Con torneo de resorteras, los pueblos de Morelos resisten a la actividad minera
En Morelos las resorteras se han convertido en símbolo de la lucha contra un megaproyecto de explotación minera.
“La mina enferma comunidades”, “La mina nos roba el agua”, se lee en letreros que minutos después son alcanzados por el disparo preciso de una piedra.
Es fin de julio y en el cerro del Jumil, en Xochitepec, se han reunido niñas, niños y adultos para participar en el 5to torneo de resorteras contra la minería en Morelos, una actividad lúdica con la que pobladores de la región muestran su rechazo a los estragos de la minería a cielo abierto.
Su torneo tiene una razón de existir. Desde hace años, los pueblos de Xochitepec, Temixco y Miacatlán ven amenazados sus territorios por un megaproyecto minero a cargo de Esperanza Silver, una filial de la minera canadiense Álamos Gold Inc.
La minera tiene seis concesiones de casi 3 mil hectáreas, donde pretende explotar metales preciosos como oro, plata, cobre y otros (arsénico, antimonio, molibdeno y zinc). El proyecto, sin embargo, está detenido. Y eso es gracias a la población.

Las comunidades ganaron una primera batalla en los tribunales: a inicios de año lograron frenar la actividad de Esperanza Silver en sus territorios y en junio pasado obtuvieron una resolución que amplió el amparo a los pobladores y que prohibió también las actividades de exploración a la minera.
“Pienso en destrucción, no puedo pensar en otra cosa”, dice Lliny Flores, profesora de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos respecto a la minería a cielo abierto.
Oriunda de la región e integrante del colectivo Morelos sin mina, explica a Fábrica de Periodismo que aunque estos proyectos arrastran desesperanza y violencia, también generan “la oportunidad de construir procesos de resistencia y de lucha”.
Una tierra llena de contrastes
En estos municipios colindantes de Morelos, se vive en la ambivalencia. Por una parte, los habitantes disfrutan de su riqueza natural: realizan caminatas botánicas, cosechan mangos y pueden nadar en los ríos.
Sin embargo, los altos niveles de criminalidad, la escasez de agua y la estigmatización son los puntos negativos de habitar la zona. Pese a esto, la gente cuenta con un arraigo y una identidad construida durante cuatro décadas mediante la autogestión, la solidaridad vecinal y la defensa de los espacios naturales.
Lliny Flores vive en Loma Bonita, Xochitepec, desde hace casi tres décadas. Y desde hace 14 años se involucró en la defensa del territorio, a causa del megaproyecto minero de extracción de metales.

FOTO: Observatorio de Paisajes Sociales Mineros- CIGA/UNAM, CRIM/UNAM, Colegio de San Luis y Universidad de Guanajuato.
“Nuestro trabajo cotidiano era ir a las comunidades, poner cartulinas, hablar con las autoridades, aventarnos de dos a tres reuniones informativas para dar a conocer esta problemática. ¿Por qué? Porque ni la empresa ni los gobiernos nos acercaban información a las comunidades”, cuenta Lliny sobre los inicios de la defensa de la región, una actividad en conjunto con la docente Lilian González.
González es profesora de la UAEMor y una de sus líneas de investigación es precisamente el impacto de megaproyectos extractivistas en la entidad. Desde esa experiencia, las académicas articularon la defensa de su territorio, abandonando los lugares comunes.
“Luchar desde un discurso que hablara de los impactos negativos nos desgastaba muchísimo y nos dimos cuenta que eso no estaba realmente impactando de una manera significativa. Entonces, eso justo nos llevó a revirar y construir una estrategia distinta”, explica Lliny sobre el viraje a iniciativas lúdicas y que refuerzan el tejido social.
David VS Goliat
El activismo local ha adoptado actividades de goce en su territorio para mostrar su inconformidad ante la incursión de Esperanza Silver: realizan jornadas de senderismo en búsqueda de plantas medicinales, pajareadas colectivas, han volado papalotes —como las infancias de Topolobampo— y han hecho talleres de diversas disciplinas con el fin de reforzar los vínculos comunitarios y el sentido de pertenencia.
Al primer torneo de resorteras en el cerro Jumil asistieron 17 participantes, Lliny lo recuerda bien. Invitaron a los pobladores a “echar una reta” de resorteras, colocaron botellas de material reciclado y otros objetivos, comenzaron a politizar la actividad y a asociar la resortera como un símbolo de resistencia.

“De pronto va adquiriendo otras connotaciones. De pronto nos hemos visto justo en esta analogía de David contra Goliat, luchando en contra de un monstruo gigantesco, como son los megaproyectos mineros y que al final lo estamos combatiendo desde la alegría”, equipara la activista.
Cinco años después de la primera competencia, al cerro del Jumil llegaron 37 equipos. Lliny ha visto incluso crecer a las infancias que acuden al torneo y menciona una niña que, cinco años después, se ha convertido en adolescente.
Una nutrida base de participantes acude al lugar para, más allá de competir o hacerse de premios (que son simbólicos), pasar un buen rato y rechazar los estragos de las mineras canadienses en sus hogares.





El torneo se celebra en el mes de julio, concretamente en la víspera del Día internacional contra la minería a tajo abierto, una conmemoración originada por el empuje de activistas mexicanos y canadienses en el año 2009, mientras colectivos defendían el Cerro de San Pedro, San Luis Potosí, de un proyecto minero.
Ya es el 2026 y los competidores entrecierran los ojos, buscan la mejor posición, apuntan hacia las botellas marcadas con números, a los letreros con consignas asociadas a la protesta. Y disparan.
“Estamos combatiendo desde la comunidad. Estamos combatiendo a un monstruo con una horqueta, de un palo que el mismo territorio nos dio”, sintetiza la defensora y espera que pronto pueda anunciar la cancelación definitiva de las concesiones mineras.




