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La maña se pega: <br>la cultura sticker en Ciudad de México
Cultura

La maña se pega:
la cultura sticker en Ciudad de México

Publicado el 19 de septiembre 2026
  • Cultura

Los stickers son el nuevo barroquismo: desde la Ciudad de México y Neza hasta Oaxaca o Monterrey, el arte adherible tapiza señalamientos, ventanas y muros.


El Fly | Tienda Made x La Calle, Ciudad Neza

El Fly viste un trafitambo verde que le permite mimetizarse con el horizonte de asfalto del oriente de la Ciudad de México. A su alrededor, decenas de veinteañeros enmochilados y con sudadera lo saludan mientras adhieren sus stickers sobre la superficie reflejante del barril vial.

Huele a tinta y a sudor.

Es el segundo intercambio Neza Shit y los stickers revolotean como mariposas en el ambiente caluroso, asfixiante, que prevalece en la Calzada Ignacio Zaragoza, al oriente de Cdmx. Aquí la ciudad parece una totalidad: decenas de artistas de la pegatina han sido congregados desde las simétricas y desarboladas calles de Nezahualcóyotl. 

El punto cero es el estacionamiento de la tienda Made x La Calle, cerca del Metro Tepalcates. Cardúmenes de cholos con cara, brazos y piernas tatuadas fungen como los adultos responsables de vigilar que no se consuman drogas ni alcohol. Al fondo, algunos hiphoperos tiran versos en el micrófono y prometen reguetón para los veinteañeros que apenas llegan.

“Es como lanzar un trozo de carne a un río infestado de pirañas: en cuestión de minutos los objetos quedan transformados en obras de arte de un inusitado barroquismo colectivo”.

Stickeros neza
La primera convocatoria del Festival Neza Shit fue un éxito. Tanto que un escuadrón de policías municipales se apersonó para al lugar para dar por terminado el intercambio.

Pero a nadie aquí presente parece importarle mucho la música, el alcohol o las drogas. Lo valioso es el cambalache, las y los stickeros que colisionan entre sí para intercambiar sus diseños: caricaturas adulteradas e imágenes populares reinterpretadas por el imaginario colectivo, impresas a una o varias tintas sobre papel adhesivo.

La primera edición del Neza Shit ocurrió en un skate park cerca de la estación Nezahualcóyotl del Mexibús. La convocatoria fue un éxito, tanto que tuvo que apersonarse un escuadrón de policías municipales para dar por terminado el intercambio, que no paraba de extenderse por avenida Chimalhuacán. “Se terminó porque la banda es loca y empezaron a rayar el Mexibús”, precisa Konart, uno de los organizadores del evento.

Para esta segunda edición, los organizadores instalaron señuelos: un automóvil que quedará fragmentado en miles de estampas adheridas a su superficie y dos bicitaxis que serán vandalizados con tags y pegatinas. 

Es como lanzar un trozo de carne a un río infestado de pirañas; en cuestión de minutos los objetos quedan transformados en obras de arte de un inusitado barroquismo colectivo.

Los dueños de las bicicletas parecen, al menos, felices con el resultado.

“Lo que me late es la adrenalina de salir, poner el sticker y volver a pasar por esa calle y ver que ese pedacito de mí sigue ahí”, dice El Fly, todavía dentro del cilindro de plástico naranja.

Irvin JH, alias El Fly, hace juguetes de colección con el colectivo Art Toy Con y diseña stickers para publicitar los conos de tránsito y señalamientos viales que transforma en piezas didácticas.

Al igual que muchos stickeros, El Fly busca integrarse en la ciudad. El trafitambo que viste hoy también fue tapizado de estampitas coloridas. Ni un centímetro de su superficie ha quedado intacto. Para el próximo evento, confiesa, planea llevar el semáforo que expropió de alguna esquina en Pantitlán: quiere que la banda lo llene de stickers.


Danny Mora Azul | La Lagunilla

“Te vuelves inevitable”, sentencia Danny Mora Azul. “Aunque a la gente no le guste tu arte, estás ahí, por donde yo y muchas personas pasamos, igual que la publicidad de Coca-Cola y todos esos estímulos que no hemos pedido y que te incitan a consumir”.

