Patricia Aridjis documenta en su libro más reciente la “doble vida” de mujeres pobres que cuidan a infantes de familias acomodadas, mientras se pierden de las primeras palabras de los suyos. Unas –como dos guerrerenses que fueron niñeras de unos mellizos en Acapulco– se inician de adolescentes. Otras renuncian a tener hijos y envejecen con sus empleadores. Lo hacen a cambio de muy poco. La reconocida fotógrafa retrata, con tacto y ternura, cómo “clases sociales diametralmente opuestas coexisten y pocas veces se mezclan”
Biviana Ánica tenía sólo 13 años cuando debió acoger bajo su cuidado, por primera vez, a los hijos de otra mujer, Lorena. Con ese que fue su primer trabajo “comenzó a escribirse en su piel morena” el “ser nana”.
Tiempo después, la joven guerrerense tuvo a su cargo a los mellizos Mau y Nina, de cinco meses de edad, que “dependían por completo de sus manos, de su atención, de su ritmo. Doce, 13 horas al día, todos los días; dar de comer, calmar llantos, identificar lo que no podían decir, quedarse despierta para ver si respiraban bien”, cuenta la fotógrafa documentalista Patricia Aridjis.
Guerrerense también, Jessica Anguiano –que desde los 14 años “ya calmaba llantos ajenos”– se sumó a la crianza de Mau y Nina. Cada quien tenía “su nana”. Las amigas de Jessi seguían siendo niñas, ella tenía que trabajar. “Preparaba biberones, descifraba fiebres, sostenía brazos que buscaban refugio”. Los bebés lloraban, se enfermaban. “Cuidaba infancias mientras la suya quedaba atrás”, describe Patricia Aridjis en el libro.
Bivi y Jessi vivían en la casa de los mellizos de lunes a viernes, y los fines de semana se iban a sus casas, al igual que otras de las 20 niñeras de distintos lugares del país que siguió y retrató Aridjis durante siete años. Sus historias contadas en imágenes dan forma al libro Arrullo para otros (Lullaby for others), presentado a principios de este mes en el Museo Archivo de la Fotografía, en su sede del Centro Histórico.
Aridjis cuenta, en entrevista con El Sur, que quería echar a andar un proyecto sobre trabajo doméstico, pero decidió centrarse en el tema de las niñeras en México luego de ver la película colectiva Paris, je t’aime (París, te amo, 2006), donde aparece una joven migrante latinoamericana arrullando, en una habitación modesta, a su pequeño hijo con una canción de cuna de su tierra. Después se va a trabajar a una mansión y con esa misma canción arrulla al niño que cuida.
Este capítulo de la cinta al que se refiere Pati –como le dicen cariñosamente–, se titula Loin du 16e (Lejos del distrito 16), fue escrito y dirigido por los cineastas brasileños Walter Salles y Daniela Thomas, e interpretado por la actriz colombiana Catalina Sandino.
En las dos escenas que la impactaron, “ves que hay una diferencia abismal” entre los dos hogares, recuerda. “A partir de ahí me puse a buscar”.

“Cero reconocimiento, cero liquidación, cero pensión”
Era 2009 cuando empezó a preguntar por amigas o conocidas que estuvieran en esa etapa de niños chiquitos y que tuvieran “nanas” de tiempo completo (no como babysitters ocasionales y que cobran por hora). “Ahora no se estila que se queden ahí –en las casas de sus empleadoras– por mucho tiempo. O que usen uniforme. Pero sí me tocó retratarlas con uniforme o delantal. Y me tocaron casos, sobre todo en Yucatán, de mujeres que se quedaron a vivir 30, 40 años con la misma familia”.
Visitando a esas nanas de más edad, se dio cuenta de que la mayoría “eran historias de injusticia al final, porque cero reconocimiento, cero liquidación, cero pensión, nada”. Era lo más común, solamente “algunas pocas sí tuvieron alguna retribución, esa gratitud hacia ellas por parte de la familia que habían cuidado”.
Pati conoció a nanas que habían trabajado durante décadas en la misma casa. Cuidaban a personas desde que eran bebés hasta la adultez, o “cuidaban a los niños y luego, ya adultos, se las llevaban para que cuidaran a sus hijos y a sus nietos”.
