Más de medio siglo después, la figura del poeta Abigael Bohórquez sigue iluminando a quienes lo conocieron en Milpa Alta. Un libro reúne los testimonios de 20 de sus alumnos y revela la historia de un poeta inundado de ternura y rebeldía que cambió para siempre a una generación de jóvenes.
La portada es un retrato de pinceladas verdes: la sonrisa ligera, los ojos serenos que miran de frente bajo una frente holgada, el rostro como un tótem en medio de sembradíos que se tornan plumajes. Es un libro delgado: A trago y trago de recuerdos. Voces testimoniales sobre Abigael Bohórquez, se titula. Juana Reyes sostiene sus tapas como quien retiene una polilla entre sus dedos y temiera que se le escapara revoloteando.
–La pintura la hizo el artista Amador Huerta –dice, paseando la yema del índice por el lomo verde maguey de su ejemplar–. Es un mural en la pared de una cabina de radio que Miguel Ángel Álamo tiene en su casa. Él también fue alumno de Abigael.
Han pasado más de 50 años y Juana, periodista y escritora, todavía se siente bajo el influjo de un encantamiento. Está por cumplir 70 y aún levanta la barbilla con orgullo cuando habla de aquel hombre: su maestro, el que en 1970 llegó a la Secundaria número 37, en el pueblo de Milpa Alta, a orillas del entonces Distrito Federal.

Abigael Bohórquez llegó a Milpa Alta con una máquina de escribir en la maleta y con su madre Sofía Bojórquez de la mano. Una vez instalados en la que sería por cinco años su casa, Abigael empezó a hacer lo que mejor sabía. Conjurar, hechizar, intentar cambiarlo todo: ser poeta.
Escritor de Sonora, dramaturgo, ensayista, actor, cantante de rancheras, locutor de radio, promotor cultural y poeta por encima de todo, Abigael Bohórquez decidió un buen día que las mafias literarias de la capital –con toda su burocracia y su snobismo– valían menos que la hierba seca y se refugió en estos lares.
Llegó cuando estaba a punto de cumplir 33 con una máquina de escribir en la maleta y con su madre Sofía Bojórquez de la mano. Una vez instalados en la que sería por cinco años su casa, Abigael empezó a hacer lo que mejor sabía. Conjurar, hechizar, intentar cambiarlo todo: ser poeta.
–Yo estuve a punto de dedicarme al teatro por él –dice Juana y en su voz se advierte la herida antigua–. Mis papás no me dejaron. Tenían prejuicios. Pero me dediqué al periodismo, a escribir. Y eso fue porque él, Abigael, me inspiró y me alentó después a inscribirme en la Escuela de Periodismo Carlos Septién.
Fue pensando en su maestro también que Juana, décadas después, decidió hacer una segunda carrera. Estudió Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. No fue la única que experimentó un cambio radical: un enjambre de adolescentes quedaron marcados para siempre por el paso de ese hombre por Milpa Alta.
El libro que Juana tiene entre las manos, publicado el pasado abril, reúne el testimonio de 20 de aquellos jóvenes, quienes, tras compartir tiempo y enseñanzas con Abigael, adoptaron la certeza de que su futuro podía ser distinto. Se trata del registro de una memoria colectiva: la de un hombre y su ternura, en toda su potencia y generosidad.
Escribe Juan Horacio Chavira Sevilla, hoy médico veterinario zootecnista y profesor de la UNAM:
“Haz como un perro”. Pregúntome yo, a mí y a él: “¿Cómo? ¿Como perro?”. “Sssssí”, dijo él tácita y amenazadoramente. “¡Haz como un perro!”. Con lentitud para articular mi voz dije: “guau guau”. No terminé el ladrido y díjome él, rompiendo en carcajadas: “horripilantísimo, perro famélico, famelidoperro; perro desganado, desganaperro; perro sin gracia, desgraciado perro; perro sin arte, desartado perro; perro sin madre, desmadrado”. Yo, atónito y lleno de miedo, temblando frente a él, lo miré. Él solamente me vio y de nuevo soltó la carcajada. Inmediatamente saltó al suelo de su inmensa sala y se colocó en sus cuatro extremidades: “Te quiero mostrar un perro cabrón” (a la fecha no sé si me dijo que el perro era cabrón o yo era el cabrón). Entonces caminó en cuatro extremidades, se echó, jadeó, ladró y se acercó a mí y dijo: “guau guau Horaxiuuu”, fingiendo dizque voz de perro: “Ahora tú eres un árbol y no te muevas”. Él se acercó y levantó la pata y emitió un sonido de orina, chisss, a manera de chisguete, y meame imaginariamente los pies […]. He recordado siempre esto en mi vida: la presión a la que nos llevó para ser únicos.
