó en una residencia literaria, un sitio al que muchos –de a tres o cuatro por vez– vienen a hacer lo que hizo aquí un escritor norteamericano a lo largo de varios meses del año 1962: encerrarse y escribir.
Me asignan un cuarto en el primer piso. El techo tiene cabreadas y vigas de madera. Una de las ventanas da a la montaña, la otra al mar. Un balcón corrido se tiende sobre la terraza de prolijidad ascética: canteros, árboles, macetas con malvones y cactus. Todo está pintado de blanco, incluso las puertas de los armarios. Hay banquetas con asientos de paja, almohadones, mantas de lana, un estilo rústico sin ostentaciones. Junto al cuarto está el estudio: un escritorio, una cama pequeña, estantes aún vacíos. Lo primero que hago es salir al balcón. El horizonte parece un tajo, una orden: «Es hasta aquí». Abajo, en la cala, veo piedras sumergidas en el murmullo onírico del agua. No se escucha otro sonido que el de las olas y los alaridos desgarradores de las gaviotas. Todo es salvaje y limpio, duro, casi sin domar. Me asignaron este cuarto porque, aunque es incomprobable, se supone que es el que ocupó el escritor norteamericano cuando estuvo aquí. Me atropella un pensamiento: «Este es un sitio para desaparecer completamente».
Desde la primavera y hasta después del verano de 1962, el escritor norteamericano Truman Capote permaneció en esta casa escribiendo el último tercio de A sangre fría, el libro que definió como una «novela de no ficción», un género del que se adjudicó el invento. Su estadía en la Costa Brava excedió con mucho su paso por Sanià. Comenzó el 26 de abril de 1960 cuando llegó en auto, desde Francia, al hotel Trias, de Palamós, la pequeña ciudad a 10 minutos de aquí, con dos perros, una gata, su pareja, el escritor Jack Dunphy –un hombre serio y callado, en las antípodas del aleteo jacarandoso de Capote–, cuatro mil folios con notas, documentos y transcripciones de una investigación que había comenzado en Kansas a fines del año 1959, y el objetivo de transformarla en un libro que esperaba terminar rápido. No había por qué pensar que no iba a ser así: solo necesitaba que dos personas fueran ejecutadas en Estados Unidos y todo parecía indicar que eso iba a suceder muy pronto.
Desde que empecé a pensar en este texto –y a evaluar los obstáculos que encontraría para su ejecución: casi todas las personas que conocieron a Capote están muertas, las que están vivas se relacionaban con él como satélites proveedores de servicios, pocas de esas personas hablaban inglés y él no hablaba español– tenía su título: La dificultad del fantasma. Porque venía a buscar un fantasma difícil, porque yo misma viajaba con un fantasma –reverberaciones de una revolución privada que parecía haberme dado alcance–, y porque estaba repleta del vacío espectral que me había dejado –como me sucede siempre– un libro de no ficción que acababa de escribir.

“Venía a buscar un fantasma difícil, porque yo misma viajaba con un fantasma –reverberaciones de una revolución privada que parecía haberme dado alcance–, y porque estaba repleta del vacío espectral que me había dejado –como me sucede siempre– un libro de no ficción que acababa de escribir”.
El día en que llegué a Sanià bajé a la biblioteca a encontrarme con Nicolás Gaviria. Tiene 31 años, es colombiano, dirige la residencia, lee muchísimo, escucha canciones tristes, corre. Él no estaba, así que eché un vistazo. El espacio tiene un aire contemporáneo que contrasta con la antigüedad de la casa –techos abovedados, puertas que se aseguran con aparatosos cerrojos de hierro–, pero es una contemporaneidad prudente, sin la agresión de lo hiperdiseñado.
Sobre el estante que recorre un hogar a leña –se usa poco porque los vientos febriles de la zona empujan el humo hacia adentro– vi un libro. Era delgado, blanco excepto por las letras negras del título. Me acerqué y leí: Libro de fantasmas, Llibre de fantasmes, Book of Ghosts. «Esto se va a poner interesante», me dije. Lo abrí. Contenía dibujos aterradores.
El mar Mediterráneo cubre como un velo transparente la cala sobre la que se construyó la casa. Durante casi seis semanas ese paisaje se deslizará, como una contaminación, en lo que piense, en lo que sienta, en lo que escriba. Sin embargo, Capote se mantuvo inmune. Nada de este esplendor sobrenatural se refleja en su obra, ni en las cartas que escribió desde aquí, ni en las entrevistas en las que le preguntaron por el proceso de escritura del libro que lo hizo ascender al olimpo y, después, lo arrastró al infierno.
Pero antes, esto.
La madre: Lillie Mae Fulk, casada a los 16 años con Arch Persons. Queda embarazada. Intenta abortar. No puede. Su hijo, Truman Streckfus Persons, nace en Nueva Orleans el 30 de septiembre de 1924. Lillie Mae es bella, joven, quiere divertirse, viajar. Para poder hacerlo, deja al hijo pequeño encerrado en los cuartos de los hoteles en los que se queda. Da instrucciones precisas: aunque el chico chille, el personal no debe abrir la puerta. El chico chilla. El personal obedece. Lillie Mae se separa pronto de Arch Persons.
El niño: Lillie Mae lo lleva a vivir con unas tías a Monroeville, un pueblo ínfimo de Alabama. El niño es violentamente rubio, afeminado. Se hace amigo de una vecina llamada Harper Lee a quien le dicen Nell. La madre del niño se marcha a Nueva York. Cada tanto aparece y promete llevarlo con ella. «Pero después de tres días ella se iba. Y yo me quedaba en el camino, mirándola irse en el Buick negro que se iba haciendo cada vez más y más pequeño. Imagina un perro, observando, esperando y deseando que se lo lleven. Esa es mi imagen entonces», dice el niño cuando ya es un hombre.
