Jordi Soler, escritor, poeta, catalán nacido en Veracruz, ha sido una figura central en el rock nacional. Productor, locutor y director de la emblemática estación Rock 101, recibió en 1995 una enigmática llamada que lo conectaría de un modo impensado con el Subcomandante Marcos. Décadas después reconstruye ese periodo de la vida, en el que también aparecen de una y otra forma los espías de de Gobernación, el concierto en apoyo al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, su despido de la estación de radio, las bandas Deep Purple, Pink Floyd, así como las crónicas de las tocadas que el régimen del PRI se negaba a normalizar.
En Las armas de la ilusión, Soler recupera el México de los años 90, su experiencia como agregado cultural en Irlanda, la insólita entrevista con Fernando Vallejo en una tienda de vestidos de boda del Centro, entre otros momentos siempre ligados a la literatura, la música y la vida cultural. Con la autorización de editorial Alfaguara, reproducimos la crónica en la que Jordi Soler comparte el fulgor zapatista que avivó el fuego de la disidencia política en el México de esos años.

* * *
Recibí una llamada en mi oficina de alguien que, haciéndose pasar por un conocido mío, logró engañar a la secretaria y, antes de que yo pudiera protestar ni decir nada, dijo: Marcos te quiere dar una cosa. ¿Quién es Marcos?, pregunté, genuinamente despistado. El Subcomandante Marcos, aclaró la voz y luego explicó que se trataba de un caset en el que el líder zapatista había grabado un mensaje. Faltaban unos días para que el gobierno mexicano revelara la identidad del Subcomandante y poco más de un año para que el hombre que me llamaba por teléfono entrara en la cárcel acusado de conspiración, rebelión y terrorismo.
Yo era entonces director de una célebre estación de radio dedicada al rock y desde enero de 1994, cuando había empezado la revuelta zapatista, me había empeñado en apoyar el movimiento en los programas que hacía; aprovechaba la enorme audiencia que teníamos para espumar, todavía más, la simpatía que había despertado el zapatismo en la sociedad mexicana, y aquello me generaba una cauda de problemas con los propietarios del grupo radiofónico, que eran todo el tiempo reconvenidos por la Secretaría de Gobernación para que dejáramos de apoyar al autodenominado, así decían, ejército guerrillero que se había levantado en Chiapas.
Unos meses después de aquella llamada, como nuestro apoyo radiofónico al zapatismo no menguaba, empezó a seguirme un coche siniestro cada vez que me subía al mío, desde que salía de mi casa temprano en la mañana hasta que regresaba ya muy noche, a veces de madrugada. Nunca se acercaba demasiado ni los individuos que iban adentro interaccionaron nunca conmigo: no me perseguían, me seguían indolentemente. Se trataba de amedrentarme, calculaba yo, y alguna vez que, perturbado por ese acoso, detuve el coche y me bajé a hablar con ellos, se escabulleron en reversa y desaparecieron en la siguiente esquina. Me seguían hasta cuando iba a casa de mi amigo Américo, que vivía en un predio boscoso y casi inaccesible de la carretera a Cuernavaca. Nos pasábamos ahí todo el día echando tendidos de tarot y especulando con mi carta astral que él se sabía de memoria, o lo ayudaba con la grana cochinilla que cultivaba en una nopalera por encargo, decía, de un contacto que tenía en el Vaticano, donde la grana era muy preciada para entintar los lienzos de los que luego salían las prendas y los accesorios de los sacerdotes de élite, el alba, la casulla, el cíngulo, la estola y la capa pluvial. Cuando regresaba a la Ciudad de México, de noche, antes de abandonar la brecha que desembocaba en la carretera, ya llevaba yo el siniestro coche detrás. En algún momento de ofuscación llegué a pensar que quizás eran las huestes del Vaticano las que me seguían, por lo de la grana cochinilla de Américo, que tenía toda la pinta de ser el oscuro negocio de un funcionario del papado, que vendería el producto por su cuenta, con un lucrativo sobreprecio. Le conté esto a un amigo que tenía un alto cargo en la Secretaría de Gobernación y, después de mofarse de la hipótesis del Vaticano, me dio dos noticias sobre mi caso, una mala y otra ambigua: me dijo que efectivamente estaba yo en la lista negra, que los que me seguían eran de la secretaría, pero que, si nunca me habían hecho nada, eso quería decir que sólo buscaban amedrentarme, que me despreocupara, que no les hiciera caso. ¿Y no puedes quitarme de la lista negra?, pregunté. Imposible, dijo, no sabemos ni quién la hace.
