El futbol arrastra prácticas que reflejan un mundo en el que el racismo, la xenofobia, la desigualdad, la corrupción se han extendido e incluso normalizado. Y en un entorno en el que dinero ha ido ocupando el centro de la vida pública, el futbol, esa forma colectiva de jugar, ha sido empujado hacia una forma de organización que privilegia el negocio.
Oligarcas, jeques árabes con una riqueza apabullante basada en el petróleo, corporaciones ligadas a intereses oscuros han ido avanzando hasta controlar porciones cada vez amplias del futbol, convirtiendo a los mejores equipos del planeta sólo en activos financieros.
En Otro futbol es posible, Paulina Chavira y Juan Jesús Garza Onofre cuestionan esta lógica y convocan a resistir y evitar que el futbol sea despojado de sus lazos que lo vinculan con las comunidades que le han dado origen.
Con autorización de Penguin Random House, publicamos un fragmento en el que Paulina y Juan Jesús parten de una premisa: “El futbol no es una hoja en blanco sobre la que el mercado escribe sin resistencia; es un territorio en disputa en el que conviven intereses económicos, pero también memorias, afectos, lealtades y formas de organización colectiva”.
Y muestran que el futbol no ha perdido del todo su capacidad de resistir. Y, por ello, recuperan experiencias que demuestran que otra forma de organizar este deporte sigue siendo posible.
Como acaba de declarar Bubista, el técnico de la sorprendente selección de Cabo Verde en este Mundial 2026: “El futbol pertenece a todos, no sólo a los más ricos”.
* * *
En otro capítulo comenzamos hablando de la ONU y de la FIFA, trayendo a colación esa comparación tan repetida que señala que el futbol está mejor organizado que la política mundial. Y sí, sin duda lo está. Lo cierto es que hoy, después de guerras interminables, crisis humanitarias y episodios como el de Venezuela o el de Irán —donde el derecho internacional parece haberse vuelto una escenografía—, aquella organización creada para custodiar la paz mundial suena a veces más bien anacrónica o, cuando menos, impotente.
Pero eso no es un accidente ni el resultado de la maldad aislada de unos cuantos líderes, ocurre porque el dinero ha ido ocupando el centro de la vida pública, porque el modelo capitalista aprendió a convertir las normas en mercancía y los límites se fueron disolviendo en el mismo flujo que permite que unas cuantas fortunas y voluntades impongan su ley.
Y en ese mundo, atravesado por esa misma lógica de acumulación y desigualdad, el futbol fue empujado hacia una forma de organización que privilegia el negocio por encima de la comunidad que lo hizo posible. En esta estamos con Galeano cuando afirmó que: “La historia del futbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí”.1
Pero confundir mercado con destino es uno de los errores más eficaces de este tiempo. Que el dinero atraviese al futbol no significa que deba gobernarlo por completo. Incluso dentro del capitalismo, incluso en un mundo organizado por contratos, patrocinios y derechos de transmisión, existen espacios donde no prevalece la lógica de la ganancia y donde la comunidad todavía conserva capacidad de decisión.
El futbol no es una hoja en blanco sobre la que el mercado escribe sin resistencia, es un territorio en disputa en el que conviven intereses económicos, sí, muchísimos tal vez, pero también concurren memorias, afectos, lealtades y formas de organización colectiva que no se dejan reducir a una cifra en un balance financiero. Separar esas cosas no es ingenuidad, es política. Y también es una manera de recordar que el juego no nació como mercancía, nació más bien como un acto compartido.
El futbol no es una hoja en blanco sobre la que el mercado escribe
sin resistencia, es un territorio en disputa en el que conviven intereses económicos, sí, pero también concurren memorias, afectos, lealtades y formas de organización colectiva
Ante este paisaje no resulta extraño que los clubes hayan terminado en manos de magnates, petrodólares y fortunas de origen opaco que tratan al futbol como si fuera un juguete. En los últimos años hemos visto cómo equipos históricos pasan de ser patrimonio afectivo de una ciudad a convertirse en fichas dentro de tableros geopolíticos donde lo que se disputa, además del campeonato, es influencia y reputación. Clubes comprados por fondos soberanos del Golfo, por oligarcas rusos o por conglomerados financieros, clubes históricos que nadie termina de comprender del todo cómo han sido arrancados de sus barrios para ser reubicados en una lógica global de marcas, giras internacionales y audiencias televisivas.
