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José y sus Revueltas, <br>a 50 años de su muerte
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José y sus Revueltas,
a 50 años de su muerte

Publicado el 14 de abril 2026
El Perseguidor

A José Revueltas se le atribuye la frase “nuestro nombre es la catedral de nuestra identidad”. Haya sido o no el autor, lo cierto es que nadie mejor que él podría constatar con su vida ese adagio.

Aunque en su caso, la composición de su nombre entraña un conflicto ancestral: José, el símbolo de la serenidad, la aceptación y la sumisión, contra Revueltas, sinónimo de rebeldía, movimiento social, revolución. Al final, quien dejó su huella en la historia de México fue Revueltas: el atormentado escritor, el militante de izquierda inadaptado, el filósofo atrapado en el alcohol, el padre amado y odiado; el hombre, que, en sus propias revueltas, terminó inmolándose.

Como ocurre con todos los personajes complejos, de José Revueltas sólo se puede hablar a partir de sus distintas facetas y etapas de vida; así lo han hecho incluso los especialistas que han hurgado en los pliegues de la existencia del escritor.

Lo que he logrado conocer del filósofo y escritor tiene su origen en dos fondos documentales, cada uno de los cuales aporta elementos que enriquecen la comprensión de su vida: los reportes de la policía política y del espionaje del México de los años 70 y el archivo personal del escritor resguardado en la Biblioteca Benson de la Universidad de Texas en Austin.

Y aunque al final se complementan, en cada uno de esos fondos documentales habitan distintos y varios Revueltas.


Entre los archivos de la policía política, se encuentra el Revueltas irreverente, el comprometido con los movimientos sociales, en particular el estudiantil de 1968. Se registra su pasado, sus acercamientos a las protestas sindicales independientes y su rechazo a las reglas, que él consideraba dogmas, del Partido Comunista Mexicano. Dos veces sería expulsado de ese partido por no acatar las directrices, cual si fueran catecismos.

Revueltas ingresa en realidad a la historia del movimiento estudiantil cuando es detenido el 16 de noviembre de 1968, poco más de un mes después de la masacre de Tlatelolco. Desde ese momento, él se asume –con un poco de soberbia–, como uno, si no el principal, de los ideólogos de la revuelta de estudiantes. Sin duda, tuvo relevancia en esta etapa, pero quizá no tan definitoria como él pensaba. Su alegato frente al juez que le dicta sentencia es una pequeña muestra de la dimensión que le atribuyó a su papel en ese episodio de la historia de las irrupciones sociales en México.

Mi mejor momento con Revueltas ocurrió, sin duda, cuando en el Archivo General de la Nación (la sede del Palacio de Lecumberri, en donde él estuvo detenido) encontré, entre los cientos de papeles amontonados en una caja, una carta perdida, escrita con tinta azul, cuyo autor era José Revueltas.

Después de días de consultar con los expertos en su vida y obra, de revisar libros y escudriñar antologías de cartas, no encontré antecedente alguno: esa carta nunca había sido registrada.

Aniversario José Revueltas
Aniversario José Revueltas
Aniversario José Revueltas
En la imagen superior, Olivia Peralta, el escritor y su hija Olivia

Estaba fechada el 18 de noviembre de 1968, el mismo día en que fue encarcelado en Lecumberri. No había pasado muchas horas en encierro cuando registró lo que pensaba en un par de cuartillas dobladas que no estaban dirigidas a nadie particular: “¿A manos de quién llegarán si llegan a manos de alguien?”.

Tenía en mis manos, en ese momento, un documento inédito. La historia del documento y su contenido se publicó en 2004, en el primer número de La Revista de El Universal. De hecho, permanece prácticamente inédito porque la revista desapareció poco más de un año después y sus contenidos nunca se digitalizaron. Hoy la reproducimos nuevamente en Fábrica de Periodismo.


Durante una estancia realizada en la Universidad de Texas en Austin, me encontré de nuevo con Revueltas, esta vez a través de su archivo personal. La Biblioteca Benson de esa institución recibía en esos días decenas de cajas con los papeles personales del escritor.

En esa nueva casa de papel, habitaban otros, varios Revueltas, pero algo en particular captó mi atención: el indomable Revueltas en el terreno social se mostraba sumiso ante sus demonios. En sus cartas, en sus cuadernos, en sus escritos y sin duda en sus libros, están las revueltas de un ser que no sabe o no quiere salir de sus prisiones.

Los conflictos personales crecían; la imposibilidad de vivir sin una o varias mujeres, lo perseguía todo el tiempo. Ni nada ni todo era suficiente. Su mente siempre terminaba estrellándose en el vacío.

