Palo Alto pende de un hilo: la histórica cooperativa de vivienda enfrenta amenazas de desalojo
Tres mujeres de Palo Alto recibieron una orden de desalojo: es la primera vez que la histórica cooperativa enfrenta un desalojo judicial.
El pasado 9 de octubre, una mujer viuda, una mujer de la tercera edad y una madre asalariada recibieron, cada una, una notificación judicial: se les ordenaba desalojar su casa en un plazo máximo de nueve días hábiles. Las tres mujeres son integrantes de la cooperativa Palo Alto: el histórico barrio popular incrustado en medio de Santa Fe, el enclave corporativo que ha llenado de rascacielos el horizonte de Cuajimalpa, al poniente de la Ciudad de México.
–En una cooperativa de vivienda escuchar sobre la posibilidad de un desalojo es inconcebible. Se supone que nuestra razón de ser como organización es garantizar la vivienda.
Quien habla con enfado es Marco Valdespino, un fornido jardinero de 56 años, hijo de dos fundadores de la cooperativa Palo Alto. Este lunes por la noche, asistió a una asamblea en la cual los vecinos tomaron la determinación de hacer todo lo humanamente posible para evitar el desalojo de las mujeres.
El plazo para desalojar se cumple hoy, jueves 22 de octubre y nadie en Palo Alto está seguro que, a lo largo de la mañana, no vendrán a intentar desalojar a las compañeras.
–Estoy de veras molesto, muy frustrado, encabronado –dice–. ¿Cómo es que pudo pasar esto? Es inconcebible.
La Cooperativa Palo Alto fue fundada en 1972 por un grupo de más de 200 socios –obreros y jornaleros en su mayoría– sobre 4.6 hectáreas de una antigua mina de arena. Fue la primera cooperativa de vivienda en el país y desde su origen el riesgo de desalojo ha sido una constante: el 31 de julio de 1973 las familias tomaron la tierra e improvisaron algunas casas de lámina, con la intención de buscar regularizarse. Ese mismo día, un helicóptero y decenas de granaderos cercaron a toda la comunidad para intentar desaojarla. Las mujeres se acostaron boca abajo sobre la tierra, junto a sus niños, sus perros, sus pocas gallinas: era todo lo que tenían.

La Cooperativa logró asentarse a pesar de todo. Con el tiempo, las familias construyeron caminos, casas, una iglesia: un vecindario entero erigido pedazo a pedazo por el esfuerzo manual de sus habitantes.
Desde entonces las torres se han multiplicado alrededor de Palo Alto. Desde la calle central de la cooperativa se pueden ver la más emblemática: la Torre Arcos Bosques, conocida popularmente como la ‘Torre del Pantalón’; 33 pisos que hoy albergan a varias empresas, corporativos trasnancionales, firmas de abogados. El edificio se ha convertido en el símbolo concreto de los intereses que presionan para comprar la tierra de la cooperativa, demoler las más de 200 casas y construir más edificios corporativos.

Valdespino lo tiene claro: son esos intereses los que están detrás de la amenaza de desalojo a las mujeres de Palo Alto. Está convencido porque quienes promueven el desalojo son tres hombres –el medio hermano de una de ellas, el cuñado de otra y un desconocido en el caso de la tercera– que, según explica, nunca han vivido en la Cooperativa.
–El problema principal es que estamos combatiendo grandes intereses, grandes inmobiliarios que han hecho de todo para fragmentarnos como comunidad –dice Valdespino–. La cooperativa ha cometido errores importantes, se han ignorado advertencias y se ha contratado a abogados que carecen de un enfoqe social.
Un hogar de 108 metros
Juana Silvia García fue una de las tres mujeres de Palo Alto que recibió una orden de desalojo el pasado 9 de septiembre. Vive con su esposo, diabético, hipertenso y con una insuficiencia renal crónica.
En Palo Alto todas las casas miden 108 metros cuadrados. Sobre ese espacio las familias han hecho modificaciones, añadido cuartos y espacios extras. Silvia, por ejemplo, ha modificado su vivienda con el fin de hacer espacio para las familias de sus tres hijos, un hermano y una sobrina.
–Yo nací y me críe en esta casa –explica Silvia–. Mi bisabuelo, Félix Ledesma, fue uno de los fundadores de Palo Alto y esta casa la pagó mi padre con el finiquito de su trabajo.