No se trata de negar que algunos de esos proyectos hayan producido resultados deportivos y vitrinas llenas de trofeos. Ahí están el Paris Saint-Germain o el Manchester City como ejemplos de clubes transformados en potencias a golpe de inversión ilimitada.
Pero también están las preguntas que quedan flotando cuando el dinero no conoce fronteras ni responsabilidades. ¿A quién pertenece un club cuando su dueño vive a miles de kilómetros y lo administra como una sucursal más de su imperio económico? ¿Qué ocurre con la identidad cuando quienes juegan, cuerpos técnicos y hasta los colores pueden cambiarse al ritmo de una estrategia de mercado?
Porque detrás de muchos de estos proyectos se despliegan esquemas turbios que poco tienen que ver con el futbol y mucho con la circulación global del capital. Patrocinios inflados, empresas fantasma, contratos cruzados entre clubes hermanos, agencias de representación que pertenecen a los mismos grupos que compran equipos, todo un entramado financiero diseñado para mover dinero, evadir controles y maximizar ventajas competitivas.



Y, sin embargo, incluso en medio de ese escenario dominado por multimillonarios y fortunas desarraigadas, el futbol no ha perdido del todo su capacidad de resistir. Precisamente porque el mercado no lo explica todo, porque la gente sigue sintiendo que un club es algo más que una empresa, han surgido experiencias que demuestran que otra forma de organizar este deporte sigue siendo posible. Por eso vale la pena entrar de lleno a esos ejemplos como recordatorios de que el juego todavía puede ser de quienes lo juegan y lo miran:
• En Alemania, desde hace décadas, impera una regla bastante sencilla pero al mismo tiempo muy subversiva para el contexto del capitalismo global del deporte: la llamada norma 50+1. Bajo ese principio, los socios de cada club deben conservar siempre la mayoría de los derechos de voto, de modo que ningún inversionista externo, por rico que sea, puede apropiarse del control de la institución. El dinero puede entrar, sí, pero no puede mandar.
Eso significa que detrás del Bayern Múnich, del Borussia Dortmund o del St. Pauli no hay un jeque, un fondo soberano ni un magnate excéntrico que decida en soledad, sino miles de personas que pagan una cuota, asisten a asambleas y entienden al club como algo que les pertenece. No es un sistema perfecto, pero ha logrado impedir que el futbol alemán se convierta en una sucursal más del capital financiero global. Esa arquitectura institucional no ha impedido la competitividad ni ha condenado a los clubes al atraso.
Al contrario, ha permitido que convivan equipos poderosos con proyectos modestos sin que el sistema entero quede capturado por unos cuantos. Ha mantenido los estadios llenos, los precios relativamente accesibles y una relación más directa entre los aficionados y quienes toman las decisiones.

• Mucho antes de que estas discusiones se volvieran comunes en el futbol europeo contemporáneo, en Brasil existió un antecedente emblemático: la “Democracia Corinthiana”, impulsada a comienzos de los años 80 —en plena transición tras la dictadura militar—. En el centro de esa historia estuvo Sócrates, capitán del Corinthians, médico, intelectual y figura pública, que convirtió al club en un experimento de participación colectiva. Jugadores, entrenadores y trabajadores votaban decisiones cotidianas y estratégicas, desde los entrenamientos hasta las reglas internas, mostrando que el futbol podía ser también un espacio de ciudadanía.
Aquella experiencia fue una práctica real con resonancia política inmediata. En un país donde el deporte servía como herramienta de control, Sócrates encarnó la posibilidad de un futbol más libre y consciente de su dimensión social.
• En Inglaterra, donde la lógica de la propiedad privada y la financiarización ha avanzado con particular fuerza, el FC United of Manchester representa una respuesta institucional desde abajo. El club fue fundado en 2005 por aficionados que rechazaron la compra del Manchester United por la familia Glazer y el endeudamiento del equipo para financiar su adquisición.
