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La captura del Che y Fidel

La captura del Che y Fidel

EL OPERATIVO DE LA POLICÍA SECRETA DE MÉXICO, UNA HISTORIA INÉDITA

Publicado el 20 de septiembre 2026

    Si el capitán Fausto Morales Juárez no hubiese ido a cenar a algún lugar cercano a sus oficinas aquella noche del 24 de junio de 1956, la historia de Latinoamérica habría tenido un rumbo distinto.

    Esa noche, el capitán Morales Juárez terminó apuntando su escuadra .45 a la nuca de Fidel Castro. Pero no disparó.

    Por el contrario, salvó a Fidel de ser asesinado por sicarios del dictador Fulgencio Batista. Y luego le tocó otra misión: desmantelar el campamento en el que un grupo de milicianos se adiestraba militarmente bajo el mando de Ernesto El Che Guevara.

    Una historia inédita hasta la fecha, el periodista José Reveles reconstruye con minucioso detalle este episodio del operativo de la policía política mexicana en La captura del Che y Fidel, libro publicado por editorial Grijalbo, con cuya autorización reproducimos este fragmento.


    A Fidel Castro le pareció una eternidad el viaje en automóvil desde el centro de la Ciudad de México hasta salir por el oriente para llegar a Chalco. Y no era para menos, pues durante todo el trayecto sentía el vaho helado de una rígida serpiente metálica: era el cañón de una pistola .45 apoyada y apuntándole en la nuca.

    Fidel guardaba un hermético y obstinado silencio ese domingo 24 de junio de 1956, día de San Juan Bautista, mutismo en el cual se había encerrado durante los últimos cuatro días, desde que fue sometido y arrestado el miércoles 20 por el capitán de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), Fausto Morales Juárez, en la esquina de Puente de Alvarado y José María Emparán, en la colonia Tabacalera, a unas cuantas cuadras del monumento a la Revolución, mientras estaba concentrado en repeler la agresión de policías capitalinos corruptos y agentes cubanos que había enviado el dictador Fulgencio Batista para quitarle la vida a él mismo y a su principal círculo de dirigentes revolucionarios que se habían hospedado en casas de seguridad de la capital del país, desde donde salían exclusivamente para entrenarse en manejo de armas y tácticas de guerrilla urbana.

    Fotos de archivo de El Che Guevara y Fidel Castro Ruz.

    Pero no era miedo esa sensación que le atenazaba el pecho y le endurecía las coyunturas en todo el cuerpo esa tarde-noche, cuando a sus 29 años era solo un cautivo de la autoridad mexicana y estaba siendo llevado a las afueras de la ciudad. No era tampoco un sentimiento de derrota lo que producía esa arena intangible que casi le impedía tragar saliva, esa desazón interna que le mantenía seca la garganta. Era una fatalidad que ya no dejaba opciones a la vista.

    Finalmente la caravana de vehículos civiles y transportes militares estaba llegando, sin equivocar la ruta precisa, hasta aquel terreno, en las faldas de los volcanes, al que los expedicionarios cubanos llamaron rancho Santa Rosa, en el que más de una docena de milicianos hacían ejercicio esa tarde-noche, como lo habían hecho en las últimas semanas, para estar en óptimas condiciones físicas, al tiempo que perfeccionaban sus destrezas en el manejo de armas para una lucha futura que se proponían librar pronto en Cuba.

    El capitán Morales y Fidel descendieron del automóvil que había guiado a los demás vehículos hasta la orilla de la propiedad. El dirigente cubano debía pensar rápido ahora que caminaba delante del capitán, quien seguía encañonándolo para que no tuviera la mínima tentación de escapar. En su cerebro pesaba la evidencia de que ya no había marcha atrás, que las actividades del grupo de milicianos habían sido descubiertas. Era una convicción tan fría, pesada y sólida como la boca del arma amartillada sobre su nuca.

    Fidel Castro concluyó que ya no tenía caso seguir guardando silencio. Todo parecía perdido. Había que aceptar esta jugarreta del destino y buscar una salida honorable ante las autoridades mexicanas, pero sobre todo era preciso evitar un posible enfrentamiento armado en esos momentos. Estaban ya perfectamente enterados los militares y policías mexicanos a quienes se encomendó la tarea de adueñarse del campo de entrenamiento y conocían el sitio exacto en el que estaba esa propiedad rural.

    Sabían cuántos milicianos cubanos habría en el momento justo del asalto pacífico, pues se les explicó detalladamente qué tipo de terreno era ese al que iban a incursionar en esa ocasión. Habían hallado en días previos el mapa del rancho en una de las casas de seguridad de las varias que los cubanos ocupaban y en donde guardaban también armas y dinero.

