Un consorcio internacional de científicos, entre ellos biólogos de la UNAM y de la Universidad Veracruzana, logró identificar la pérdida en la densidad de ballenas dentadas, de cachalotes y de diferentes tipos de delfines en el Golfo de México, a través de monitoreos acústicos realizados en aguas profundas durante 10 años.
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El mayor derrame petrolero de la historia mundial ocurrido frente a las costas de Luisiana en 2010, así como las múltiples presiones derivadas de la actividad humana han provocado pronunciadas caídas en la población de algunas especies marinas de gran tamaño que habitan en el Golfo de México.
Un consorcio internacional de científicos de diferentes instituciones de investigación de Estados Unidos y México realizó un monitoreo acústico por un periodo inusualmente extenso y documentó afectaciones de diferente grado en el número de ballenas, cachalotes, delfines, orcas y marsopas, entre otros mamíferos de gran tamaño que habitan en aguas profundas mayores a los 200 metros.
La contaminación crónica y los factores adicionales han provocado, de acuerdo con los hallazgos publicados en la revista Nature Communications Earth & Environment, la pérdida de 83% de ballenas dentadas, 43% de especies de delfines y 31% de cachalotes.
La drástica reducción en la densidad de mamíferos marinos está provocada, entre otros factores, por los derrames de hidrocarburos, la contaminación crónica, una navegación intensiva y el ruido submarino.
Adolfo Gracia Gasca, investigador del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM y uno de los integrantes del consorcio científico, explica que el estudio se realizó con base en constantes mediciones y monitores anclados al fondo marino durante 10 años.
“El hallazgo más relevante fue esa drástica reducción de ballenas dentadas que habitaban en los tres sitios monitoreados en aguas profundas, al norte del Golfo de México. Su densidad disminuyó en más del 80% en el periodo 2010-2020”, explica Gracia Gasca en entrevista con Fábrica de Periodismo.
El norte del Golfo de México está habitado por al menos 18 especies de ballenas dentadas que dependen de los sonidos para la navegación, la búsqueda de alimento y la comunicación, al igual que los cachalotes y distintas variedades de delfines.
Pero la abrumadora disminución en la densidad de estos cetáceos coincide, entre otros factores, con los impactos causados por un hecho sin precedente en la historia de los accidentes en altamar: la catástrofe ambiental provocada por el colapso e incendio de la plataforma Deepwater Horizon y el subsecuente derrame sin control de hidrocarburo en el mar.
La tragedia de la Deepwater Horizon
Durante tres meses del año 2010, la empresa British Petroleum colocó la plataforma flotante Deepwater Horizon enfrente del delta del río Mississippi para trabajar en la perforación y posterior explotación del pozo petrolero Macondo, ubicado a mil 525 metros bajo la superficie marítima.
La compañía conocía los riesgos de extraer el hidrocarburo en aguas profundas, donde la presión es varias veces superior y el trabajo de supervisión de lo que ocurre en el lecho marino lo realizan robots de alta tecnología.
Aunque estaba planeado que la plataforma flotante se retiraría pocos días antes de concluir la perforación para, posteriormente, colocar una torre de extracción, la mañana del 20 de abril de 2010 todo cambió:
Sin ninguna señal previa de alarma, los trabajadores sintieron un violento movimiento en la plataforma, seguido de una enorme explosión que desató un incontrolable incendio.
Durante 36 horas, la Deepwater Horizon se consumió entre las llamas y, después, la plataforma se hundió en su totalidad, desatando una catástrofe ambiental en el Golfo de México al dejar sin control el pozo que perforaban en el fondo.
“En los casi tres meses que tardaron en controlar la fuga, se derramaron 4.3 millones de barriles de petróleo; esto es, unos 50 mil barriles diarios que arruinaron kilómetros de ecosistemas marinos, desde Luisiana hasta Florida”, recuerda Adolfo Gracia Gasca, doctor en ciencias biológicas.
Ese derrame contaminó el ecosistema oceánico que comparte aguas y costas de Estados Unidos, México y Cuba.
La empresa British Petroleum fue multada por los daños a la economía pesquera y el desastre ecológico. Estados Unidos destinó una cantidad de los recursos provenientes de esa sanción para analizar el impacto ambiental del derrame de crudo.
