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Una noche en el puente-museo de Tlalnepantla
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Una noche en el puente-museo de Tlalnepantla

Publicado el 27 de octubre 2026
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El proyecto Floreciendo Ciudad convierte una vez al mes un puente “anti peatonal” de Tlalnepantla en un museo que invita a detenerse y observar los paisajes.

* * *

“¡Esto es un río!”, explica Flor mientras dirige a un grupo de visitantes. Parece una guía de turistas explicando el trasfondo de una obra de arte. Los asistentes la miran con una sonrisa. Hoy es miércoles, noche de museos, y ni la lluvia pudo disuadir a esta pequeña multitud de asistir hoy a escuchar a esta mujer que lleva puesto un chaleco reflejante repleto de flores coloridas, unas gafas de sol, un impermeable rojo.

Pero este no es un museo cualquiera. Alrededor de Flor, los peatones caminan apresurados por tomar el tren, su camión o su combi rumbo a casa. Algunos miran con curiosidad al pequeño grupo reunido ante una exposición que no exhibe cuadros ni esculturas.

“Esto es un río”, repite Flor mientras señala el flujo de automóviles y camiones que circulan por la avenida Mario Colín. 

Bienvenidos a la noche de museos en Tlalnepantla, Estado de México, al norte de la capital. 

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Sala 1: Esto no es una avenida

Estamos arriba de un enorme puente antipeatonal –como Flor lo llama– que conecta el Tecnológico de Tlalnepantla con el Tren Suburbano. Abajo de nosotros, rugen camiones pesados que hacen temblar la larga estructura que cruza los diez carriles de la Avenida Mario Colín.

La guía pide abrir los sentidos y prestar suma atención a lo que nos rodea: los stickers con diseños caricaturescos pegados a lo largo del puente, los afiches que sobreviven, los restos de algún graffiti, las lámparas del alumbrado público, los árboles a nuestra altura, la plantas que rompen el pavimento. 

Por esta noche –insiste ella– este no es un puente: es un museo. 

Una de las obras más importantes de la exposición no está a la vista.  No escapa a la percepción de los asistentes que, a pesar de la lluvia que cae sobre sus cabezas, lo que corre por debajo de sus pies no es un río sino cientos de coches, combis, camiones de carga. 

La historia no es tan conocida, por lo que Flor ha tenido que reconstruir esta historia a través de testimonios y visitas al archivo municipal. Siempre le ha atraído la calle. Por eso pega stickers en donde se pueda, organiza talleres, elabora fanzines, entre otras iniciativas artísticas  casi siempre en torno al mismo tema: Tlalnepantla, su lugar de origen.

Ahora Flor explica la naturaleza del Río que, según las tesis de hace más de medio siglo, nace en el manantial Endeca de la sierra Monte Alto, en el municipio de Jilotzingo. Las aguas cruzan Atizapán, pasan por Tlalnepantla, confluyen con otros ríos a la altura de la La Villa para al final desembocar en el Lago de Texcoco.

El río Tlalnepantla y las bocatomas de la hacienda San Javier y del pueblo de la Villa de Guadalupe, 1908, Tlalnepantla, Estado de México.
FOTO: Conagua-Aha, Fondo Aprovechamientos Superficiales, Caja 1405, Expediente 19224, Legajo 1, Foja 34.

Es un río estrechamente ligado a la fundación del pueblo. Algunos artículos dan cuenta de los acuerdos de reparto de agua desde la época virreinal –con beneficios excesivos para los dueños de las haciendas–, hasta la creación de un reglamento de distribución en 1929.

La voz entusiasta de Flor apenas se escucha entre el ajetreo de los peatones, la tormenta que cae y los cláxons de los carros.

Fue en el siglo XX que, con la industrialización del municipio y el crecimiento poblacional, el río perdió su transparencia: empresas y viviendas comenzaron a descargar en él sus aguas residuales y, posteriormente, fue entubado. Sobre él construyeron la avenida que hoy está bajo nuestros pies.

* * *

Desde aquí yo veo

Flor estudió Desarrollo y Gestión Interculturales. Con esos estudios ha buscado dar rigor a sus preocupaciones ante la escasez de espacios realmente públicos en el Estado de México. 