Danny Mora Azul habla mientras espera que la luz del sol revele la imagen que compuso con cianotipia. De igual forma, ella se refiere al arte callejero como una composición abierta a lo que sucede en la intemperie.

“Los stickeros tienen un propósito: la repetición, estar en todos lados”.

“Yo aprendí el arte urbano a la par de hacer fotografía –dice en la carpa de Galería La Callejera, en La Lagunilla, donde expone las imágenes que prepara con hojas, ramas y objetos como cassettes y textiles. La idea, dice, es “recomponer y resignificar” imágenes “más allá de lo que me enseñaron que era la foto”.

“Los stickeros viven la calle”, apunta Danny Mora, “y como lectora de la calle siempre veía quién pegaba, quién pisaba, quién rayaba o a quién le pagaban por hacer grafiti”. 

Toma una pausa para recomponer su cianotipia y dice, convencida: “Los stickeros tienen un propósito y es la repetición: estar en todos lados.”


Gonzkk | Colonia Algarín

Gonzkk tapa su rostro con la imagen de D.B Cooper, el hombre que en 1971 secuestró un avión en Seattle, amenazó con explotar una bomba y logró engañar al FBI luego de cobrar 200 mil dólares.

Iba a venir a México, cuenta el Gonzkk, pero a medio vuelo metió a las azafatas a la cabina de los pilotos, abrió una compuerta y ya no se supo nada de él. “Ese cabrón no lastimó a nadie, le robó al FBI y nunca lo agarraron”, dice Gonzkk, quien lleva tres años pegando stickers de figuras controversiales de la historia como D.B Cooper, Charles Manson o el Unambomber.

“En el street ahorita hay una corriente de pegar gatitos, caras y cosas lindas. Está bien, pero también hay lugar para lo oscuro y misterioso. Es válido hacer notar lo no está tan chido de la vida”.


Charritos de la calle | Parque de Cultura Urbana, Chapultepec, 3a. sección

Charritos de la Calle está en todos lados. Su sticker combina una clásica fotografía de Emiliano Zapata con la cabeza de un Pancho Villa en alto contraste, una imagen que fue chacaleada al restaurante La Casa de Villa. El resultado es una pieza de arte pop mexicano que ha sido desperdigada por toda la ciudad desde hace veinte años.

Miguel Ángel Leal –como también se conoce a Charritos de la Calle– es de esa “vieja guardia” calada en los polvorientos slams que se organizaban en las tocadas de ska de principios de milenio. 

“Yo de morro fui skato y cuando entré al bacho quería ser porro porque sabía que eran ellos los que pintaban los camiones”, dice el stickero sobre su primer acercamiento al grafiti, en tiempos en que grupos de choque como la Organización de Estudiantes Técnicos (ODET) o la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNTE) reclamaban los barrios de Azcapotzalco.

“Antes de ver grafiti neoyorquino vi en las calles pintas como ‘Cetis 4 Vegeta’ o ‘El Jamón Voca 8’: vivía entre esas dos escuelas y esos eran los grupos porriles antagónicos que organizaban peleas campales”.

Otra parte de su imaginario se desarrolló en las fiestas sonideras: le gustaba coleccionar las tarjetas de presentación de los sonideros, por el diseño de sus letras. Cuando visitaba el barrio de Tepito, donde vivía su tía, llegaba siempre en transporte público y atravesaba Circuito Interior, ya entonces una enorme galería de grafiti que rodeaba la ciudad.

Al caleidoscopio callejero, se sumó la llegada de la revista Ilegal Squad, los primeros años de internet y una generación que comenzó a dibujar personajes de caricaturas como una respuesta al grafiti más elaborado.

Pensaba que aquellas pintas eran cosa de porros. Por tanto, aspiraba a convertirse en uno de esos adolescente adultizados, uniformados con pantalones de mezclilla, tenis de marca, jerseys de algún equipo de futbol, adoptar algún sobrenombre como Pin Pon, Marihuas, Moko, Neutrón o Chelo y estar siempre dispuesto a la violencia dentro o en las cercanías de su plantel escolar.

“Pegar stickers era para mí una forma de vivir el espacio público, la calle. Mi papá nunca tuvo carro, nos movíamos en transporte público y fue desde ahí que vi mis primeros grafitis, rótulos, propaganda sonidera”.

