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Celestún y la resistencia social <br>ante el crimen organizado
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Celestún y la resistencia social
ante el crimen organizado

Publicado el 13 de octubre 2026
  • Medio Ambiente
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Como el de muchas otras de las comunidades costeras de Yucatán, el futuro de Celestún parecía marcado desde hace unos 20 años: la llegada del crimen organizado para explotar la pesca ilegal del pepino de mar y satisfacer la voracidad de los mercados asiáticos resultaba avasalladora.

Y aunque el furor por el dinero fresco y fácil, sumado a las dificultades para sobrevivir de la pesca artesanal, sedujo a una buena parte de la población, un núcleo de resistencia social logró contener la marcha de las actividades ilegales. Decenas de familias se organizaron para crear en 2019 una Zona de Refugio Pesquero y preservar, así, al mar y las especies amenazadas.

La tarea no ha sido fácil, como cuenta Luisa Chuil, una de las impulsoras de la organización comunitaria en Celestún. Los riesgos crecen y la complicidad de autoridades con los traficantes y pepineros es siempre un factor de peligro.

La creación de la zona de refugio implica un esfuerzo voluntario por vigilar el mar en una extensión de 324 kilómetros, una superficie mayor que la ciudad de Barcelona. Ante la posibilidad de ser víctimas de violencia, han recurrido a la tecnología: adquirieron drones para localizar a los pescadores ilegales y avisar a las autoridades de Marina.

Ha habido avances, sin duda, pero se ha pagado un costo: “Años difíciles, duros, de llanto, de impotencia, porque nosotros (sólo) queremos un bien”. Esta es la historia de Luisa y la de un centenar de habitantes como ella.


Hace poco más de una década, Luisa Chuil, habitante de Celestún, Yucatán, se preocupó por lo que ocurría en el mar: la depredación del pepino de mar, el flujo de dinero por el tráfico de esta especie en veda, las adicciones derivadas de las drogas y el alcoholismo.

Recordaba las palabras que su padre Tomás le dijo a ella y a sus hermanas cuando eran jóvenes: “Esto, hijas, véanlo, contémplenlo, porque llegará el momento en que aquí, en Celestún, la pesca se va a acabar”. Luisa era escéptica, tenía frente a ella cerros de pescado. Que se acabara la pesca era un escenario inimaginable: ¿cómo iba a ser posible que un día los peces se agotaran?

Ocurrió a finales de la década pasada, cuando el pepino de mar fue arrasado en la costa celestunense por la pesca masiva y, con ello, otras especies fueron amenazadas. Luisa y otros vecinos del puerto se angustiaron por el fin de su forma de subsistencia y se organizaron para conformar una Zona de Refugio Pesquero para delimitar un área de preservación que permita recuperar el pepino de mar y otras especies amenazadas por la pesca ilegal.

Ha sido un camino largo, en el que se han enfrentado a los pescadores furtivos, en ocasiones vecinos de la misma comunidad. Pero su labor ha sido un ejemplo para que otros pueblos costeros –Telchac Puerto, El Cerrito en Chuburná, San Felipe-Dzilam de Bravo, El Cuyo y Chabihau–, repliquen la creación de estos santuarios, a pesar de luchar contra la corrupción y las redes de tráfico de especies en México vinculadas con el mercado asiático.

Desde los primeros años en que se extraía el pepino de mar, biólogos llegaron a Celestún para impartir talleres a los vecinos para explicar que esta especie oxigena el suelo al aspirar arena y desechos orgánicos del fondo marino, digerirlos y expulsar sedimentos limpios, un filtro que mantiene el equilibrio en los ecosistemas que habita. Los habitantes comenzaron a comprender “que cada cosa tenía su función”, dice Luisa.

–Cuando no se había destapado qué es, nos decían que no lo debíamos extraer que porque era la comida el pulpo. La gente decía “no, el pulpo es una pesquería muy buena hasta el día de hoy y cuando se abre la veda nos deja dinero igual”.

Luisa Chuil muestra una foto de los integrantes de la Zona de Refugio Pesquero. Foto: Paul Antoine Matos

La investigadora Alicia Poot, designada en agosto de 2026 como directora del Instituto Mexicano de Investigación en Pesca y Acuacultura Sustentables, quien desde principios de la década de 2010 estudiaba al pepino de mar en la costa yucateca, les ayudó a organizarse con miras a proteger el ecosistema marino.

