El rostro del campo mexicano en 2026
El INEGI presentó los resultados de la Encuesta Nacional Agropecuaria 2025, la cual ofrece un diagnóstico sobre la producción, la infraestructura, los insumos y las condiciones sociodemográficas del campo en el país.
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Impactado por fenómenos climáticos, sociales y económicos, el rostro del campo mexicano en 2026 está marcado por varios signos distintivos: alta vulnerabilidad al cambio climático, acelerado envejecimiento de quienes lo trabajan, reducción de la superficie dedicada al cultivo de granos básicos como el maíz, en tanto que se refleja una mayor orientación hacia algunos cultivos intensivos de frutos y hortalizas.
Los resultados de la Encuesta Nacional Agropecuaria (ENA) 2025 muestran también otros datos que configuran la radiografía del campo mexicano: un porcentaje importante de su economía recae en el trabajo asalariado o familiar no remunerado, además de la persistencia de brechas de género en la tenencia de la tierra y una marcada dependencia de fertilizantes químicos sintéticos.
Levantada y procesada por el Instituto Nacional de Estaística y Geografía (INEGI), la Encuesta Nacional Agropecuaria aporta información estadística básica de las unidades de producción agrícola y pecuaria (tanto a nivel nacional como a nivel estatal) sobre las especies agrícolas y ganaderas que son consideradas clave para las políticas públicas, las investigaciones y la toma de decisiones en México.
Estos son algunos de sus hallazgos más relevantes:
1.- La superficie agrícola disminuyó 23% en sólo tres años
Las estimaciones indican que México perdió 23% de área de cultivo en sólo tres años: la superficie cultivable del país se redujo de 29.8 millones a 22.9 millones de hectáreas entre 2022 y 2025, según los indicadores de la ENA y del Censo Agropecuario 2022 (usados como referencia por el INEGI).
De las 22.9 millones de hectáreas de tierras agrícolas en 2025, dos terceras partes se destinaron a cultivos anuales (ciclo corto), casi una tercera a cultivos perennes (ciclos largos) y 10 por ciento quedó en descanso.
La alta presencia de cultivos anuales deja al campo expuesto a sequías y a la falta de lluvia, mientras que el abandono o descanso forzado de tierras refleja el impacto del cambio climático, la falta de rentabilidad para los campesinos y la migración rural.

2.- Menos tierra cultivable, pero más mano de obra permanente
Los datos indican que la disminución de la superficie agrícola no significa que haya menos personas trabajando en el campo, sino que el tipo de trabajo se ha reconfigurado: los puestos de trabajo de población jornalera y la mano de obra se mantienen sin un cambio significativo . En 2025, la ENA registró 17 millones 780 mil puestos de trabajo como personas jornaleras: 2 mil 500 más que en 2022.
Los jornaleros son trabajadores contratados por un tiempo determinado, que pueden trabajar para uno o más patrones durante el año y cobran una remuneración por jornada de trabajo, denominada ‘jornal’. Según datos del Censo Agropecuario 2022, el promedio de pago de jornal era de 201 pesos para las mujeres y de 228 pesos para los hombres.
Por otro lado, las 13 millones 300 mil personas que constituyen la mano de obra permanente incluye a los productores, familiares sin sueldo y mano de obra remunerada. De ese total, más de la mitad (siete millones) son familiares de la persona productora que no perciben un sueldo fijo, un indicador de que la viabilidad financiera de las unidades funciona, en gran medida, gracias al trabajo no remunerado.
3.- Retrocede la producción de maíz blanco, principal cultivo en el país
El maíz blanco se mantiene como el eje de la agricultura mexicana, pero su producción muestra un retroceso. La superficie sembrada de este alimento básico se redujo de 6 a 5.7 millones de hectáreas en tres años y su producción nacional pasó de 21.9 a 20.4 millones de toneladas.
No es un caso aislado. Las cifras muestran una caída generalizada de los principales granos (arroz, cebada, maíz grano amarillo, sorgo y trigo): la producción pasó de 34.5 a 30.8 millones de toneladas entre 2022 y 2025.
Una de las caídas más abruptas es la del trigo, cuya producción se redujo a la mitad: pasó de 3.1 a 1.6 millones de toneladas.
Frente al descenso general de los granos básicos, la gran excepción es el frijol: rompió la tendencia a la baja al incrementar su superficie sembrada de 1.90 a 2.02 millones de hectáreas y aumentar 200 mil toneladas en tres años.
Sin embargo, este año los productores de frijol de Zacatecas protestaron por los bajos precios de acopio del grano.

4.- Un acelerado envejecimiento del campo y pocas mujeres
Más de la mitad de las personas productoras se concentra en el rango de 46 a 65 años (52.1%), mientras que los adultos mayores de 66 años suman 28%. En contraste, la presencia de las nuevas generaciones es prácticamente nula: los productores de 19 a 30 años apenas representan el 2.8% y los menores de 18 años son el 0.01%, lo que evidencia una falta de relevo generacional.
La ENA 2025 registra que ocho de cada 10 personas productoras son hombres. Las mujeres participan activamente en las labores, pero la titularidad legal y la toma de decisiones formal sigue concentrada en manos masculinas. Esta disparidad refleja barreras en el acceso a la propiedad de la tierra y los créditos agrícolas para las productoras rurales.
5.- Alta vulnerabilidad por factores climáticos
Los datos muestran que una de cada dos unidades de producción agropecuaria sufrió afectaciones o pérdidas debido a factores climáticos. La sequía fue la principal causa de estas afectaciones (36.8%), seguida por los vientos, inundaciones, heladas, granizo, huracanes e incendios naturales.
6.- Fuerte dependencia de fertilizantes químicos
Tres cuartas partes de las unidades agrícolas que trabajan a cielo abierto reportaron el uso de fertilizantes químicos. Esta marcada preferencia, por encima de los abonos naturales y biofertilizantes, refleja una alta dependencia de insumos sintéticos: la urea fue el más usado, seguida por el fosfato diamónico y el sulfato de amonio.