Frente a la transformación del club en un activo financiero, optaron por crear una nueva institución bajo un modelo de propiedad colectiva, donde cada socio tiene un voto y ninguna persona o empresa puede acumular poder decisorio. El FC United of Manchester se gobierna mediante principios cooperativos, con reglas que impiden la apropiación privada y obligan a que las decisiones estratégicas pasen por la comunidad de miembros. Aunque compite en divisiones inferiores, su existencia demuestra que incluso en una de las ligas más mercantilizadas del mundo es posible sostener un club que no responda a accionistas ni a fondos de inversión.
El futbol no ha perdido del todo su capacidad de resistir.
Precisamente porque el mercado no lo explica todo, porque
la gente sigue sintiendo que un club es algo más que una empresa,
han surgido experiencias que demuestran que otra forma de organizar este deporte sigue siendo posible.
• Siguiendo esa lógica de organización alternativa al modelo mercantil dominante, Unionistas de Salamanca Club de Fútbol constituye en España un ejemplo concreto de cómo un club puede estructurarse bajo principios de propiedad colectiva,2 pues fue fundado en 2013 por aficionados tras la desaparición de la Unión Deportiva Salamanca y se rige por la máxima “un socio, un voto”, de modo que son los propios miembros quienes aprueban cuentas, eligen directivas y toman las decisiones estratégicas, a diferencia de la mayoría de los clubes españoles, convertidos en sociedades anónimas deportivas controladas por accionistas o inversores. Además, Unionistas ha mantenido una política de sostenibilidad económica y deuda cero, financiándose mediante cuotas, patrocinios locales e ingresos ordinarios sin depender de capitales externos, y aun así ha logrado ascender desde categorías bajas hasta la Primera Federación y competir en la Copa del Rey frente a equipos de élite. Esta experiencia forma parte de un movimiento más amplio de clubes asamblearios en España que, frente al futbol moderno concebido como negocio, buscan plasmar democracia, transparencia y responsabilidad social en su gestión, orientando su actividad hacia vínculos con la comunidad más allá de lo estrictamente deportivo.3
Aunque operan a escala institucional, todos estos modelos tienen algo en común y es que le ponen cara al mercantilismo exacerbado en el futbol. Son el resultado de miles de personas que eligieron no ceder el control, no vender su voz y no aceptar que el dinero decidiera por ellas. Por eso, la discusión no es solo sobre estructuras o macroproyectos, sino sobre ética y responsabilidad individual, porque cada persona que participa o se retira dentro de este modelo de negocio está decidiendo, en pequeña escala, qué tipo de futbol quiere sostener.
En consonancia con ello, cabe resaltar que estas experiencias no se agotan en el campo de juego, remiten a una ética pública más amplia, donde la austeridad, la solidaridad y el compromiso con los más desfavorecidos buscan poner límites al poder desaforado del dinero.
Todos estos modelos tienen algo en común: le ponen cara al mercantilismo exacerbado en el futbol. Son el resultado de miles
de personas que eligieron no ceder el control, no vender su voz
y no aceptar que el dinero decidiera por ellas.