Poot es recordada gratamente por quienes integran la Zona de Refugio Pesquero como la persona clave que logró encauzar los propósitos de proteger el mar celestunense, ya que a través de ella lograron capacitarse mediante talleres para aprender las herramientas, técnicas y estrategias para la preservación de las especies como el pepino de mar.

La científica “nos ayudaba, nos asesoraba en la pesquería, nos aconsejaba para que el pepino se reproduzca”, dice Luisa. Alicia Poot advertía que la gente no respetaría las vedas, por lo que les recomendó la creación de un refugio pesquero para proteger las especies de la sobreexplotación y la pesca furtiva. Apoyó con la elaboración del proyecto y su viabilidad. “Ni un peso nos cobró. Ella nos decía: ‘le tengo amor a Celestún’”.

Cuando llegó el momento de crear una Zona de Refugio Pesquero, como les había recomendado Poot, acudieron con las autoridades. Les respondieron que era posible, pero que tendrían que convencer a la comunidad. “¿Cómo convences a la comunidad?”, se preguntaban sus propios vecinos, pues la gente de Celestún se enriquecía gracias a la pesca del pepino de mar.

A quienes se unieron para preservar la pesca los llamaban “vividores” porque pensaban que, como dueños de empresas pesqueras, querrían quedarse con la pesca para sí mismos.

–¿Te digo una cosa, Ángel? –le comentó Luisa a su esposo, para calmarlo frente a las agresiones e insultos que recibían de los pescadores por organizarse para defender las especies–. Yo creo en Dios. Tus ojos han de ver cómo van a acabar esas personas.

Luisa afirma que el tiempo acabó por darle la razón. Un día, su esposo le contó que “fulano de tal”, quien tenía 10 embarcaciones y camioneta del año, había quedado desamparado, recorriendo las bodegas en busca de una lancha para ir a pescar. “Un hijo, a pesar de que hacía la pesca ilegal, la ambición le ganó, le cegó y se dedicó a vender drogas; le dispararon, gracias a Dios que no lo mataron, pero perdió la pierna”.

“Como vieron que había dinero, me imagino que pensaban que iban a tener más dinero. Ni con todo su dinero pudo recuperar lo que su hijo perdió”, remata.

La piedra llegó a Celestún y “se vendía como pan caliente”.

A la par de esos cambios sociales en el puerto, se incrementaba la extracción ilegal del pepino de mar fuera de temporada, lo que algunos llaman narcopepinear, práctica que continúa con personas plenamente identificadas; al agotarse la pesca en Celestún migraron a Dzilam de Bravo e Isla Arena, Campeche.

–Nunca se respetó la veda –dice José Ricardo Novelo Chac, presidente de la Zona de Refugio Pesquero y de la cooperativa Cayo Arena, en Celestún, Yucatán–. Los pescadores se convirtieron en comerciantes. La ley tenía muchas lagunas y aprovecharon esas deficiencias para extraer el pepino de mar hasta acabarlo a finales de la década de los 2010.

“Esta gente se va a ir sobre las otras especies, sobre el mero, sobre el pulpo”, pensó Novelo.

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Durante la veda del mero –febrero y marzo– surgían protestas contra la ZRP, y había personas que recababan firmas para manifestar que no estaban de acuerdo con la creación de la zona.

–Fueron años difíciles, duros, de llanto, de impotencia, porque nosotros queremos un bien.

* * *

Hubo una época en que los natos de Celestún decían que por aquí pasó Dios. Lo decían porque era un puerto con muchas riquezas naturales: manglares con infinidad de especies de aves, felinos, cocodrilos; playas de arenas blancas y aguas tibias donde sacaban weches, crustáceos minúsculos que han desaparecido de las costas yucatecas, que eran enganchados a los anzuelos para pescar corvinas y roncos. Los mares, con abundantes peces, eran navegados por padres y abuelos en botes de vela, algunos con motor de 25 caballos de fuerza y, excepcionalmente, alguno de 40 caballos.

–Tú llegabas, pescabas, tirabas tu cordel y jalabas un pescado. Era una riqueza tremenda. Tú te cansabas de jalar –dice Novelo Chac.

A principios de los 2000, “la pesca estaba más lejos, ya estábamos yendo a 25, 30 millas a pescar mero”, cuenta el pescador.  Años después, los peces se encontraban a 35 o 40 millas náuticas y hoy se alejan hasta las 100 millas náuticas, lo que implica más gasolina, más tiempo de trabajo y mayor exposición a fenómenos meteorológicos.