Paisaje sonoro para medir poblaciones
Después de la catástrofe, se desplegó una amplia red de monitoreo acústico en el noreste del Golfo de México para documentar el siniestro de una magnitud y profundidad sin precedente para los mamíferos marinos oceánicos.
Se conformó entonces el consorcio Centro para la Modelación y Análisis Integrado de Ecosistemas del Golfo (C-IMAGE por sus siglas en inglés), integrado por 19 universidades e institutos de investigación de seis países y liderado por la Universidad del Sur de Florida.
La UNAM participó a través del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología. El doctor Adolfo Gracia Gasca fue el responsable del grupo mexicano en ese proyecto internacional, al que aportó su experiencia en ecología marina, pesquerías y sustentabilidad.
“Se hicieron varias líneas de investigación, entre ellas la dispersión del petróleo y su impacto en organismos marinos, que van desde foraminíferos (microorganismos unicelulares), peces y plancton, hasta mamíferos marinos cetáceos”, explica Gracia Gasca.
Los científicos documentaron la disminución de densidad en siete grupos de especies monitoreadas: 83% de zifios (ballenas dentadas o picudas); 43% de pequeños delfínidos y 31% de cachalotes.
La reducción de mamíferos marinos se observó dentro y fuera del área afectada por el derrame de petróleo en el Golfo de México.
Gracia Gasca comenta que la investigación se hizo mediante Monitoreo de Acústica Pasiva (PAM por sus siglas en inglés) a lo largo de toda una década:
“Colocamos instrumentos PAM a diferentes profundidades por un año y, después, los recogemos. El monitoreo graba los diferentes sonidos que hay en el medio marino. Entre todo ese paisaje sonoro, están los cetáceos y es lo que nos interesa”.
Por medio de análisis matemáticos, se identificó el tipo de señal de sonido que corresponde a cada especie y, en función de eso, lograron ubicar la presencia de organismos y estimar la densidad de sus poblaciones.
Este trabajo inédito dio como resultado la publicación científica Una década de declive en las densidades de ballenas dentadas tras el derrame de petróleo de Deepwater Horizon, que ayuda a comprender el efecto de este accidente en el ecosistema marino.
Los otros contaminantes
Para Adolfo Gracia Gasca la relevancia de este tipo de investigaciones de largo aliento es que permiten detectar e identificar otras señales de la erosión de la salud de los ecosistemas:
“Están sujetos a derrames de hidrocarburos, pero también a la navegación intensiva, disminución de aportes de agua dulce, ruido submarino, contaminación de basura, pesticidas, plaguicidas… que se introducen al Golfo de México a través de los ríos”.
Todos estos factores han perturbado la salud de las poblaciones de peces, crustáceos, plancton y mamíferos marinos cetáceos.
El Golfo de México está muy industrializado por los grandes yacimientos de petróleo que existen en aguas muy profundas y las mil 800 pequeñas emisiones naturales de petróleo (chapopoteras), además de la navegación intensiva de todo tipo.
Por ejemplo -dice el investigador de la UNAM-, la exploración sísmica para detectar pozos petroleros en el Golfo se hace con cañones de aire que emiten una intensa onda sonora bajo el mar, que las personas no escuchamos.
“Bajo el agua, el sonido viaja más rápido que en el aire, como a mil 500 metros por segundo. Así es que no sólo estamos derramando hidrocarburos y contaminando con sustancias y basura, también perturbamos el ambiente marino en el Golfo de México con ruido que afecta a todas las especies”.
El panorama en el futuro no cambiará mucho. La exploración petrolera, considera, va a seguir activa por lo menos 30 o 40 años y la tendencia es explorar las zonas más profundas del Golfo de México donde están los grandes yacimientos, lo cual puede ocasionar eventual accidentes.
México, concluye Adolfo Gracia Gasca, debería tener una mayor planeación precautoria para mantener estas dos riquezas del Golfo: el petróleo y la fauna marina, con el fin de que ambas puedan subsistir. Las petroleras cada vez están perforando en aguas más profundas. “La ganancia puede ser enorme, pero los riesgos son aún mayores”.


