El festival Shorts México ha sido un espacio fundamental para tratar de que el cine se convierta en efecto en un espacio de democratización y ejercicio de los derechos humanos.
Pero no exclusivamente. Shorts México, el encuentro de cine en formato corto más grande de toda Iberoamérica, que llegará a su edición 21 en septiembre próximo, también ha contribuido de manera decisiva a que, más allá del estereotipo, el cliché o la tragedia, otras formar de contar las disidencias sexuales tengan un eco cada vez más amplio.
La idea parecía un suicidio financiero. A principios de los años dos mil no existían las plataformas de streaming y los cortometrajes rara vez encontraban espacios de exhibición comercial. Hablar de diversidad sexual en la pantalla era, en esos tiempos, una excepción todavía confinada a la periferia cultural.
Veintiún años después, Shorts México, el Festival Internacional de Cortometrajes de México con sede en la capital, llega a una nueva edición este mes de septiembre. Lejos de la fragilidad inicial, hoy es considerado el encuentro cinematográfico especializado en formato corto más grande de toda Iberoamérica. Exhibirán más de mil producciones, ahora con sedes en los 32 estados del país.
Los responsables de la vigencia de Shorts México –hoy en plena convocatoria–, son Jorge Magaña, fundador y director del festival, junto a Isaac Basulto, director de programación. Estos dos hombres gays, socios en la trinchera cultural y amigos en la vida cotidiana, han devorado miles de películas, apoyado a cientos de realizadores y atendido a varias generaciones de espectadores.
–Hace más de 20, se me ocurrió la idea de hacer un festival –dice Jorge, la mirada bien atenta–. Fue algo apresurado. Aventurado. Con ganas. Si quieres hacer una cena debes de tener una preparación antes de aventarte. Pero a veces te avientas y te preparas en el camino.
–En Shorts México pasamos de recibir cortometrajes en celuloide, luego DVD y formato digital –agrega Isaac–. Comenzó entonces una democratización: una explosión. Las nuevas generaciones están completamente comprometidas con las verdades que quieres transmitir y exponer sin miedos.
Su entrada al universo de celuloide nació de obsesiones personales. Magaña estudió periodismo, pero el cine lo arrastró en 1995: antes de una función de El callejón de los milagros (Jorge Fons), la pantalla proyectó El héroe, un cortometraje animado y crudo de Carlos Carrera que narra el intento frustrado de un hombre por salvar a una joven que decide suicidarse arrojándose a las vías de una estación del metro en la Ciudad de México. Le impresionó la potencia del formato corto.

Por su parte, Basulto forjó su mirada tras vivir y estudiar Producción Cinematográfica y Cinefotografía una década en Los Ángeles, California. De regreso a México, trajo consigo la convicción de que la programación cinematográfica puede convertirse en un ejercicio de derechos humanos.
Al repasar estas dos décadas, algo llama la atención de ambos: la manera en que el cine mexicano puede ser leído como el sismógrafo de una revolución cultural. No es que las películas transformen la realidad por sí solas, pero la pantalla ha sido el puerto donde, a menudo, desembarcan las libertades civiles ganadas a pulso en las calles por el activismo, las reformas legales y, también, la apertura de nuevos mercados globales que han modificado las narrativas del deseo.
Un festival sin liquidez
En su última edición, Shorts México presentó más de mil cortometrajes en exhibiciones presenciales y virtuales. Magaña y Basulto calculan más de un millón de espectadores en total. Durante todo 2025, el festival también presentó estrenos, exhibiciones, retrospectivas, clases magistrales y conversatorios.
Todo esto requiere de un engranaje que sólo se engrasa con obstinación y necedad. Porque dinero es lo que siempre falta. En la tercera edición, por ejemplo, Magaña tuvo que tomar la incómoda decisión de ceder el festival a personas que trabajaban en una empresa de diseño. Le faltaba liquidez y pensó que quizás eso ayudaría a ganar estabilidad.
Duró poco.
–De entrada funcionó bien porque creció muchísimo –recuerda Magaña, quien entonces trabajaba como coordinador de festivales en el Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine)–. El diseño mejoró estupendamente y hubo más publicidad.

Funcionó, sí. Pero el precio fue perder su propósito inicial: impulsar a las nuevas generaciones de cineastas en México. Magaña decidió retomar el control apenas pudo.