La vida bucólica de Celestún se transformó cuando, a finales de la década de los 2000, gente de origen asiático llegó para capacitar a sus habitantes en la captura y sancocho del pepino de mar. En el puerto nororiental de Yucatán los identifican como “chinos”. Ellos enseñaron el proceso de sancocho del pepino de mar para luego colocarlo en salmuera, para que en las bodegas pudieran comerciar con esa especie.

Para evitar su muerte tras ser extraído del fondo oceánico, el pepino de mar, una especie que se deshace al morir, es preservado en neveras con agua marina y hielo hasta el regreso a tierra. Una vez ahí, hierven los equinodermos en agua de mar o agua dulce con sal añadida. El proceso es conocido como sancocho; luego, los lavan con agua salada y los secan en recipientes tapados, lo que es conocido como la salmuera. Las temperaturas cambian constantemente durante ese proceso.

En la década pasada, decenas de pescadores arribaban al puerto de Celestún para sumergirse en el océano, recorrer las praderas y las rocas en el fondo marino y recolectar pepinos de mar, unos bultos cilíndricos casi inmóviles, familiares de los erizos y las estrellas marinas.

Al igual que casi todos los habitantes de Celestún, Luisa Chuil y su esposo, Ángel, formaron parte de esa economía en crecimiento. A pesar de crecer en el puerto, hasta entonces desconocían sobre la existencia de los holoturoideos.

–De pronto, un señor contacta a mi esposo: “Oye, Ángel, ¿quieres ayudarme? Estamos comprando pepino, pero a escondidas, porque si viene Conapesca nos puede sancionar, nos puede meter hasta a la cárcel, porque es un producto que todavía no está en la Carta Marina. Tú compras y ganas tu buen billetito”, –explica Luisa.

Era 2009 o 2010. Compraban pepino de mar a los pescadores y lo vendían al señor, ganando entre mil y 2 mil pesos al día.

En los siguientes años, fueron expedidos los permisos para pesca de fomento por parte de Conapesca, que permiten capturar especies con motivo de investigación científica, exploración, experimentación o desarrollo de nuevas tecnologías.

Más adelante llegaron los permisos de pesca comercial: las temporadas eran de mes y medio, tres días a la semana. Los biólogos, dice Luisa, explicaron que así debía darse para cuidar su reproducción y eso les daría para vivir a lo largo de los años.

–Pero la gente no entendió, les ganó la ambición del dinero, le seguían dando cuando se cerraba la veda del pepino.

Algunos buzos llegaban a ganar entre ocho y 10 mil pesos al día por unas cuatro o cinco horas sumergidos a cinco brazas. El fondo marino era ocupado por decenas de pepinos, por lo que la captura era sencilla y en ese rato recolectaban lo suficiente para volver a tierra, venderlo y descansar el resto del día. Las embarcaciones regresaban repletas, con hasta media tonelada de pepino de mar.

–Acá, hasta el más feo tenía una buena mujer, bonita –dice Luisa.

Ella y su esposo Ángel pudieron expandir su negocio pesquero al adquirir cinco embarcaciones. No fueron los únicos. Las flotas pesqueras se multiplicaron en Celestún. Durante la época dorada de la pepineada, cientos de pescadores de otros lugares de la península –como Sabancuy y Champotón, en Campeche– y del país –como Tabasco y Veracruz– llegaron a los puertos yucatecos.

La vida cambió en Celestún con el boom de la pesca furtiva. Foto: Paul Antoine Matos

* * *

Los integrantes de la Zona de Refugio Pesquero invitaron a los demás participantes de la economía marina en Celestún a formar parte del proyecto. “Para que vean que vamos a apoyarles”, recuerda Luisa. Tras largas jornadas de reuniones, conversaciones con autoridades estatales y Conapesca, finalmente el 2 de octubre de 2019 fue publicado en el Diario Oficial de la Federación el decreto que estableció la Zona de Refugio Pesquero de 324 kilómetros cuadrados frente a Celestún, con una vigencia de cinco años. El propósito de la zona es que se respeten las especies para que se reproduzcan y se recuperen.

Dentro de ella han establecido la maricultura, en la que colocan jaulas para la cría de peces, mediante aportaciones voluntarias de los integrantes de la cooperativa.

