Para nacer, la Sociedad Cooperativa Trabajadores de Pascual tuvo que pagar desde 1985 una cuota de sangre y muertos, sobrevivir a más de mil días de huelga, a penurias económicas de los trabajadores y sus familias, a la pérdida de sus plantas originales y a la indiferencia del gobierno.
Cuarenta y un años después, el impuesto a las bebidas azucaradas, su expulsión de las escuelas y un mercado que favorece a las refresqueras trasnacionales la tienen –otra vez– contra las cuerdas.
Esta es la historia de una lucha que no termina, de los esfuerzos de los fundadores, hijos y nietos de la cooperativa por superar el natural desgaste, las desviaciones y las decisiones empresariales equivocadas; es la historia actual de una Revolución Permanente, como se llama el trago elaborado en el Club Japan con Boing de mango, uno de los que más se vende.
Manuel Barrientos no olvida ese fulgor. Al terminar su faena, los cargadores de azúcar que llegan a la planta de producción en San Juan del Río, Querétaro, emiten un brillo parecido a la diamantina. Jóvenes fornidos se afanan durante horas en descargar costales y más costales de azúcar, de los camiones a su espalda y de su espalda a los almacenes. El azúcar se derrama un poco a cada paso por lo que, al final de su jornada, quedan con la ropa y la piel llena de ese polvo dulce que refleja la luz en pequeños destellos.
Le parece una revelación ese brillo. Se trata, piensa, de la manifestación visual del desgaste físico, el sudor que se funde con la materia prima de la Sociedad Cooperativa Trabajadores de Pascual, la productora de los emblemáticas marcas Boing y Lulú.
Es un tipo sensible, Barrientos. Estudió arte, se especializó en grabado e impresión, tiene 42 años y es socio cooperativista desde los 34. En este tiempo, ha cargado cajas de tienda en tienda como ayudante de repartidor. También ha rotulado fachadas y puestos callejeros y ha sido el encargado de la imprenta de la Fundación Cultural Trabajadores Pascual y del Arte. Hoy trabaja en el área de marketing.
–Así es el modelo de Pascual –explica–. Se te estimula a cambiar de puesto cada cierto tiempo para que conozcas toda la cadena.
Durante tres años, en los almacenes de Querétaro, su trabajo fue embalar mil cajas diarias con los ocho sabores de Boing. Debía cuidar que, en cada una, sólo se empaquetaran tres de las botellas más escasas: piña, naranja, guanábana. Fue allí donde vio, por primera vez, el centelleo de los cargadores de azúcar.
–En cada lugar hay una lección –cuenta–. En las bodegas, por ejemplo, no hay peor insulto que dejar caer un envase y romperlo: todos te chiflan enojados. Al principio yo no entendía: “¡Es una botella, chingá! Cuesta 20 varos, yo los pago”.
Con el tiempo entendió. Porque para que esa botella llegue allí, primero tuvo que existir un campesino cultivando mangos, tamarindos, guayabas; que la cosecha se enviara por toneladas a una planta en donde un equipo hizo el proceso de extracción y mezcla, pasara luego por control de calidad y por el área de envasado. Y ahora que esa botella está lista para enviarse a tiendas, un empleado distraído la rompe.
–En las bodegas aprendes también la importancia del trabajo físico: repetir una tarea durante horas puede ser desesperante. Por eso se te rompen las botellas, porque te distraes. Es una disciplina. Del cuerpo y de la mente. Ser cooperativista es una disciplina. Yo así lo creo.

Noemí Sánchez, trabajadora de mantenimiento de la cooperativa:
Pascual es mi segunda casa. Es una empresa 100% mexicana. Yo sí estoy orgullosa de trabajar en una empresa que es producto de una huelga, una huelga obrera en la que participaron todos los trabajadores y ser parte de la sociedad cooperativa. Gracias a la cooperativa Pascual, tengo un trabajo con todas las prestaciones, aguinaldo, vacaciones, seguridad. Es una tradición y es un orgullo pertenecer aquí.
La crisis del azúcar en la Cooperativa Pascual
Desde hace meses, el azúcar –ese brillo que encandila al cooperativista Manuel Barrientos–, constituye también el centro de una tormenta financiera que mantiene a la Cooperativa Pascual en una de sus peores crisis en décadas.
El pasado 16 de octubre, el Congreso de la Unión aprobó el incremento del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) a las bebidas azucaradas: de 1.64 a 3.08 pesos por litro. Meses antes, un decreto de la Secretaría de Educación Pública prohibió la venta de bebidas azucaradas en escuelas. En menos de un año, la cooperativa perdió su nicho de ventas más rentable y vio cómo se duplicaba la carga fiscal.
