Tlatelolco y la CIA: 58 años de silencio
La CIA financió grupos de ultraderecha antes del 2 de octubre en Tlatelolco y controló a la DFS. 58 años después, aún oculta documentos clave.
No se olvida: el 2 de octubre de 1968, efectivos del Ejército y la policía cercaron la Plaza de las Tres Culturas y abrieron fuego contra miles de manifestantes. Pero partes de esta historia permanecen aún en silencio. La participación de la CIA (la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, en sus siglas en inglés), por ejemplo.
De acuerdo a un documentos oficiales que fueron divulgados por el National Security Archive, un centro de investigación independiente en Washington, la historia interna de la CIA llegó a describir la matanza de Tlatelolco como un “concurso de tiro” (“a shooting contest”) entre “estudiantes en protesta y el Ejército Mexicano”, un concurso que los “estudiantes perdieron”.
Entre los cientos de detenidos de aquella tarde, se cuenta un sujeto con el nombre clave LIEMBRACE-4: un activo de la estación de la Agencia estadounidense en México que tenía como misión informar sobre la marcha. Más detalles sustantivos como este, referentes al 2 de octubre en Tlatelolco, permanecen bajo censura por parte de la CIA y el gobierno estadounidense. Detalles que podrían clarificar su actuación, el nivel de participación y sus motivos.
En la víspera del 58 aniversario de la masacre, el National Security Archive instó a la Agencia a liberar sin censura su historia de su estación de Ciudad de México. Los investigadores Claire Dorfman y Arturo Jiménez-Bacardí, quienes analizaron los documentos disponibles, concluyen que, “en el mejor de los casos, la Agencia jugó un papel activo en la polarización de la política estudiantil en ese tiempo” y que, “en el peor de los casos, dada la relación cercana con Fernando Gutiérrez Barrios, Miguel Nazar Haro y la Dirección Federal de Seguridad, la Agencia jugó un papel más directo en orquestar la violencia”.

El compadrazgo entre la CIA y la DFS
Gutiérrez Barrios y Nazar Haro, ambos al frente de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), ocupan el centro de esta trama.
Nazar Haro fue recomendado como un activo de la CIA por Gutiérrez Barrios, entonces director de la DFS y el principal enlace de confianza de la agencia estadounidense en México. Ambos hombres eran compadres y, juntos, diseñaron y operaron las estructuras de espionaje, represión y persecusión a cualquier tipo de disidencia en el México de aquellos años.
A petición de Gutiérrez Barrios, la CIA costeó en 1965 la formación de Nazar Haro en la Academia Internacional de Policía. De vuelta en México, Nazar Haro –identificado como LITEMPO-12, en los documentos– llegó a coordinar a una veintena de agentes dedicados a vigilar y atacar blancos subversivos. A diario, mantenía encuentros con Jeremy Benadum: el agente principal de la operación LITEMPO.
Esta operación tenía el objetivo de construir y mantener relaciones estratégicas con altos funcionarios del gobierno mexicano. Al menos tres presidentes participaron en ella: Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría.
Entre 1966 y 1969, Nazar Haro y Gutiérrez Barrios –es decir, la CIA en colaboración con la DFS– generaron “cerca de una quinta parte de la inteligencia de la Estación de la CIA en Ciudad de México”. Mantenían un seguimiento cercano al Partido Comunista en Mexico, a grupos trotskistas, a grupos culturales del bloque soviético, a los exiliados cubanos e incluso a “estudiantes estadounidenses radicales que viajaban a Cuba”.
Nazar Haro escaló posiciones hasta dirigir la DFS en 1978. Años después fue acusado en Estados Unidos, junto con doce personas más, por una amplia red de robo de vehículos de lujo entre ambos países. En 2004 fue detenido por la desaparición forzada del líder estudiantil Jesús Piedra Ibarra, ocurrida en 1975, aunque resultó absuelto. Los pasajes que detallan su participación en operaciones clandestinas contra agrupaciones estudiantiles antes de Tlatelolco siguen censurados.