Al caleidoscopio visual que influyó al stickero se unió el choque entre la televisión, las revistas impresas y la cultura digital: a los sketches sobre la vida callejera de Tijuana del programa Bulbo TV, en Canal 22, y los tirajes de la revista Ilegal Squad –en la que se dieron a conocer en México figuras como Obey– se sumaron los primeros lustros de internet donde ya circulaba el arte de Banksy.

Sobre las redes sociales, “muchos dirán que le dio en la madre al movimiento, porque se volvió más hedonista. Pero yo siento que se volvió mucho más democrático, porque ya puedes ver lo que pintan en Colombia o en Nueva York”.

“El año crucial es 2006”, sentencia con lucidez. En ese tiempo, rememora, la “generación Nickelodeon” comenzó a dibujar personajes de caricaturas en los muros como respuesta al grafiti wild style y 3D, un estilo de letras que sólo hacían los grafiteros más especializados.


Ñero Marginal | Parque San Fernando, colonia Guerrero

“Si tú agarras a simple vista los stickers ves a un chorro de niños que crecieron viendo la televisión o YouTube: un imaginario creado por Canal 5”, dice Antonio Nieto, un vandalus vandalorum que conserva en decenas de carpetas los stickers que desprende de las calles de Cdmx.

En el parque de San Fernando, en el tianguis de libros, Antonio cuenta la historia fundacional de un crew en Neza. El mito es quijotesco e incluye batallas a ladrillazos, pero en la grabadora sólo sobrevive el inicio: “Una noche un crew con al menos treinta miembros, de los que en realidad grafiteaban sólo cinco…”. El resto permanece oculto tras el discurso de un predicador evangélico que grita a dos metros de nosotros. 

Antonio Nieto –conocido como Ñero Marginal en el mundo de los sonideros– habla de Valle de Chalco y Nezahualcóyotl como si fueran escenario de fábulas y leyendas sobre el mundo de la gráfica urbana, antes de que inundara Ciudad de México. 

“En el street art no hay nada fijo. A lo largo de los años, las opiniones del grafiti cambian todo el tiempo. Sólo se ha mantenido estable una idea: la apropiación del espacio público sin pedir permiso”.

“Mi primer encuentro con el grafiti se dio en dos tiempos: uno en Nezahualcóyotl y otro en Valle de Chalco. Eran güeyes que chacaleaban a la banda, pero algunos se especializaron en pintar monitos con aerosol. Todos ellos se remontaban a lo que pasaba en Nueva York en los años setenta, cuando empezaron a surgir los estilos de grafiti”.

Antonio Nieto habla del lettering: las letras de molde o en estilo libre que los primeros grafiteros en Nueva York usaron para identificarse en las calles. En esa línea del tiempo, los primeros stickers fueron estas mismas letras plasmadas con plumones en las pegatinas HELLO my name is, típicas de los eventos laborales. 

Ñero quiere abundar: el grafiti que precedió a Nueva York, “o sea el de Los Ángeles”, fue el que más enriqueció a los artistas urbanos en México en cuanto a diseño gráfico. En Los Ángeles “se hacían plantillas o esténciles, ya que los grafiteros allá estaban muy influenciados por el muralismo mexicano”.

Le incomoda que se busque encasillar los orígenes del arte urbano en la ciudad dentro de una sola narrativa. Siempre hay una trama alejada de la versión oficial, insiste. Y tampoco le gusta intelectualizar mucho el tema. Al acomodarse los lentes y rascarse la cabeza, habla del punk y del chavo banda de principios de los noventa. 

“A finales de los ochenta, cuando estaba por establecerse el Día Internacional de la Juventud, la PGR hizo un encuentro de chavos banda entre México y Estados Unidos, en especial con crews de Los Ángeles. En ese tiempo también se estaban creando los Consejos Populares Juveniles, y ellos participaron. Fue el momento en el que varios decidieron convertirse en grafiteros”.

stickeros cdmx

Antes de que el arte callejero fuera identificado con el hip hop, “en los noventa muchos grafiteros estuvieron pegados al punk mexicano radical. Veían en los punks a esos tíos a los que querían imitar”.