Aquel hombre que me llamó en nombre del Subcomandante Marcos, haciéndose pasar por un conocido mío, me citó para la tarde siguiente en una esquina oscura de la colonia Roma, lo cual me desconcertó pues eran tales la clandestinidad y el secretismo que yo pensé que iba a citarme en un picacho de la carretera a Toluca o en la ribera del río Tula; o quizá su idea era hacer la transacción en una colonia normal, como lo era la Roma en 1995, y así no despertaría sospechas, no lo sé, o a lo mejor su novia vivía por ahí, o su mamá, o cerca de ese punto estaba la cantina a la que pensaba ir después, cuando ya hubiera cumplido con su misión clandestina. Ya se sabe que incluso la clandestinidad tiene su arista frívola.
La estación de radio estaba dedicada esos días a la promoción de un concierto, en el Estadio de Prácticas de Ciudad Universitaria, donde tocarían nueve bandas mexicanas de rock, con el objetivo de recaudar bolsas de frijol, litros de leche, aceite, garrafones de agua, aspirinas, bastimentos para enviar a Chiapas en un camión que ya teníamos apalabrado, con el propósito de cooperar con los poblados zapatistas que aguantaban como podían los embates del ejército mexicano. El concierto se llamaba Rock por la paz y la tolerancia y el boleto de entrada era la aportación de algún bastimento. Teníamos un promocional al aire que lo anunciaba y enumeraba lo que necesitábamos para llenar el camión.
En 1968 yo tenía cuatro años, una edad insuficiente para enterarme de la matanza de Tlatelolco y luego me tocó vivir en un país hundido en el sopor priista, Echeverría, López Portillo y los primeros años de De la Madrid, una grisalla sin horizonte en la que la juventud se ahogaba, la televisión era una basura, no había estaciones de radio decentes ni se conseguían discos de grupos interesantes, no había buen cine y los conciertos de rock, después de los desatinos de Avándaro, que tampoco me tocaron, estaban prácticamente prohibidos; no había vaqueros Levi’s y reinaban unos horrendos pantalones acampanados de terlenka; de tenis teníamos unos Adidas de línea, materiales y espíritu nacional, o un calzado esperpéntico de marca Panam, o unos dolorosos choclos llamados Exorcista, de la zapatería Canadá. La bebida alcohólica que se anunciaba en todas partes era el brandy Presidente, cuyo eslogan era una majadería: siete kilos de uva en cada botella. Vivíamos con los destrozos y la polvareda permanente de la construcción del Circuito Interior, coleccionábamos corcholatas con la cara de futbolistas de la época, el Gonini Vázquez Ayala, el Kalimán Guzmán, el Ojitos Meza y el Supermán Marín. Nos despertábamos con Chabelo y nos dormíamos, y nos malcriábamos, con el Chavo del 8, ese programa aparentemente inocuo que acabó moldeándonos a todos los mexicanos que fuimos niños en la segunda mitad del siglo XX. El Chavo nos moldeó a nosotros, pero también exportó esa imagen, supuestamente nuestra, a muchos países de Latinoamérica. Lo que une a nuestro continente no es la raíz indígena, ni la cosa bolivariana, ni el amor-odio a los españoles ni a los gringos; lo que nos une a todos es la vecindad del Chavo, ese show, malévolo y sin embargo genial, que durante años nos maleducó. Esa costumbre que tenemos, y que en otros países produce incomodidad, de hablar con ligereza, cuando no de burlarnos, de las características físicas de una persona fue apuntalada, durante décadas, por los personajes de la vecindad que veíamos cada lunes en la televisión; el gordo se llama señor Barriga y el alto es el profesor Jirafales o, según el gag, el maestro Longaniza; una de las vecinas, mayor y no muy guapa, es la Bruja del 71 y la otra, doña Florinda, es con frecuencia la vieja chancluda. El muchacho que tiene hipertrofia en los cachetes se llama Quico y todos los gracejos que se le dedican tienen que ver con su defecto físico, o con el resentimiento que produce su condición de niño rico, que contrasta con el Chavo, que es pobre, tan pobre que no tiene ni casa ni nombre. En aquella vecindad, como ha enseñado siempre la doctrina católica, el pobre es el bueno y el rico, el malvado, un concepto que hoy, por cierto, experimenta