Un ejemplo histórico de cómo esos valores pueden encarnar en una institución concreta se encuentra en el futbol inglés de posguerra, cuando el Liverpool dirigido por Bill Shankly se desenvolvía en una ciudad marcada por una fuerte identidad obrera y por décadas de gobiernos locales ligados al Partido Laborista, de modo que el club no podía desligarse del entorno social que lo apoyaba. “Es famosa la anécdota que cuenta cómo los jugadores de Liverpool recibían instrucciones de su club para no lucir grandes coches que pudieran ofender a sus aficionados. El club era una empresa capitalista, pero el tejido de la ciudad lo anclaba a una serie de reglas y normas comunes que ejercían como contrapeso”.4

Porque de eso se trata, de ir hilando ejemplos, dentro y fuera de la cancha, que muestren cómo el futbol y sus comunidades pueden convertirse en espacios de resistencia frente a la injusticia. En ese cruce entre deporte, política y vida cotidiana, resulta revelador un episodio ocurrido hace poco en nuestro continente, donde las lealtades futboleras se transformaron, por un momento, en una fuerza inesperada de solidaridad y defensa de la dignidad social. Lo cuenta Pablo Montaño en su libro dedicado a pensar la catástrofe climática desde otras trincheras, pero que, al detenerse en estas escenas de organización y apoyo mutuo, termina iluminando también razones profundas para la esperanza:
“Tras el anuncio del ultraderechista Milei de una nueva reducción a las pensiones de los jubilados, estos convocaron a marchas semanales contra estas medidas de austeridad. Los testimonios son impresionantes, una marcha terminó en represión y violencia por parte de la policía. Una de las reacciones más extrañas fue la de las barras bravas de los equipos de futbol que comenzaron a convocar a sus seguidores a hacerles el aguante a los jubilados. No solo de Buenos Aires, sino también de otras ciudades vecinas llegaron camiones con hinchas de futbol después a aliarse más allá de las diferencias entre sus equipos en favor de los jubilados. Nadie lo veía venir. De pronto una manifestación repetida con poca cobertura y conformada en su mayoría por personas de la tercera edad se vio fortalecida y escalada por las barras bravas que se enfrentaron a la policía en condiciones menos desventajosas que en las que estaban los jubilados. “¿Qué los tiene en una marcha de jubilados?”, la respuesta era fácil: “Mañana yo seré el jubilado y espero que alguien pelee por mis derechos”.5
A veces el futbol sirve para conseguir ponerle un alto a las injusticias derivadas del capitalismo, como sucedió con la Selección de Estados Unidos femenil, que en el marco del Mundial Femenil de Francia 2019 se movilizó para exponer una realidad vergonzosa: la discriminación por género que sus federaciones varonil y femenil de futbol ejercían contra las seleccionadas estadounidenses. Contrario a lo que sucede en el mundo entero, el futbol femenil en esas latitudes tiene más tradición y arraigo que el futbol varonil. Lo que se traduce en que el representativo femenil es el que más mundiales ha ganado (cuatro, dos de ellos de manera consecutiva) y ha obtenido cinco medallas de oro en Juegos Olímpicos (eran cuatro antes de 2019, la última fue en 2024); aun así, ganaban 60% menos que el representativo varonil que ha ganado… nada, bueno, ninguna medalla de oro olímpica ni ninguna copa del mundo, pero sí siete Copa Oro de la Concacaf varonil —que se realiza desde 1963—; la rama femenil solo tiene una edición, la de 2024, y sí, la ganaron las estadunidenses.
Cuatro meses antes del Mundial en Francia, la Selección Femenil de Estados Unidos demandó a la Federación Estadunidense de Futbol por discriminación en cuestión de género por la diferencia entre las ganancias otorgadas a la selección femenil y varonil, así que durante los partidos que disputaron en la Copa del Mundo en Francia, la afición se iba sumando a esta lucha coreando “Equal pay!” en los partidos de las estadunidenses. El cántico de la afición fue unánime cuando ganaron la final 2-0 ante Países Bajos en el Estadio Parc Olympique Lyonnais en Lyon, así como en las calles estadunidenses por las que las campeonas llevaron el trofeo de la Copa del Mundo; también se sumaron los medios de comunicación6 y algunos patrocinadores de la selección femenil, como Procter & Gamble.
El sindicato estadunidense de jugadoras de futbol emitió un comunicado con el mensaje contundente: “En este momento de gran orgullo para Estados Unidos, la ecuación es evidente y no lo vamos a seguir tolerando. Estas atletas generan más ganancias y más audiencia pero se les paga menos solo porque son mujeres. Es momento de que la Federación de Futbol corrija esta desigualdad de una vez por todas”. No fue inmediatamente, pero tres años después, en 2022, llegaron a un acuerdo con US Soccer para que los contratos de las selecciones femenil y varonil fueran los mismos y les pagaran un 30% del dinero que habían pedido en la demanda de 2019. A partir del caso estadunidense, la exigencia de un salario paritario desencadenó un efecto dominó en diferentes países para potenciar o crear conciencia sobre el debate de la discriminación salarial —incluso precarización— de las futbolistas. Fue un cambio encabezado por las principales involucradas, pero respaldado por la afición, los medios de comunicación y la industria privada.