La acusación de Silvia es dolorosa. Según su relato, el representante de la mesa directiva de Palo Alto buscó su primo –también bisnieto de una de las fundadoras– para inscribirlo como beneficiario de la cooperativa. El problema es que los archivos de Palo Alto, en tanto Cooperativa, están fragmentados, perdidos o dispersos por lo que no hay un padrón confiable de quién verdaderamente es socio o beneficiario. Por eso es que de pronto un primo lejano puede reclamar la vivienda de Silvia como suya.
–Pero él nunca ha vivido aquí. No es parte de la Cooperativa.
Palo Alto: en proceso de liquidación desde hace décadas
Desde hace décadas, la Cooperativa enfrenta un juicio que podría derivar en su liquidación y posterior desaparición: un defecto formal en las minutas de las asambleas derivó, en 1994, en la cancelación del registro cooperativo de Palo Alto. Ese conflicto antiguo ha enfrentado a la comunidad y hecho salivar a quienes pretenden adueñarse de las tierras para especular con ellas: ese año, un total de cuarenta y dos asociados pretendieron enajenar sus viviendas, lo cual fue considerado una traición por buena parte de los vecinos.
Valdespino no oculta el enojo hacia sus antiguos compañeros cooperativistas: “A veces regresan y siempre argumentan que ellos tienen derechos… tenemos que correrlos: se junta la banda y los mandamos a volar. Pero, claro, han encontrado abogados que los respaldan”.
El juicio que intenta liquidar a la cooperativa acumula ya 28 años en el Juzgado Quinto de Distrito en Materia Civil, a cargo del juez Alejandro Dzip Sotelo, el mismo juez que ordenó el desalojo de tres vecinas de Palo Alto para este jueves. El punto de la disputa es que Palo Alto es considerado, en el marco legal, como una sociedad mercantil lo cual ha mermado la figura de la propiedad colectiva y fragmentado a la comunidad en distintos frentes, sobre todo la de herederos de tercera o cuarta generación que poco han tenido que ver con la organización barrial.

–A estas alturas ya no sólo hay dos bandos de vecinos: hay cinco, seis grupos –lamenta Valdespino–. Algunos proponen vender el terreno pero eso no es viable, por los costos: nada más el órgano de liquidación demanda un 13% del precio de venta. Terceros ajenos a la cooperativa exigen 28 millones de indemnización. Sólo con eso debemos ya debemos unos 65 millones de pesos: nos vamos a quedar sin nada.
Paradójicamente, es el mismo desorden burocrático tanto de la cooperativa como de los juzgados lo que ha impedido que la liquidación se ejecute. “De alguna manera esa fue una parte de la estrategia: dejar que se alargara el proceso”, dice Valdespino. Durante 28 años, la estrategia ha funcionado.
Entre listas de beneficiarios que no existen, apelaciones pendientes y actas de asamblea que no han podido legitimarse los vecinos de Palo Alto han resistido. Pero este mismo enredo ha provocado parálisis y desgaste interno: el limbo legal en el que se encuentran les impide obtener créditos para construir vivienda y gestionar que el terreno de la Cooperativa pueda ser también un hogar seguro para las siguientes generaciones.
–Somos una Cooperativa en proceso de liquidación desde hace 28 años –resume Valdespino–. Pero, hasta la fecha y al final de cuentas, seguimos siendo una Cooperativa de Vivienda.
Desalojar a una mujer viuda y sola
Hylda González Barrios tiene 67 años. Es viuda, vive sola y ha ocupado la misma casa durante 50 años. Ella fue otra de las mujeres que recibieron una notificación el pasado 9 de octubre para que desalojaran su casa antes del día de hoy.
Su hija Tere lo dice sin rodeos:
–Yo aquí fui criada, aquí fui nacida. Aquí está mi vida. Aquí nacieron mis hijos, aquí falleció uno de mis hijos. Palo Alto es mi vida. Es nuestra vida. No nos queremos ir. Queremos que siga la Cooperativa.
La notificación, dice, fue una bomba para la familia. “No sabíamos nada, no sabíamos ni que existía un proceso contra mi mamá”. El argumento legal contra Hylda es el mismo que contra Silvia: un nombre inscrito en uno de los padrones de beneficiarios que no corresponde a quien habita la vivienda y que hoy es usado en su contra. En su caso, el nombre es el de Macario Melchor Esquivel, quien aparece en los libros de la cooperativa como socio. Según Tere, Macario Melchor Esquivel se dio de baja de la Cooperativa Palo Alto hace más de dos décadas.
–Él representaba originalmente a mi padre bajo un acuerdo de palabra –explica Tere–. Yo tengo papeles que acreditan que él renunció a sus cargos en la cooperativa. Él nunca vivió en esta casa, además.
La incertidumbre persiste y los vecinos sospechan lo obvio: que la información registral de la Cooperativa está siendo usada por los intereses inmobiliarios para generar conflictos, incertidumbre y mermar la moral de la ya de por sí fragmentada organización comunitaria.
El pasado martes, representantes de la Cooperativa Palo Alto se apersonaron en el Congreso de la Ciudad de México para exponer el caso de las tres mujeres que corren riesgo de desalojo. Fueron recibidos por diputados quienes escucharon su caso y reconocieron la importancia histórica y social de la cooperativa.
Más tarde, la misma jefa de gobierno Clara Brugada y su asesor jurídico en materia de desalojos, Jesús Salazar, en compañía del secretario de gobierno, César Cravioto, recibieron personalmente a las mujeres de Palo Alto y les aseguraron que la orden de desalojo no se ejecutaría. Prometieron también asesoría legal para revisar lo ocurrido. El caso cobra aún más relevancia al ser tres mujeres, dos de ellas vulnerables, amenazadas con una orden de desalojo por tres varones que buscan arrebatarles su vivienda.