Para intentar salir al paso, Pascual se vio obligada a subir los precios de sus productos. Por consecuencia, las ventas cayeron 17% entre enero y marzo.
La meta anual de vender 44 millones de cajas se redujo de golpe a 40 pero, al primer trimestre de 2026, los cálculos apuntaban a que apenas alcanzarían a vender 33 millones al final del año. Se trata de la cifra más baja en décadas.
—Por primera vez estamos pensando en despedir gente, en cerrar centros de trabajo —dice Héctor Eduardo Martínez Cruz, presidente de la Comisión de Administración de Cooperativa Pascual.
Martínez Cruz recibe a Fábrica de Periodismo en sus oficinas de la calle Clavijero, en la colonia Tránsito. Es marzo de 2026 y él tiene la mirada cansada, sus piernas tiemblan todo el tiempo, como quien tiene prisa de volver a sus asuntos.

Cuenta que hace unos días vio la conferencia matutina de la presidenta Claudia Sheinbaum. Estaba acompañada del exfutbolista brasileño Bebeto y del presidente de Coca‑Cola México, Luis Balat. Fue el día en que, ante Sheinbaum, se presentó el trofeo oficial de la Copa del Mundo 2026 mientras Balat anunciaba en el micrófono que la refresquera trasnacional regalaría 25 boletos para los partidos.
–Me acuerdo cuando la Coca-Cola era el enemigo público número uno de México y particularmente de la izquierda en este país –se queja–. Ahora resulta que a la Coca-Cola se le promociona desde la más alta tribuna de México. Imagínate: la presidenta de un país haciendo campaña abierta para una trasnacional.
Para principios de año, Pascual planeaba invertir 900 millones de pesos para construir una nueva planta de producción en Nuevo Laredo. Fue la primera ficha en caer: ante la crisis del azúcar, la cooperativa no podía permitirse tal gasto sin comprometer los salarios de 3 mil 500 trabajadores y 785 socios.
No sólo los trabajos directos están en riesgo. Pascual tiene unos 40 mil “socios comerciales” en el país. Desde los productores de guayaba en Michoacán, de mango en Oaxaca o de caña de azúcar en Veracruz, hasta los dueños de tienditas repartidas en todo México. Decenas de miles de familias dependen o se benefician de la cooperativa.
Pascual llevaba meses buscando un diálogo con la presidenta y el Senado de la República, explica Martínez Cruz. La cooperativa no podría sobrevivir un golpe así y pidió al gobierno reconsiderar las condiciones del impuesto al IEPS, pues ponía en desventaja a Pascual frente a su competencia trasnacional.
–Es un absurdo –sentencia Martínez Cruz.
Escuchar a la presidenta hacer publicidad gratis para Coca-Cola le dolió en el páncreas. Que el azúcar y la salud sean la excusa para poner a Boing en desventaja le parece un sin sentido, más cuando ve a la presidenta Sheinbaum promocionar una marca célebre por casos como el de San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Allí el agua potable disponible ha sido acaparada por Coca-Cola a tal punto que la diabetes es la segunda causa de muerte, en gran medida porque las personas sólo pueden beber refresco ante la escasez de otros líquidos.
–La cooperativa hoy se encuentra al límite –Héctor Martínez Cruz traga saliva–. Estamos haciendo todo lo posible por no llegar a ese punto pero si esta situación no mengua, vamos a tener que comenzar a despedir gente.

Mayra Rivera, empleada del área jurídica de la cooperativa:
La cooperativa para mí es un orgullo. Soy hija de un socio fundador. Él nos inculcó lo que significa la cooperativa y nos contó la historia de la huelga del 85, la lucha por las injusticias laborales. Durante tres años, mi mamá y mis hermanas se dedicaron a botear para sostener la huelga hasta que concluyó y los trabajadores compraron todo. Yo quiero recordarle a la gente que la cooperativa está viva, no estamos en quiebra. Pascual no va a desaparecer. Hoy, que cada vez es más complicado tener un trabajo formal en una empresa estable, hay que recordar lo que lograron los trabajadores en el 85: estabilidad, derechos laborales, prestaciones. Todo eso hoy se garantiza no sólo para los socios o sus familiares, sino también para cualquier trabajador que se integre.