Es usar “lo más importante de las cosas menos importantes” para lo que más importa de verdad. Utilizar el futbol para lo más importante es, en el fondo, invertir sus prioridades, tomar aquello que suele verse como entretenimiento o espectáculo y ponerlo al servicio de lo decisivo, la dignidad, la justicia y la vida de quienes quedan al margen.
“La ecuación es evidente y no lo vamos a seguir tolerando.
Estas atletas generan más ganancias y más audiencia pero
se les paga menos solo porque son mujeres”.
Los ejemplos no cesan. En el futbol varonil español, los Bukaneros, es decir la hinchada del Rayo Vallecano, uno de los clubes de mayor tradición en Madrid por su vinculación con la clase trabajadora, acompañan a una institución que históricamente ha sido identificada con Vallecas, uno de los barrios más populares de la capital española, donde el club ha funcionado como un actor social antes que como una simple marca deportiva:
“políticas de asistencia a desahuciados del barrio, organizan eventos para recaudar fondos y exponen un apoyo constante a las comunidades de inmigrantes. Suelen desplegar banderas contra un único oponente. Porque el clásico del Rayo Vallecano no es el Atlético de Madrid ni el Real Madrid. En Vallecas, el clásico es contra el capital. En la agenda política también intervino Medio Oriente. En esa ocasión, la leyenda sostenida por la gente —escrita en letras rojas y gigantes— decía: “Luchar es nuestro destino. Con la rabia de un niño palestino. Stop genocidio de Israel”. 7
Así, hay ejemplos de cómo el futbol puede orientarse en algo tan simbólico como la camiseta para ponerle cara a un sistema extractivista y capitalista. El Reading FC, uno de los clubes más antiguos de Inglaterra, incorporó un diseño basado en las climate stripes8 en su uniforme oficial para la temporada 2022-23,9 transformando sus tradicionales rayas blanquiazules en un gráfico que representa el aumento progresivo de temperaturas en su ciudad desde su fundación, esto con el objetivo explícito de iniciar conversaciones sobre la crisis climática entre sus aficionados y la comunidad más amplia. La camiseta, además de llevar ese mensaje visual, está fabricada con materiales reciclados y busca convertir cada jornada de liga en una oportunidad para visibilizar la urgencia del cambio climático y promover un compromiso con la sostenibilidad ambiental entre sus seguidores.
Cuenta Galeano una anécdota de su natal Uruguay en el siglo pasado: “A mediados de los años 50, Peñarol firmó el primer contrato para lucir publicidad en las camisetas. Diez jugadores aparecieron con el nombre de una empresa en el pecho. Obdulio Varela, en cambio, jugó con la camiseta de siempre, y explicó: ‘Antes, a los negros nos llevaban de una argolla en la nariz. Ese tiempo ya pasó’”.10
No es necesario vender, vender y volver a vender para que el futbol exista. No todo en él tiene que convertirse en mercancía, en espacio publicitario o en oportunidad de consumo. Lo que se disputa, en realidad, más allá de un diseño de camiseta o una estrategia de marketing, es el sentido mismo del juego y de quienes lo practican. Si el cuerpo del futbolista, el escudo del club o la camiseta que se hereda de generación en generación se reducen a soportes para marcas, entonces también se empobrece la idea de comunidad que los sostiene.
¿De qué nos sirve un futbol cada vez más perfecto, más rentable y global, si el mundo en el que se habita se vuelve, al mismo tiempo, más injusto, más frágil e invivible? Urge imaginar otras formas de hacerlo desde la necesidad de sostener una vida común más justa. A continuación, se esbozan algunas alternativas que se nos ocurren:
• Educación y memoria en los equipos. Esta idea significa recordar que ningún club nació como empresa ni como producto, todo club nació como una forma de organización social. La mayoría de los equipos surgieron de fábricas, sindicatos, parroquias, barrios obreros, asociaciones de migrantes o grupos de amigos que buscaban un espacio propio en una ciudad que muchas veces les excluía.
