Todos los años, sobre el cráter de un volcán al sur de la Ciudad de México, entre la niebla y el lodo, a 2 mil 723 metros de altura, un puñado de soñadores juega al futbol como si la vida dependiera de ello. Aquí no existen millones de pesos de por medio ni cámaras de televisión. Hay algo más valioso: un pedazo de tierra que se resiste a dejar de ser de quien la trabaja. Bienvenidos al Volcán Teoca y al campeonato de la Liga de Futbol de Santa Cecilia Tepetlapa.
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Corre el segundo tiempo y Cristopher Rodríguez sale de la cancha. Ha cumplido con su meta: no anotó gol pero dio una buena asistencia. Hace unos minutos, lanzó un preciso pase desde la lateral derecha de la media cancha que acabó con el balón dentro de la red gracias a un derechazo de antología de Gustavo, el otro delantero.
Se quita la camiseta mojada de sudor y lluvia. El entrenador lo ha sacado para que pueda descansar. Tiene 20 años y éste es apenas su sexto partido con el Everton, uno de los 12 equipos que cada domingo se dan cita en este rincón de la capital, en el punto más alto de la alcaldía. Desde hace más de 60 años, los comuneros del pueblo de Santa Cecilia Tepetlapa administran esta cancha ubicada dentro del cráter de un volcán inactivo.
–Yo juego fut desde los cuatro añitos –suspira Rodríguez mientras se quita las vendas de sus pies–. Llegué a estar en las fuerzas básicas del Toluca: mi sueño era estar en Primera División, pero pues no se pudo. Ahora juego aquí.
Los registros locales varían en la fecha exacta, pero desde hace al menos unas seis décadas el cráter del Volcán Teoca se convirtió en una cancha de futbol llanero. El escenario es más que pintoresco: un campo de juego de 105 metros de largo por 68 de ancho –las medidas reglamentarias del futbol profesional–, ubicado a 2 mil 723 metros sobre el nivel del mar y rodeado de un bosque de encinos y oyameles verdísimos.
El Teoca no es un destino turístico. Aunque de cuando en cuando lo visitan algunos fotógrafos y reporteros, el contraste con el glamour del Mundial 2026 y el multimillonario negocio de la FIFA ha hecho que el Teoca y su Liga de Futbol aparezcan un par de minutos en medios como Deutsche Welle y Telesur.
No es para menos: el cráter del volcán reúne por lo menos a tres generaciones de jugadores de la Liga de Futbol de Santa Cecilia que cada año libran un campeonato que se disputa domingo a domingo. Los partidos transcurren no pocas veces en medio de una niebla tupida, sobre un pasto que pronto se convierte en barro o, como hoy, debajo de la lluvia matutina de finales de primavera.
Pum. Una patada retumba ahora como un bombazo amplificado por las paredes del cráter. El balón viaja en parábola más allá de la media cancha. La bola la tiene el Everton. El equipo contrario, el San Isidro, intenta remontar el marcador: hasta este momento pierden 2 a 1. “¡Llégale ya, Pescado!”, ordena un espectador sentado a los pies de una caguama. “¡Órale, órale! ¡Que no se los bailen, carajo!”, grita Israel Cano, uno de los entrenadores del Everton, cuando uno de los muchachos cae al pasto con el tobillo torcido.
Sentado junto a un puesto de refrescos, Alfredo González observa el partido. Es un veterano sombrerudo y de gruesas patillas blancas. Desde los 13 hasta los 63 años participó en todos los campeonatos de la Liga de Santa Cecilia. Su primer equipo fue el Tepetlapa. Después se puso la playera del Tepeyac, con la que llegó a coronarse campeón ocho veces.
–Esto antes era un campo de siembra: avena sembrábamos en este cráter –cuenta–. Fue ahí por los años 50 que decidimos aplanarlo para hacer la cancha. Las porterías eran de palo, no tenían red y los equipos debían subir por la cañada para llegar aquí. Llegaban todos enlodados los chavos.