un contundente revival. Don Ramón, o Rondamón, es un desobligado adorable que nunca ha pagado la renta, del que se mofan por ser flaco y por parecer una lagartija; a su hija le dicen la Chilindrina, como ese pan feote que no es ni concha ni polvorón. El hijo del señor Barriga, que es tan gordo como su padre, se llama Ñoño, palabra que, de acuerdo con el diccionario, significa: “Dicho de una cosa: sosa, de poca sustancia”. ¿Nos inventó el Chavo?, ¿o su programa era el reflejo de la realidad nacional? En la vecindad se premiaban continuamente las chapuzas y las canalladas, y en la escuela a la que asistían los niños del elenco se penalizaba moralmente al que se sabía la lección, que alguna vez, y de casualidad, era Quico, y casi siempre la Popis, la otra rica del grupo como su nombre lo indica. Hoy la Popis, por ese mismo revival que mencioné más arriba, se hubiera llamado la Fifí. Durante años el show del Chavo del 8 nos endilgó la idea de que la riqueza y la inteligencia son condiciones vergonzosas. En el salón de clases del sufrido profesor Jirafales estaban bien vistas las bromas al maestro, sus alumnos se pitorreaban de su autoridad hasta el escarnio y siempre eran bienvenidos el exabrupto y el chacoteo. Ese programa era el diapasón que entonaba la agobiante realidad del niño y el joven de aquellos tiempos; la redundancia en la línea temporal lo dice todo: después de la generación del 68 vino la del Chavo del 8.
Toda esa insoportable grisalla se desvaneció con el temblor de 1985, la solidaridad que despertó aquella catástrofe electrificó a la juventud de la ciudad, que se organizó sola en brigadas espontáneas para echar la mano llevando provisiones y ayudando en las maniobras de rescate, removiendo los escombros de la tragedia de los que saldría el futuro. Los que éramos niños en 1968 despertamos en 1985 y en 1994 los zapatistas nos hicieron florecer.
No había ningún enviado del Subcomandante Marcos en la esquina de la colonia Roma, que era efectivamente oscura y anodina, pero en cuanto me acerqué me salió al paso un hombre, mayor que yo; era probablemente el que me había llamado por teléfono, no lo sé porque la transacción se hizo en un riguroso silencio, me dio un paquete que sacó del bolsillo de su chamarra, que era una prenda deportiva con el escudo del Athletic de Bilbao, y luego cruzó la calle y desapareció en la siguiente esquina. Guardé el paquete pensando que aquella maniobra era una exageración, si alguien nos hubiera visto habría pensado que estaba yo comprando alguna droga; el factótum del Subcomandante podría haberme dejado tranquilamente el paquete en la recepción del grupo radiofónico pero, quizás, iba cavilando en lo que caminaba hacia el coche, esa entrega sobreactuada y llena de nocturnidad era un ardid mercadotécnico para que yo pusiera la atención suficiente en el producto que se me había entregado. Llegando al coche abrí el paquete, era un caset, sin nombre ni nada que indicara su contenido, que no pude oír en el camino a la oficina porque hacía meses que había dado el salto a la modernidad cambiando el tocacasets por un tocacedés que, cada vez que pasaba por un tope o caía en un bache, se descuadraba el disco y comenzaba, aleatoriamente, otra canción.
Llegué tarde a la oficina, ya se había ido la secretaria y la mayor parte del personal, sólo quedaban los que estaban haciendo un programa en la cabina. Prendí un Delicado, me serví medio vaso de ginebra y puse el caset; era una grabación de apenas cuarenta segundos en la que el Subcomandante Marcos anunciaba el concierto que tantos problemas me estaba dando con los propietarios del grupo. Con un tono de locutor guapachoso, como si estuviera anunciando un baile en el pueblo, y después de presentarse con su nombre y su grado militar, invitaba a la juventud chilanga al concierto Rock por la paz y la tolerancia, el 28 de febrero de 1995, en el Estadio de Prácticas de C. U., y terminaba diciendo, con una energía contagiosa, ¡aaaaalláááá nos vemoooooos! Una joya de promocional que al día siguiente montamos en el estudio, sobre una pista con la música de las bandas que tocarían en el concierto.