Mil días de huelga: la épica de los patos de Pascual
La fotografía es parte del archivo de la Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y del Arte. Muestra a una multitud en blanco y negro, inmóvil sobre la calle Clavijero, colonia Tránsito: cientos de trabajadores de la Planta Sur de la entonces empresa Refrescos Pascual SA. Sus rostros apenas se distinguen, pero todos tienen los brazos caídos y miran hacia un mismo punto: el primer plano de la foto, donde un cuerpo muerto yace tendido sobre el asfalto. Un perito ministerial le coloca una manta en el rostro mientras dos policías miran con indiferencia.
La foto está fechada el 31 de mayo de 1982. Fue tomada por el trabajador Higinio Mejorada. El cuerpo en el suelo es de su compañero Álvaro Hernández. No habían pasado ni dos semanas desde que los trabajadores de Pascual se declararon en huelga y tomaron la Planta Sur. Apenas en febrero, el presidente José López Portillo había implementado un aumento salarial de emergencia para combatir la devaluación del peso. Pero en Pascual no hubo aumento salarial alguno y la huelga comenzó a ser inevitable.

No era la primera vez que lo intentaban. La compañía había nacido 40 años antes. Fue fundada por Víctor Rafael Jiménez Zamudio. En un inicio sólo vendía paletas de hielo y agua embotellada en garrafón, hasta que apareció el refresco Pato Pascual en los años 50. Ya en los 60, la empresa lanzó al mercado otras dos bebidas que pronto se volverían íconos en los hogares y barrios populares mexicanos: Boing y Lulú.
Antes de la huelga existieron al menos cuatro protestas previas en Refrescos Pascual que, para los años 80, ya era la cuarta refresquera en México, según documentó el historiador Diego Bautista Páez en una investigación sobre el origen de la Cooperativa de Trabajadores de Pascual.
Ya en 1951 los trabajadores habían decidido emplazar a huelga para exigir un cambio de sindicato y 25% de aumento salarial: “Declararon que desean mayores salarios y que se les trate como a gente decente y no como a bestias”, publicó el Excélsior el 6 de febrero de ese año. Ese mismo día, Jiménez Zamudió despidió a 250 trabajadores.
Según mencionan hijos y nietos de trabajadores de aquellos años, Zamudio echó mano desde siempre de estrategias para violar derechos laborales.
–Sobre todo, contrataba personas del campo, como mi abuelo que venía de Guanajuato –cuenta Manuel Barrientos–. Cada 12 de diciembre iba a las peregrinaciones a la Villa a buscar trabajadores, de preferencia analfabetas para que no supieran leer los contratos ni las leyes.
Jiménez mantenía una supervisión casi militar de todas las actividades: cualquier reunión no justificada ameritaba un despido inmediato. Algunos reportes de prensa de aquellos años sugieren que contrataba a delincuentes del orden común para que, a unas cuadras de la planta, asaltaran a los obreros despedidos y robaran su liquidación. La constante eran las horas extra no reconocidas, los retrasos en el pago de aguinaldos o salarios, los accidentes constantes.
En 1982, el sindicato de Refrescos Pascual, como era costumbre entonces, estaba afiliado a la Confederación de Trabajadores de México –la CTM–, cuya principal función era proteger los intereses de los patrones, traicionar a los trabajadores y facilitar la represión.
El domingo 30 de mayo de ese año, el diario La Prensa publicó un “Citatorio Urgente a los tres mil trabajadores de Refrescos Pascual”, el cual describía a los trabajadores en paro como “personas extrañas a la empresa”, declaraba a la huelga como ilegal y citaba a todos los empleados a presentarse puntuales a trabajar al otro día: “Estamos seguros que las autoridades y la policía protegerán a los verdaderos trabajadores”.
El día siguiente, en el mismo diario, apareció un desplegado firmado por los huelguistas en el que alertaban: “el empresario Rafael V. Jiménez (…) prepara una agresión en contra nuestra pues ha pedido el apoyo de la policía para este lunes 31 de Mayo a las 10 de la mañana y ha gastado millones en desplegados diciendo que sólo somos un grupo de agitadores profesionales (…), cosa completamente falsa. ¡Somos la totalidad de trabajadores quienes hemos decidido suspender labores porque nuestras demandas no han sido resueltas!”.
Habían pasado 13 días de huelga y, como bien advertían los trabajadores, ese día el dueño de la refresquera se apersonó en la colonia Tránsito. Iba armado y se hacía acompañar por golpeadores contratados, esquiroles y rompehuelgas equipados con palos y varillas.