Las letras de sus últimos días hablan de un hombre que se ha aislado más y más. Apenas cruza mensajes y cartas con su hija Andrea. No recibe casi a nadie en su casa y, mucho menos, visita a conocidos. No era una persona de muchos amigos que se inclinara demasiado por socializar.

Así también se le recuerda en Lecumberri: apenas hablaba con los presos, no era de andar haciendo la bola. Las más de las veces, se le veía en alguno de los jardines de la cárcel, leyendo o metido en su celda, escribiendo.

Esa es quizá una de las imágenes más recurrentes de José Revueltas, las de un hombre solo, en un mundo que él no aceptaba. Son las piezas de un hombre fragmentado que avanza, mostrando un vacío existencial, hacia el fin del camino. Salvo algunas cartas salpicadas con ciertos matices alentadores, no es posible hallar en ellas siquiera un hilo de esperanza.


Existe un pequeño episodio de su vida del que se conoce muy poco. Cuando sale de Lecumberri en mayo de 1971, ese periodo que llamó su “beca para escribir”, José Revueltas se encontró con una realidad laboral tan inesperada como aplastante.

El sistema político, en ese momento controlado por el PRI del presidente Luis Echeverría Álvarez, no le perdonaría cada una de las afrentas, rebeldías y revueltas. El poder político que decidía abrirle las puertas de Lecumberri, la penitenciaria porfiriana donde lo mantuvo preso durante más de dos años, le cerraba todas las puertas del mundo laboral a un escritor molesto e incómodo.

Echeverría, como todos los gobernantes mexicanos que alcanzan el poder, ya había elegido a sus intelectuales. Y en ese grupo no encajaba Revueltas. Octavio Paz fue uno de los pocos intelectuales que fue solidario con él cuando estuvo en la cárcel. Con Carlos Fuentes, por ejemplo, Revueltas sería implacable.

La salud socavada, los excesos le cobraban ya su cuota. El poder político sabía de sus debilidades corporales, de sus honduras personales. Y no relajaría el cerco sobre él. Revueltas no tenía dónde ofrecer sus universos creativos: ni los amigos de fuera o dentro del gobierno le daban una tarea, le hacían un encargo, le ofrecían un guión que corregir.

Cuando el sistema político decide excluir a alguien, entonces como hoy, la condena es peor que la cárcel. Él lo supo. Esa etapa fue abrumadora, quizá una de las pocas ocasiones en que el sistema logró doblar a José Revueltas. Esa historia aún no se cuenta.


La tarde del 14 de abril de 1976 murió José y también Revueltas. Una asistolia, un alto total de la actividad eléctrica y mecánica del corazón, seguida de un paro cardiaco, logró detenerlo.

Hacía tiempo que, para los agentes de la DFS, Revueltas ya solamente era José. Había dejado de constituir un problema para el poder político. Las fichas sobre su actividad se habían espaciado cada vez más. Pero no faltó el último reporte, el final.

Con fecha 16 de abril, un agente llenó la ficha número 37 de su expediente: “El 15 del actual en la Agencia de Inhumaciones Gayoso, sita en Félix Cuevas, donde era velado el cuerpo del Novelista José Revueltas Sánchez, a partir de las 9.00 horas de hoy estuvieron llegando diversas personalidades, destacando el C. Ing. Víctor Bravo Ahuja, secretario de Educación Pública.

“A las 13.20 hrs, salió el cortejo fúnebre hacia el Panteón Francés, integrado por 25 automóviles y dos ómnibus de la propia funeraria, habiendo sido bajado del féretro, de la carroza, en la esquina de Monterrey y Bajío, desde donde fue llevado por diversas personas hasta el interior del panteón, llegando a la fosa correspondiente a las 14 horas. Entre los elementos que asistieron al sepelio fueron identificado Arnoldo Martínez, Arturo Martínez Nateras, Gerardo Unzueta, Arturo Zama Escalante, Heberto Castillo, Raúl Álvarez Garín, Luis González de Alba, Olivia Revueltas y Rodolfo Echeverría”.

En el último momento, según las notas del agente que cubrió el sepelio, Revueltas dejó de ser el revoltoso, el alborotador, el apátrida. Quizá fue un descuido, quizá una forma de reconocimiento, el caso es que en esta ocasión, para el escribiente, había muerto el “novelista” José Revueltas Sánchez.


No existe ninguna certeza de que la frase con la abre este texto haya sido enunciada por el escritor José Revueltas. En todo caso habría sido José, porque a Revueltas se le habría ocurrido algo más sombrío, algo así como “nuestro nombre es la cárcel de nuestra identidad”.

Aniversario de José Revueltas

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