Los músicos no iban a cobrar nada, ni siquiera los gastos que inevitablemente tendrían por tocar en directo; tampoco cobraban los que iban a montar el escenario ni los que organizaban ni, desde luego, nosotros, que poníamos el tiempo al aire para anunciarlo, una situación especialmente molesta para los propietarios que alegaban, y yo lo entendía perfectamente, que el problemático concierto que estábamos promocionando, además de conseguirnos la ira de la Secretaría de Gobernación, no dejaba ni un peso, al contrario, nos costaba porque consumía un tiempo al aire por el que cualquiera pagaría mucho dinero.
El Ejército Zapatista y el Subcomandante Marcos se habían ganado el corazón de la mayoría de los mexicanos y todos queríamos ayudarlos en esa lucha que nos parecía incontestable; un ejército de indígenas chiapanecos levantándose finalmente contra sus opresores que llevaban quinientos años poniéndoles la bota en el cuello; así lo veíamos entonces y nos quedaba claro que aquel levantamiento, aun cuando fracasara o fuera sometido, ya había cambiado la percepción que teníamos en México de los pueblos indígenas, que antes eran poco más que una cuña en el discurso de los gobernantes y en los anuncios del gobierno en turno que pasaban por la radio y la televisión, unas soflamas indigenistas del oficialismo que no se correspondían con la dura realidad de que los indios de México vivían en la miseria y que el único contacto que había entre ellos y las clases medias y acomodadas era en el momento de servir los platos en la mesa, y al lavarles la ropa y hacerles la cama a los patrones. “No diga ‘los indios’ como si se tratara de los habitantes de otro planeta”, dice uno de los personajes de la novela Oficio de tinieblas, de Rosario Castellanos, y otro, unas páginas más adelante, sentencia: “A un indio no es posible enseñarle nada. Lo hemos intentado nosotros y es peor que intentar sacar sangre de la pared”.
Los zapatistas cambiaron la forma en que México veía a sus indios y, aunque es verdad que hasta hoy siguen hundidos en la miseria, ya a nadie se le ocurre hablar de ellos como lo hacen los personajes de Rosario Castellanos. Los zapatistas modificaron el discurso, ya veremos si algún día esa modificación alcanza para cambiar la realidad. Nos encerramos en el estudio a montar el promocional con la voz del Subcomandante Marcos, con mucho sigilo porque no quería yo que se enterara nadie antes de que estuviera al aire; lo musicalizamos, decía, con una serie armónica de cortes de canciones de los grupos que estaban anunciados: Estrambóticos, La Banda Elástica, Romántico Desliz, Los de Abajo, Rastrillos, La Lupita, Botellita de Jerez, Maldita Vecindad y Santa Sabina. Para matizar el golpe que iba a producir la voz del Subcomandante Marcos en las oficinas de los propietarios, conservamos al aire el promocional anterior que pasaba cada media hora, en una proporción de tres a uno: después de que el promocional benigno pasaba tres veces, a la cuarta llegaba el maligno. Por supuesto que unos segundos después de la primera vez que se transmitió tenía a la plana mayor protestando en mi oficina y una hora más tarde ya habíamos llegado al acuerdo de no sacarlo del aire a cambio de bajar la frecuencia, un acuerdo que yo cumplí sólo unas horas porque al día siguiente ya habíamos vuelto a la frecuencia original. La única forma de ayudar a los zapatistas pasaba, ahí y en todas partes, por brincarse las trancas.
Cada tercer día, a lo largo de las semanas que faltaban para el problemático concierto, fui llamado a capítulo; me sentaban en la cabecera de la mesa del consejo empresarial y cada uno de los socios disparaba su carga de reclamaciones. Yo argumentaba, con razonamientos distintos y, según el calibre de la balacera, con diversas intensidades, que una estación de radio como la nuestra, por comercial que fuera, tenía una responsabilidad con los jóvenes que la escuchaban; que no todas las ganancias tenían que ser dinerarias; que el Ejército Zapatista no era solamente un grupo guerrillero levantado en armas, era también un fenómeno social y cultural, un revulsivo para hacer visible la miseria del país y además era un movimiento global que era observado desde todos los rincones del planeta y nosotros estábamos, precisamente, en el epicentro de ese episodio histórico, decía yo y añadía, ya montado en la hipérbole, que me parecía un error quedarnos al margen de la historia y una indignidad dejarnos amedrentar por la Secretaría de Gobernación.