Un camión manejado por uno de los integrantes del grupo de choque se lanzó contra la multitud y aplastó contra la pared a Álvaro Hernández, quien tenía 38 años trabajando para Pascual. Mientras uno de los dos guardaespaldas de Jiménez le daba el tiro de gracia –según relató el trabajador Pedro Otiz en su momento–, otro grupo comenzó a disparar con metralleta.
Entre los pistoleros estaba el dirigente del sindicato charro, Edmundo Estrada, y era el mismo Jiménez quien no dudaba en arengar desde un megáfono: “¡Mátenlos a todos!”, según testimonios recabados por Paco Ignacio Taibo II para Décimo Round (1986, Praxis).
A tiros fue asesinado Concepción Jacobo García, de 35 años. Había sido despedido un mes antes por distribuir El Pato Rebelde, publicación pagada por los mismos trabajadores que denunciaba los abusos dentro de la compañía. García tenía tres hijos y exigía su reinstalación junto con otro grupo de trabajadores.

Foto: Miriam Sánchez | Cuartoscuro
La memoria de esos dos mártires funcionó como combustible para una épica obrera que al día de hoy muchos recuerdan. Durante más de mil días, los pascuales se mantuvieron en pie de guerra, enfrentaron las traiciones sindicales al tiempo que gestaron alianzas con organizaciones como el Partido Mexicano de los Trabajadores –a través del líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo y Heberto Castillo– o con el Sindicato de Trabajadores de la UNAM –que aportó recursos y organizó donaciones de obras de arte en beneficio de los trabajadores de Pascual–.
Sobre todo, la huelga ganó la simpatía de la sociedad civil. El ataque armado, que dejó a dos trabajores muertos y 17 heridos de gravedad, sirvió para que la balanza se inclinara en favor de los pascuales. Pero hubo otros factores. Durante los primeros meses de huelga, por ejemplo, se conformó el Comité de Esposas, Madres y Hermanas de los Trabajadores de Pascual. Fueron ellas quienes sostuvieron el paro, boteando en los camiones y alimentando a los huelguistas todos los días.
Su labor de difusión las llevó a escribir y representar obras de teatro, a imprimir propaganda y hasta a componer un corrido que narraba la represión patronal. Fueron ellas, también, quienes gestionaron audiencias con el entonces presidente José López Portillo.
Vuela, vuela palomita.
Párate en aquel nopal
y avísale al pueblo entero
lo que aconteció en Pascual.
Desde entonces, los trabajadores se sometieron a un intenso aprendizaje político y de organización que sirvió para forjar una suerte de inteligencia e identidad obrera:
“Ese fue el tipo de comunidad, de conciencia compartida que los trabajadores de Pascual construyeron entre ellos, con sus familias, con otras organizaciones sindicales y con los habitantes de la Ciudad de México; solidaridad que les permitió sobrevivir tres años de movilizaciones y penurias”, escribió Diego Bautista en el artículo “Subjetivación política y conformación de conciencia de clase: el caso de la Sociedad Cooperativa de Trabajadores de Pascual”.
Para 1984, los trabajadores ya anticipaban la posibilidad de organizarse en Cooperativa. En el verano de 1985, más de mil días después de haber estallado la huelga, cuando la Secretaría del Trabajo y Previsión Social ordenó el embargo de la empresa por las deudas patronales adquiridas con los trabajadores, los pascuales anunciaron de inmediato que participarían en la subasta.
Con el pago de sus salarios y prestaciones caídas, compraron instalaciones, maquinarias, patentes, insumos y las marcas de Pascual. En agosto se constituyeron legalmente como Sociedad Cooperativa Trabajadores de Pascual y reiniciaron operaciones.
El de los trabajadores de Pascual se trata de unos los triunfos obreros más significativos en la historia reciente del país. Pero el camino a partir de entonces sería todo menos fácil.

Una ‘Chica Boing’ en el Departamento de Compras
Tenía 17 años y era su primer trabajo. Dulce Adriana Hernández inició su camino en Pascual como “Chica Boing”. Quería emprender una carrera comercial, así que no dudó en ponerse los colores de la marca para instalarse en plazas comerciales a atraer clientes. Hoy, en su oficina se apilan carpetas llenas de cotizaciones y calendarios con plazos en rojo. Su teléfono vibra a cada rato.
–Aquí todo urge para ayer –se disculpa mientras revisa los preparativos del Primer Foro Nacional Cooperativista, donde Pascual invitará a cooperativas de todo el país, políticos y diputados, el 6 de junio.