Los operadores en el campus: el MURO
Los documentos además revelan la estrecha relación entre la CIA y una organización de porros estudiantiles de ultraderecha: el MURO o Movimiento Universitario de Renovadora Orientación. Desde 1963, la CIA destinó seis mil dólares anuales –equivalentes a unos 65,000 actuales– a este grupo que se distinguía por acciones de hostigamiento contra organizaciones y grupos identificados con la izquierda o cualquier disidencia política.
Según los documentos, el grupo contaba con “200 tropas de choque que han hecho una campaña vigorosa contra el comunismo y los grupos pro Castro en la Universidad Nacional (UNAM), y en las Universidades de Puebla y Guadalajara”. En 1965, la CIA informó con satisfacción que “MURO se atribuye gran parte del mérito por el derrocamiento en los últimos meses de rectores comunistas de las Universidades de Monterrey, Puebla, Guadalajara y Morelia”.

Este apoyo se prolongó hasta los años setenta: en 1968, la CIA y el gobierno mexicano coordinaron esfuerzos mediante LITEMPO-4 –nombre clave de Gutiérrez Barrios–, a quien “la Estación pagó $4,0000.00 para organizar y movilizar a tantos estudiantes como fuera posible para una manifestación planeada por MURO frente a la Embajada Soviética”.
Los documentos también mencionan al Instituto de Investigaciones Sociales y Económicas (IISE), una organización dirigida entonces por Agustín Navarro Vázquez –identificado como LIHUFF-2– que servía de fachada a la CIA para publicar artículos anticomunistas, libros y panfletos del MURO. De acuerdo a los documentos, Navarro Vázquez impresionó a los agentes al entregar los nombres de tres mil comunistas mexicanos.
El agente principal de esta operación era Alfonso R. Wichtrich (LIHUFF-1), un empresario estadounidense que llegaría a encabezar la Cámara de Comercio Estadounidense en México.
No fue una historia fácil.
Un año antes de la matanza de Tlatelolco, Kenneth Millan, del equipo de evaluación de acción encubierta de la CIA, advirtió que “cualquier apoyo o estímulo que se provea a MURO, por cualquier motivo, tendrá el efecto secundario e inevitable de fortalecer el prestigio e influencia de MURO en el campus de la UNAM” y recomendó cancelar el respaldo pues podría implicar un costo a largo plazo: robustecer a “instigadores violentos radicales”. El embajador estadounidense en México también mostró reservas de este proyecto y la propia CIA dijo “objetar con firmeza” el apoyo al IISE.
Todo lo que sigue oculto
La historia oficial de tres volúmenes y 539 páginas, catalogada como CSHP número 329 entre más de 500 proyectos, fue redactada por Anne L. Goodpasture, veterana de la Oficina de Servicios Estratégicos y oficial de casos de la CIA entre 1947 y 1973. Goodpasture fue también mano derecha durante 13 años del jefe de estación Winston M. Scott.
Fue en 1978 que el Comité Selecto de la Cámara de Representantes en materia de Asesinatos (HSCA, por sus siglas en inglés), como parte de su investigación sobre el asesinato de John F. Kennedy, solicitó a la CIA un historial de tres volúmenes y 539 páginas sobre su estación en Ciudad de México, así como de sus bases en Monterrey, Nogales y Mérida. Estos expedientes cubrían las operaciones de la CIA en México desde 1947 hasta 1969, por lo que las probabilidades de que exista más información respecto a lo ocurrido en Tlatelolco son altas.
La agencia solo entregó 227 páginas.
Estos registros forman hoy parte de los más de seis millones de páginas que integran la JFK Assassination Records Collection.
Tras cinco revisiones posteriores —dos en 2017 y luego en 2022, 2023 y 2025—, la versión más reciente aún conserva casi diez páginas completamente censuradas sobre operaciones dela CIA contra grupos estudiantiles de izquierda antes de Tlatelolco, además de párrafos clave sobre Nazar Haro. El Archive pide cumplir con la JFK Records Act. Más de medio siglo después, los nombres siguen detrás del silencio.