Recuperar esa historia es un acto político. Cuando un club conoce y transmite sus orígenes, sus luchas, sus derrotas y sus solidaridades, deja de ser una marca intercambiable y vuelve a ser una comunidad con raíces. Eso puede tomar formas muy concretas. Museos del club que glorifiquen títulos, pero también huelgas, exilios, represión o trabajo barrial. Programas educativos en las canteras y en las escuelas que expliquen por qué ese escudo existe y a quién representó.
Archivos abiertos donde se conserven las voces de hinchas, de quienes ahí trabajan, de migrantes, de las futbolistas y no solo de dirigentes y estrellas varoniles. Jornadas de memoria en los estadios para recordar episodios de injusticia o de resistencia ligados a la historia del club y de su entorno. Sin esa memoria, el futbol se vuelve apropiable por cualquier capital o régimen. Un club sin pasado es un logotipo listo para ser comprado, mudado o vaciado de sentido.
• Camisetas con causa. La indumentaria de los clubes puede dejar de ser solo un espacio publicitario y convertirse en un soporte de conciencia. Cada temporada podría contar una historia distinta sobre el mundo que se habita, desde la crisis climática, pasando por las luchas laborales, hasta la memoria de colectivos de víctimas. Esto puede tomar formas concretas en diseños que incorporen datos, símbolos o relatos vinculados a problemas sociales, así como en ediciones especiales cuyos ingresos apoyen a comunidades afectadas. Frente a la lógica de la marca uniforme y de la estética del consumo, una camiseta con causa devuelve al futbol su capacidad de hablar del mundo y de tomar posición en el mismo.
• Precios accesibles y acceso social. El futbol solo puede seguir siendo un bien común si quienes lo hicieron nacer pueden seguir entrando al estadio. Mantener boletos a precios razonables, crear sistemas de subsidios para jubilados, estudiantes, desempleados o familias de bajos ingresos y garantizar espacios para colectivos históricamente excluidos no es una concesión caritativa, es una forma de justicia deportiva. También implica visibilizar a esos públicos en la narrativa del club, reconocerlos como parte central de su identidad y no como un estorbo para el negocio. Cuando las gradas se vacían de trabajadores y se llenan de turistas y ejecutivos, el futbol pierde su razón de ser.
Utilizar lo menos importante para lo más importante no es una paradoja, es una apuesta política. En un mundo donde casi todo ha sido puesto en venta, el futbol todavía puede ser un lugar para ensayar otras formas de estar juntos.

1 Eduardo Galeano, El futbol a sol y sombra, cit., p. 2.
2 Véase Redacción, “El Unionistas CF es la demostración de que hay sitio para el fútbol popular y para la gente que ama los colores”, Noticias de la Universidad de Cantabria, 14 de julio de 2025.
3 Véase Mariano Escribano, “Contra el futbol moderno: así se organizan los clubes asamblearios que rechazan el deporte como negocio”, El Diario, 18 de agosto de 2018.
4 Brais Fernández y Xaquín Pastoriza,“La Superliga europea o cómo el capitalismo sigue robándonos el futbol”, Jacobin, 19 de abril de 2021.
5 Pablo Montaño, El libro de la esperanza climática, Ciudad de México, Taurus, 2025, p. 173.
6 Véase “The World Cup champion U. S. women’s soccer team deserves equal pay and more”, The Washington Post Editorial Board, 8 de julio de 2019; “Show Them the Money”, The New York Times Editorial Board, 8 de julio de 2019.
7 Emiliano Gullo, “Fútbol y clase obrera: la ideología no se mancha”, Jacobin, 1 de agosto de 2022.
8 Las climate stripes o warming stripes son una forma de visualización de datos climáticos creada por el climatólogo británico Ed Hawkins (Universidad de Reading) para mostrar de manera sencilla cómo han cambiado las temperaturas a lo largo del tiempo. Cada franja vertical representa la temperatura media de un año, comparada con una media de referencia; los tonos azules indican años más fríos y los rojos años más cálidos. Dispuestas cronológicamente, estas franjas revelan de manera intuitiva el incremento persistente del calentamiento global causado por la actividad humana.
9 Redacción, “Reading FC: Club’s new kit includes climate change design”, BBC, 25 de julio de 2022.
10 Eduardo Galeano, El futbol a sol y sombra, cit., p. 108.
