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El exilio del Padre Fili
Foto: FB Filiberto Velázquez (padre Fili)
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El exilio del Padre Fili

"Me siento muerto en vida, como si mi existencia se hubiera borrado"

Publicado el 10 de enero 2026
  • Derechos Humanos
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A fines de 2015, Filiberto Velázquez se preparaba en Minnesota, EU, para tomar los hábitos y convertirse en un monje cruzado. Recibir allá a las madres y padres de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa lo cambió todo.

Poco después, llegó a Guerrero, en donde el Padre Fili, como suelen llamarle, se hizo un sacerdote a ras de tierra, inspirado por la obra de los obispos fundadores de la Teología de la Liberación. Pronto, empezó a acompañar a movimientos sociales y comunitarios del estado, a las familias desplazadas por la violencia.

Así, inesperadamente, se convirtió en un mediador entre los grupos criminales que se disputan el monopolio del fuego y de la sangre para intentar cesar con la violencia y establecer una tregua. No duró mucho ese intento.

Se convirtió, entonces, en blanco de uno de los grupos criminales en disputa: Los Ardillos. Sufrió atentados de los cuales escapó milagrosamente con vida. Hasta que a fines de 2025, la cúpula eclesiástica de Guerrero le dio la orden de irse del estado: Alaska o Chile.

Prefirió quedarse en otra parte de México, en un exilio que lo tiene en extremo agobiado. Y desde donde habla vía telefónica con Fábrica de Periodismo.  


Desde hace un mes, el Padre Fili se siente “muerto en vida”. Estar lejos de Guerrero –la tierra, la iglesia y su gente– lo hace sentirse extraviado, sin propósito. “Es como si el sentido de mi existencia se hubiera borrado”.

Hace apenas dos años, José Filiberto Velázquez Florencio, el Padre Fili, como suelen llamarlo, fue uno de los sacerdotes de la Iglesia católica que, en un esfuerzo desesperado por conseguir una mínima paz en uno de los momentos más convulsos de Guerrero, intentaron mediar entre los grupos criminales que se disputaban Chilpancingo, la capital del estado, para detener la violencia.

Junto al obispo Salvador Rangel, el Padre Fili llegó a sentarse lo mismo con alcaldes y funcionarios que con líderes de grupos criminales enfrentados, como Onésimo Marquina, líder de Los Tlacos, o Nemesio Ortega, de Los Ardillos. Todo con tal de frenar la ola de masacres que a la fecha no da tregua. Era la última esperanza: lograr que los bandos en conflicto –grupos criminales y autoridades, coludidas o no– dialogaran sin balas de por medio y que evitaran, a toda costa, asesinar inocentes. 

Pero la tregua nunca llegó.

Los intentos fracasaron oficialmente el 6 de octubre de 2024. Ese día se constató que el horror sería la única vía de gobierno. El alcalde de Chilpancingo, Alejandro Arcos, apareció muerto a un costado de la carretera. Lo habían decapitado y exhibieron su cabeza en el techo de su auto. 

Apenas unos días antes, el Padre Fili se había sentado a hablar con él.

Guerrero: la Iglesia busca un pacto de paz con criminales para frenar la violencia


–Llevo un mes fuera de Guerrero –dice ahora en entrevista telefónica–. El obispo y yo habíamos quedado en un acuerdo de mantener esta situación reservada para no generar otra situación de riesgo. Pero, pues él ya lo hizo público, no sé por qué.

Yo sigo en México. Pero la Diócesis pensó que mi situación estaba ya tan comprometida que debía yo salir del país. Me ofrecieron dos opciones extremas: querían que me fuera a Chile o a Alaska. 

El Padre Fili ríe con incomodidad.

–¡Alaska! –repite–. ¿Qué voy a hacer yo a Alaska?  

En agosto pasado, en Chilpancingo, Guerrero, el Padre Fili recibió información: querían asesinarlo. Foto: FB Filiberto Velázquez (Padre Fili)

Lleva varios meses recibiendo amenazas. Su perfil es conocido: además de las homilías del domingo, dedica su vida a dirigir el Centro de Derechos de las Víctimas de Violencia “Minerva Bello”, desde donde intenta ofrecer a su comunidad un soporte más allá de lo espiritual.  