La saña de la Secretaría de Gobernación puede parecer hoy, a estas alturas del siglo XXI, excéntrica o exagerada, pero en 1995 el Estado seguía temiendo a la juventud, que era percibida como el semillero de todas las rebeliones; 1968 no quedaba tan lejos y desde entonces la autoridad había desarrollado una aversión por cualquier manifestación juvenil masiva, con énfasis en los conciertos de rock. Los Rolling Stones, por ejemplo, llevaban treinta años tocando en todos los países de Occidente, en Asia e incluso en países africanos, en todos menos en México, país al que llegaron por primera vez el 20 de enero de 1995, unos días antes de que el enviado del Subcomandante Marcos me entregara el caset en aquella esquina anodina de la colonia Roma.
Aquella aversión de la autoridad por los conciertos de rock se traducía en el abuso y el maltrato sistemático a los jóvenes de entonces. Habrá sido muy al principio de los años ochenta, quizás un poco antes, cuando en el Toreo de Cuatro Caminos, una plaza de usos múltiples donde a veces se toreaba, se anunció un festival de rock estelarizado por Dangerous Rythm, Kenny and the Electrics y, me parece, Sombrero Verde, que era una banda bastante fresca que después involucionó en Maná. Para empezar, el muchacho que quería asistir a un concierto de rock tenía que ir a comprar las entradas in situ y esto quería decir plantarse a las seis de la mañana en las taquillas del Toreo y hacer una cola que, en aquella ocasión, le daba la vuelta a la plaza, y casi al reloj, porque entre que no llegaban los boletos, y que cada dos por tres alguien se liaba a golpes en la cola, el asunto se prolongó más allá de las cuatro de la tarde. La naturaleza de los golpes era, por supuesto, alcohólica, porque para resistir de buen humor las diez o doce horas que requería aquella fila que caracoleaba a la vera del Periférico, era necesario llevar una anforita, o botella, o incluso hielera los más festivos, y tanta festividad en la cola, al rayo del sol, y con la cruda de las cubas que se habían bebido a las siete y media de la mañana, llegaba invariablemente a las manos. Como las entradas las conseguía uno sobre las cuatro o cinco de la tarde, y el concierto empezaba a las siete, no quedaba más remedio que esperar ahí, sin más nutrientes que el azúcar de la CocaCola y del ron Potosí, a que abrieran las puertas para disfrutar del concierto. Las entradas se vendían el mismo día por el temor, muy bien fundado, a las falsificaciones, no había Ticket master, ni venta telefónica, ni dios que se apiadara del rockero desgraciado de principios de los ochenta. Finalmente llegaba uno a ocupar su localidad hecho polvo, pero tremendamente ilusionado, o quizá ya presa del delirio de ver a esas bandas que eran lo único que había entonces. A ese mismo Toreo había ido una vez el famoso Joe Cocker, y había salido tan borracho y tan drogado que fue incapaz ya no digamos de articular una sílaba, sino de mantenerse en pie; todo lo que hizo fue comparecer, con una mueca ambigua entre la sonrisa y el eructo, y luego, como producto de un desequilibrante traspié, romperse un diente contra el duro metal del micrófono. Aquel festival de rock estaba animado y conducido por un locutor de radio, de cierta celebridad, que publicitaba las virtudes de un novedoso escenario giratorio que nos permitiría a los asistentes una visibilidad dinámica y periférica del concierto. Con dos horas de retraso comenzó el espectáculo, me parece que con la actuación de Sombrero Verde, que empezó a tocar y simultáneamente a girar sobre el novedoso escenario cuando súbitamente, en el momento en que cruzaban el ecuador de la primera canción, un gran tronido, que al principio se confundió con un colapso eléctrico del sistema de amplificación, anunció que el escenario había encallado y provocó que toda la gente que ocupaba el graderío se apiñara en la zona donde el escenario había quedado de cara. Así, con el escenario giratorio sin girar, llegó el grupo Kenny and the Electrics, que años después, cuando cantar o llamarse en español dejó de considerarse una nacada, pasaron a ser Kenny y los Eléctricos. El número llevaba un alto voltaje erótico, pues Kenny era una isla de progesterona en aquel inmenso mar de testosterona ebria, insolada y desbocada. Cada palabra que pronunciaba la cantante era un latigazo de lujuria que se disparaba en todas direcciones, y ella, sabedora de su inmenso poder venéreo, se puso a ejecutar un solo de armónica sumamente contoneante que terminó con el gesto de lanzar su instrumento al graderío, su armónica, que llevaba sus huellas, su calor corporal, su perfume y su saliva, un objeto cuya posesión era casi casi como poseer a la cantante, o cuando menos esa lectura se le dio a la armónica, que al caer entre dos butacas desencadenó una gresca general, una batalla a muerte por aquel objeto altamente erotizado que despertó a las fuerzas del orden, que dormitaban en el lado ciego de la plaza y que se pusieron a dispersar la bronca a mamporros y macanazos y, cuando todavía no había transcurrido ni la mitad de aquel glorioso concierto, nos echaron a todos a la calle.