Su proyecto, Floreciendo Ciudad, es un experimento para imaginar e intentar distintas formas de habitar y disfrutar su entorno. Bajo el seudónimo Flor, la joven comenzó a intervenir su espacio inmediato con el fin de transformarlo: “Lo primero que hice fue poner stickers quejándome, ¿no? como ‘esto debería ser un parque, esto debería ser así’”.

Antes solía usar un pasamontañas negro decorado con flores de estambre. Hoy ha cambiado su atuendo y suele vestir prendas coloridas  con diseños florales. Le gusta pensar que contrasta con el estereotipo común del artista urbano: “te imaginas a los grafiteros todos vestidos de negro, pero esta es la misma vibra. No sé graffitear, pero cuelgo cosas en el puente”.

El puente que cruza los carriles de Av. Mario Colín es “como mil puentes en uno”. Flor explica que este tipo de estructuras están pensadas para sacar al peatón de la calle y priorizar el tráfico de los automóviles. Foto: Floreciendo Ciudad.

Su obsesión con el puente deriva de la molestia: pocas infraestructuras urbanas son tan agresivas con sus usuarios como este enorme armatoste y sus escaleras en zig zag que obligan a los usuarios del transporte público a caminar tres o cuatro veces más la distancia que quieren cruzar. El puente ha sido modificado varias veces por lo que da la impresión de ser tres o cuatro puentes unidos: una especie de Frankenstein antipeatonal. 

A Flor le molesta que este tipo de estructuras son espacios diseñados para beneficiar, exclusivamente, a los automovilistas y su prisa, en nombre de una eficiencia que considera a los peatones un estorbo – especialmente a las personas con discapacidad o de la tercera edad.

Y sin embargo, desde aquí arriba, el horizonte todavía puede ser hermoso en ciertos atardeceres. Pero pocos se toman el tiempo de apreciarlo. Por eso resignificar el puente como un Museo le parece a Flor un camino interesante. En 2022 comenzó a pegar stickers a lo largo de toda su estructura con fragmentos del “Pad Pensamientos Pandémicos Colectivos”, un proyecto colaborativo de escritura libre surgido durante la contingencia de covid 19.

De esa primera experiencia nació el proyecto “Miradas”. Colocó tres marcos vacíos con la premisa “yo veo” y encuadró vistas hacia los cerros de la Sierra de Guadalupe; hacia Reforma y el sur de la Ciudad de México; además de una vista hacia el centro de Tlalnepantla.

Los marcos no duraron mucho. Al día siguiente de su instalación, personal del tren Suburbano y de los paraderos de transporte retiraron dos de ellos. La “limpieza” en ese tramo tampoco distingue de volantes publicitarios e incluso fichas de búsqueda de personas desaparecidas.

Pese al retiro de cédulas y los marcos, Flor persistió con este tipo de intervenciones. Fue cuando comenzó a preguntarse: ¿un puente podría ser también un museo? 

* * *

Sala 2: Un enclave industrial frente a una reserva natural

La segunda pieza del Puente-Museo es, justamente, un marco que funciona como mirador: la vista inmediata da hacia las vías del tren, pero también hacia las más de cinco mil hectáreas que conforman el Área Natural Protegida de la Sierra de Guadalupe. Al fondo, manchados de tonos verdes, los cerros Santa Cecilia, San Rafael y Tlayapa, favoritos entre los senderistas del norte de la ciudad.

Allí crecen árboles de huizache, pirul, pino y eucalipto; además habitan animales como tlacuaches, zorros grises, gatos monteses, gavilanes, gorriones, cardenales, varias especies de víboras y anfibios.

En la cédula informativa de esta pieza, escrita por Flor, puede leerse: “Aquí termina la sierra  los cerros al poniente, como El Dorado, son parte de la Sierra de las Cruces. También veo el Cristo de Jardines del Recuerdo, ahí están enterrados mis abuelitos”.

Los asistentes —algunos vecinos de Tlalne— reconocen el caserío y algunos puntos de referencia al fondo del paisaje. Con  32  parques y desarrollos industriales, Tlalnepantla es uno de los municipios más industrializados de la zona conurbada. Para inicios de la década, el directorio municipal contabilizaba más de 1,200 compañías dedicadas a diversas ramas de manufactura por lo que no es extraño ver columnas de vapor en el horizonte o percibir el hedor a azufre de las fábricas.