A la fecha, el centro acompaña legalmente el caso del asesinato del sacerdote Marcelo Pérez ocurrido en San Cristóbal, Chiapas, a mediados de octubre de 2024. El Centro también representa legalmente a los familiares de Yanqui Kothan, el normalista de Ayotzinapa asesinado en marzo de 2024 por policías estatales.

Desde hace unos años, también documenta y denuncia los ataques con drones cargados de explosivos en Heliodoro Castillo y otros municipios de la sierra guerrerense. 

Asesinan en Chiapas al sacerdote Marcelo Pérez; había denunciado al crimen organizado

Todavía en agosto pasado, el Padre Fili gestionaba la Parroquia del Peregrino, en Chilpancingo. Había ya recibido algunas amenazas veladas, En esos días, un hombre le pidió refugio. Dijo que venía de la región de la Montaña Baja. Las cámaras de seguridad lo registraron, de madrugada, brincando al techo de la parroquia para intentar acercarse al dormitorio del padre. 

–Yo estaba resguardado en esa parroquia: ahí mismo yo vivía –cuenta ahora–. Había algunas medidas de seguridad: una reja perimetral, alambre de púas. Contaba con agentes de protección federal, responsables de mi seguridad. Un par de días después, recibí información de una persona de confianza: habían intentado matarme. No lo hicieron porque tenía una escolta protegiéndome. Si yo no hubiera contado con protección, en ese momento me hubieran asesinado.  


De monje cruzado a Ayotzinapa

El Padre Fili llegó a Guerrero en 2015. Él entonces vivía en Minneapolis, Minnesota, al norte de Estados Unidos. Fue el Domingo de Ramos, recuerda, cuando una brigada de madres y padres de Ayotzinapa llegaron a su parroquia a informar sobre lo ocurrido con sus hijos, los estudiantes normalistas desaparecidos el 26 de septiembre de 2014 durante un operativo policiaco y criminal bajo la vigilancia del Ejército.

Habían pasado apenas un par de meses desde que el entonces procurador general de la República, Jesús Murillo Karam, intentara dar carpetazo al caso Ayotzinapa con la llamada “verdad histórica” y las familias de los estudiantes emprendían una campaña global para insistir en que la desaparición de sus hijos había sido un crimen de Estado y que las autoridades hacían todo lo posible para encubrir a los culpables.

El Padre Fili los escuchó con atención.

–Ese mismo verano los visité en Tixtla –recuerda–. Y esa experiencia en Guerrero fue para mí cautivadora. Ver ese espíritu de lucha del normalismo rural, los murales de Ayotzinapa, el testimonio de los padres en la Normal, esperando siempre a sus hijos… Después supe de otros casos: Aguas Blancas, los desaparecidos, Atoyac, Rosendo Radilla. Todo eso me obligó a virar el rumbo de mi barco.

Filiberto, Padre Fili Guerrero
Foto: FB Filiberto Velázquez

En esos años todavía estudiaba en la Saint John University en el estado de Minnesota. Él entonces estudiaba en una abadía benedictina y se preparaba para ser un cruzado (crosier). Pasaba sus días leyendo con atención la obra de personas como la periodista y activista anarquista Dorothy Day, fundadora del Catholic Worker Movement (Movimiento del Trabajador Católico), o de Thomas Merton, el monje cuya labor y pensamiento llegó a inspirar la lucha por los derechos civiles de Martin Luther King.

La idea de que la Iglesia era no sólo un refugio para las disidencias, sino un motor para encauzar la justicia social, para impulsar cambios profundos que beneficiaran a los pueblos explotados, se consolidó cuando conoció la obra de Gustavo Gutiérrez, el fundador de la Teología de la Liberación, de la cual emergerían todo una casta de obispos comprometidos con las luchas sociales y los pueblos marginadas. Gente como Óscar Arnulfo Romero en El Salvador, Hélder Câmara en Brasil y, en México, Samuel Ruiz, Sergio Méndez Arceo y Raúl Vera.