    Para estar seguros del camino por recorrer ya también habían hecho visitas a las inmediaciones del lugar en las horas y días recientes para confirmar todos los pormenores y evitar sorpresas de último momento el día en que decidieran incursionar, mejor en forma pacífica, aunque preparados para cualquier posible ataque de los ocupantes del campo de entrenamiento.

    Lo primero que hicieron civiles y militares fue rodear Santa Rosa y vigilar todas las posibles salidas del rancho. Armas en ristre, varios comandos tomaron posiciones en el momento en que se les informó que ya era inminente e inevitable una acción punitiva sobre el terreno. Se haría lo posible por no provocar un derramamiento de sangre, pero estaban preparados para cualquier reacción armada en caso necesario.

    Cuando la caravana policiaco-militar llegó hasta el rancho Santa Rosa, Fidel Castro Ruz era un simple prisionero, a punto de cumplir 29 años (el 13 de agosto siguiente), que no estaba en condiciones de negociar absolutamente nada con sus captores sobre la forma y circunstancias para la rendición de los revolucionarios y así evitar alguna acción violenta.

    Tuvo que empeñar todos sus esfuerzos, emplear toda su inteligencia y capacidad de convencimiento para que no hubiera, por algún error involuntario o por alguna reacción improvisada, el mínimo derramamiento de sangre.

    La menor de todas las amenazas que pesaban en ese momento sobre él y sus hombres era ser deportados a Cuba, donde el gobierno dictatorial de Fulgencio Batista los encerraría de por vida o los mandaría fusilar. Nada de volver a amnistiarlos como en 1955, cuando estuvieron presos después del asalto al Cuartel Moncada.

    El rancho ya estaba a la vista y Fidel decidió romper su silencio de varios días; encaró, mirando fijamente a los ojos al capitán Morales Juárez, para argumentar con la voz más calmada que logró modular en ese momento: “Mira, chico, ustedes ya nos descubrieron. Quiero pedirte un favor: todos estos hombres están dispuestos a morir por su patria; están bien pertrechados y tienen entrenamiento para el manejo de armas. Te puedo asegurar que son valerosos, pero los necesito con vida. Déjame entrar yo primero. Tengo que ir solo y me encargo de que se rindan sin disparar un tiro. Si no voy yo solo, aquí puede ocurrir una masacre. Y esta no es la causa por la que estamos peleando. No tiene caso que mueran hombres tan valiosos en un enfrentamiento con quienes no son sus enemigos”.

    Con estos convincentes argumentos, quienes encabezaban la caravana aceptaron a medias la solicitud del dirigente cubano de que él pudiera ingresar antes que las varias decenas de militares y civiles que integraban un bien armado contingente ofensivo.

    Fidel debía lograr, con su liderazgo, que sus compañeros depusieran las armas y se estableciera una tregua momentánea, para ello hablaría con la gente sin apresuramientos. Se autorizó que Fidel Castro avanzara, pero a muy corta distancia entraría también el capitán Morales Juárez, su implacable custodio, con Fidel de todas maneras encañonado por detrás con la pistola calibre .45.

    El líder cubano emprendió la marcha, caminando un paso delante del agente, para poder hablar primero y convencer con firmeza y autoridad moral a sus seguidores. Se les había concedido un plazo de solo 10 minutos para que todos aceptaran entregarse sin resistencia alguna. El capitán Morales se colocó una segunda pistola .45 encajada en la parte trasera del cinturón. No quería estar desprevenido ante cualquier tipo de sorpresa, pues desconocía el número de ocupantes del rancho, las armas que portaban y las instrucciones que habían recibido para defender sus posiciones.

    El hermetismo verbal y la resistencia de Fidel se habían resquebrajado y no había marcha atrás. Luego de recorrer algunos cientos de metros en silencio —“los minutos más largos y angustiosos de mi vida”, según contaría muchos años después el capitán Morales Juárez a su hijo Max—, los dos hombres se toparon primeramente con el argentino Ernesto Guevara de la Serna, apodado el Che, a quien Fidel le pidió tajantemente que renunciara a cualquier posible respuesta armada.

    Castro seguía con la pistola enfriándole la nuca. Y Guevara terminó por descender pacíficamente de un árbol en el cual se había trepado para hacer labores de vigía esa tarde-noche. Lo que hizo con toda determinación el dirigente de los milicianos cubanos, enseguida, fue emplear su carisma, su ascendiente reconocido sobre el resto de sus hombres para que guardaran la calma. No debían preocuparse por nada, les dijo con palabras que no dejaban lugar a duda alguna, pues quien en esos momentos lo custodiaba era un policía, pero un policía mexicano y además amigo, recalcó Fidel.