El poeta que llegó del norte
Es fácil imaginarlo. Abigael Bohórquez sintiéndose nada más que un forastero. Él, un poeta nacido en los desiertos del norte, abiertamente homosexual, vetado de los circuitos culturales de la Ciudad de México –”la noble insigne y muy leal e imperial ciudad del desamor”–, llegó a estas tierras aún rurales cautivado por el paisaje de nopaleras y maizales en donde se agitaban todos los matices del verdor.
Esto es Milpa Alta, amor: colmena ardida
comarca del geranio y su techumbre;
esto es Milpa Alta, amor, adormecida
en la paz de su propia dulcedumbre.
Un poeta enamorado de una tierra, de los rumores en náhuatl que todavía escuchaba en los mercados y que después repetiría en sus poemas, del atrio de la Iglesia de la Asunción que convertiría después en un auditorio, de su volcán Teuhtli y de aquellos parajes en donde “vuelve a creer en Dios la primavera”.
Lo escribió así en Memoria de la Alta Milpa, el libro de poemas en donde nombra, uno por uno, a todos sus alumnos y todos los sitios que aquí amó.
Milpa Alta valle del Anáhuac Malacachtépetl Momoxco alguna vez
acerca de cerca de sesenta minutos en camión
desde la noble insigne muy leal e imperial ciudad del desamor
a hora y media pues de la catedral de Sanborn’s
de la Basílica del Bombay de la Rotonda de los hombres ilustres
y de alguna que otra mujer del museo de cer
del rastro federal del panteón civil de Tlatelolco de la morgue…
Escribe el arquitecto Víctor Manuel Díaz Mendoza, uno de los primeros alumnos de Bohórquez en la Secundaria 37 y también integrante de su primer grupo de poesía coral:
Era el sexenio de Luis Echeverría, en ese entonces en la Alta Milpa aún había casas de piedra y teja; todavía se consideraba rural. En la Secundaria 37, nuestra escuela, director y subdirector fueron sorprendidos por el profesor Abigael Bohórquez con un documentote –un oficio de la Secretaría de Relaciones Exteriores con apantallante escudo nacional a la cabeza, donde se señalaba que se había seleccionado a nuestra secundaria (entre muchas) para impartir clases de arte escénicas– que, ofcors, había redactado el propio Abigael…
Aunque su nombre no figuraba en las marquesinas de la literatura mexicana de aquellos años, Bohórquez era admirado y querido por escritores de la talla de José Revueltas, quien más de una vez lo visitó a él y a sus alumnos en Milpa Alta. Lo mismo hicieron poetas como Efraín Huerta, Miguel Guardia, Dionicio Morales o el tabasqueño Carlos Pellicer, quien escribió un soneto titulado Al poeta Abigael Bohórquez:
Joven, toma de ti la poesía
y jura –en vano– que el amor no existe.
Su biógrafo, Gerardo Bustamante, ha afirmado en distintas ocasiones que el de Bohórquez constituye un caso vergonzoso de exclusión. “Ser pobre y homosexual se convierte en un estigma sobre todo en los años 60 del siglo pasado”, escribió.
Además, Bohórquez no sólo es ese poeta que se atreve a escribir versos cargados de sexualidad burlesca –“Dicen que tenías algo que darme / pero te dio por rematarlo / en el esfínter más guango del ejido”–, es también el poeta que escribe de Tlatelolco, burlándose de los militares o de las intervenciones de Estados Unidos en Latinoamérica, del revolucionario Rubén Jaramillo, de las revueltas campesinas o las guerrillas centroamericanas; también de íconos populares como Lola Beltrán o Agustín Lara, con versos plenos de un humor caústico, nunca solemne, que la gente común y, sobre todo, la gente de campo entendía al vuelo.