Al caminar por la calle de la colonia Centro, Ñero ve un sticker del famosísimo Nuter en el marco de una ventana y se acerca para despegarlo. Lo guarda en su bolsillo. “En el street art no hay nada fijo –dice–. Las opiniones del grafiti no se han mantenido estables salvo en una cosa: la apropiación del espacio público sin pedir permiso”.


Charritos de la Calle | Tienda Old North Store, Azcapotzalco

Los intercambios de stickers suelen organizarse en azoteas de tiendas de ropa y de latas de pintura, en talleres de serigrafía, parques o estaciones del metro o en cualquier rincón de la Cdmx en donde los stickeros quieran hacer sinapsis a través de las estampas que sacan de bolsillos y cangureras. A muchos se les puede ver todavía recortando las planillas recién salidas de la imprenta; a veces grafitean los alrededores. Aunque suele haber infancias llevadas por parejas de stickeros que ya enseñan a sus crías a rayonear paredes, siempre queda la posibilidad de una cerveza furtiva, un toque o incluso una mona nostálgica entre los treintones más hedonistas.

“Yo tengo la filosofía de que cuando pegas un sticker ya no es tuyo. Alguien lo puede despegar para ponerlo en su refri, incluso hay gente que los enmica”, afirma Charritos de la Calle, el expositor más veterano en el intercambio que hoy se lleva a cabo en la azotea de la tienda Old North Store.

Quienes llegan o se van del intercambio grafitean y estampan los locales cercanos sin importar el panóptico de cámaras de vigilancia. Algunos paseantes amenazan con llamar a la policía ante el improperio. Los más extrovertidos gritan insultos o mentadas. “¡Ráyate las nalgas, mejor!” es una expresión común entre automovilistas.

stickers cdmx
La colonia Algarín es el epicentro del universo sticker en la Ciudad de México: todos pasan por aquí tarde o temprano.

Pero los barroquistas urbanos no se detienen. En cosa de diez segundos taggean ventanas y puertas. Un enjambre de stickeros pega sus diseños en señalamientos, hay quien saca de sus mochilas extensores para que sus pegatinas queden lo más arriba posible: sobre el logo de un banco que se cree rey de la calle, diseñado para ser ineclipsable.

En las calles, el tejido plasmático que forman los stickeros aparece no sólo en señalamientos de tránsito. También en ventanas de oficinas, en los gabinetes de Telmex o de la CFE, en baños de bares o monumentos históricos. Un sticker con la cara maniática de Charles Manson o el Unabomber pegado por Gonzzk en las ventanas de un McDonald’s interrumpe por unos segundos la compulsión inconsciente del peatón acostumbrado a que un anuncio rojo y amarillo ultrabrillante le despierte el apetito.

“La maña se pega”, manifiesta Charritos. “Yo me siento muy afortunado de pegar con las nuevas generaciones. Después del Covid salieron un chingo de stickeros, la mayoría ilustradores que encontraron en esto una manera de difundir su trabajo”.

Para estas nuevas generaciones, resalta Charritos, “Instagram marca un antes y un después dentro del arte urbano, porque así empieza una cuestión más individual: mi página, mis reels, mis seguidores, mis likes. Y como decía Warhol: todos queremos nuestros quince minutos de fama”.


stickeros barroquismo

Nuevo Barroquismo | colonia Algarín

El sticker es el nuevo barroquismo. Su práctica busca desaparecer el significado central de aquello a lo que se adhiere. Los señalamientos viales se fragmentan en decenas de pegatinas que aparecen día con día sobre las superficies del espacio urbano. En desacuerdo con una ciudad sin centro que siempre aparece inacabada, el stickero sanea los vacíos, los plastifica y flexibiliza de manera colectiva para detener, aunque sea unos centímetros, el desastre venidero.


Mucha policía, pocas stickeras | Tienda Old North Store, centro de Azcapotzalco

“El sticker es arte contemporáneo”, dice Charritos. “Mucha banda de la que está aquí ya no viene del grafiti, viene de la ilustración y de ahí le meten a todo. Pero no están politizados. Aquí en la ciudad no ves mucha gráfica del 68 o del EZLN. Yo creo que la gráfica más politizada es la del movimiento feminista”.