–Todas estas lecturas crearon en mí una energía que buscaba manifestarse en algo más grande. No es que ser monje no fuera un destino grande, pero… yo buscaba algo más.

Además de Ayotzinapa, un evento más fue determinante en su decisión. En octubre de 2015, su tío abuelo fue asesinado en San Marcos Huixtoco, Estado de México, su pueblo natal. Un grupo de cuatreros lo mataron para robar su camioneta.

El Padre Fili viajó de nuevo a México y se enteró de que en esos mismos días habían matado a otro anciano, a palazos, para robarle su ganado. Indignado, convocó al pueblo a una caminata de protesta que terminó en el bloqueo de las casetas de  la carretera México-Puebla para exigir justicia y seguridad. Fue la primera protesta que encabezó.

–Yo ya había decidido regresar a México. En 2015 se abrió esa ventana y ya no la pude cerrar. Durante dos años me preparé para regresar y me di cuenta de que ya gastaba más tiempo y energía en protestas de movimientos de migrantes, de nativos americanos, de Black Lives Matter. Y supe que no podía postergarlo más.

En ese momento, no se imaginaba que, años después, su camino espiritual lo llevaría a sentarse con líderes criminales empeñados en reclamar la exclusividad del negocio de la sangre en Guerrero, el cobro de piso, el tráfico de drogas y de armas, la trata de mujeres. Llegó a estar cara a cara con Celso Ortega, el líder de Los Ardillos, y con Onésimo Marquina, El Necho, líder de Los Tlacos.

–Uno parte desde una actitud cristiana, evangélica: mirar a la persona antes que sus pecados, antes que sus acciones –me dice–. Ellos, como muchos que se dedican al narco, son víctimas de un sistema capitalista que a lo único que nos enseña es a consumir, a ganar y a perder el amor por la dignidad humana y la vida.

Desde su exilio, el Padre Fili piensa que la fe cristiana no debe justificar el mal que se comete en el mundo, aunque cree que nadie deja de ser persona por sus pecados y que el Evangelio debe ayudar a buscar dignidad, incluso, y sobre todo, en los enemigos. Lo dice sin resentimiento hacia aquellos que han intentado matarlo. El crimen organizado es “una estructura de pecado” que causa sufrimiento, muerte y descomposición social y, como sacerdote, él está llamado a condenar la violencia y la injusticia, a acompañar a las víctimas.

–Al mismo tiempo, yo no voy a renunciar a la convicción de que toda persona puede cambiar. El Evangelio no justifica el crimen, pero tampoco renuncia a la posibilidad de conversión.


«Quieren protegerme.. pero también silenciar mi voz»

No es la única vez que han intentado asesinarlo. En octubre de 2023, en el municipio de Tixtla, tuvo que refugiarse en las instalaciones de la normal de Ayotzinapa cuando su vehículo fue atacado a balazos. Las balas poncharon las llantas de su camioneta y destrozaron el parabrisas. Él salió ileso de milagro. A partir de ese momento, se integró al Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas y se le asignaron elementos armados para protegerlo y un vehículo blindado.

Las amenazas y eventos de riesgo se han convertido en una constante desde entonces. En julio de 2024, durante una visita a Chiapas y después de reunirse con migrantes y estudiantes de la Normal Rural de Mactumumatzá, un vehículo comenzó a seguirlo y acosarlo de manera amenazante para que se detuviera. Los escoltas federales consideraron que corría mucho más riesgo si se detenía, así que aceleraron. Justo antes de llegar a la caseta de peaje, sus perseguidores dieron media vuelta y se alejaron.

–Eso pasó en el municipio de Tuxtla Gutierrez –recuerda–. Desde ese incidente, me hice a la idea de que el peligro iba a ser mi realidad. Estoy consciente del riesgo que implica mi actividad, pero aceptar la realidad no implica que no sienta frustración. Acepto el riesgo de esta misión porque la hago con pasión.