Un poeta incómodo, entonces. Tan incómodo que llegó a ser excluido de las antologías del momento y que incluso llegó a cultivar la animadversión de Carlos Monsiváis, a quien Bohórquez le recriminó –en privado y en público– su pose de intelectual de izquierda, su cercanía con los políticos de aquellos años y los afanes del poder partidista.
Tal fue el hombre que llegó a Milpa Alta. El hijo de una madre soltera que criaba palomas y le heredó el apellido Bojórquez, el mismo apellido que a sus 33 años él ya había decidido cambiar por “Bohórquez”: “Porque aquí la única jota soy yo”, reía.

Y allí, en la Secundaria 37, en su propia casa convertida en salón de ensayos o en la casa del cronista Francisco Chavira transformada en salón social, Abigael se dedicó en carne y espíritu a transformar la vida de los jóvenes con la palabra libre como estandarte.
Se puso al servicio de esa generación de jóvenes que habitaban esa zona liminal entre lo rural y lo urbano, entre el tiempo pastoril y la aceleración moderna. Bohórquez les presentó a los poetas de vanguardia de Latinoamérica. Los incitó a escribir sobre sus aventuras en los montes y a mitologizar su vida cotidiana. Les enseñó a leer en voz alta con un lápiz entre los labios para mejorar la dicción. Los impulsó a memorizar diálogos y representarlos ante un público tanto como a disfrutar la música y la pintura o la buena conversación. Les inculcó el gusto por cocinar con sazón, por comer con ceremonia, por beber con moderación y garbo.
Sobre todo, los convocó a desear otro mundo y a no esperar a que llegara solo. Les mostró cómo habitarlo en cada gesto: en la manera de ensayar un diálogo, en el modo de servir una mesa, en la forma de mirar el volcán.
Recuerda Juan Horacio Chavira:
Se escucha un retum
Tum
Tumbante
Trepidar sobre el gran tam tam
Tambor del mundo
Bum bum bum.
Con ese poema de Adalberto Ortiz, de Ecuador, Sinfonía Bárbara, él nos hacía sintonizar nuestro corazón.
Otro de sus alumnos, Víctor Manuel Chavira Sevilla, hace un recuento de los lugares donde llegó a presentarse junto con su maestro y los grupos de teatro o poesía coral que había formado. Desde la Feria de Huamantla en Tlaxcala, o de Coatepec en Veracruz, hasta el Teatro Juárez de Guanajuato, el Palacio de Bellas Artes o la Residencia Presidencial de Los Pinos, pasando por el radio en la Hora Nacional o el Canal 8.
¿Fechas? No recuerdo muchas, pero estrenamos obra en la secundaria y, la verdad, ya nada fue igual, nech pactia (…). Estrenamos La fauna y Banderitas de papel picado en el salón de la iglesia de la Asunción y en la sala del Organismo de Promoción Internacional de la Cultura en el Hotel del Prado ¿Cómo le hicimos? ¡Quién sabe! (…) Íbamos y veníamos a México todos los compañeros, en los camiones que nos dejaban en la calle Mesones. (…) No había compromisos, sólo responder al instinto. (…) Ensayábamos en casa del maestro, en un local rentado, en el autobús. No recuerdo que nos haya dicho algo así como seguir, aguantar vara, pero era divertido hacerlo, éramos incondicionales y duros. Lo que tendría que ser sería, topara en lo que topara. ¿Desertar, correr? No, si era mejor el chisme, viajar y aprender, conocer, relacionarse con otros artistas, estar detrás del micrófono, de una cámara, entrar al escenario, previamente nerviosos. Aprendimos por ósmosis, lo que no conocíamos lo experimentamos…
La poética de los gestos
Hubo un tiempo en que Abigael Bohórquez era apenas un rumor: un secreto que se compartía entre algunos cuantos. Alejandra Retana nació en Monterrey, por ejemplo. Allá, en aquella región calurosa y violentada por el narco, leer poemarios como Digo lo que amo o Desierto Mayor la confortaba. Durante muchos años, antes de que la academia y la crítica comenzaran a reivindicar la figura de Bohórquez, esos libros fueron su piedra de toque, su talismán privado.