El reclamo de las mujeres en la marcha #NoMeCuidanMeViolan, del 16 de agosto de 2019, puso de nuevo en juego el espacio público como un lugar para hacer política. La manifestación contra la violencia sexual, atribuida a los policías en Ciudad de México, tomó por asalto el mundo de la gráfica urbana masculina, dejando en uno de los monumentos más importantes del país una de las intervenciones artísticas más relevantes de las últimas décadas.

“Ni los punks ni los grafiteros se atrevieron a pintar el Ángel de la Independencia. Nadie tocaba las esculturas de Reforma. Eso develó a mucha banda que defendía los muros porque traía un instinto machista”, destaca Charritos de la Calle.

stickeros y stickeras cdmx
Es un mundo polifónico, el de las stickeras. Algunas llegaron al sticker a través del grafiti, otras directamente del paste up o de las manifestaciones feministas.

Al intercambio en la azotea de la tienda Old North Store llegan varias mujeres. Saludan al resto de artistas, preguntan sobre los lugares para adquirir materiales a mejor precio, etcétera. Hay stickeras que se mueven en grupos, otras un poco más tímidas que acuden acompañadas por el novio, un tipo con pinta de grafitero, y hay quienes apenas comienzan a diseñar sus stickers.

Las mujeres son minoría en la comunidad stickera.  Hay más grafiteras pero últimamente varias han decidido pegar también; otras llegaron directo del paste up y el stencil, técnicas usadas por el movimiento feminista para politizar muros; también hay ilustradoras que usan el sticker para difundir sus proyectos independientes.

Es un mundo polifónico, el de las stickeras. Al ser una escena atiborrada de hombres, uno de sus principales problemas es la pelea por la notoriedad. Por eso, intercambios sin hombres como el Sólo para Nosotras, organizado por Frida Pxnk en el Museo del Juguete, adquieren cada vez mayor relevancia.

En todo caso, lo que une a las artistas callejeras es el repudio casi biológico hacia la policía capitalina. “Obviamente es más complicado para una mujer salir de noche a hacer grafiti ilegal. Si te encuentras a los puercos es peor. No sabes si te van a detener o vas a llegar a otro lugar. Es complicado”, dice la stickera TYKA.

“La tira anda muy tensa en la ciudad, por eso luego se deja el grafiti para meterle al sticker. Al salir a pegar o rayar, si vemos que un policía está con una chica, sí nos involucramos para proteger”, asegura Pawa con su bonche de pegatinas en las manos.


Roberto Alfaro, Boy Fire | colonia Algarín 

Boy Fire se inclina hasta casi salirse de su asiento cuando habla de la historia del sticker en México: su voz es una metralla de nombres, influencias, eventos y fechas que definieron al arte adherible en el centro del país.

Criado entre las imprentas de la colonia Algarín,  Roberto Alfaro –alias Rob, alias Boy Fire– mantiene un vínculo filial con el arte urbano. “Crecí en la colonia Algarín, por lo que me tocó ver el nacimiento de esta fiebre de stickers en la Cdmx. Este es el centro de las impresiones. Así conocí a la mayoría de los stickeros originales: el Fiser, el Apagador, el Jets, el Natural, el Neuzz, el Eyel, el Bus, el Twelveyes”.

Es común encontrar en la Algarín a stickeros de Neza, Iztapalapa o el Ajusco, comiendo en los puestos callejeros mientras esperan la entrega de las tiras adhesivas que encargaron.

El epicentro de la cultura sticker se ubica en esta colonia en la alcaldía Cuauhtémoc: la Algarín, una antigua zona de la capital en donde se aglutinan la materia prima y el gremio de los impresores. 

Una o dos veces a la semana, las y los stickeros se dirigen al Metro Chabacano y tocan base en la Algarín para comprar papel, recoger playeras recién impresas o pedir una nueva planilla impresa en plástico tornasol o papel de textura arenosa. Por lo mismo, la Algarín se ha convertido en una galería pública saturada de arte urbano: todos los que compran aquí, se retiran pegando uno, dos o diez stickers a su paso, atascando ciertos rincones, para luego diluirse en distintos puntos de la Cdmx.

Es común entonces encontrarse aquí a stickeros de Neza, Iztapalapa o el Ajusco comiendo en los puestos callejeros mientras esperan la tira de stickers que encargaron; de rato en rato se encuentran a otros stickeros y presumen sus diseños en alto contraste o a cinco tintas como niños que todavía intercambian sus mejores estampas.