    “Estamos rodeados por la policía y el ejército. No tenemos alternativa, hay que rendirse y todos vamos a salir bien de esta situación”. El grupo depuso las armas y se rindió sin oponer resistencia alguna ante los militares y policías mexicanos que los superaban en número y armamento y que de cualquier forma ya los rodeaban y encañonaban.

    Esto fue lo que ocurrió en el rancho Santa Rosa, el cual había sido difícil de localizar aun con mapa en mano, porque caprichosamente así lo habían bautizado los milicianos (con el nombre de una paletería cercana), pues originalmente se le conocía como rancho San Miguel y los vecinos por esa razón no sabían dar santo y seña del lugar que la autoridad buscaba.

    Fue gracias a varias visitas que hizo el capitán Morales Juárez en los días previos en las que ubicó perfectamente el sitio y se pudo preparar una incursión armada de militares y policías mexicanos que llegaron al sitio en larga fila de vehículos. Los comercios, las casas cercanas y quienes las ocupaban estaban totalmente paralizados frente a la demostración de poder de militares y policías que se adueñaron de toda la situación.


    Fidel mismo confirma cómo se dieron las cosas en su libro de memorias Guerrillero del tiempo, presentado en febrero de 2012 en Cuba y reseñado en la revista Proceso en abril siguiente por Homero Campa en México, cuando el líder cubano recuerda que los agentes de la DFS que lo capturaron no vieron el papelito que traía en un bolsillo de su saco con el domicilio en el que los milicianos guardaban la mayor parte de las armas.

    Sin embargo, contó que los miembros de la Policía Federal “descubrieron el rancho Santa Rosa, donde se encontraba entrenando un grupo a cargo del Che Guevara” .

    —Me dijeron: “vamos para allá”. Les pedí: “Yo quiero ir, porque si ustedes se presentan allí puede haber un tiroteo y no nos conviene, ni a ustedes ni a nosotros, que eso suceda. Me dejan a mí ir delante y garantizo que no habrá resistencia, que no se va a entablar un tiroteo”.

    Así ocurrió, recordaba ese 2012. Dijo que una vez que el  grupo que entrenaba en el rancho Santa Rosa fue detenido, el Che Guevara complicó un poco la situación con su carácter rebelde. Él estaba muy irritado con la policía y con la amenaza de que lo deportarían. En una oportunidad, cuando lo interrogaban, en lugar de ser discreto, entabló una polémica, se declaró marxistaleninista y estuvo discutiendo con la policía, con los jueces mexicanos y con todo el mundo sobre las diferencias entre capitalismo y marxismo. Convirtió el arresto en un campo de batalla políticoideológica […]  Ellos agarraban todas aquellas declaraciones y las publicaban en los periódicos.

    Fidel refiere que este incidente provocado por el Che —recordarlo hoy más bien me divierte, comentó sonriente— “complicó las cosas, lo cual retardó nuestra salida ”.

    Hay que volver al miércoles 20 de junio para detallar cómo fueron circunstancias totalmente fortuitas las que llevaron al capitán Morales Juárez, de la DFS, a sorprender y desarmar a Fidel Alejandro Castro Ruz (quien durante las primeras horas solamente decía llamarse Alejandro, que era su segundo nombre), el cual había sido atacado momentos antes a balazos por hombres que iban a bordo de un automóvil blanco por las calles de Emparán, en la colonia Tabacalera.

    Fidel, acompañado por Universo Sánchez y Ramiro Valdés, había salido caminando de la casa de seguridad que los cubanos rentaban en Kepler 26 y Copérnico, en la colonia Anzures. Otros miembros del grupo se adelantaron en dos automóviles y habían quedado todos de volverse a reunir por el Monumento a la Revolución. Fidel, Universo y Ramiro iban a pie rumbo a la casa de la amiga cubana de la causa contra la dictadura, María Antonia González Rodríguez, quien vivía en Emparán 49.

    Faltaba cuadra y media para llegar cuando los tres cubanos fueron atacados a balazos por desconocidos y de inmediato tuvieron que repeler la agresión disparando a su vez, pero los agresores no cejaban de hostigarlos con sus armas y tal vez hubiesen alcanzado su propósito de liquidarlos si no hace su aparición el capitán Fausto Morales Juárez, quien, como era frecuente, iba a cenar con otros compañeros de la DFS a algún restaurante del rumbo.