La zona implica un esfuerzo voluntario por vigilar el mar en una extensión mayor que las ciudades de Barcelona, París o Buenos Aires (capital federal), por monitorear los cambios ocurridos en la biomasa, por comunicar a sus vecinos la importancia de preservar el ecosistema y por gestionar ante gobiernos, organizaciones civiles y entes científicos las alianzas sobre el territorio.

Casi 100 personas integran la zona, organizadas en varios comités. Sus acciones van desde administrar una palapa restaurantera, que sirve para pagar insumos como gasolina, hasta la vigilancia en alta mar, pasando por labores de educación ambiental, contaduría y administración. Dentro del perímetro se prohíbe la pesca buceada; sin embargo, la pesca artesanal en temporada está permitida.

Las nuevas generaciones, advierte José Ricardo, heredaron las malas prácticas de la pesca que depredan las especies, porque los jóvenes no aprendieron a cordelear ni a la pesca artesanal, sino exclusivamente a bucear.

–Es gente de acá, que son hijos de nosotros los pescadores. Es algo con lo que tenemos que luchar ahora. Estamos concientizando que lo que estamos haciendo se está haciendo mal. Ya el pepino no hay en cantidad, se está recuperando, pero ya no vayas por el pulpo, porque el pulpo tiene otra biología diferente. Tú sacas la pulpa, al sacarla se quedan los huevecillos y entran los depredadores.

Para eso, además de acudir a las bodegas, también acuden a las escuelas para educar a las generaciones más jóvenes, porque son conscientes que es un camino largo.

–No es un proceso de la noche a la mañana. La gente lo está captando, pero va lento, más que ahorita hay una necesidad tremenda por el cambio climático, el tiempo ya cambió. Como hay una crisis en el sector pesquero, eso afecta para que vaya muy lento.

* * *

En la década de los años 2010, los pescadores se beneficiaron del pepino de mar, una especie que descansa en el lecho marino, e invirtieron en infraestructura y equipo para la pesca durante la temporada de captura.

La especie se exportaba por toneladas al mercado asiático durante esos años, cuando las autoridades mexicanas otorgaban permisos de extracción durante las temporadas. Pero José Ricardo notaba los cambios sociales que ocurrían en Celestún debido a la bonanza económica que llegó con el pepino de mar.

–Antes de que empezara el pepino de mar, en tus embarcaciones podías dejar tus equipos de buceo, gasolina. Por ahí de la cuarta temporada, eso ya no lo podías hacer porque ya te robaban tus cosas; hubo compañeros que los asaltaban en el camino, en el mar y también aquí en tierra. Ya ves ese cambio que estaba viniendo.

osé Ricardo Novelo Chac, presidente de la Zona de Refugio Pesquero y de la cooperativa Cayo Arena, en Celestún, Yucatán. Foto: Paul Antoine Matos

Para la población yucateca, tan aferrada a un estilo de vida tranquilo, entonces alejado de las noticias de la llamada “guerra contra el narco” y la inseguridad en México, el arribo de cientos de fuereños –como se llama despectivamente a la gente de fuera– significó la intervención en las costumbres arraigadas entre la gente local.

Si el pescador ganaba unos 100 pesos por kilo de pepino de mar fresco, a las cooperativas y los dueños de bodegas les pagaban entre 800 y 900 pesos por kilo en salmuera. De las ganancias se sacaba para los gastos de los trabajadores de las bodegas, insumos como la gasolina y el hielo. En las bodegas se compraban más de 100 barras de hielo de entre 100 y 150 kilogramos al día, unas 15 toneladas de hielo diarias para preservar el pepino de mar.

Pero el hielo no era lo único que arribaba a Celestún. La llegada de personas de otros municipios y estados para la pepineada provocó que se incrementara el consumo de alcohol y drogas.

Como ha ocurrido a lo largo de la historia en muchas otras partes del mundo, el surgimiento de una economía basada en el extractivismo y los riesgos atrajo a aventureros, ambiciosos y necesitados.

El pepino de mar se convirtió en la puerta de entrada para otras problemáticas sociales que están entrelazadas, como las adicciones y los riesgos a la salud causados por los rústicos equipos de buceo.

Luisa cuenta que muchos buzos quedaron lisiados al sufrir descompresión. Conoció a un hombre que se dedicaba a la pesca ilegal y quedó sin movilidad en el cuerpo tras una descompresión –la emersión veloz provoca la formación de burbujas que pueden causar síntomas y efectos similares a eventos cardiovasculares–, quien le dijo: “si Dios me diera la oportunidad de volver a vivir, pensaría dos veces para hacer lo que ya hice”. Aquel hombre murió poco a poco, “se fue pudriendo”, dice Luisa.