–Sabemos que tenemos la atención de la jefa de gobierno, pero hasta ahora todo ha sido de palabra –dice Tere, la hija de Hylda González–. No tenemos un documento que garantice que en efecto ya se paró el desalojo. Y ahora somos tres mujeres las que están en riesgo, mañana quién sabe cuántos más. Yo no entiendo por qué la gente de Palo Alto no decide unirse de una vez por todas.
De acuerdo a Valdespino y a Juana Silvia, el problema es de fondo y, a estas alturas, desconfían de medio mundo. Incluso de las firmas de abogados que se han comenzado a involucrar en los procesos comunitarios. Una de estas firmas representó, por ejemplo, a varios de los beneficiarios que habían sido expulsados por querer enajenar las tierras y venderlas: lograron que regresaran. Esta misma firma comenzaron a representar a varios de los grupos que intentan defender Palo Alto, incluida a las mujeres en riesgo de desalojo.
–Es muy raro –dice Marco Valdespino–. Estos abogados les recomendaron que no se defendieran: que no fueran con las autoridades, que no buscaran defenderse por su parte. Llegaron a amenazar a las vecinas para que no lo hicieran, les dijeron que podrían meterse en problemas y que podrían emprender acciones legales contra ellas. Es un sin sentido.
Estos mismos representantes legales han tenido otras omisiones que resultan sospechosas a ojos de los vecinos, como dejar vencer plazos para presentar documentos solicitados con el fin de que habitantes de Palo Alto sean reconocidos como beneficiarios de la Cooperativa.
–Es el problema de los compas: se dejan engañar por personas que dicen ser profesionales. Nosotros les hemos propuesto acercarnos a otros procesos, ir con los abogados de la Cooperativa Pascual, buscar abogados de otras organizaciones de vivienda. No aliarnos con abogados que evidentemente no tienen una visión social de este problema.
Hasta ahora existe solo la promesa para los vecinos de Palo Alto de que el gobierno de la Ciudad de México no permitirá un desalojo. Según las vecinas, la jefa de gobierno prometió también a revisar lo que ocurre en el juzgado quinto de distrito y con el juez, Alejandro Dzib Sotelo, el mismo que lleva el proceso de liquidación desde hace tres décadas y que ordenó los actuales desalojos.
–Clara Brugada nos ha ofrecido la opción de expropiar las hectáreas de Palo Alto: que se expropien por utilidad pública, para vivienda –explica Marco Valdespino–. La única condición es que todos los integrantes de la cooperativa estén de acuerdo: no puede haber un solo disidente. A estas alturas, eso ya no es posible.
El destino de Palo Alto pende de un hilo.