Poco tiempo después se anunció un concierto de Deep Purple, la famosa agrupación inglesa, en el estadio de la Ciudad de los Deportes. El anuncio era literalmente inconcebible, los conciertos de altura internacional no pasaban nunca por la Ciudad de México, y los que sí pasaban habían terminado en desastre, como aquel de los Doors con un Jim Morrison luciendo un vistoso coma etílico, o aquel de Joe Cocker que mencioné hace unas líneas. Los músicos de Deep Purple habían ido cambiando con los años, pero el anuncio sugería que veríamos cantar a Ian Gillan y tocar la guitarra al legendario Ritchie Blackmore. No tuvimos más remedio que creer en el anuncio; en el imaginario de aquella época pesaba más la fantasía de ver a Deep Purple que la realidad, áspera y bien tangible, de ver en vivo a los Dug Dug’s.
En la cola interminable para comprar las entradas sonaban todo el tiempo las grabadoras con los éxitos de Deep Purple en caset, unas grabadoras de pilas que eran del tamaño de un buró, y que proveían la calistenia para el concierto, reproducían una y otra vez “Smoke on the Water” y “Strange Kind of Woman (Live in Japan)” para deleite de los fanáticos, que doblaban, como podían y a su buen entender, los alardes guturales de Ian Gillan. El concierto empezó, como era costumbre, dos o tres horas tarde, justamente después de un tremendo cohetón, que se le salió de control al operario e incendió un tapete de aires persas que servía de escenografía. El accidente produjo una nube negra, que olía a pólvora y a lana chamuscada, dentro de la cual apareció Ritchie Blackmore sacándole a la guitarra los primeros acordes de “Smoke on the Water” y, al tiempo que aquel nubarrón se disipaba fuimos viendo, con asombro y mucha rabia, que Ritchie no era el Blackmore nacido en la ciudad inglesa de Weston-super-Mare, sino un doble nacido, probablemente, en Cosamaloapan, Veracruz, y lo mismo pasó en cuanto salió Ian Gillan. “A poco Gillan es morenito”, preguntó una despistada que no entendía muy bien de qué iba la cosa. ¡Smoooukindeguorer, faierindescai!, gritaba el morenazo que desde luego no era el Gillan de Londres, Inglaterra, sino un entusiasta, rigurosamente paisano nuestro. Los del público, por supuesto, comenzamos a protestar, empezamos a silbar y a exigir que trajeran al Deep Purple de verdad o que nos devolvieran nuestro dinero y la policía, que no estaba para tolerar los reclamos de la juventud, suspendió el concierto y vació el estadio a macanazos.
Ni siquiera en la sala de cine podía el joven rockero de aquellos años ver un concierto en condiciones. Mientras el resto del mundo occidental veía a Pink Floyd en directo y en un grandioso estadio, nosotros teníamos que conformarnos con la proyección de la película The Wall, cuya trama estaba confeccionada a partir de las canciones del añorado grupo. Los chilangos asistimos a aquella única proyección de la película como si fuera un verdadero concierto de Pink Floyd; de manera espontánea y natural se contempló de pie el espectáculo, se coreó cada una de las canciones con lujo de cabeceos y puño en alto y se consumió todo lo que canónicamente se consumía en un concierto de verdad e incluso un orate, en un rapto de éxtasis salvaje, arrojó una botella de caguama contra la pantalla hasta que, en perfecta concordancia con la irrealidad del momento, un grupo de bravos que se había quedado fuera, echó abajo las puertas del cine y entró de manera masiva y tumultuosa a sumarse al mejor, y más sentido we don’t need no education que le han cantado nunca a la banda de Roger Waters. Cuando no llegábamos todavía ni al hey, teacher, leave them kids alone, el cácaro suspendió la proyección y entró la policía y nos sacó a palos por maleducados y por ingenuos, por haber confundido una película con un concierto de Pink Floyd.