–La semana pasada falleció un buzo –comparte José Ricardo Novelo–.

El 3 de abril de 2026, un pescador murió por una descompresión tras sumergirse en Celestún. El presidente de la ZRP explica que los pescadores cada vez se van más lejos debido a la depredación de especies como el pulpo, que entre el 1 de enero y el 31 de julio está en veda. Ahora llegan hasta “los bajos” a 100 millas, donde la profundidad alcanza hasta las 50 brazas, unos 100 metros.

* * *

El pepino de mar recorre medio mundo a través de las aduanas mexicanas para llegar desde las costas yucatecas hasta China y Hong Kong, a pesar de ser una especie en veda permanente desde hace más de un lustro. Su extracción, manejo y comercialización es ilegal y está regulado por las leyes mexicanas.

Aún así, la pesca furtiva persiste en Yucatán, en los lugares donde la especie no ha sido depredada hasta su desaparición. En Celestún, sin embargo, ya no se obtiene.

Para llegar al otro lado del mundo, parte desde Mérida a Ciudad de México o Guadalajara. En algunos casos, cruza la frontera norte, hacia Estados Unidos. Ese país había importado desde México 416 mil dólares entre enero y mayo de 2026 en pepino de mar, unas 35 toneladas del equinodermo, según el Servicio Nacional de Pesca Marina.

En restaurantes de Hong Kong, como Imperial Treasure Fine Chinese Cuisine (Tsim Sha Tsui), un platillo de pepino de mar puede costar hasta 93 dólares, alrededor de mil 600 pesos mexicanos.

–El pepino de mar sólo lo consumen los asiáticos, entonces ¿cómo pasa por las aduanas?, ¿cómo sale del país para llegar a ese continente? Se sigue transportando, porque en Dzilam siguen sacando –apunta Ricardo Novelo–. Es una pregunta sin respuesta. ¿Quién lo compra?, ¿cómo lo sacan?

En Celestún y la costa yucateca, el principal problema es que las especies en veda pasan los retenes policiacos de la Secretaría de Seguridad Pública y las aduanas en el aeropuerto de Mérida y Puerto Progreso, a cargo de la Agencia Nacional de Aduanas, órgano administrativo desconcentrado de la Secretaría de Hacienda, y vigiladas por la Guardia Nacional.

–¿Hace cuántos años que no hay temporada?
–Hace siete u ocho años que no hay temporada –responde José Ricardo Novelo–. Y todavía se sigue sacando. No sé si quedan inventarios, pero esa es una de las lagunas que tiene la ley, porque el inventario no tiene vencimiento. Tú puedes sacar tu producto y meter otro, tú tienes el inventario y está el pepino allá; me imagino que es lo que hacen muchos. Es una puerta rotatoria.

El estudio Beche-de-mer, publicado en 2022 por The Pacific Community, informa que los traficantes emplean métodos de “lavado” a través de cooperativas legales durante las temporadas abiertas y utilizan etiquetas falsas declarando el producto como cacahuates o pescado “bonito” para su exportación.

“Cuando la pesquería de la Península de Yucatán estaba abierta, las cooperativas proporcionaron una de las vías utilizadas para lavar pepinos de mar. Cada temporada de pesca, los principales compradores acudían a las cooperativas para subastar la captura y las facturas asociadas. Así, las temporadas de pesca servían un tiempo tanto para pescar, pero también como una oportunidad para lavar pepinos de mar que fueron capturados ilegalmente fuera de temporada o por encima de las cuotas”, explica el artículo.

Un análisis publicado por la revista Foreign Policy en 2022 reporta que los grupos del crimen organizado que operan en Yucatán importaron a esa entidad la pesquería ilegalmente capturada en Costa Rica y otros lugares de América Latina para ser “lavado” y exportado como producto de origen mexicano.

–Como la ley tiene muchas lagunas, nacen comerciantes nuevos, furtivos, porque no tienen permiso, que tienen 20 o 30 lanchas, y nadie les dice nada. Hasta el momento no hay ninguna autoridad que les diga que no pueden hacerlo, porque pueden ocasionar un problema social –dice Ricardo.

Según el análisis publicado en Foreign Policy, por cada dólar que recibe un pescador mexicano por el pepino de mar, el consumidor final pagará un poco más de 70 dólares, por lo que los “enormes márgenes de ganancia permiten esconder dinero ilícito”.