Se percató, en ese tiempo, de que muchas debían hacer otras tareas, además: cuando los infantes se iban al kinder o dormían, ellas debían barrer, sacudir, cocinar, lavar trastes, sin que ello representara un pago extra. “Estaban sometidas a jornadas muy largas”.
Confirmó también una constante que intuía desde antes: la mayoría de las nanas provienen del campo o de las zonas conurbadas de las ciudades. “Comienzan a trabajar muy jovencitas y dejan a su familia, casi niñas algunas. Dejan todo, su familia, sus amistades, su pueblo. Los motivos son los de siempre… pues sí, la situación económica”.
Y de las mujeres que envejecieron con la familia empleadora, dice que muchas no se casaron. “Como que renunciaron a su propia vida para cuidar a otros”. Es, define la fotógrafa, como si quedaran atrapadas “en una situación de doble vida”.

Mujeres morenas cuidando a niñas y niños rubios
Las niñeras que aparecen en el libro le permitieron a Aridjis retratarlas en su ámbito laboral y poco a poco la dejaron entrar a sus círculos personales. Así, notó que todas “iban de una vida muy precaria, con una visión del mundo muy diferente, a la acomodada casa donde trabajaban, que no tenía nada que ver con sus propias condiciones; y al final ahí también vivían en marginalidad, porque dentro de las casas ajenas las nanas no ocupan más que un pequeño espacio muy austero”.
Pronto, lo que empezó como un proyecto “acerca de ese vínculo y ese trabajo”, se enfocó “en la diferencia de clases sociales: en general, son mujeres morenas cuidando niños rubios y eso habla mucho de la situación de desigualdad que existe en todo el país”.
La investigación de Pati la llevó a viajar por Yucatán, Guerrero, Jalisco, Hidalgo, Tlaxcala, Puebla, Veracruz, Estado de México, Ciudad de México, Baja California.
“Fui a un montón de lugares. Es que era donde me daban chance, ¿no? De pronto alguien decía ‘yo conozco una niñera’ y me iba para allá. Me quedaba ahí una semana, 15 días, fotografiando la vida cotidiana. Sí fueron bastantes”, dice sonriendo del registro que logró hacer entre 2010 y 2017.
“Comencé con las nanas jóvenes en activo. Mi contacto inicial eran las patronas, las mamás, porque como hay menores de edad en las imágenes es muy delicado (había que obtener su autorización). Si ellas accedían, pues ya hablaba yo con las nanas.
“Estuve fotografiando no sólo los espacios laborales, sino los lugares donde ellas viven con su familia, en sus comunidades, en sus fiestas”. El objetivo era captar “estos dos mundos totalmente distintos en donde ellas se mueven”.
En las casas donde habitan las nanas, remarca Aridjis en la introducción de Arrullo para otros, “se despliega una representación a escala de los contrastes sociales del México actual. De ahí podemos tomar las puntas de una madeja que corresponde a clases sociales diametralmente opuestas, las cuales coexisten, se tocan y pocas veces se mezclan.
“Muchas de las nanas tienen raíces indígenas (…) un buen porcentaje son madres solteras –o lo son de hecho, porque sus parejas son padres ausentes–. Envejecen y presencian el envejecimiento de sus patrones. En cambio, no ven crecer a sus propios hijos”.
Pati pudo presenciar ese tipo de situaciones. “Es muy duro –dice–. Tampoco escuchan las primeras palabras de sus hijos, pero sí de los niños que cuidan”.

El miedo de “ser una criada toda la vida”
Biviana cuidó a Nina y Mau durante cuatro años y medio, dos en Acapulco y el resto en Mérida. “Los cuidaba de las siete de la mañana a las ocho y media o nueve de la noche. Cuando por fin llegaba su descanso, si no tenía compromisos sólo hacía una cosa: ‘Dormir, dormir hasta donde el cuerpo aguantara’, como si el sueño fuera el único lugar donde ella podía ser cuidada”, apunta Aridjis.
“Los adoro, los siento como si fueran míos”, dice Bivi en Arrullo para otros. Aun así, no se conformaba con ese destino y se lo hizo saber a la señora Claudia, la mamá de los mellizos. Le confió que tenía miedo de quedarse así, “de trabajar siempre en casas. Y aunque se oiga feo, de ser una criada toda la vida. Yo no me quiero quedar así”.