Adriana es una de las cartas fuertes del Departamento de Compras de Pascual. Su trabajo es conseguir los mejores precios en publicidad, en papelería, en insumos de limpieza y en todo tipo de adquisiciones. La cooperativa también aprovecha su experiencia para gestionar eventos clave.
–Lo que a mí más me interesa del Foro del 6 de junio es promover Néctasis: nuestro nuevo producto –dice emocionada.
Néctasis. Se trata de una de las principales apuestas de Pascual para recuperar el mercado de las escuelas y remontar su caída financiera. Se trata de un jugo envasado en cartón con sabor a mango, guayaba o frutos rojos, de una consistencia casi pulposa, pero sin el característico toque dulzón de Boing: no tiene azúcar añadido.
–No hay excusa para que este producto no entre a las escuelas –dice Adriana– o para que nos obliguen a pagar más impuestos por él. Dicen que el problema es el azúcar y la salud. Nosotros usamos caña 100% refinada, mientras la competencia usa fructosa barata y edulcorantes más dañinos. Pero el castigo es mayor para nosotros.
Además de la gestión del Foro Cooperativista, Adriana ha ocupado sus últimos días en adquirir todo tipo artículos promocionales para el Mundial 2026: balones, cilindros, loncheras, anuncios donde se pueda.
En los próximos días, se hará público que el carismático exportero de la selección nacional, Jorge Campos, encabezará una campaña junto con la cooperativa. El exfutbolista acapulqueño aparecerá en anuncios de televisión abierta compartiendo una edición limitada y sin azúcar de Boing con turistas japoneses o aficionadas inglesas.
–Nos interesa que los extranjeros conozcan los productos mexicanos. Actualmente, exportamos jugos a Estados Unidos, Europa y Medio Oriente –dice Adriana.
Como empresa, Refrescos Pascual tuvo una vida de 42 años. Hoy los trabajadores acumulan 41 años de vivir el sueño cooperativista. En teoría, el modelo de producción cooperativo se rige por una lógica opuesta a la compañía privada.
Allí, en una empresa, el control lo da el capital: quien pone los recursos económicos, manda. Aquí, el trabajo diario y la participación democrática es lo que hace funcionar todo. El principio es que ningún socio vale más que el otro. El beneficio ocioso no existe: para ser socio y percibir ganancias, hay que ser obrero, trabajar y ensuciarse las manos en la línea de producción o en las oficinas.
Por supuesto, el panorama no es siempre dulce. Actualmente sólo 18% de los trabajadores de Pascual son socios de la Cooperativa. Adriana, por ejemplo, no asiste a las asambleas, ni participa en las votaciones; carece de seguro de gastos médicos mayores y sus utilidades son menores. No se queja: su contrato es tradicional, pero el trato le parece más que digno.
No son raros los jóvenes trabajadores que, luego de unos años en Boing, buscan suerte en empresas similares, cuenta. Pero muchos regresan a los pocos años extrañando las prestaciones y el buen trato que la cooperativa mantiene con los trabajadores.
–¿A ti te gustaría ser socia de Pascual?
–Claro –responde Adriana–. Pero es difícil.
Más que difícil, ser socio cooperativista de Pascual tiene que ver con un asunto de sangre o un golpe de suerte. Los estatutos sólo permiten convertirse en socio a través de un vínculo familiar directo o, muy raramente, a través de un expediente intachable si es que se libera una vacante. Algo cada vez más difícil, sobre todo ante la actual crisis financiera.
Aun así, Adriana celebra la estabilidad y los derechos garantizados. En lo referente a la salud de sus trabajadores, por ejemplo, Pascual activa una campaña semestral para revisar las condiciones médicas de todo el personal. El año pasado, le detectaron un problema de presión alta.
–Debe ser por el estrés –admite–. Hemos estado bajo mucho estrés estos últimos meses.

El aumento del impuesto al azúcar, la salida de las escuelas, las bajas ventas, la han llevado al límite. Todo el año ha tenido que convencer a decenas de proveedores de no subir precios o buscar sustitutos en el mercado sin sacrificar calidad.
A los números cada vez más apretados, se suma el cansancio de las negociaciones y las dos horas diarias de viaje hacia su casa en Tecámac, donde la esperan su hija de 14 años, un esposo, la vida.