–Empecé a leerlo en la adolescencia, que es la edad a la que casi todos lo conocemos –cuenta Ale–. Yo tenía mis amigos adolescentes poetas en Monterrey y lo empecé a compartir con ellos. Lo leíamos juntos, nos juntábamos en las casas a leerlo en grupo. En los eventos de spoken word, yo siempre llevaba algo de Abigael. Se volvió un poeta crucial para mi generación.
Alejandra Retana es hoy novelista y editora. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM y trabaja en la editorial Heredad y en Estudio Magnolia. Pero el amor por aquel hombre originario de Sonora es, en realidad, un legado. Alejandra es hija de Jorge Retana, un hombre originario de Milpa Alta que, aunque no fue alumno de Abigael, llegó a conocerlo y admirarlo como pocos.
Escribe Jorge Retana:
En la casa de Abigael, conocimos a Utrilla, el pintor de los dos cuadros que decoraban su sala. De él recuerdo un incendio que nos ocurrió en la Feria Regional. Estábamos sentados, tomando los famosos cantaritos, en uno de los puestos itinerantes. Dos hombres que estaban ahí empezaron a ofender a los maestros. Molesto, realmente encabronado, les aventé una silla.
–¿De qué se trata? ¡Se van mucho a chingar a su madre! –les grité, impulsivo como siempre he sido.
(…) Utrilla fue quien me detuvo.
–No, Jorgito, déjalo. A más machitos me los he cogido.
A la fecha, de cuando en cuando, Alejandra siente que puede ver la figura de Abigael Bohórquez asomarse en los gestos de su padre. Así de potente es la influencia de aquel hombre en su familia. Para el poeta, hoy lo sabe, el acto de comer era una ceremonia que merecía el mismo esmero que una representación teatral. Quienes entraron a su casa de la calle Yucatán recuerdan el ritual: la vajilla acomodada con precisión, los cubiertos en su lugar, la servilleta doblada como si la visita fuera de un embajador. Y en el centro, siempre, una conversación que podía extenderse hasta el anochecer: comer era la oportunidad de celebrar la vida.
–Esa ceremoniosidad para ordenar la vida la adoptó mi papá. A la fecha, para él no hay nada más grosero que uno coma mientras está trabajando, por ejemplo. En Monterrey, mi padre también adoptó la costumbre de comprar planchas antiguas en los mercados para usarlas como sujeta libros. Son gestos que aprendió de Abigael, de su maestro.
El rescate de la figura de Abigael Bohórquez responde a muchos factores. Al trabajo incansable de su biógrafo, Gerardo Bustamante, por ejemplo, o a las revisiones de otros escritores como Hernán Bravo Varela o Julián Herbert. Pero una parte importante de su actual vigencia es la defensa de su memoria que han hecho sus alumnos de Milpa Alta y de Chalco, donde vivió desde 1975 hasta 1990. Esa misma defensa la encabezan hoy muchos de los hijos de aquellas personas iluminadas por el poeta.
Personas como Alejandra Retana, quien decide estudiar Letras Hispánicas, dedicarse a escribir y convertirse en diseñadora editorial debido en gran parte a la influencia de la figura de Bohórquez en su familia. Es en gran medida gracias a la influencia de Abigael, a los poemas de Memorias de la Alta Milpa (1975) o Digo lo que amo (1976) que ella pudo sobrevivir en aquel Monterrey violentado, aferrándose también a esa identidad momoxca que Bohórquez capturó para siempre en sus versos.
Esto es Milpa Alta, amor: el sobresalto
de la piedra y su luz paralizada,
la osatura violenta del basalto
y su cráter de estatua derrotada.