    Iban en esa ocasión también los agentes Héctor Santillán y Fernando González, quienes se adelantaron al sitio en el que tomarían sus alimentos, mientras el capitán Fausto Morales estacionaba su auto. Providencialmente, fue en esos precisos momentos cuando se suscitó una nutrida y persistente balacera que buscaba asesinar a Fidel, Universo y Ramiro.

    Los ocupantes del auto blanco —que hoy se sabe eran agentes corruptos del Servicio Secreto mexicano, junto con sus socios  y contratantes, los agentes de Batista llegados días atrás de La Habana— detectaron, en pleno tiroteo, la presencia de otro hombre armado en la calle. Era el agente Morales Juárez, con el saco en un brazo y con la pistola lista para ser tomada con el otro en un solo movimiento desde su funda sobaquera.

    Ante ello, optaron por la retirada porque, además, mientras continuaba la balacera, alcanzaron a ver que se acercaban los otros agentes de la DFS, quienes habían pedido refuerzos a más compañeros. Los agresores ignoraban quiénes eran esos otros hombres armados, pero su número comenzaba a crecer y disparaban en contra de ellos.

    Imagen del libro La captura del Che y Fidel

    “Los agresores eran esbirros enviados por la dictadura de Fulgencio Batista desde Cuba, aliados con agentes mexicanos corruptos del viejo Servicio Secreto, quienes esa noche pretendían, en acción concertada, asesinar a Fidel Castro“.

    Empero, años después, investigaciones posteriores y datos sólidos llevaron a concluir a la propia corporación policial y a historiadores militares cubanos que los primeros agresores no eran sino esbirros enviados por la dictadura de Fulgencio Batista desde Cuba, aliados con agentes mexicanos corruptos del viejo Servicio Secreto, quienes esa noche pretendían, en acción concertada, asesinar a Fidel Castro.

    Habían pactado cobrar hasta 10 mil dólares por un trabajo que los sicarios enviados no pudieron culminar, debido a que la DFS se llevó detenidos a Fidel, Universo y Ramiro.

    Fidel tenía una rodilla en tierra y apuntaba su pistola detrás de un grueso pilar en la esquina poniente de Emparán y Puente de Alvarado, en lo que por entonces era el edificio de la mueblería Lerdo Chiquito y en la actualidad aloja a un negocio de conveniencia, donde aún hoy puede constatarse la existencia del grueso pilar a la entrada de un Oxxo, que era tras el cual se resguardaba Fidel Castro.

    Así intentaba cubrirse de los disparos de sus agresores y responder también con balazos. Por estar concentrado en defenderse, Fidel no vio cuando llegó por detrás el capitán Morales Juárez, quien venía agachándose entre los autos estacionados y lo encañonó poniéndole su escuadra .45 sobre la cabeza.

    A Castro no le quedó de otra que colocar su propia arma en el piso y alzar ambas manos en señal de rendición. Lo mismo harían enseguida Universo y Ramiro. Segundos después arribarían otros agentes de la DFS que terminaron por dominar totalmente el escenario oscuro de la persecución callejera y del nutrido tiroteo.

    Una vez que comprobó que el capitán Morales Juárez no lo amagaba con la intención de liquidarlo físicamente, como acababan de intentar los otros hombres que huían en el automóvil blanco, sino que se trataba de un agente de la policía mexicana que lo sometía con fines inequívocos de arresto, de todas maneras de nada le sirvió a Fidel Castro ofrecer al capitán que lo tenía encañonado una cantidad estratosférica de dinero en billetes verdes: 50 mil dólares, que eran la mitad de los recursos recién recibidos desde los Estados Unidos, provenientes de los seguidores del expresidente cubano Carlos Manuel Prío Socarrás, del Partido Revolucionario Cubano, quienes aportaban apoyos económicos a la futura insurrección contra Batista, porque estaban en contra de su dictadura y eran simpatizantes del derrocamiento del dictador, aunque ellos no se vieran a sí mismos como combatientes armados en ciernes.

    El soborno ofrecido era más que jugoso: para dar una idea del valor del dólar en la época, con esa cantidad prometida podrían adquirirse por lo menos 10 autos Cadillac último modelo. El capitán Morales y los agentes de la DFS (dueños ya de la situación y apoyados con refuerzos, lo que terminó por ahuyentar a los frustrados asesinos) se negaron a recibir esa fortuna que Fidel ofrecía a cambio de que lo dejaran ir.

    El periodista José Reveles, autor de La captura del Che y Fidel.
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    Por José Reveles

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