–Cuando era “Chica Boing” no conocía la historia de la huelga –admite–. Pero mi familia vivía en Potrero, donde estaba la Planta Norte. Me acuerdo de pedirle siempre a mi mamá que nos bajáramos en Metro La Villa porque me gustaba pasar a la planta y asomarme a los ventanales. Nos quedábamos viendo el carrusel de latas y botellas que se iban llenando, el vapor que salía de las máquinas. Fue mucho después que conocí la historia de la lucha obrera, la gente peleando en las calles.

Ramiro Salguero, 69 años, socio cooperativista ya pensionado.
El 31 de mayo de 1982 estaba en la Planta Sur. Había dos plantas, una en Potrero y otra en Clavijero, colonia Tránsito. Yo trabajaba en la Planta Norte. Paramos desde el 19 de mayo porque el patrón se negó a aumentar los sueldos y no repartió utilidades. Eso derramó el vaso.
Ante ya había organización. Pero la estrategia del patrón era que, cada que descubría que más de dos trabajadores se reunían, los despedía inmediatamente. Nos asesoramos con Demetrio Vallejo, del sindicato de ferrocarriles.
Pero había una voz en Radio Pasillo que decía que el patrón iba a venir a matar trabajadores. Por eso mucha gente no participó. El 31 de mayo yo estaba allí cuando se cumplió ese rumor: el patrón llegó y mató a dos de nosotros e hirió a otra veintena. Allí estuvimos, al pie del cañón.
La Cooperativa Pascual es un logro de los trabajadores cuando se saben organizar. Mucha gente piensa que los obreros no pueden administrar una empresa. Somos el ejemplo contrario: si los obreros fueran los dueños de sus medios de producción, la economía de este país cambiaría por completo. Pero necesitamos el apoyo del gobierno: que entiendan que no somos una empresa mercantil, somos una cooperativa de producción. Nuestra lógica es otra.
41 años de desgaste, 41 años de innovación
El Mundial de Futbol terminó hace unas semanas y llegó la consecuente resaca. La promesas de derrama económica justificaron una inversión de 23 mil millones de pesos en infraestructura sólo en la Ciudad de México. Pero las expectativas comerciales en torno al futbol se cumplieron muy a medias y en algunos sectores incluso fracasaron: de acuerdo con el centro de estudios de BBVA Research, el gasto en hoteles cayó 10.5% y el de restaurantes un 4.9%.
En el caso de Boing y los productos Pascual, a pesar de los anuncios en TV abierta y la campaña con Jorge Campos –a quien se le vio compartir espacios con Gianni Infantino, el presidente de la FIFA–, el futbol también los dejó fríos, sobre todo porque la selección mexicana cayó en octavos de final y, con ella, buena parte de los sueños comerciales.
–Con la derrota de la selección parece que terminó el Mundial para México –admite Héctor Martínez Cruz–. También para nosotros.
Pero el futbol era una de las muchas apuestas que Pascual había puesto en marcha. Durante 41 años la cooperativa ha aprendido a esquivar a los enemigos y sortear los tiempos duros. Desde la carga fiscal extra y la competencia desleal, pasando por la indiferencia del gobierno, hasta batallas jurídicas que reviven del pasado.
En 2005, por ejemplo, la cooperativa perdió los predios donde se ubicaban las dos plantas en la capital, luego de un largo litigio resuelto en favor de la viuda del dueño de Refrescos Pascual, con el argumento de que los terrenos eran de ella y no de su esposo. Dos décadas después, los juzgados le dieron la razón. Aunque el gobierno capitalino pretendió expropiar los terrenos por utilidad pública, la Suprema Corte lo impidió. Los ministros dijeron que los jugos y refrescos no eran de utilidad pública y que beneficiar a miles de trabajadores no era razón suficiente. En esos predios hoy se levantan centros comerciales.
A pesar de la derrota, la cooperativa siguió. Los pascuales decidieron construir nuevas instalaciones en San Juan del Río, Querétaro, y en Tizayuca, Hidalgo. Edificaron nuevas plantas y centros de almacenamiento, compraron nuevas máquinas, avanzaron.
Lo mismo ocurre ahora. En lo que va de 2026, la cooperativa ha cumplido con el 70% de su meta de vender 40 millones de cajas al término del año. Es una meta modesta, ajustada, pero se avanza.
Y a pesar de que se canceló la apertura de una nueva planta en Nuevo Laredo, la cooperativa invirtió 250 millones de pesos en la adquisición de tres nuevas líneas de producción: una despulpadora en San Juan del Río, una línea de lata y otra línea de agua en Tizayuca.