Don Alfredo lo recuerda todo. Menciona a los primeros presidentes de la liga –Pepe Becerril y Roberto Arenas–, quienes comenzaron a invertir en el acondicionamiento de la cancha. Como cualquier jugador, atesora con detalle sus goles: él era defensa, así que no anotaba con frecuencia, pero llegó a meter 10, varios de ellos desde media cancha.
No le cuesta enumerar a los 22 equipos que conformaron originalmente la Liga de Santa Cecilia Tepetlapa:
–Los Hippies fue uno de los primeros en integrarse a la Liga. Se llamaban así porque eran quemadores: les gustaba fumar de aquella. Jugaban muy bien, muy entrones. También estaba el Necaxa, el Independiente, el San Andrés, el Azteca… ese fue de los mejores porque eran pura familia: 11 hermanos, imagínate, el equipo completo. El Everton se fundó hace unos 50 años. Lleva varios campeonatos ganados.
La pelota llega de nuevo a una zona peligrosa y la plática se dispersa. El Everton lanza un ataque. El Gallo pasa de cabeza a El Chuy, quien controla el balón y habilita a Gustavo, delantero que impacta la pelota con el empeine y saca un tiro preciso que se cuela entre las piernas del portero del San Isidro. ¡Goooool!
Este domingo no asiste mucho público: apenas los jugadores de los otros cuatro equipos que jugarán esta mañana y un puñado de no más de 20 invitados. No importa: los gritos de gol resuenan en las paredes del cráter como si estuviéramos en un estadio olímpico.



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Israel Cano siempre ha sido zurdo. Durante 30 años jugó de defensa central, también en el Everton. Lo suyo, lo suyo, dice, eran los tiros libres.
Su mayor orgullo es casi una fábula: el Club Atlético San Pancho –equipo célebre, oriundo de San Francisco Tecoxpa, por los rumbos de Topilejo– se inscribió al campeonato del 2000; para la final, llevó refuerzos. Se presentó con el portero argentino Norberto Scoponi. Scoponi había jugado con el Cruz Azul en el 95 y en aquellos años todavía jugaba con el Santos Laguna.
–A Scoponi le metí el gol que nos dio el campeonato. Fue un tiro libre, casi desde la esquina. Hermosísimo momento –dice Israel, su sonrisa del tamaño de una mazorca–. ¿Te imaginas qué fiesta hicimos?
El futbol es un misterio difícil de explicar. Lo que más lo asombra a este veterano de las canchas de tierra es el entendimiento: esa curiosa forma de telepatía que puede surgir en mitad de un partido cuando dos o más jugadores simpatizan. No hay nada en la vida que sea igual a eso: el instinto de dos o mas jugadores convertido en sincronía corporal a través de una pelota que recorre un espacio.
Cano piensa que esa maravilla es cada vez más escasa en el futbol profesional. Claro, cuando el dinero es lo más importante, se erosiona el compañerismo, el ímpetu colectivo: la magia.
–Por eso cada vez veo menos los partidos en la tele: se nota que los jugadores no se conocen, que no se caen bien, que no juegan entre sí.
El Everton anota su cuarto gol de la mañana. Israel Cano lo ve desde la banda mientras termina de contar su historia. Faltan unos minutos para que el silbatazo final confirme que ha ganado 4 a 1.



El partido transcurre pocos días antes de la inauguración de la Copa Mundial de Futbol 2026 en la Ciudad de México. Los cinco partidos que se jugarán en la capital coinciden con las fechas del campeonato del Volcán Teoca.
Con la capital del país agitada por las protestas de la disidencia del sindicato magisterial, de los colectivos de familias buscadoras, de grupos contra la gentrificación, de trabajadoras sexuales, la fiesta mundialista es un incómodo motivo de debate público.
Las y los maestros acampan en las calles del Centro Histórico, bloquean calles y marchan por las avenidas; la policía establece cercos humanos, muros y vallas metálicas para evitar que se acerquen al Zócalo y al Estadio Azteca, mientras se celebran exclusivos festivales VIP en el Campo Marte, cedido gratuitamente por el Ejército a una empresa que lucrará con la venta de alcohol y comida, así como con el acceso a pantallas gigantes y conciertos.