“El Apagador, el Jets y el Eyel fueron de los primeros stickeros”, asegura Boy Fire. “Ellos pegaron en lugares que ya no existen ahora en la ciudad: dentro de edificios que comenzaron a tirar ya había stickers de ellos”.

“Yo le imprimía sus stickers a todos. Fui como un referente de producción. Ahorita ya tengo 16 años que me retiré”, dice agradecido. “Todos ellos me dieron trabajo. Yo de los stickers formé una empresa de impresiones”.


donalex, stcikeros cdmx

Don Alex | Isabel la Católica 297, colonia Obrera

“Aquí serán bien recibidos. Tráiganme su sticker que yo lo voy a leer. Yo sé leer los stickers de todas las personas”, asegura Alejandro Hernández desde su local Adhesivos Alex.

Aquí,desde hace 25 años, vende vinil y papel adhesivo. “También me hice artista”, dice mientras sostiene un sticker de Rels, uno de sus clientes que llega para abastecerse de la materia prima sobre la que imprimirá su diseño.

“Yo hice un toro dorado, pensé en venderlo, pero no se pudo y lo regalé a la banda”, recuerda con orgullo. “Quería tener un torito dorado. Era mi ilusión. Un día lo imprimí y pensé: éste es mi torito dorado. ¡Es de oro y es mío! Un día voy a sacar otro toro dorado y con muchas más ganas”.


Ñero Marginal | Festival Rayón, colonia Juárez

En su diagnóstico de la fiebre stickera de los últimos años, Antonio Nieto –Ñero Marginal–, piensa que el arte urbano, más que una contracultura, es una categoría diseñada para vender un producto: “La mayoría de los grafiteros en los noventa tenían posturas políticas. Al iniciar este nuevo milenio comenzaron a tener auge tanto las industrias culturales como los changarros culturales, como El Chopo”.

Según su crítica, esto contribuyó no sólo a crear una nueva cultura gráfica, también un nuevo perfil de consumidor. Resulta más conveniente “la idea del grafitero que sale de noche a hacer travesuras o pequeños delitos que una persona que hace acciones políticas”.

stickeros cdmx

Ñero Marginal evoca la legendaria batalla del 16 de marzo de 2008 en la Glorieta de Insurgentes, en Ciudad de México. “Fue lo que pasó con los punks: esa banda estaba ya tan descontextualizada que, cuando vieron que había banda pensando y vistiéndose diferente, lo único que se les ocurrió fue madrearlos”.

Estamos a unos cuantos pasos de la Glorieta donde ocurrió tal hecho histórico. Antonio Nieto reflexiona mientras pasea entre los  “changarros culturales” del festival Rayón, en la colonia Juárez. “Curiosamente es cuando comienzan también los grandes festivales, como el Vive Latino”, dice.

De pronto, un apagón deja a oscuras el recinto. Los ilustradores anunciados para este fin de semana en la extensa cartelera del Festival Rayón entran en cólera.

Manos a la piedra: dos décadas de La Ceiba Gráfica 


Roberto Alfaro, Boy Fire | colonia Algarín 

Roberto Alfaro destaca como un personaje fresón si se le compara con esa fauna tumbada que raya y pega maña en las calles. Él lo sabe. A su padre no le gustaba que se juntara con esos artistas que siempre traían gorros para medio ocultarse la cara, sudaderas y pantalones anchos para guardar sus latas, todos “mariguanos, tatuados y borrachos”.

“Mi papá, Miguel Ángel Alfaro, fue de los primeros impresores que llegó a la Algarín a finales de los setenta. Después perdió el linotipo por la entrada de la computadora. Perdió toda su carrera y todo su oficio por una pinche máquina que ni sabía usar y para la que ni le alcanzaba. Vivió esas transiciones”.

Además de su sobrenombre, Boy Fire es también una iniciativa dedicada al diseño gráfico, al sticker y al art toy: esa tendencia de modificar juguetes infantiles con arte o diseño para convertirlos en piezas de colección. Otro de sus proyectos es Achi –palabra zapoteca que significa “trabajar en colaboración”–, una plataforma cuyo objetivo es crear enlaces con artistas gráficos internacionales.