A lo largo de los años llegaron algunos apoyos institucionales, fondos públicos y patrocinadores privados pero, también, largas temporadas de sequía absoluta. La más dura ocurrió durante la edición 18, cuando Shorts México no recibió financiamiento ni federal ni local: un golpe que suele extinguir a proyectos independientes debido a los altos costos de derechos de exhibición, renta de proyectores y logística de sedes.
“Hubo cero apoyos”, resume Magaña. El festival sobrevivió gracias a intercambios, patrocinadores, negociaciones de salas gratuitas y una dosis de terquedad que consistió en empeñar recursos personales para que las pantallas no se apagaran. Además del apoyo institucional, a lo largo de su historia el festival ha contado con el soporte de Cinecolor México, CTT EXP & Rentals, y Facultad de Cine, Estudios ip9, Terrier Films, Shalala Studios y Maxys Catering. Cada alianza requiere trabajo, labor de convencimiento, relaciones públicas y, sobre todo, resultados.
Hoy la intención de Magaña es crecer un poco más cada año: abrir nuevas competencias, impulsar espacios de formación, crear encuentros para proyectos en desarrollo o generar programas especializados para comunidades que históricamente han tenido menos visibilidad dentro del cine.
–Las comunidades merecen tener un foco especial –dice y explica que él nació en una época en la que los referentes en cuanto a diversidad sexual eran escasos.
Recuerda una televisión y un cine nacional de ficheras donde prácticamente no existían personajes lésbicos o identidades disidentes fuera de la mofa y el estereotipo denigrante. Obras como La primavera de los escorpiones (1971) retrataban a los hombres homosexuales en situaciones sórdidas, cerrando sus arcos argumentales en tragedias brutales; personajes como Don Rutilio en El callejón de los milagros mostraban el deseo hacia otro hombre como una “degradación” moral patologizada. Muchas de esas representaciones eran incluso celebradas por la academia o normalizadas por el público masivo.

Los tiempos han cambiado y, con ellos, el cine. Magaña ahora ve adolescentes que pueden abrazarse en público en las calles de la Ciudad de México, jóvenes que no se pierden un capítulo de RuPaul’s Drag Race o que encuentran referentes visibles en la televisión abierta y plataformas de streaming.
–No porque a ti no te haya pasado o hayas sido privilegiado quiere decir que no exista –reflexiona.
Sabe que las transformaciones sociales no llegaron por generación espontánea. Detrás hubo años de activismo, resistencia y personas que pelearon por ocupar espacios.
Espacios como un festival de cine.
Porque mientras Shorts México crecía, mientras Jorge Magaña y Basulto se empeñaban en mantener a flote el barco, comenzaron a aparecer cada vez más películas que hablaban de otros cuerpos, otros afectos y otras formas de habitar el mundo. Esas historias que durante décadas habían permanecido en los márgenes comenzaron a ganar un lugar propio en la pantalla.
Menos morbo, más dignidad en la pantalla
Cuando Jorge tenía 20 años, entró por primera vez al bar El Almacén, en Zona Rosa, uno de los bares más antiguos exclusivos para hombres gay en la capital. La visita le pareció una experiencia sórdida.
–Me fijé más en el retrato de la decadencia: gente mayor alcoholizada. Y me dije “No quiero caer así”. Esa misma marginalidad era retratada en la pantalla.
Personajes con sexualidades disidentes siempre los hubo en el cine. Películas como El lugar sin límites (1978), de Arturo Ripstein —donde el personaje de La Manuela sufre un destino brutal a manos del machismo—, Doña Herlinda y su hijo (1985), de Jaime Humberto Hermosillo —que mostraba la homosexualidad oculta bajo la complicidad de una madre de clase alta—, o incluso El callejón de los milagros, de Jorge Fons, abrieron caminos fundamentales al colocar en el centro a personajes homosexuales.
Pero estas tres películas, clásicas y aplaudidas de manera casi unánime en su tiempo, compartían un patrón: retratar la diversidad sexual desde el estigma, el secreto o la tragedia. Visiones valiosas pero limitadas, concebidas en su mayoría por directores hombres, heterosexuales, con un capital cultural y económico que dictaba cómo debía verse “el otro”.