El gobierno de México no sólo gastó 37 mil millones de pesos para abrirle cancha al negocio de la FIFA; a diferencia de Estados Unidos y Canadá -las otras sedes mundialistas-, fue el único que le perdonó el pago de impuestos al organismo que maneja el futbol mundial, que, además, impuso precios de boletos inalcanzables para la mayoría de los mexicanos.
Aun así, la FIFA amenazó a bares, hoteles y restaurantes con demandarlos por transmitir partidos sin licencias oficiales. Algunos estados, como Tlaxcala, decidieron no emitir los partidos en las plazas públicas por el elevado costo de los derechos: “Si una pantalla cuesta lo mismo que una escuela, la prioridad es la escuela”.
No es extraño por eso que, en estos momentos, volteemos hacia lugares como el Volcán Teoca o a los campos llaneros en los que el futbol no es excluyente ni un escenario de disputa ideológica, sino todavía una especie de milagro: medio centenar de personas reunidas que ofrendan su esfuerzo para intentar que ese balón se cuele por el arco y llegue a la red del contrario.
Aquí no existe el lujo, pero sí anécdotas, caguamas compartidas, euforia y un volcán comunitario como testigo de las proezas de los jugadores. Goces simples sólo en apariencia.




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Marcelino Guzmán mira el partido desde un flanco de la cancha mientras cuenta un delgado fajo de billetes. Es un cincuentón de mirada vigorosa que oculta bajo el ala de su sombrero negro de piel. El bigote ranchero le da un aire de villano que combina bien con las mentadas de madre que suelta de cuando en cuando.
–¡No te dejes, no te dejes, Pato, chingado! –masculla con molestia–. ¡No te dejes!
Desde hace 10 años dirige el Everton, uno de los favoritos de Santa Cecilia. Originario de Puebla, Marcelino llegó al Volcán de Teoca hace unos 20 años: sus hermanas se habían casado con algunos de los futbolistas que corrían en este campo. Hoy, él es el responsable de pagar el arbitraje, el campo y administrar los magros recursos del equipo. No le emociona la Liga MX ni el Mundial de Futbol. Lo suyo es este campo, este volcán.
–No me interesa tirar mi dinero –dice–. Todo está comprado en el futbol profesional. Es mejor aquí: el futbol es un deporte y hay que practicarlo. ¿Qué pinche sentido tiene ir ahí nomás a ver de lejos a unos tipos que ni conoces? A mí el gol que más me emociona de toda la historia es el único gol que llegué a meter aquí, hace unos 10 años: me lo regaló mi compadre Felipe, de tiro de esquina. Golazo.
Casi todos los equipos que juegan en el Volcán Teoca son originarios de Santa Cecilia Tepetlapa o de San Bartolomé Xicomulco, una localidad vecina en la alcaldía Milpa Alta. Ambos son pueblos campesinos que conviven con la urbanidad, así que los jugadores de la Liga suelen ser campesinos, albañiles, microbuseros, estudiantes o pequeños comerciantes de abarrotes.
Pero algunos provienen de comunidades más lejanas. “Talachitas” les dicen en el futbol llanero a quienes juegan bajo un contrato informal. En el Teoca se les paga 200 o 300 pesos por partido –a veces hasta 2 mil pesos por una final: un lujo–. Su objetivo es subir un poco el nivel del juego.
El problema es que no siempre cumplen porque les gana la resaca o la pereza: subir hasta el Volcán Teoca, al extremo sur de la ciudad, requiere tiempo incluso para quienes viven en Xochimilco. Y no siempre vale la pena: “Luego sí la piensa uno, ¿para qué se toma uno la molestia de viajar 40 minutos, una hora, si el equipo rival es balín, piñata, chafa?”, dice un jugador que viene de San Luis Tlaxialtemalco, al extremo oriente de la alcaldía.

–¡Órale, Negro! Si anotas un gol te disparo una caguama –grita Israel Cano, otro veterano del Everton.