Vicente y los otros Rojos comunistas

“Mi maestro fue el diseñador Germán Montalvo, que estuvo en una de las primeras imprentas en el país: Imprenta Madero –dice–. La imprenta Madero era de Vicente Rojo, quien es muy conocido en el arte pero también fue de los iniciadores del diseño gráfico en México. Germán Montalvo fue quien me llevó al taller 75 grados, del serigrafista Arturo Negrete, en el año 1997”.

El diseño gráfico impactó en el arte urbano cuando los grafiteros comenzaron a consolidarse en galerías. En este contexto, dice Boy, “la serigrafía es la tradición de los stickers”: la reproducción de un diseño en grandes volúmenes y a bajo precio es lo que permite a los artistas diseminarse por toda la ciudad.

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Las diferentes técnicas de impresión y materiales, así como los bajos costos, han detonado un nuevo boom del arte adhesivo. No son pocos los stickeros amalgamados al oficio del impresor que lanzan exquisiteces en tirajes limitados, con seis tintas sobre papel texturizado o aderezado con foil: una película metalizada que se fija en la tinta y otorga un efecto centelleante .     

“Los stickers tradicionales son los de serigrafía. Son los valiosos. Tú intercambias uno de serigrafía por diez digitales –resalta Boy Fire–. Al principio no tenía la intención de pertenecer al movimiento, pero me gustaban tanto los diseños que quise hacer los míos. Así conocí a Mr. Fly, a Dr. Rabias. Te hablo ya del 2004 o 2005, cuando el sticker ya era un boom”.

En efecto, la referencia es antigua: las imágenes del ataque ninja del Dr Rabias y las moscas omnipresentes de Mr. Fly se multiplicaron hasta incrustarse en el subconsciente gráfico del transeúnte de las primeras décadas del milenio. 

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Boy Fire lo dice con total convicción: “Mr. Fly levantó la calidad de los stickers en Cdmx. Ya estaban de moda, pero ese güey mostró cómo se deben hacer. Él puso un estándar de calidad. Y el Rabias, que es como el dios de los stickeros, es quien hizo la cantidad más loca de stickers. Fue como una invasión: la invasión ninja. Ahora el nuevo Rabias es el Nuter. Y la escena en Monterrey la tiene el Tankez o el Danny; en Ciudad de México el Charritos, que es de mi generación y sigue activo”.


Tankez77 | colonia Tanques de Guadalupe, Monterrey

En la colonia Tanques de Guadalupe, en Monterrey, Tankez77 siembra stickers de lengua de suegra, sábilas y otras plantas enraizadas dentro de cubetas que se pueden encontrar en los patios de los barrios populares. “El diseño de la maceta fue uno de los primeros que saqué allá por el 2019. En ese momento estaba el tema del proyecto llamado La Interconexión Vial, que cruzaría de San Pedro a Monterrey, atravesando una zona llamada la Loma Larga, pasando por la colonia Tanques de Guadalupe y una parte de la colonia Independencia, el primer barrio popular en NL”.

La “excusa” del gobierno para “arrebatar la historia de un barrio tan icónico en Monterrey, fue una “restauración de la zona”, señala Tankez de visita en Cdmx para un taller de esténcil. Los botes como maceta, dice, “es alusión a los barrios y cómo resistimos a través del tiempboteo. Botes de pintura que usaba mi abuela para poner plantas.”


Ñero Marginal | Valle de Chalco

En su casa en Valle de Chalco, Antonio Nieto almacena reliquias del mundo sticker pegadas en black books: cuadernos o revistas cuyas páginas convierte en un catálogo de pegatinas. 

En su opinión y la de otros, la violencia en el país también impulsó la cultura sticker. Los protagonistas de esta historia coinciden en que el primer boom stickero ocurrió alrededor de 2006: su auge, por tanto, coincidió con una disputa cada vez más violenta por el espacio público y privado.

Algunos de los entrevistados cuentan que el castigo por pintar donde no se debía podía llegar a la tortura o la desaparición. En los tiempos más sangrientos de la guerra declarada contra el narcotráfico, algunos dejaron de rayar paredes por el riesgo que implicaba. Existen rumores, cuentos que se cuentan en voz baja y sin abundar. Que si te agarraban podían rebanarte el dedo con el que apretabas el pivote de una lata de aerosol, por ejemplo.