Ese temor, escribe la autora, “también forma parte de su ternura. Porque amar a los niños no borra la realidad del trabajo: la falta de derechos, la precariedad, la idea de que cuidar vidas ajenas no es un oficio digno”.
Mau y Nina “crecieron, cambiaron, se alejaron”, como todos los niños. “Pero en algún rincón de sus vidas –quizá sin saberlo– guardan el ritmo del corazón de Bivi, el toque de las manos que los levantaban, la paciencia que los sostenía cuando el mundo todavía era demasiado grande”. Sin su trabajo, recuerda Pati, “muchos niños no estarían de pie. Y, sin embargo, nadie se pregunta quién sostiene a Bivi”.
Jessica, la otra joven guerrerense que cuidó a los mellizos junto con Bivi, desde chica tuvo que lidiar con limitaciones y dos heridas que sólo el tiempo puede curar: a su padre lo atropellaron y a su hermano lo mataron en un asalto a microbús. Hasta la fecha, sigue contribuyendo con el gasto de la casa familiar, donde su madre crió sola a seis hijos.
Los primeros niños ajenos que Jessi cuidó “tenían seis años uno y el otro año y medio. Poco duró ese cariño: la familia se mudó lejos y Jessica descubrió algo que se repetiría constantemente: en este trabajo cada afecto tiene la forma de un adiós”. A Julián, por ejemplo, lo cuidó cuando era muy pequeño, luego volvió a verlo pero ya no la reconoció. “Quiso abrazarlo y él, con la honestidad brutal de los niños, le dijo que no y la empujó”, escribe Aridjis en el libro. “Quince años sosteniendo vidas breves que luego desaparecen sin despedida”.
Jessi quería ser maestra; aunque terminó la preparatoria no logró hacer una carrera. Pero tampoco deseaba ser nana para siempre: “Quiero algo más”, se repetía.
Ambas consiguieron cambiar su futuro. Jessica se casó hace un par de años, sigue viviendo en Guerrero “y ahorita está embarazada”. Ya no es niñera. Bivi es enfermera, viaja mucho, “es una pata de perro”, celebra Pati.

Una casi esclavitud “muy naturalizada”
Muchas de las mujeres a las que Aridjis daba seguimiento sólo salían el fin de semana de las casas de sus patrones. “Se dan situaciones que tenemos naturalizadas. Como que provienen desde la Colonia, son dinámicas sociales que, yo diría, son muy racistas, muy clasistas. De una desigualdad muy cabrona. Y esto de que casi no salían a sus casas es una especie de esclavitud, ¿no? Pero es algo que tenemos muy naturalizado todos”.
Incluso, continúa Pati, “ellas mismas decían ‘es que así es mi trabajo’. O se daba una actitud que me llamaba la atención: una de las niñeras, por ejemplo, tenía en su cuarto de servicio las fotos de la familia que cuidaba, no las de sus hijos, porque convivía mucho más con esos niños que con los suyos”.
Con las niñeras jóvenes, precisa Pati, se da menos “este fenómeno de que se queden toda la vida ahí, son más de entrada por salida. Las nanas mayores que conocí sí envejecieron con las familias que cuidaron. Eso fue muy fuerte”.
Con suerte, un día a las cuidadoras las cuidan
Las fotos de Aridjis revelan esa relación en la que, por un lado hay una innegable explotación laboral y, por otro, el afecto cultivado en años de convivencia. Por ejemplo, una nana cuidó por años a una familia en Mérida “y ellos, muy agradecidos, se hicieron cargo cuando le dio una embolia y quedó cuadrapléjica”. La familia empleadora la ingresó a un lugar de cuidados médicos, donde estuvo hasta su muerte.
También en Yucatán, María Celestina Cante, Chita, cuidó a una niña hasta que ésta se hizo adulta. “Ahora esta señora cuida a Chita, la tiene viviendo en su casa, la lleva al doctor, la trata como su mamá”. De sus más de 90 años de vida, Chita ha vivido con su familia empleadora al menos 80. “Hay estos casos. Son pocos, pero sí se dan”, cuenta Pati.