Pero en 1995 la prohibición de los conciertos masivos de rock se había acabado, no porque los gobernantes hubieran entrado en razón, ni en un afán de mostrarse compasivos con la juventud, sino porque algún funcionario espabilado le hizo ver al gobierno que aquellos eventos, bien organizados, dejaban un montón de dinero. La prohibición se había acabado, pero no el repelús de la autoridad por los conciertos, al que había que añadir la naturaleza del nuestro, que apoyaba explícitamente la causa zapatista que perseguía la Secretaría de Gobernación. Y un elemento más que añadía tensión a las fatigosas llamadas a capítulo, cada tercer día: mi empleo de director de la estación estaba pasando por un momento delicado, más bien malísimo. Hacía unos meses, durante la campaña presidencial de 1994, yo tenía pactada una entrevista con Cuauhtémoc Cárdenas, candidato del PRD, que los propietarios me prohibieron hacer y me animaron, es un decir, a entrevistar mejor a Ernesto Zedillo, del PRI, y a Diego Fernández de Ceballos, del PAN, cosa que hice, porque antes había vislumbrado una solución, decorosa y con un alto porcentaje de riesgo que estaba dispuesto a asumir.
Que los candidatos a la presidencia de la República insistieran en ir a nuestra estación, para convencer a la juventud de que votara por ellos, mientras Gobernación nos veía como una amenaza permanente, me parecía una prueba muy palpable de la esquizofrenia del sistema.
Miguel Ángel Granados Chapa, un célebre periodista de aquella época que estaba al tanto de mi situación, conducía un programa, a la misma hora que el mío, en la cabina de al lado, y me había dicho que, a pesar de que los propietarios también se lo habían prohibido, iba a entrevistar a Cuauhtémoc, temprano, antes de que llegara la gente a sus oficinas. Cuando Granados terminó su conversación, me acerqué a la cabina y me llevé a Cárdenas a la mía, cerré la puerta con llave y lo entrevisté durante media hora. Terminando la entrevista salimos de la cabina y nos encontramos con los propietarios, que saludaron efusivamente a Cárdenas, por si resultaba que al final ganaba las elecciones, y un minuto más tarde, cuando mi invitado ya se había ido, me expulsaron del grupo radiofónico. Pasé por mi liquidación a la oficina de personal y unos días después, nunca supe muy bien por qué, fui reinstalado en mi puesto. Lo mismo me había sucedido unos años antes cuando un ejecutivo de la compañía Bimbo, que compraba tiempo al aire en las estaciones del grupo, se ofendió por algo que dijo un locutor y pidió la cabeza del responsable de la estación; los propietarios, siempre complacientes con cualquiera que ostentara cierto poder, se la concedieron, me echaron, me liquidaron y unos días más tarde me recontrataron. Así que en aquellas batallas por el concierto zapatista colgaba sobre mí la daga de una nueva expulsión que al final, por supuesto, llegó: me liquidaron por tercera vez, lo que quizá sea un récord en el universo laboral mexicano. Pero entonces ya el asunto me preocupaba poco, acababa de publicar mi segundo libro y me sentía listo para dejarlo todo y sentarme a escribir.
El promocional del Subcomandante Marcos, contra todo pronóstico, resistió al aire hasta la víspera del concierto, hasta el momento en el que recibí una llamada de alguien que estaba en la organización para decirme que la Rectoría de la UNAM había clausurado el Estadio de Prácticas y que no podría usarse al día siguiente, lo cual era un problema porque llevábamos tres semanas anunciando el concierto en ese lugar. No pasa nada, dije, hacemos un promocional con el nuevo sitio y lo echamos con una rotación intensa para que nadie se lo pierda; pero la voz del teléfono me dijo que no había nuevo sitio, el concierto era dentro de unas horas y ya no había manera de montarlo en otra parte. Todo era muy caótico, yo no sabía ni con quién estaba hablando por teléfono y lo que hice fue sacar del aire el ya famoso promocional del Subcomandante Marcos e irme con dos de mis colaboradores al restaurante Hipocampo, a digerir el lío con unos tequilas y a tratar de resolver otros asuntos acuciantes que se nos iban atrasando por el espacio que nos robaba el problemático concierto zapatista. Para el segundo tequila, cuando ya empezábamos a relativizar el chasco, me llamó Rita Guerrero, la cantante de Santa Sabina, que era una de las organizadoras, para decirme que el concierto seguía adelante, que un grupo de aguerridos había reventado los candados del Estadio de Prácticas y ya estaban dentro terminando de montar el escenario. El concierto tenía que ser en la UNAM por su calidad de territorio autónomo, en el que no operaba la policía capitalina, pero la nueva situación nos ponía en un terreno pantanoso, el secuestro de un inmueble no parecía ajustarse al espíritu universitario.