Por eso Flor insiste en mirar desde y hacia Tlalnepantla y preguntarse lo que significa este municipio que se ha convertido también en una ciudad-dormitorio de donde, todos los días, salen miles trabajadores que, en cuestión de minutos y gracias a las vías del tren, se enfilan hacia la Ciudad de México. 

Flor piensa que su ejercicio cultural puede hacer un poco más habitables lugares hostiles como este puente situado en una zona de alto tránsito vehicular pero oscura y solitaria para la gente de a pie. 

* * *

Sala 3: En la penca de un maguey, tu nombre

La pieza de esta sala tampoco existe ya, advierte Flor, pero en su momento fue importante para la vida de los tlalnetlanpenses. El mirador apunta hacia la zona donde solía estar situada la Laguna del Pilar: un cuerpo de agua del que la información tampoco abunda. 

La joven del chaleco florido se explaya con el público sobre la fauna existente en las inmediaciones del predio que hoy ocupa el Tecnológico de Tlalnepantla y menciona el terreno pantanoso de la laguna en el pasado, así como la alta presencia de lagartos: el posible origen de la mascota oficial de esta comunidad universitaria.

La Laguna del Pilar, un cuerpo de agua atractivo para los tlalnepantlenses del siglo pasado. Actualmente, en su terreno se encuentra una universidad. FOTO: Archivo Municipal de Tlalnepantla.

De acuerdo con los archivos municipales, citados por la historiadora María de Lourdes León Cernas, los niños y jóvenes del siglo pasado iban a comer capulines y tejocotes al pueblo de La Loma; solían ir a nadar al Río Tlalnepantla al término de sus clases;  y acudían a La Laguna del Pilar “en donde plasmaban en las cortezas de los árboles y las pencas de los magueyes ‘tatuajes de Amor por siempre’ con corazones”. Así se veía la vida desde este mirador hace todavía pocas décadas.

Pero, al igual que el Río Tlalnepantla, la explosión demográfica condujo a su desecamiento y la construcción del Tecnológico, fundado en 1972.

* * *

Un puente también puede ser una protesta

El recorrido culmina y Flor pide tomar nuestras bitácoras –un sencillo cuaderno de papel color azul para caminar el puente-museo– y plasmar cualquier reflexión que los visitantes consideren pertinente. Tras unos minutos de contemplación, les pide bajar al “taller” del museo: un resquicio debajo del mismo puente, la única zona techada y que protege de la lluvia. 

De su bolsa de tela, Flor saca dos colchas a manera de tapetes para instalarnos y dar tiempo a un ejercicio interactivo y lúdico. Los asistentes hablan de la sorpresa de saber que antes esto era un caudal de agua y que el río Tlalnepantla, todavía hoy, corre por debajo del asfalto.

Con revistas, pritt y tijeras, Flor conduce la creación de un collage colectivo basado en las perspectivas y los sentires del recorrido. Cada “noche de museos”, Flor procura que se cree una obra de este tipo a manera de registro de la noche. 

“Creo que un puente, que es un museo, también puede ser una protesta. Porque da coraje ver cómo hay zonas en la ciudad donde hay 800 museos, 800 parques, 800 cosas que se pueden hacer, ¿no? Y de pronto acá pues no hay esas posibilidades”, dice. 

Para concluir, Flor cuelga el collage colectivo (un recuadro sobre papel que incluye las palabras “movimiento”, “ensueño”, “emociones infinitas”, recortes sobre naturaleza, ojos que significan miradas, una barra roja que emula el puente y un letrero con “Tlalne” escrito a mano) en uno de los marcos, a la vista de quienes cruzan este enorme puente peatonal.

Allí quedará, expuesto a las inclemencias del clima y al retiro por parte del personal del Tren Suburbano o de cualquier persona. En su próxima noche de museos, Flor insistirá y colocará otra pieza distinta. Quizás alguien más, cuando cruce por aquí, en medio de la prisa de la mañana o del cansancio de la tarde, pueda notar que los puentes antipeatonales pueden ser museos, que los parques industriales pueden ser solo parques, que las periferias de la ciudad pueden ser también ciudad.


La próxima Noche de Museos en el puente de Mario Colín es el 28 de octubre. La temática será la falta de áreas verdes y se realizará un registro botánico de las plantas y flores que rompen el pavimento en el puente-museo.

Puedes apoyar a Floreciendo Ciudad aquí

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