–Ni le digas; va a anotar cinco el güey y luego no nos salen las cuentas –le responde Marcelino, quien tiene en mente que pagó cuatro talachas para el partido de hoy.
–¿Y al resto de jugadores se les paga?
–Se le invita la caguama o el taco, cómo no –responde–. Pero depende de su desempeño: hay unos que no merecen ni una pinche gelatina.
En sus mejores años, el equipo ganador del campeonato se llevaba un premio de 50 mil o 60 mil pesos. Hoy, el premio ronda los 20 mil. Cada jugador aporta 300 pesos por temporada, más o menos, aunque esos gastos los suelen asumir los “equiperos”, gente como Marcelino Guzmán que asume la responsabilidad de mantener el equipo a flote.
Para dar mantenimiento al campo, cada equipo aporta unos 500 pesos. A algunos pobladores se les permite vender caguamas, refrescos, golosinas o tacos de bistec a cambio de que ayuden al mantenimiento de la cancha: que pinten el campo, que pongan y quiten las redes de las porterías, esas cosas.
El cráter del Volcán Teoca, con su cancha y su bosque tan fotogénico no ha pasado inadvertido para los clubes profesionales. Según los equiperos más veteranos, representantes del Necaxa, del América y del Cruz Azul solían hace ciertos años asistir al Teoca a buscar talento local.
Dice don Alfredo González que el personaje más destacado del futbol mexicano que jugó en el Teoca es Roberto González, quien llegó a arbitrar en la Liga MX y se retiró tras múltiples polémicas.
–En algún momento muchos de estos equipos llegaron a ofrecernos empastar el campo, aplanarlo y enrejarlo a condición de que les dejáramos entrenar aquí.
–¿Y qué pasó?
–No lo permitimos. El pueblo consideró que ese sería el primer paso para privatizar el espacio. Lo íbamos a perder.
Y es que aunque el Volcán Teoca está catalogado como Área Natural Protegida, el cráter se rige por administración de bienes comunales: bajo la Ley Agraria, esta tierra es propiedad de los comuneros de Santa Cecilia Tepetlapa y se considera inalienable, imprescriptible e inembargable.
–No podemos perder el Teoca –aclara Don Israel Cano, antiguo jugador del Everton–. Más que un espacio de juego, este es un espacio sagrado para el pueblo.
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Entre semana, Enrique Jiménez Montaño es microbusero: martes y jueves transporta pasajeros desde la estación La Noria del Tren Ligero hasta el Reclusorio Varonil Sur y viceversa. Los domingos viene aquí a dirigir a su equipo: El Bombay.
Americanista irremediable, cuenta que él fundó este equipo a los 16 años, después de jugar desde los 11 en el Teoca con otros equipos, casi siempre como defensa central. Lo llamó Bombay en homenaje al célebre cabaret ubicado en Garibaldi que cerró sus puertas en 2011. Lleva 40 años jugando y dirigiendo este equipo: ha sido dos veces campeón y la calidad de sus jugadores es tan destacada que varias veces los han llevado a otros estados a jugar en ligas amateur.
Tras la victoria del Everton, el Bombay se prepara para entrar al cráter a jugar contra el Hamburgo. Pero Jiménez está nervioso: esta mañana no llegó ninguna de sus talachas contratadas y teme que los jugadores se cansen pronto al no tener relevos suficientes, así que arenga a sus jugadores:
“No es posible que pase esto: hay que ponerle empeño y buscar a gente. Gente que juegue bien pero, sobre todo, gente que sí esté comprometida con el juego. Com-pro-mi-so. Eso es lo que necesitamos. Venga pues, vamos a darle con todo”.
El partido arranca y a los 20 minutos los del Bombay ya tienen ventaja: 1-0. A diferencia de otros equipos que usan uniformes disparejos, a veces de otros equipos, con calcetas de otro color, el uniforme naranja del Bombay destaca en la cancha con claridad fosforecente.