Durante décadas, las personas LGBTQ fueron personajes secundarios, figuras trágicas o caricaturas destinadas a provocar risa. En muchos casos, ni siquiera eran protagonistas de sus propias historias. Esas eran las reglas no escritas del cine mexicano.
–A la gente de la diversidad se le limitaba al mundo gay –recuerda Magaña–. No veías una mujer lesbiana. No veías a alguien trans. No veías un travesti. Y las representaciones que veíamos eran equivocadas y las normalizábamos: nos reíamos incluso.
Basulto cree que buena parte de los cambios que llegaron después pueden entenderse como un esfuerzo por recuperar la voz propia. La pantalla es, para él, una arena política:
–Había historias de disidencia sexual contadas desde afuera, con morbo, con tragedia, con etiquetas que no nos parecían justas. Era importante hacer justicia narrativa.

Y las palabras “justicia narrativa” resumen un cambio profundo: más que aumentar el número de personajes LGBTQ+, lo que comenzó a mutar radicalmente fue el origen de la mirada. El cineasta dejó de ser un observador externo: los nuevos creadores pertenecían a las comunidades que filmaban. El cine LGBT+ nacional dejó de ser un monolito exclusivamente masculino y urbano.
Es ahí donde irrumpe, por ejemplo, la realizadora oaxaqueña Ángeles Cruz, abiertamente lesbiana, quien con obras como el largometraje Nudo mixteco (2021) fracturó la narrativa centralizada para contar el deseo, el amor y la resistencia entre mujeres indígenas dentro de comunidades regidas por usos y costumbres de la Mixteca Alta.
Basulto menciona otros nombres: realizadores como Roberto Fiesco y Julián Hernández, figuras fundamentales para entender la evolución reciente del cine mexicano.
Julián Hernández, probablemente el cineasta gay más importante del cine contemporáneo nacional, explora en su obra el deseo, el amor entre hombres y la soledad con un estilo marcadamente poético. En 2003, Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor, obtuvo el Premio Teddy en la Berlinale —hazaña que repetiría después con El cielo dividido—. En sus películas, la cámara se entrega a la contemplación estética del cuerpo masculino y al romance laberíntico de los jóvenes de las periferias de la Ciudad de México.
Por su parte, Roberto Fiesco ha construido un puente hacia la memoria a través de la dirección de documentales y ficción. Su mítica obra Quebranto (2013) retrata con ternura la vida cotidiana de la actriz trans Coral Bonelli, quien en su infancia fue un conocido actor infantil de los años setenta llamado Pinolito.
A este ecosistema se sumaron creadores como Hari Sama, quien desde una identidad queer incorporó personajes e historias LGBTQ+ en parte de su obra. En su película Esto no es Berlín (2019) escenifica la escena contracultural, el punk, el performance y la exploración sexual de los años 80 en el Estado de México.
Esta transformación estética coincidió con una revolución tecnológica que hizo más accesible la creación audiovisual. Cuando Shorts México iniciaba, los cortometrajes LGBT+ se filmaban con enormes esfuerzos en formatos físicos y celuloide, circulando casi de mano en mano o mediante copias piratas. La llegada del DVD permitió que compilados de cortometrajes queer se convirtieran en los materiales más buscados y vendidos en las mesas del festival. Los formatos digitales y, eventualmente, la distribución en plataformas como MUBI, Netflix o YouTube cambiaron el paisaje por completo.

–Comienza una democratización y una explosión de nuevas generaciones –dice Basulto.
De pronto, los creadores ya no necesitaban atravesar las aduanas económicas o industriales. Cortometrajes filmados con cámaras digitales ligeras o incluso teléfonos permitieron explorar historias y personajes con una inmediatez comercial inédita. La representación LGBTQ+, por consecuencia, dejó de ser un territorio limitado a ciertos personajes o conflictos específicos: los estereotipos comenzaron a erosionarse, las historias a expandirse y la pantalla ganó intimidad y riesgo.
Largometrajes como Quemar las naves (2007), de Francisco Franco Alba, o Cuatro Lunas (2014), de Sergio Tovar Velarde, o Carmín Tropical (2014), de Rigoberto Perezcano, jugaban con los géneros cinematográficos, el deseo y las identidades más allá de los estereotipos ya gastados de la época.