El padre: se esfuma, no está, no tiene importancia.
La madre y el niño: Lillie Mae se lleva finalmente al niño a Nueva York, donde se ha casado con un hombre de negocios exitoso de origen cubano, Joseph García Capote. Se cambia el nombre a Nina Capote. El niño adopta el apellido de su padrastro. En el otoño de 1936, con 12 años, le escribe una carta a su padre biológico: «Como sabrás, mi apellido ya no es Persons sino Capote, y me gustaría que en el futuro te dirigieras a mí como Truman Capote, ya que todo el mundo me llama así».
A grandes rasgos: sin antecedentes familiares de vocación artística, empieza a escribir. Describe un paisaje, una habitación, lo que ve por la ventana. Corrige, se entrena en la técnica de manera autodidacta. «Cuando tenía 16 años ya era un escritor con verdadera competencia. Técnicamente escribía tan bien como ahora. Entendía todo el mecanismo», le dijo a Lawrence Grobel a comienzos de los años ochenta en un testimonio recogido en Conversaciones íntimas con Truman Capote (1986).
Consigue ingresar como cadete en la revista New Yorker. Muestra allí los cuentos que escribe pero no despiertan interés. Los publica en Madeimoselle, Harper’s Bazaar y The Atlantic Monthly, donde su relato «Shut a Final Door» gana el Premio O’Henry. El trabajo en el New Yorker dura un par de años. Un episodio confuso durante una lectura del poeta Robert Frost (Capote estaba allí como «representante» de la revista, tuvo un calambre, se agachó para calmarlo, Frost creyó que se había quedado dormido y, ofuscado, suspendió la lectura) hace que a) lo echen, o b) renuncie. Las versiones son, como tantas otras, contradictorias y narradas por él mismo.
Vive con su madre, que consume cantidades brutales de alcohol y pastillas. Intenta terminar una novela en medio de una vida doméstica infernal. Lo invitan a la residencia literaria de Yadoo, a 40 minutos de Nueva York. Allí conoce a Newton Arvin, uno de los críticos literarios más importantes de Estados Unidos. Se enamoran.
En 1948, a los 23 años, publica su primera novela: Otras voces, otros ámbitos. El éxito es fulminante. Lo llaman genio. La foto que se reproduce en la contratapa –lánguido y decadente– genera la misma cantidad de tinta que los comentarios sobre el libro: demasiado lascivo, dicen; demasiado perverso. Publica El arpa de hierba en 1951, Se oyen las musas en 1956, Desayuno en Tiffany’s en 1958.
En 1954, entre una cosa y otra, su madre se suicida. Él, para entonces, ya es la versión años 50 de lo que hoy sería un influencer: va a las fiestas más exclusivas de la ciudad, se vincula con mujeres hermosas y millonarias –sus «cisnes»–, como Babe Paley, la esposa de William Paley, presidente de la CBS; Slim Keith, esposa primero de Howard Hawks y luego de Leland Hayward, un poderoso productor teatral; Gloria Guinness, esposa del magnate Loel Guinness; Lee Radziwill, hermana de Jackie Kennedy; Marella Agnelli, noble italiana casada con el heredero del imperio Fiat, Gianni Agnelli.
Tiene la voz estremecedora de un muñeco articulado, una manera graciosa de pronunciar las eses, una risa grave que no se condice con esa voz. Dice de sí mismo: «Tengo el tamaño de una escopeta y soy igual de ruidoso». Es bajo, muy rubio, delgado, pérfido, inteligente, egocéntrico, escritor convencido de ser el mejor entre los suyos, alguien que ha logrado en relativamente poco tiempo hacerse un nombre y abrir las puertas del cielo.

Entonces llega el día en que abre el New York Times. Es 16 de noviembre de 1959 y lee algo que ha sucedido en Holcomb, Kansas: «Un rico agricultor, su esposa y dos hijos fueron encontrados hoy en su casa muertos a tiros. Les dispararon a quemarropa después de haberlos atado y amordazado». Habla de inmediato con William Shawn, su editor en el New Yorker –donde publica desde hace años en un fulgurante arco vengativo: de chico de los mandados a escritor estrella–, y le dice que quiere ir a Holcomb para escribir un artículo sobre el impacto del crimen en los habitantes de ese pueblo. Shawn acepta.
Hay otra versión –siempre hay otra versión– que dice que Shawn es quien le propone dos historias para que elija una: contar la vida cotidiana de una mujer de la limpieza en Nueva York, o ir a Kansas a narrar los efectos del asesinato en la localidad. En esta última versión, Capote consulta con su amiga Slim Keith, que le dice: «Haz lo más fácil, ve a Kansas». Y va.
En ambas versiones tiene 35 años y empieza a construir su féretro. Primoroso. Tallado a mano.
Durante los primeros días voy a llamarla «Sanià». Luego, «la casa». Después, simplemente, «casa»: «Volvamos a casa», «Esta mañana salí de casa muy temprano».
Todos los días despierto a las cinco o cinco y media, cuando falta un rato para el amanecer. A esa hora todo permanece sedado, como si un abatimiento blando hubiera descendido sobre la tierra durante la noche. Para dar vida a la muerte, Capote vino a este lugar, a esta confabulación entre los sueños y el paraíso.