En términos cristianos, la pasión es el sufrimiento: el sacrificio que se hace por el amor a las otras vidas. El último estado de la pasión –su éxtasis– es el martirio: ofrendar la vida por el Reino de Dios en la tierra, como Jesucristo en la cruz.

Ya en otras ocasiones, el Padre Fili ha dicho que lo suyo no es hacerse el mártir, pero que su trabajo es de convicción, de fe: lograr que en Guerrero exista paz.  

–Yo sé que la pasión puede llevarnos a tomar actos heroicos –dice–. Dar la vida por los valores que defendemos, sufrir las últimas consecuencias. El problema es que ahora ya no temo perder mi vida. Temo mucho más lo que me está pasando: estar alejado de mi comunidad, no poder hacer mucho. 

En noviembre pasado, las autoridades de la diócesis de Chilpancingo le dijeron que su situación era ya insostenible. Un mes antes había sido nombrado párroco interino de la comunidad de Mezcala. Iba a sustituir temporalmente al sacerdote Bertoldo Pantaleón Estrada, cuyo cuerpo fue encontrado cerca de la carretera México-Acapulco, con un balazo en la cabeza, luego de varios días desaparecido.

El obispo pensaba que enviarlo allí sería una forma de marcar distancia: los 50 kilómetros que separan Mezcala de Chilpancingo quizás serían suficientes. Se equivocaron: comenzaron a aparecer publicaciones y rumores que lo vinculaban directamente con Los Tlacos o el Cártel de la Sierra.

Era una forma de decirle que en Mezcala tampoco era bien recibido: desde hace tiempo sabe que el grupo de Celso Ortega, Los Ardillos, pide su cabeza. 

–¿Qué tanta influencia tiene el crimen organizado en las decisiones de la diócesis?
–Sí, hay un grado de influencia. El obispo Salvador Rangel tiene cercanía con el otro grupo [Los Ardillos], y mantenía una confrontación directa y muy pública con Los Tlacos. Por eso, cuando se toman decisiones de a dónde mandar a un padre, depende mucho de que esos personajes estén de acuerdo o no.

Recuerdo que cuando fui vicario de Zumpango del Río, al padre lo querían enviar a Tlacotepec: no lo dejaron entrar porque él era muy cercano al obispo Salvador Rangel y pensaron que este padre iba a servir de informante. Antes de Mezcala, me ofrecieron irme a Chilapa, pero pasó lo mismo: quien gobierna Chilapa es familiar o cuñada de Celso Ortega, líder de Los Ardillos. Imagino, por la región, que el clero de Chilapa mantiene cierta cercanía, no lo sé. El caso es que le dijeron al obispo que no era recomendable y no me permitieron entrar al decanato. 

Hoy, el Padre Fili considera que sacarlo de Guerrero obedece más a una evaluación política de la diócesis que a una preocupación por su seguridad. Después del asesinato del alcalde de Chilpancingo en octubre de 2023 y del asesinato del sacerdote Marcelo en Chiapas en 2024, después de la desaparición del obispo Salvador Rangel –a quien encontraron con vida–, y del asesinato de Bertoldo Pantaleón Estrada en Mezcala, la Iglesia no podía arriesgarse a perder a otra de sus ovejas.

–Cuando me ofrecieron irme a Alaska y me pedían que mantuviera un perfil bajo, sentí que lo que querían era deshacerse de un problema. El asesinato del padre Bertoldo fue muy escandaloso para la diócesis y para el episcopado. En ese mismo noviembre asesinaron en Cuautitlán, Estado de México, a otro padre. La diócesis quería protegerme, pero también evitar otro problema. Existía esta presión de resguardarme, incluso del mismo Estado… pero también de silenciar mi voz.