El informe afirma que la corrupción, “a veces impuesta a punta de pistola por los narcotraficantes”, está muy extendida en la Conapesca y el proceso de certificación.

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* * *

La zona de refugio no se convirtió en lo que temían los vecinos de Celestún, un espacio segregado para sólo unos cuantos. A ella puede integrarse quien quiera, pero debe participar en los comités.

–Aquí el puerto depende de la pesca. Y si hay una buena pesca, si hay buena captura, todos tenemos una buena economía, no sólo el pescador, porque la derrama económica nos favorece a toda la comunidad –expresa Laura Ortiz, quien es la representante de las mujeres en la ZRP e integra la comisión de vigilancia de mujeres.

Los esfuerzos de la Zona de Refugio Pesquero se han unido al de otros colectivos dentro de Celestún para abordar integralmente los problemas sociales de ser un puerto. En febrero de 2026, la Profepa instaló el Comité de Vigilancia Ambiental Participativa (CVAP) de Celestún, que reúne los esfuerzos de las agrupaciones turísticas y ambientales, que laboran en los manglares, las playas, la zona urbana y el mar.

A más de tres lustros del descubrimiento del pepino de mar en las costas, la integración entre las organizaciones resalta como un mecanismo para que el municipio fortalezca su tejido social y para que el mar recupere las especies que se creían perdidas.

Para doña Luisa, el éxito de la Zona se refleja en el actuar de los vecinos de la comunidad, reacios a participar en la misma:

–Te dicen “no funciona la Zona de Refugio, sólo están lucrando, sólo están robando”, pero si hay un grupo que lo ves en redes sociales en la pesca deportiva, ¿sabes a dónde los llevan? A la zona. Entonces, si no está dando resultado, ¿por qué van ahí? Porque saben que ahí hay peces. Si contratas un tour te van a llevar a un lugar donde hay peces y lo suben en sus videos, porque esa zona se cuida, pero no te lo reconocen.

En junio de 2026, tras el monitoreo realizado en la Zona de Refugio Pesquero, se confirmó la presencia de pepino de mar, tras años de haber desaparecido de la costa en Celestún.

Con sus compañeros, Laura Ortiz recorre distintos puntos de la zona para identificar a los posibles pescadores furtivos que ingresan en el perímetro. Las mujeres se integraron a partir de las agresiones que sus compañeros recibían durante las acciones de monitoreo y vigilancia.

Si encuentran pescadores dentro de la zona, el comité realiza un llamado de atención verbal y les indican que en el área se prohíbe la pesca con buceo. En ocasiones, los pescadores reaccionan de forma positiva. Pero, en otras, actúan de forma violenta, con gritos y amenazas con arpones y lanzar embestidas con sus lanchas.

Recuerda que en una ocasión, a la vigilancia acudió un representante de la Secretaría de Pesca y Acuacultura Sustentable de Yucatán, quien sufrió los ataques de los furtivos con arpones y embestidas. “Los pescadores, sin saber que él estaba con nosotros, nos quisieron chocar y empezó una persecución”.

Para reducir los riesgos, a principios de 2026 incorporaron la vigilancia aérea mediante drones para “detectar embarcaciones con geoposicionamiento en tiempo real, enlazado a un sistema de las autoridades, quienes podrán identificar claramente a las personas que no respetan las vedas dentro del polígono del refugio”.

Dentro del protocolo de vigilancia, toman datos sobre las embarcaciones para informar a las autoridades pesqueras como la Conapesca para que actúen, pero “no hay respuesta, no hay ni siquiera el acompañamiento para que ellos vengan y hagan lo que nosotros hacemos”.

–A veces nosotros nos sentimos solos porque no tenemos respaldo. Pedimos que nos ayuden ellos, como autoridades, a contribuir en la vigilancia. Nos enfocamos en cuidar la zona, porque sí hemos tenido amenazas, enfrentamientos. Si queremos cuidar todo el mar, nos van a matar.

Esta investigación periodística fue desarrollada en colaboración con la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional (GI-TOC), a través del Fondo Resiliencia y el Observatorio para América del Norte.

Su contenido fue producido de manera independiente y no refleja necesariamente las opiniones o posiciones de GI-TOC o del Fondo Resiliencia ni del Observatorio para América del Norte.

Este trabajo es publicado por la alianza de Fábrica de Periodismo y Causa Natura Media.

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Por Paul Antoine Matos

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