Después Sueño en otro idioma (2017), de Ernesto Contreras, rompió el tabú generacional al narrar la historia de dos hombres mayores indígenas que llevan 50 años sin hablarse debido a un amor truncado por la homofobia. O En el camino (2025), la premiada película de David Pablos que conquistó el León Queer y el galardón a Mejor Película en la sección Horizontes del Festival de Cine de Venecia. Ambientada en los parajes de Ciudad Juárez, la cinta narra el improbable y descarnado romance entre Muñeco, un solitario trailero, y Veneno, un joven estafador de carretera, desafiando el machismo de una subcultura hostil a través de una inesperada ternura.
Ya no se trataba únicamente de sufrir por salir del clóset, enfrentar el rechazo familiar o sobrevivir a la discriminación. Esos temas seguían presentes pero comenzaron a convivir con relatos de amor, amistad, humor, fantasía, ciencia ficción y descubrimiento personal. Los personajes queer ganaron el derecho a existir en la pantalla más allá de una sola narrativa trágica.
Un ejemplo claro de este “salir del clóset temático”, como lo llama Basulto, ocurre cuando los conflictos ya no giran en torno a la culpa o al miedo de ser descubiertos, sino en cómo estos personajes gestionan sus vidas cotidianas, sus carreras o sus propios errores afectivos, asumiendo su identidad como un punto de partida naturalizado y no como un obstáculo dramático.
Mientras esa transformación ocurría, Shorts México se convirtió en el espejo ideal donde este fenómeno podía observarse con claridad. Año tras año llegaban películas que reflejaban los cambios sociales del país, pero también los deseos y preocupaciones de nuevas generaciones de cineastas.
Jorge Magaña e Isaac Basulto estaban ahí, en primera fila. Mirando cómo las historias que antes apenas encontraban lugar en la periferia comenzaban a ocupar con orgullo el centro del encuadre.
Películas que encontraron un espacio
Cuando Jorge Magaña decidió crear la sección Queer Shorts en Shorts México, el festival ya llevaba 10 años de existencia. Los cortometrajes con temáticas LGBTQ+ siempre habían estado presentes en la programación, pero llegó un momento en que le pareció necesario reunirlos bajo un mismo escaparate.
–No para aislarlos o convertirlos en un gueto –advierte–. Más bien para reconocer la importancia de historias que durante décadas habían tenido dificultades para encontrar espacios de exhibición. Para mí era importante darle más escaparate a las historias de diversidad.
La sección se ha convertido en uno de sus programas más reconocidos. Ahí conviven ficciones, documentales y animaciones que exploran una amplia variedad de experiencias relacionadas con la diversidad sexual y de género.
Magaña insiste en que, con todo, el tema queer forma parte de la programación general del festival: “Si hago un programa de ficción, siempre va a haber un corto de diversidad sexual”.
Cuando habla de los cortometrajes que más lo han marcado, rara vez se detiene únicamente en la temática. Habla de fotografía, actuaciones, dirección, guión y lenguaje. Durante nuestra charla, Jorge se inclina sobre la mesa para decir que la defensa del formato breve es casi un asunto de teoría literaria: “Hay mucha gente que hace el comparativo, no sé si bueno o malo, entre una novela y un cuento. O sea, pero no cualquiera hace un cuento. Para hacer un cuento tienes que ser muy específico y que hagas un cuento tampoco significa que tu siguiente paso es hacer novela. Hay gente que se dedica exclusivamente a hacer cuentos”.
Uno de los ejemplos más claros es Trémulo (2015), de Roberto Fiesco, de sus favoritos absolutos. La historia es una miniatura de precisión estética: en la intimidad de una vieja peluquería de barrio, sucede el encuentro fortuito entre un joven peluquero y un soldado. A Magaña le fascina cómo la cámara sostiene la tensión a través de los espejos y cómo muestra la diversidad dentro de la propia diversidad.
Algo parecido ocurre con Los recuerdos de abril (2020), de Nancy Cruz: pura melancolía sin estridencia. La historia sigue a una joven que debe despedirse de su mejor amiga, de quien está enamorada, antes de abandonar su pueblo. No hay escenas espectaculares ni grandes declaraciones, sólo la emoción contenida de una relación que nunca pudo concretarse, atrapada en la geografía rural.
–Las emociones son lo importante –señala Magaña, enfatizando el valor de la sutileza cinematográfica– No todo tiene que ver con el sexo.