Padre Filiberto Velazquez Fili Guerrero
En 2023, mientras circulaba por el municipio de Tixtla, Guerrero, el Padre Fili sufrió un atentado armado: desde un vehículo en movimiento dispararon contra su camioneta. De milagro, salió ileso. Foto: FB Filiberto Velázquez (Padre Fili)

Una misión de fe

El caso del Padre Fili es parte de una crisis nacional. México es el país más peligroso de América Latina para ejercer el sacerdocio. Según el Reporte Anual 2024, del Centro Católico Multimedial, entre 2018 y 2024 fueron asesinados 10 sacerdotes en el país. En los sexenios de Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador se registró un total de 60 sacerdotes victimados. Además, se calcula que cada semana se cometen un promedio de 26 ataques, robos o profanaciones a templos.

Y Guerrero vive, además, una de las crisis de seguridad más agudas del país. Al asesinato del alcalde Alejandro Arcos, se suma el del presidente municipal de Malinaltepec, Acacio Flores, en junio de 2024. Y el de Metlátonoc, Isaías Rojas Ramírez, un año después. Hace unos días encontraron el cuerpo de Janeth Villalva Cervantes flotando en el mar de Acapulco. Tenía huellas de tortura. Era hija de Salvador Villalva Flores, alcalde electo de Copala asesinado antes de que pudiera asumir su cargo, en 2024.  

Iglesia católica denuncia aumento de extorsiones a sacerdotes en los últimos 6 años

Hay drones que lanzan bombas en comunidades indígenas, niños que son entrenados para usar armas en las filas del crimen organizado o de las policías comunitarias. Nada parece inaudito en Guerrero, salvo la paz. En mayo de 2025 asesinaron a Marco Antonio Suástegui, líder defensor del río Papagayo y organizaciones campesinas, como la OCSS, denuncian un hostigamiento constante. Y hay estudiantes, periodistas y sacerdotes asesinados.

–¿Qué quedan de los esfuerzos de paz de la Iglesia católica en Guerrero?
–Se habla de una generación perdida –reflexiona el Padre Fili por teléfono–. Pero esa generación perdida es tanto de jóvenes como de funcionarios, políticos, y personas que deberían estar en otras áreas de influencia. Esa pérdida difícilmente puede revertirse. Lo que ha llevado a muchos al narco tiene que ver con la lógica del capitalismo. Y de las condiciones extremas de necesidad.

Como sacerdotes, podemos tener cierto nivel de influencia en algunos líderes del crimen organizado. Asumimos la misión de intentar evitar que entren en confrontación. Que no haya enfrentamientos con armas, que no afecten inocentes. Eso ya es ganancia. Las actividades ilícitas dependen de otras circunstancias: de todo lo que hace falta en el estado, del vacío institucional.

La Iglesia no tiene una varita mágica para solucionar este problema. Lo único que podemos hacer es apostar al largo plazo. No veo otra salida que apostar por los niños. Por las nuevas generaciones. Que ellas y ellos puedan tener encuentros significativos que los vinculen de manera más sana con la sociedad: eso sí nos toca a nosotros. 

–¿Es una cuestión de fe? 
–Yo pude irme y estar más cómodo, sin riesgo. Pero eso, espiritualmente, me hubiera matado. Yo extraño hacer mi labor. Sí, tenemos colaboradores en el estado, con el Centro Minerva Bello. Pero extraño ser yo quien acompañe a las familias, a ir al Servicio Médifo Forense, al Ministerio Público, a exigir que devuelvan el cuerpo de una persona. Dar misa para las madres buscadoras. A mí me llena de fortaleza el testimonio de otros hombres y mujeres de fe que han dado su vida por lo que nosotros llamamos “El Reino de Dios”: la paz.

El máximo ejemplo para mí es el obispo Monseñor Romero . Su camino de pensar a Dios como un pueblo, Dios encarnado en un pueblo oprimido, a mí me inspira.

Por eso yo elegí estar en Guerrero. Fue una elección personal: yo decidí dejar Estados Unidos y la orden a la cual pertenecía. Porque creo en esa iglesia doliente, que puede tener de verdad una función. Eso es lo que nos mantiene con deseos de seguir adelante. Sé que en todos lados hay necesidades y siempre vamos a encontrar maneras de ayudar, pero, ahora mismo, ahora estoy apartado de todo lo que durante años consideré mi proyecto de vida, mi misión.


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Por Carlos Acuña

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