–Yo no veo casi los partidos del Mundial –confiesa–. Obviamente, hay algunos partidos de selecciones importantes que uno ve de manera inevitable. Pero no es lo mismo. La FIFA es una mafia: eso todos lo saben. Han matado el deporte y castigado a los aficionados, todo por el negocio y la mercadotecnia. En cambio, aquí en el llano se juega por garra y por pasión. Se sufre y se goza en serio. Por eso estoy aquí desde hace 40 años, imagínate.
Es cierto. El dinero está muy lejos de ser el eje o motivo del juego en el Teoca. Que nadie sea jugador profesional en esta cancha es lo que menos importa. La bravura de los jugadores no se explica con la modesta economía que circula alrededor del campo: cada partido acaba con los jugadores agotados y cubiertos de lodo, y aunque es común el coraje por alguna jugada fallada o por una discusión por una tarjeta amarilla, o una goliza dolorosa, todos acaban con el temple intacto y el pecho caliente de pasión futbolera.
–Los mejores jugadores han salido del llano –insiste Jiménez.
–¿Quién por ejemplo?
–Cuauhtémoc Blanco –dice sin dudarlo.
–Del futbol llanero llegó a gobernador.
–Ahí sí yo ya no lo defiendo. Pero como jugador, mis respetos.
Termina el primer tiempo y Enrique Jiménez se reúne con su equipo a un costado de la cancha, protegiéndose de la lluvia debajo de una arbolada.
En el otro extremo de la cancha encuentro a Francisco de la Paz Pérez Coy. Veterano de 56 años, chaparrito y bonachón, acepta platicar antes de retirarse de la cancha con su familia después de ganar el partido de hoy, con el Everton.
–Yo jugué en el Hamburgo desde los 12 hasta los 22. Llegué a tres finales con ellos, pero perdimos. Llegamos a final por cuarta ocasión, contra el Tepeyac, y aunque íbamos perdiendo 2-0, logramos ganar 3 a 2. Yo anoté el gol de la victoria con un remate de cabeza desde un tiro de esquina. A mí ese gol no se me va a olvidar en toda la vida.
Jugó después unos años en el Tepeyac y otros tantos en el Tepetlapa. En total, ha ganado seis campeonatos en su trayectoria como futbolista llanero. Francisco Pérez Coy cuenta esto mientras comienza el segundo tiempo del partido y el Hamburgo, ese equipo donde él jugó por 10 años, le mete el gol del empate al Bombay.
–Es que así pasa: lo que ocurre en el Teoca siempre es impredecible. Tú puedes traer un equipazo, pero por unas o por otras de pronto el otro equipo te da la vuelta.
Como muchos de los muchachos que juegan en el Teoca, Francisco también llegó a soñar en su juventud con llegar a Primera División. Y cómo no: cuando ingresó a la Preparatoria Uno de la UNAM fue seleccionado para jugar en la media superior de Pumas. Estuvo cerca de lograrlo, pero la exigencia era demasiada: prefirió enfocarse en los estudios y enfilarse hacia arquitectura.
Pero nunca dejó de jugar. Quien juega futbol desde niño difícilmente lo dejará con los años. Pero, sobre todo, dice, quien pasa su niñez jugando en un espacio como éste, en una cancha ubicada dentro del cráter de un volcán extinto, rodeada de bosque, quedará atraído toda su vida por ese encantamiento.
Mientras platicamos el partido se vuelve cardiaco: el Hamburgo logra anotar otros dos goles hacia el final del segundo tiempo. Jiménez aprieta las quijadas al otro lado de la cancha.
–A mí como arquitecto me impacta mucho este espacio: haber convertido esto en un espacio para el juego me parece tan increíble, tan sensato. Porque pues sí, es futbol, pero el futbol en México siempre ha sido algo sagrado: desde el juego de pelota de los nahuas y los mayas, ¿no? Y eso es este lugar. No es una cancha de futbol, es un centro ceremonial que tiene miles de años. Y creo que la sensación de todos los que jugamos aquí, después de tantas décadas, es que el Teoca no es nuestro. El Teoca no nos pertenece. Es al revés. Nosotros le pertenecemos a este volcán. Nosotros pertenecemos al Teoca.