Es ella, junto a Andrés Sanhueza, quien toma en sus manos el diseño editorial de A trago y trago de recuerdos: voces testimoniales sobre Abigael Bohórquez, libro con el que también sus alumnos celebraron este 2026 los 90 años del nacimiento del poeta sonorense.
La fraternidad como un legado
Abigael Bohórquez regresó a Sonora en 1991. Su madre, doña Sofía, había muerto en 1980 en Chalco y él nunca pudo superar del todo aquel dolor. Antes de partir, regaló buena parte de sus pertenencias a sus alumnos. Un ropero para esa muchacha, las pinturas que decoraban su sala para este otro, la mesa del comedor para aquel. Se instaló entonces en un pequeño departamento en la ciudad de Hermosillo y ese mismo año publicó Poesida, un poemario desgarrador en donde hablaba abiertamente sobre su experiencia con el VIH. Falleció apenas cuatro años después, entre el 25 y el 26 de noviembre de 1995, de un paro respiratorio.
Escribe Gerardo Bustamante, en el prólogo de Abigael Bohórquez. Poesía Reunida e inédita:
El autor había logrado que trasladaran su plaza del IMSS de Chalco a Sonora; no obstante, sus actividades en Hermosillo estuvieron limitadas a una oficina burocrática, hasta que lo despiden debido a que había solicitado unos días para viajar a Caborca; descuidos y actitudes malintencionadas hicieron que se le acusara de abandono de trabajo. Bohórquez no entabló litigio alguno ni solicitó el finiquito por sus casi veinte años de servicio. Llegó la orfandad económica y la sobrevivencia.
–Es uno de los momentos más dolorosos para mi papá y para muchos de sus alumnos –dice Alejandra Retana–. Porque Abigael muere solo, en su departamento diminuto, rodeado de libros. Y mi papá siente no sólo dolor, siente rabia. Porque esa soledad también es de las instituciones. De muchas cosas que le prometieron y que no le cumplieron.
Vengo a estarme de luto
por aquellos
que recibieron prematuramente
su funeral de escándalo,
su ración, su camastro, su obituario velado, pero más por aquellos
que, desde que nacieron,
son confinados, etiquetados, muertos
en sus propios rediles,
herrados, engrillados a un escritorio oculto, a un cubículo negro.
Pero la pregunta regresa de tanto en tanto entre los testimonios de quienes lo conocieron. ¿Por qué Milpa Alta? ¿Por qué aquel poeta decidió instalarse en aquel paisaje en donde la poesía era algo aparentemente ajeno? Poco antes de que Abigael regresara a Hermosillo, concedió una entrevista a un joven periodista –Adrián Trejo García–, quien le pregunta por qué un poeta como él vive en Chalco y no en la Ciudad de México. El poeta responde:
–Yo he sido un hombre demasiado tímido, demasiado sencillo, si se quiere introvertido: esto es mi honor y mi vergüenza. Acompañé la farándula de mis compañeros de generación literaria y envidié su brillante plumaje, sus dramáticas actitudes, sus poses y hasta su inmaculada propaganda tercermundista, que tal vez tuvo que ver, en forma misteriosa, con la literatura […]. Sólo me importa que ellos y yo, es decir, que yo y los poetas de mi generación […] no nos hayamos conocido más, entendido más, y que hemos cruzado nuestras vidas sin entendernos casi, por culpa de mi timidez y por culpa de su orgullo, su prepotencia o sus prejuicios sexuales.
La de Abigael pudo haber sido una historia tristísima, la de un poeta excluido de su generación y condenado a la soledad por múltiples razones: por su preferencia sexual, por no saber callar sus opiniones políticas, por su aversión a la burocracia y al ambiente lisonjero de la élite literaria, por su mirada pastoril y cotidiana, casi ranchera.
Pero Abigael fue un hombre que también supo conjurar su propia biografía y poblarla de una fraternidad y de un gozo que resuena medio siglo después en las vidas de sus alumnos y en la de los hijos de sus alumnos: personas que lo defendieron siempre, personas que recuerdan como un maestro, un amigo, un padre, un quinto abuelo, una presencia viva que todavía ronda por sus libreros, que todavía se agita entre la hierba.