En realidad mi papel en aquella aventura terminaba ahí, la promoción estaba hecha y al día siguiente, quizá, me tocaría hacer alguna alocución entre una banda y otra, no había más orden que el que fueran improvisando los músicos que, desde el levantamiento en enero de 1994, se habían politizado, habían cerrado filas con los zapatistas en un momento en el que el rock mexicano comenzaba a profesionalizarse, las compañías disqueras empezaban a tratarlos como músicos de verdad, les grababan discos con los productores más importantes, en estudios sofisticados en Estados Unidos, y se los llevaban de gira por Latinoamérica. La politización que había despertado el zapatismo les permitía hilar un discurso que iba más allá de las banalidades habituales de la industria de la música, había la sensación de que poner sus canciones al servicio de la causa era importante, era útil incluso, que era la misma sensación que tenía yo con la parte que me tocaba, y lo dejo todo en el nivel de las sensaciones porque hasta hoy el drama de los indígenas miserables de Chiapas sigue igual, el movimiento zapatista cambió muchas cosas en México, nos regaló una nueva mirada, pero a estas alturas del siglo XXI los acuerdos de San Andrés Larráinzar, sobre derechos y cultura indígenas, siguen sin hacerse efectivos.
Pero aquel 28 de febrero de 1995 parecía que no todo iba a quedarse en la sensación y que México iba a cambiar de verdad, de eso hablábamos en el restaurante Hipocampo cuando nos enteramos de que sí habría concierto; llamé al operador de la estación para que reintegrara el promocional del Subcomandante Marcos y, pensando en mi probable alocución en el estadio, y a la luz de que ese concierto iba a celebrarse a las bravas, llamé a Carlos Monsiváis para invitarlo a que se sumara a las alocuciones, convencido de que iba a encantarle participar en ese festival semiclandestino y de que su prestigio podría evitarnos algún problema con la autoridad.
Al día siguiente se celebró el concierto, tal como llevaba tres semanas anunciándolo el Subcomandante Marcos. Hay un testimonio de aquel día en YouTube . Un entusiasta, con una cámara de esas que grababan en un minicaset, hizo un video o, más bien, una serie desordenada de tomas a lo largo del concierto, en las que se ve el escenario muy al fondo y se escuchan algunas alocuciones y trozos de las piezas que iban tocando los grupos. Lo que enseña este único documento, que no tiene segunda parte, es la impronta de aquel medio día, el cielo claro, el sol cayendo a saco sobre Ciudad Universitaria y, sobre todo, el entusiasmo del público que llenaba la cancha del Estadio de Prácticas pues el camarógrafo dedica los escasos diez minutos que dura el video a registrar el ska, los patadones al aire, el braceo loco, los caballazos y los cuerpos gozosamente descoyuntados, la danza salvaje que ocupaba la zona noble de la cancha y, de fondo, algo de lo que pasaba en el escenario puede verse y oírse.
El concierto se desarrolló sin grandes contratiempos, sin peligro y sin la comparecencia de la autoridad. Yo no hice ninguna alocución ni tampoco, según recuerdo, la hizo Carlos Monsiváis; nos instalamos en un rincón del backstage a ver tocar a las bandas y bailar desaforadamente a esa juventud alumbrada por el fulgor zapatista. Al final del concierto subieron las toneladas de bastimentos que se habían recaudado al camión, que esperaba detrás del escenario con los portones abiertos como las fauces de un animal prehistórico. Cuando estuvo completamente lleno, el chofer encendió los faros, activó un potente claxon que sonaba a la trompeta de ataque de la caballería y maniobró, en medio de una nube de dísel que nos dejó en prenda, hasta que consiguió salir del estadio. Hubo aplausos, vivas al zapatismo y al México recién florecido, mientras el camión enfilaba rumbo al sur.