Esta observación es recurrente cuando Magaña y Basulto repasan la evolución del cine LGBTQ+ en México. Las nuevas generaciones hoy exploran otros territorios como el amor, la amistad, la pérdida, la incertidumbre, la familia, la identidad y la posibilidad de existir sin necesidad de justificarse.
Otro ejemplo es La carta (2014), de Ángeles Cruz, una obra que entrelaza diversidad sexual, identidad indígena y vida comunitaria. A Magaña le resulta significativa porque rompe de tajo con la idea de que las experiencias LGBTQ+ pertenecen únicamente a contextos urbanos y estilizados. El cortometraje fue, además, el preámbulo fundamental del largometraje Nudo mixteco (2021), con el que la directora oaxaqueña narró la historia de amor entre dos mujeres en un entorno machista y complejo.
–Otro universo –apunta Magaña, justificando la importancia de hacer circular esos trabajos que expanden los horizontes del formato corto.
Isaac Basulto comparte esa visión. Para él, el trabajo de programación implica una suerte de “reparación simbólica”: reencontrar películas, visibilizar voces y permitir que otras historias reaviven la memoria colectiva.
La lógica es especialmente visible en iniciativas como Transcine, una de las primeras secciones dedicadas al cine trans dentro de un festival mexicano donde “lo más importante era que fueran las mujeres trans y la gente trans quienes explicaran sus experiencias”, recuerda Basulto.
Se trata de un asunto de dignidad. Basulto lo llama “el derecho a aparecer”. Aparecer en pantalla y aparecer en la conversación pública. Aparecer en espacios que antes estaban vedados. Aparecer en la mirada de las y los otros.
Por sí solo, el cine no cambia nada. La discriminación, la exclusión, el odio siguen allá afuera a veces incluso con más fuerza. Shorts México tampoco es la solución a los problemas de fondo, sino apenas una ventana o un nuevo ángulo capaz de modificar la manera en que observamos.
Cada cortometraje proyectado en una sala, una plaza pública o un centro cultural abre la posibilidad de que alguien se reconozca por primera vez en una historia. O de que alguien más comprenda una experiencia que hasta entonces le resultaba ajena.
Lo que viene después
Mantener encendido un proyector durante veintiún años implica, inevitablemente, mirar hacia el futuro. Para Jorge Magaña e Isaac Basulto, el éxito de Shorts México no se mide en la numeralia de las alfombras rojas, sino en los espacios que han logrado arrebatarle al olvido y a la indiferencia.
Hoy, el festival no se limita a las salas tradicionales de la Ciudad de México. Se ha transformado en un engranaje itinerante que viaja por plazas públicas, centros culturales independientes, universidades públicas y espacios comunitarios en las regiones más deprimidas o apartadas del país; lugares donde, en muchas ocasiones, estas conversaciones sobre la diversidad y la identidad todavía no han encontrado un terreno.


–Quién sabe quién en esa sala se va a sentir identificado –reflexiona Isaac al pensar en esas funciones en las periferias.
La pregunta parece sencilla, pero resume el corazón de su oficio. Para Jorge, la potencia del festival estalla cuando el cortometraje abandona el archivo digital y se convierte en un espejo colectivo capaz de quebrar a la audiencia.
–Me da mucha emoción ver la Cineteca llena, y ver que la gente está llorando, o que se está riendo, o que sale conmovida. Eso es lo que más me alimenta. Ahí es donde te das cuenta de que todo el esfuerzo, las desveladas y los problemas económicos valieron la pena.
En un país donde los márgenes siguen siendo difíciles, la posibilidad de que un adolescente descubra una historia en la pantalla que se parece a la suya, o que encuentre por fin las palabras exactas para nombrar un afecto que nunca había podido explicar, sí puede ser un acto de justicia. Es, sencillamente, la oportunidad de que alguien deje de sentirse solo.
Después de más de dos décadas de necedad, Shorts México se ha consolidado como un archivo vivo de las transformaciones sociales del país. Un registro que se ha construido de forma artesanal: película por película, función por función y generación tras generación.
Y en el centro de ese sismógrafo cultural permanecen Jorge e Isaac. Dos amigos que han decidido empeñar buena parte de su vida, su salud y sus recursos a sostener un festival de cortometrajes a pulmón. Pero, sobre todo, dos espectadores privilegiados que presenciaron en primera fila una revolución mucho más profunda en las miradas.