En ese contexto de hiperviolencia y leyendas negras, algunos artistas urbanos consideraron menos arriesgado pegar una estampa que ser sorprendidos marcando un muro con pintura.

stickers cdmx

Fue en una intervención gráfica durante las campañas políticas de 2006 cuando Ñero y Charritos se encontraron por primera vez. “Charritos es como Chabelo: él es amigo de todos. Ese güey nunca te va a negar un sticker”, dice Ñero Marginal.

Más allá de una imagen, unas letras o una postura ideológica, en su opinión lo que se pone en juego con los sticker es el intento –el performance colectivo– de apoderarse del espacio público centímetro a centímetro. Por eso, lo más común durante campañas políticas es pegar un sticker sobre la cara de un candidato. 

“En 2006 teníamos el colectivo A la Chingada, que trataba de hacer intervenciones callejeras que tuvieran un sentido político. Cada uno hacía gráfica diferente, pero acordamos que todos íbamos a pintar narices de payaso sobre la propaganda política.”

Según los recuerdos de Ñero, fue en alguna de esas intervenciones callejeras que se encontraron con algunos grafiteros de Ciudad Neza. Comenzaron a hacer intervenciones mano a mano. Empezaron en la UAM Xochimilco y terminaron en el Centro Nacional de las Artes.

Galerías callejeras: la vanguardia gráfica en los tianguis de la capital

“A la altura del Metro Chabacano nos encontramos al Charro. A mí me interesó mucho porque ellos traían unas imágenes de Villa, de Zapata y otros íconos de la cultura popular mexicana”.

Ñero Marginal narra este suceso informal como un suceso trascendente, casi histórico en la movida gráfica de la capital. Él terminó separándose del colectivo: le molestó que a sus compañeros no les gustara vincularse con grafiteros. Estudiantes de arte o de diseño, consideraban al grafiti una expresión menor y no tan bonita. Le enfadó que consideraran el asunto de los stickers apenas un pasatiempo. 

Desde entonces procuró vincularse con personas dedicadas de lleno a la gráfica de la calle. Pronto entendió que se trataba de una legión. Fue cuando empezó a jugar con la idea de construir alguna forma de comunicación alternativa que congregara a esa multitud de artistas que hacían cosas distintas en cada rincón de la ciudad. 

Así nació Hoja Urbana: es su intento por conservar y darle un sentido crítico a las estampas que Antonio desprende de las calles, una a una. 

“Para mí la gráfica urbana se estaba consolidando como un fenómeno social en el que se entrecruzan un chingo de cosas que ya no tienen que ver con los crews de grafiteros”.

Y es que incluso las pandillas de grafiteros comenzaron a hacer stickers.

No sólo ellos: al igual que el grafiti, pegar estampas se ha convertido en una nueva forma de socialización que ahora mismo enfrenta el conflicto de continuar su ingrato camino del arte callejero o entrar a las galerías del arte contemporáneo.

Apenas el primero de agosto pasado, artistas urbanos de Oaxaca organizaron el festival de stickers STICKR OAX en el Museo de Arte Contemporáneo y de las Culturas Oaxaqueñas (MACCO). El evento atrajo a decenas de pegatineros de varios estados del país y enmarcó el intercambio y la pega de calcas dentro del canon artístico.

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Se trata quizá del primer intercambio realizado en un recinto oficial de arte
contemporáneo. Fue inaugurado con el corte de listones urbanos amarillos que se usan para prohibir el paso de transeúntes.

El lleno fue total: ese día el cambalache de estampitas desbordó el museo, los stickers tapizaron los muros, los baños, luego salieron a las calles para apoderarse de cualquier señalamiento vial, semáforo o mostrenco que se atravesara en su camino.

Los trafitambos otra vez se llenaron de personajes de dibujos animados, igual que los cubos de basura de las trabajadoras de limpieza del municipio, quienes no hicieron más que sonreír ante el amigable vandalismo de esos jóvenes empeñados en fragmentar y multiplicar hasta el infinito la imagen de lo contemporáneo en cualquier superficie a su alcance.

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Por Fabián Ríos | Fotos: Elyzabet BJ

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