Cuando no se dan, el final es implacable. Florentina Zi y Castillo, Lola, lo supo. Ella no se casó ni hizo una vida aparte. “Mis hijos fueron los niños de donde trabajé”, decía. Un día, ya viejita, se cayó y se fracturó un brazo. Ya no pudo continuar con el trabajo. “No hubo un cuarto para su convalecencia, nadie la retuvo cuando decidió irse, nadie preguntó qué necesitaba, no hubo indemnización ni un solo gesto para honrar medio siglo de cuidados”, escribe Aridjis en el libro. “Lo único que tenía era seguro social”. Lo que más le dolió a Lola fue “el olvido”. Sus empleadores, a los que unilateralmente consideró su familia y para los que trabajó 54 años, se olvidaron de ella. Murió sin que la hubieran visitado o llamado.

Esquema por preventa y ganancia en ejemplares
La presentación del libro Arrullo para otros tuvo lugar el día 3 de este mes, dentro de lo que cada año se conoce como Fotoseptiembre.
Fue impreso y publicado por Snap Collective Publishing, una editorial con sede en Londres que se interesó en el proyecto de Aridjis y la contactó gracias a la recomendación de su amigo y colega Nelson Morales. Fue la opción que resultó más viable, pues en México es muy difícil que las instituciones de cultura o las editoriales privadas se interesen en hacer libros de fotografía o de arte en general.
Las primeras pláticas con Snap eran por Zoom, “hasta que hice toda la narrativa del libro y les mandé mi propuesta –cuenta Aridjis–. Ellos tienen diseñadores, pero yo le metí mucha mano porque sentí que era algo muy muy de aquí. Me parecía que no ellos iban a tener este vínculo afectivo con el tema”.
El proceso editorial tomó meses, fue lento “y se volvió un poco tortuoso porque soy medio obsesiva e hice numerosos cambios. Y hay un contrato, pero más que nada es de tener confianza. Yo dije ‘ya les di todo mi material y pues a ver qué pasa’”.
La impresión del libro se hizo en Londres y desde allá enviaron los ejemplares, muchos de los cuales Pati ya tenía comprometidos.
“El esquema que tienen es de preventa. Entonces está un poco difícil, porque en mi caso cada ejemplar cuesta 2 mil pesos”, explica. A fin de que “la gente se animara a comprarlo”, ofreció a título personal insertar en cada ejemplar adquirido en preventa una impresión de alguna de las fotos del libro, firmada por ella. En la presentación del 3 de septiembre aprovechó para entregar parte de los ejemplares que habían sido adquiridos con anticipación.
Y si bien la fotógrafa contó con el apoyo de una beca del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) durante el desarrollo del proyecto, la edición del libro corrió por su cuenta y riesgo.
En esta forma de publicar con Snap, admite, “yo no tengo ninguna ganancia con la venta. Bueno, mi ganancia son ejemplares. O sea, si yo vendía 25, me daban 10 libros; si yo vendía 50, me daban 25, y así. En realidad es un tiraje muy cortito. Un centenar. Pero con chance de volver a hacer otro tiro.
–¿Y ellos, los de Snap, qué ganan? –le pregunto.
–Pues yo creo que sí ganan bastante, porque se quedan con unos ejemplares que venden donde quieran, al precio que quieran. No sé cuánta sea la producción del libro, porque tú, autor o autora, en realidad no sabes de cuánto fue el tiraje”.
A Pati no le quedó más que confiar en la editorial, que cumplió con un libro de confección impecable, con pastas y papel gruesos, color bien calibrado y diseño limpio, características que resaltan las conmovedoras fotografías de Aridjis.
–Es una edición de colección –le comento.
–Sí, la idea es que más gente que está interesada lo pueda adquirir en preventa, otra vez. Me quedan poquitos ejemplares, por eso creo que voy a hacer otro pedido.
Aparte, Pati planea realizar un documental en video o en cine sobre las nanas mayores que retrató a lo largo de varios años. “Casi todas han muerto ya, porque eran muy viejitas, de más de 80, 90 años”.
Esta es una versión extendida de la entrevista publicada originalmente en El Sur