–Decidimos enfrentar la crisis invirtiendo: no hay de otra sino mirar al futuro –dice Martínez Cruz–. Pese a todo, seguimos innovando y apostando por nuevas tecnologías. La línea de agua, por ejemplo, es una maquinaria italiana de última generación que acabamos de instalar. Estamos haciendo los últimos ajustes, aprendiendo a usarla, como es normal. Gracias a esta inversión, tenemos hoy capacidad de sobra. Podremos satisfacer nuevos nichos de mercado.
Además, los nuevos productos –Néctasis y Boing sin azúcar– ya han sido aprobados por la Secretaría de Salud y, paulatinamente, regresan a las escuelas.
No es gracias a la SEP, aclara Martínez, sino a una campaña a pie de calle en donde promotores de Boing explican a maestros y directores los ajustes realizados en el producto y se les recuerda la historia de la cooperativa.
La obstinación de los pascuales es palpable. Gracias a esta necedad, insiste Martínez, han logrado integrar fondos de ahorro y comedor para todos los trabajadores, programas de reciclaje de bagazo en los que la cooperativa aprovecha los residuos orgánicos en campos de cultivo; actualmente trabajan ya en la integración de vehículos eléctricos en sus flotillas repartidoras, sin mencionar el trabajo que realiza la fundación de arte –que resguarda obras de Rufino Tamayo, Leonora Carrington, Julio Ruelas o José Chávez Morado– para organizar varias exposiciones al mes sin fines de lucro.
–Seguimos vivos. Necesitamos vender más, recuperar nuestros nichos de mercado y encontrar nuevos. Pero ese es el mensaje: a pesar de todo, a pesar del desgaste, la Cooperativa Pascual sigue en pie.
El desgaste es un punto importante. Con el triunfo del movimiento en 1985, los trabajadores se volcaron al aprendizaje teórico y técnico de todo lo referente al funcionamiento de una cooperativa y de una planta refresquera. Crearon nuevos sabores y duplicaron su producción.
A partir de 1993, sin embargo, ese espíritu comenzó a diluirse. El investigador universitario Gabriel I. Martínez Baena bautizó a ese fenómeno como «la fase de degeneración»: el mérito cedió paso al amiguismo, y la horizontalidad original se enquistó en una jerarquía rígida, al tiempo que se perdió compromiso de los trabajadores y se generó “una indolencia productiva”. Algunos socios desviaron recursos hacia empresas proveedoras de su propiedad y poco a poco se instaló la paranoia, las mutuas desconfianzas. El aprendizaje tecnológico que tanto caracterizó a Pascual en sus primeros años como cooperativa se estancó en estos años.
–Algunas fuentes académicas documentan un deterioro del proyecto cooperativista –se le comenta a Héctor Martínez–. Robo hormiga de los propios trabajadores, falta de confianza, amiguismo. ¿Han hecho algo para atender estos señalamientos?
–Problemas siempre van a existir, en una cooperativa o en una empresa –responde–. Pero nosotros salimos de un movimiento de lucha obrera. Sería una contradicción que no respetáramos absolutamente las condiciones laborales. Hay una crítica importante porque, durante varios años, usamos una empresa de outsourcing llamada Sedipo (Servicios de Distribución Pascual SA de CV). Pero cuando se prohibió el outsourcing en 2019, determinamos no deshacernos de ninguno de esos trabajadores y, en cambio, integrarlos a la nómina, respetando todas sus condiciones, integrándolos a un sindicato. Actualmente gozan de prestaciones superiores a la ley.
–Al día de hoy, ¿qué otros problema enfrentan?
–Hay una falta de presencia de Pascual en los anaqueles de las tiendas, por ejemplo. En asamblea decidimos impulsar una estrategia de 60 millones de pesos destinados a aumentar las comisiones de nuestros vendedores, para incentivarlos a abrir mercado en nuevos nichos y puntos de venta. Fortalecer la caballería. Es importante que la gente sepa el esfuerzo que estamos haciendo para salir a flote. Eso incluye, claro, reconocer el trabajo que aún necesitamos hacer: lo estamos haciendo.

Mariela Anguiano, presidenta de la Fundación de Trabajadores Pascual y del Arte:
La Fundación Pascual nace gracias a toda la obra que nos donaron muchos artistas en el 82. La idea era hacer una subasta para financiar la huelga. No hizo falta. Una vez que triunfó el movimiento, decidimos crear una fundación que se ocupara de su resguardo y también de apoyar a artistas de todo el país.
Esto es algo que distingue a Pascual. Y no se habla mucho de la labor social que hace la cooperativa. A mí me parece importante la relación que a lo largo de los años hemos tejido con los productores de fruta, por ejemplo. A principios de año, por ejemplo, algunos productores se comunicaron con la cooperativa porque necesitaban unos contenedores especiales que resultaban muy caros, pero que mejoraban mucho los procesos de recolección. La cooperativa los escuchó y decidió pagar 50% de esos contenedores. Esto se hizo en el Ejido de El Carmen, en Oaxaca, en La Vega, Colima, y en Zituácuaro, Michoacán. A estudiantes destacados con los que entramos en contacto a través de la fundación también les donamos computadoras o les damos algún tipo de estímulo.
Una cuestión aristotélica
El pasado 31 de mayo, Manuel Barrientos durmió apenas dos horas. Ese día, domingo, se celebró la asamblea mensual de Pascual a las siete de la mañana en el Centro de Distribución de Chalco. En la cooperativa, la puntualidad es considerada un bien sagrado. El problema es que, además de ser cooperativista, Barrientos lleva una doble vida y un día antes se presentó en calidad de artista sonoro en un evento de Ciudad Neza. Durmió en un hotel sin luz eléctrica ni agua caliente con tal de llegar a tiempo.
–Asistir a la Asamblea es obligatorio pero, durante cinco años, yo no tuve derecho de hablar –dice.
–¿Por qué?
–Es una cuestión aristotélica: para madurar hay que aprender a escuchar primero. Y hay que trabajar, hay que conocer la cooperativa, para tener algo qué decir.
Las asambleas son el corazón político de la cooperativa. Un corazón hermético: todo lo que allí se discute es confidencial y se resguarda con celo.

Foto: Miriam Sánchez | Cuartoscuro
–Lograr que 800 socios cooperativistas se pongan de acuerdo es una especie de milagro –reconoce Adrián Neri García, presidente del Consejo de Vigilancia. Aprobar Néctasis como producto nos tomó más de un año, por ejemplo.
La lentitud quizá no sea un accidente. Pascual nació de una serie de traiciones sindicales y de un doble asesinato; desde entonces, cada procedimiento, cada filtro, representa una suerte de trinchera.
–La burocracia sí puede ser un infierno –admite Barrientos–. Todo tiene demasiados filtros, todo tarda demasiado. Pero se entiende cuando revisas la historia. La cooperativa tiene que cuidarse a sí misma.
De Cubas libres y Revoluciones Permanentes
Ahora, como hace 41 años, existe un cariño social hacia los pascuales. El apego a la Cooperativa Pascual ha sobrevivido en las calles.
No es que todo mundo sepa la historia y las décadas de esfuerzos por sacar adelante una empresa de esa tamaño. Pero algo, no se sabe muy bien qué, ronda el inconsciente colectivo que hace que el Boing y la Lulú sean apreciados y permanezcan en el gusto de la gente.
No sólo es en las fondas y en los puestos callejeros de tacos donde esa buena estrella prevalece. A unos cuatro kilómetros de su planta original, en la colonia Roma Norte, el club de música electrónica Japan ha posicionado a Boing como uno de los estandartes de sus fiestas.

Célebre por cobrar 5 mil pesos de acceso a ciudadanos estadunidenses –una forma de protesta por las políticas antimexicanas de Donald Trump–, Japan ha vetado a Coca-Cola de su establecimiento y utiliza productos Pascual en su coctelería.
–Decidimos usar sólo Boing y otros refrescos mexicanos originalmente como una forma de sumarnos al boicot contra Israel y en favor del pueblo palestino –comenta Federico Crespo, dueño del Club–. A la Coca-Cola se le acusa de tener operaciones en el este de Jerusalén y en la Cisjordania ocupada. Para nosotros es importante que Boing, además de una empresa mexicana, sea una cooperativa de trabajadores. No conozco toda la historia pero sé que estuvieron tres años en huelga, que hubo muertos.
Al igual que la Cooperativa Pascual, Japan Club se precia de respetar todas los derechos laborales y prestaciones de sus trabajadores y pagar de manera justa a sus colaboradores. Los fines de semana, jóvenes veinteañeros se reúnen en su pista de baile y beben Cubas Libres que los bartenders preparan con Mexicola, otro de los productos de Pascual.
–También servimos un trago preparado con Boing de mango: se llama la Revolución Permanente que, bueno, es un chiste trotskista. Es de los tragos más vendidos porque es de los más baratos.

